XX #4
El regidor, que debía continuar informando y reorganizando a sus hombres, se perdió por el adarve.
El fracaso del desembarco recrudeció el asalto sobre el muro.
Los ingleses, que habían concentrado nuevas tropas, abrieron fuego con una cadencia infernal que obligaba a los defensores a mantenerse agachados tras las almenas.
Ni siquiera la temeraria Yabama se atrevía ya a asomar la cabeza.
—Esos se preparan para dar el golpe —dijo.
No había cerrado la boca cuando una muchedumbre vociferante, con escalas, picas y espadas en ristre, abandonó sus trincheras y se lanzó al asalto, decidida a tomar la muralla. Los españoles se aprestaron a resistir.
Cinco, diez, veinte escalas se apoyaban ya en el tapial. Los enemigos comenzaban a trepar. Yabama, con rapidez nerviosa, cebó el arcabuz y lo descargó sobre el primero que asomó. El proyectil lo alcanzó en pleno rostro: soltó la espada y cayó al vacío.
—¡Picas! ¡Traed las picas! —bramaba una voz.
—¡Están abajo, apiladas junto al muro! —Martín Robledo trataba de hacerse oír por encima del estrépito. Abocado sobre la muralla, aguardaba al siguiente enemigo con la espada desenvainada.
Yabama echó a correr por el adarve, bajó por la escalera más próxima y se acercó a la gavilla de lanzas. Otros soldados habían tenido la misma idea. La mestiza cogió las dos medias picas que quedaban y emprendió el regreso.
Cuando llegó de nuevo al adarve, la lucha era ya cuerpo a cuerpo.
Algunos enemigos asomaban entre las almenas, y las lanzas apenas bastaban para contenerlos.
Martín Robledo le partió la nariz con el guardamano a uno que se encaramaba.
Yabama, jadeante, echó el cuerpo hacia atrás, apoyó la media pica contra uno de los largueros de la escala enemiga y empujó con fuerza.
Desde uno de los peldaños, un soldado inglés, con peto y morrión, le apuntó con un pistolete y disparó.
La bala silbó junto a su sien, pero ella no cejó hasta tumbar la escala.
Desgreñada, con la respiración entrecortada y la mirada fiera, parecía la personificación de Belona.
A base de sangre, coraje y tenacidad, los defensores lograron contener el asalto y, tras una refriega feroz, rechazar al enemigo.
—Se retiran —murmuró, sin aliento, un soldado.
A su lado, apoyado en el parapeto, Martín Robledo se cubría con la mano una herida sangrante en el antebrazo. Yabama, sin decir nada, rasgó un pedazo del sencillo vestido que llevaba y lo vendó con manos firmes.
—De nuevo como en Jamaica —comentó Martín, evocando un combate que ambos habían librado en aquella isla lejana.
—Falta l’Avide —respondió la mujer.
Martín la miró con pesar. Sabía que el corazón de su amigo pertenecía a Marcia, y que Yabama no conseguiría desviar ese rumbo.
Tal vez ella lo sabía también, o al menos lo intuía.
Aun así, allí estaba: en tierra ajena, luchando junto a desconocidos, con coraje, con determinación.
¿Por quién combatía en realidad Yabama? Posó su tosca mano sobre la de ella, fibrosa y morena.
El gesto la hizo volverse de golpe y sus miradas se cruzaron.
Pero la guerra no daba tregua. Un nuevo ataque en la Marina desató el fuego de los cañones del Malvecín, y, poco después, se sumaron las rociadas de mosquetería.
Se oían remos, trompetas y el rumor de lanchas acercándose.
No hubo tiempo para pensar, porque los ingleses cargaron de nuevo contra el muro, con más furia si cabía.
Volvieron las escalas, los vítores salvajes, la presión del número.
Incluso habían montado a la carrera una pieza de artillería que disparó sobre la puerta terraplenada.
La lucha se generalizó en todo el adarve. Los defensores sacaban fuerzas de donde no las había. El fuego que antes iluminaba el campo, se había apagado, y sólo quedaban rescoldos rojos. La noche era espesa, y la batalla, brutal.
El desembarco por la Marina tuvo esta vez éxito y los ingleses alcanzaron la playa.
Las dos compañías allí destacadas, sin cañones ni trincheras que contuvieran la acometida, se vieron obligadas a retroceder hasta las primeras casas de la Pescadería.
El marqués de Cerralbo, que aguardaba con la reserva en la plaza del Mercado, trató de reforzar aquel flanco, pero fue inútil.
La línea se había quebrado y en pocos minutos dos mil ingleses se desparramaron por el arrabal.
Los defensores del muro, sorprendidos entre dos fuegos, abandonaron sus puestos y se precipitaron abajo, en busca de una vía de escape hacia la ciudad vieja.
Sin capitanes que los comandaran ni órdenes que seguir, la retirada se convirtió en pocos momentos en una caótica desbandada.
Cada cual huía según su albedrío, presa del pánico.
Algunos oficiales lograban formar pequeñas escuadras y restaurar cierto orden en el desbarajuste.
Unos corrieron hacia la Marina, dispuestos a reforzar a unos compañeros que ya no estaban allí. Otros tomaron la calle de San Andrés, el camino más directo hacia la puerta de Aires. Pero la mayoría se dirigió a la izquierda, hacia la playa del Orzán.
—¡Al Orzán! —gritó Martín Robledo a los suyos, y echó a correr en esa dirección, con el arcabuz en una mano y la tizona en la otra—. ¡Yabama, vamos, date prisa! —insistió al ver que ella no lo seguía.
—No puedo —respondió la mujer—. Isabel está sola en la casa.
El herrero se detuvo en seco. Miró hacia sus compañeros, que desaparecían en la oscuridad, y bufó con desesperación.
No podía abandonar a Isabel. Entregó su espada a la mestiza, para repartir las cargas, y echaron a correr.
Las casas cercanas al muro eran un laberinto de callejas y rincones, sin trazado definido, que desembocaban más adelante en la calle Real.
De pronto, estalló un estrépito de gritos y disparos a su derecha.
Tres soldados, perseguidos por una jauría, corrían como posesos hacia el Orzán.
Yabama y Martín se agazaparon tras un barril.
En cuanto vieron el campo libre, cruzaron la bocacalle y prosiguieron su marcha, pegados a las paredes, moviéndose con sigilo.
Desde la Marina llegaban disparos aislados y el resplandor anaranjado de un incendio, señal de que el saqueo había comenzado.
La calle de la Estrella ya estaba cerca, pero a sus espaldas irrumpió un pelotón vociferante que llenaba la vía como un alud.
Mechas encendidas de los arcabuces, juramentos en inglés, órdenes a gritos. Se aproximaban raudos.
—¡Corre, muchacha! —gritó Martín.
Un alarido de guerra, dos disparos. Luego otro más, y empezó la persecución.
Pasaron junto a la calle de la Estrella como una exhalación.
Con el estrépito del combate, Isabel tenía que haberse enterado, por fuerza.
Yabama creyó ver por el rabillo del ojo luces al fondo de la calle: quizás otro grupo enemigo, quizá no.
Más ágil y joven, pronto se adelantó, e hizo un alto para esperar a Martín.
—¡No te detengas! —le recriminó el herrero, casi sin aliento.
Los ingleses estaban a apenas veinte pasos. Reemprendieron la carrera. A través de una bocacalle, divisaron a otros fugitivos que trataban de alcanzar la ciudad alta. La calle Real dibujaba una curva suave hacia la derecha para desembocar en la plaza del Mercado.
Martín jadeaba y arrastraba una pierna. Un nuevo arcabuzazo iluminó la calle: una bala reventó una teja de un alero.
Un inglés se había adelantado al resto, decidido a darles caza.
Yabama derribó un perol que descansaba sobre un tocón.
El objeto rodó por el suelo con estrépito, pero el soldado era hábil y lo sorteó sin frenar el paso.
Detrás de él, sin embargo, alguno tropezó y lanzó un juramento.
Ya casi les pisaba los talones.
La silueta de la muralla se intuía más adelante.
—¡Aprieta el paso, herrero!
—¡Ya lo intento! —jadeó él, y dejó caer el arcabuz.
Yabama se fijó en el poste de madera que sostenía un soportal precario, alargó la mano izquierda, se cogió a él y giró con la velocidad de una peonza.
Con la espada en ristre, se plantó ante el soldado inglés, que apenas tuvo tiempo de entender lo que ocurría antes de recibir una estocada en el torso.
Cayó sin un grito. Sus compañeros se detuvieron en seco, sorprendidos por la súbita acción, y ella reemprendió la carrera sin perder un instante.
Al fin desembocaron en la explanada del Mercado, ese amplio espacio tendido entre la muralla y el arrabal.
La puerta de Aires y la puerta Real se distinguían por las antorchas encendidas.
Corrieron a la segunda, la más próxima. En la explanada confluían desde todos los rincones de la Pescadería vecinos, soldados rezagados, heridos: una marea humana en retirada.
En la oscuridad, los rostros se reducían a sombras sin rasgos, pero el caos se manifestaba en los pasos precipitados, las respiraciones jadeantes, los sollozos y gritos de angustia.
Unos arcabuceros ingleses, provenientes de la Marina, hicieron una rociada contra los que corrían. Los fogonazos de sus armas rasgaron la oscuridad. Un grito agudo cortó el aire: una mujer, quizá un niño.
Los soldados que custodiaban las puertas respondieron con una descarga cerrada, atrapando entre dos fuegos a los fugitivos que pugnaban por alcanzarlas. Más disparos, más alaridos, más desesperación.
Yabama y Martín, exhaustos, llegaron a la puerta Real cuando un pelotón salía en tromba para reforzar la defensa. Lograron colarse entre ellos, empujados por la urgencia.
—¡Daos prisa! —vociferaba un oficial—. ¡Tenemos que cerrar!
4
Greenwich
Gabriel tomó de la cámara las treinta libras que por fortuna tenía a mano, puso a Laiseca en antecedentes y se apresuró a botar el esquife.
—¿No es mejor que os acompañen más hombres? —sugirió Laiseca.
—Prefiero intentar resolverlo por las buenas —respondió Gabriel.