XX #3
—Más de doscientos navíos, entre grandes y pequeños.
Gabriel soltó un resoplido: la cifra superaba ampliamente al número de unidades con que la Gran Armada había partido de Lisboa.
—La diferencia en tonelaje, y en hombres, quizá no lo sea tanto —apuntó Joao.
—¿Y su destino?
—Santander, el más probable. Pero… —El joven carraspeó con discreción.
—¿Qué más queréis decirme?
—También cabe la posibilidad de que se dirijan a La Coruña.
—¿La Coruña? —repitió Gabriel.
—O Bayona.
Una ráfaga agitó la jarcia y le arrancó un lamento. La fragata se balanceaba con la suave corriente.
—Deberemos darnos prisa, entonces —dijo Gabriel, con tono neutro, como si aquella información no le afectara—. Por cierto —añadió—, ¿cómo hacéis para mantener a Fátima ajena a vuestro trabajo? No ha de ser fácil.
—Nada fácil —reconoció el portugués.
—¿Y no teméis el riesgo?
—Hasta ahora he sabido guardarme.
—No quiero imaginar lo que os harían vuestros compatriotas si descubrieran para quién trabajáis.
Joao sonrió con la timidez de quien no se atreve a confesar que los riesgos, más que amedrentarlo, lo estimulaban.
—Venid conmigo —dijo Gabriel de pronto, en uno de sus inusuales impulsos—. Los dos. Os cederé mi camarote para que el viaje sea más cómodo, y en unos días estaréis en España. Sois un hombre despierto y estoy seguro de que sabréis cómo ganaros la vida.
—¿Y el señor Aranda…?
—Olvídate de Aranda —lo tuteó, ya sin reservas—. O mejor: haz como él, que siempre antepone sus intereses a los de los demás. Ya encontrará a otro corresponsal con quien reemplazarte. Pase lo que pase con la armada de Drake, Inglaterra no será un lugar seguro para los extranjeros.
Joao alzó la vista y se mordió el labio.
El cielo parecía tan caótico como sus pensamientos: nubes altas, aborregadas y perladas; otras medias, dispuestas en estratos; y, más abajo, densos nubarrones grises que apenas dejaban asomar jirones de azul.
Movió la cabeza en un gesto que anticipó la respuesta.
—Queda mucho por hacer, Gabriel —explicó—.
Hay prisioneros por rescatar, en los alrededores de Londres y más allá.
Sé de un tal sir Daniel, cerca de Portsmouth, que tiene a unos desgraciados muriendo de hambre porque la Corona no quiere hacerse cargo de su manutención.
Además, no es fácil infiltrar a alguien en donde yo estoy, ni ganarse la confianza de quienes me respaldan.
Y, como dices, sigue siendo crucial, especialmente ahora, saber qué traman los seguidores del Prior do Crato. Pero gracias por la oferta.
—Prométeme, al menos, que si la situación se vuelve insostenible, saldrás huyendo. Conozco a un contrabandista de Cherburgo que puede ayudarte a cruzar a Francia.
—Lo prometo —accedió Joao.
Gabriel le dio las señas y el modo de localizar a Jubert, y se comprometió a avisarlo en caso necesario. Joao, agradecido, prefirió no arruinarle el gesto mencionando que ya contaba con otros contactos si llegaba el caso.
El matrimonio no tardó en marcharse en el bote que Joao había alquilado en un muelle de Londres.
—Hermosa moza, vive Dios —murmuró Laiseca mientras los veía alejarse, corriente arriba—. Qué suerte tienen algunos.
—Cuida esa lengua, señor maestre, que es mi familia —le reprochó Gabriel, sin mucha severidad. También él tenía la mente puesta en la joven pareja, y se preguntaba cuándo volvería a verlos, si acaso alguna vez lo hacía.
—Con todo el respeto lo digo, capitán. Unas horas más a bordo y no habría respondido de los hombres.
—¿Los hombres? A mí me preocupaban más los oficiales —bromeó Gabriel. No sospechaba que las emociones de aquel día estaban lejos de haber terminado.
Hacia media tarde, Mahagüini regresó solo.
—¿Y García?
—Lo han capturado.
—¿Cómo? ¿Quiénes? —se sorprendió Gabriel—. ¿Qué diablos ha ocurrido, Antonio? —Las preguntas se atropellaban en su cabeza.
—Los guardianes del coto —respondió Mahagüini, tragando saliva.
Y luego le explicó, con pocas palabras, que los habían debido ver mientras cazaban, los habían seguido y habían cogido a García.
A Gabriel le costó sacarle el resto de la historia: mientras huían, el chico tropezó y los cinco perseguidores se le echaron encima.
Mahagüini se detuvo a unas varas de distancia, con el mosquete en las manos, y les pidió que lo dejaran ir, pero los guardias se negaron: cazar allí estaba prohibido.
Aunque al momento cambiaron de opinión y le pidieron dinero por liberarlo.
—¿Cuánto dinero?
—Treinta libras.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que volvería con ellas. Nos dan de plazo hasta el ocaso. Si no pagamos, lo entregarán al sheriff para juzgarlo por cazar en los terrenos de la reina. —Mahagüini se acercó a la borda de estribor y señaló hacia la espesura del coto de Greenwich—. Uno de ellos nos vigila desde la orilla.
Gabriel escrutó el bosque, pero no alcanzó a distinguir figura alguna.
—Podría ser una trampa.
—Podría. ¿Qué hacemos?
—No voy a romperte la cabeza, así que tendremos que pagar.
No podía presentarse en La Coruña sin García. Yabama jamás se lo perdonaría. Y quizá tampoco Marcia.
3
Barrio de la Pescadería
Las hostilidades se habían trasladado al muro que cerraba el istmo, donde las compañías que lo guardaban llevaban todo el día escaramuzando contra un enemigo que no cesaba de juntar banderas y preparar escalas.
Por ello, el marqués de Cerralbo ordenó terraplenar la puerta que se alzaba en el centro del muro.
Y, para dar ejemplo, acarreó el primer esportón; sólo ese, porque el resto de la faena corrió a cargo de los vecinos del arrabal.
Al anochecer, los ingleses prendieron fuego a un caserío próximo para iluminar el campo, y redoblaron el ataque, aunque sin lanzarse al asalto.
Las rociadas de mosquetes y arcabuces componían un traqueteo incesante, aliñado con blasfemias que harían enrojecer a un novicio y con los gritos de dolor y agonía que proferían los heridos.
Agachada, Yabama cruzó un tramo del adarve hasta dar con Martín Robledo, aquel día apostado sobre la puerta terraplenada. El plomo zumbaba en todas direcciones y el estruendo era ensordecedor.
—Señor Robledo —llamó.
El soldado, que recargaba su arcabuz al amparo de una almena, levantó la vista.
—¿Qué haces aquí, mujer?
—Os traigo la cena —dijo ella, y le tendió el cesto—. Cortesía de vuestra esposa.
—Para cenitas estamos ahora —gruñó el herrero, pero le dedicó una media sonrisa.
Asomó el cañón del arcabuz por la esquina, apuntó hacia el resplandor del fuego y tiró del gatillo.
El serpentín bajó, siseó la pólvora y al instante el arma escupió su carga con una detonación seca que le sacudió el hombro.
—¿Habéis dado en el blanco?
—Ni me he fijado, Yabama.
No era gran cosa el muro que separaba a atacantes y defensores, ni por altura ni por grosor.
Por fortuna, quedaba fuera del ángulo de tiro de los cañones que los ingleses habían situado en el Gaiteiro.
A lo largo del adarve los soldados repetían el mismo ritual: disparar y recargar, cada uno a su ritmo y entendimiento.
Robledo se dejó caer contra la almena, soltó el arcabuz y levantó el paño de la cesta.
—Pan, queso y cecina. —Arrugó el labio superior, como si esperase grandes manjares—. ¡Gregorio, Luis, Isidro, aquí hay condumio! —gritó.
Yabama le quitó el pan y el queso de las manos ennegrecidas y comenzó a cortarlos con su cuchillo. Luego repartió la cecina. Los hombres hicieron un alto en la pelea para atender a la inesperada pitanza. Uno se descolgó una bota de la bandolera y la ofreció al grupo.
—Que no falte el vino.
Otros, apostados más allá, bromearon al verlos en festín.
—¡Rediós, qué bien viven algunos! —soltó una voz aguda, seguida de una carcajada.
Entonces Yabama cogió el arcabuz de Robledo, con el cañón aún caliente.
—¿Sabes manejar eso, moza? —preguntó Gregorio Rocamonde.
—Y mejor que vos —replicó Martín, antes de pasarle el cuerno de pólvora y una pelota de plomo que la mestiza cargó con una soltura que levantó cejas.
Luego se tendió en el adarve, apoyó el cañón en el antepecho que había entre almena y almena y observó el campo enemigo.
El incendio había saltado de casa en casa.
Las llamas, agitadas por la brisa, se alzaban como lenguas vivas y llenaban de chispas la noche.
Una luz anaranjada, ondulante, convertía el campo de batalla en el mismísimo purgatorio.
Las trincheras inglesas, salpicadas de fogonazos rojos y amarillos, parecían un enjambre de luciérnagas tras la tormenta. Un disparo arrancó un trozo de tapial sobre la cabeza de la mujer, que, lejos de inmutarse, encontró al fin un blanco y disparó. Una silueta cayó y el fragor apagó su grito.
—¿Qué os decía yo, señor Rocamonde? —exclamó Robledo, satisfecho.
—Es buena, la jodida —admitió el otro.
Durante otra hora, la batalla prosiguió sin respiro.
Yabama, cautivada por su frenesí, no dejó de moverse entre las almenas con agilidad y sin miedo, de cargar arcabuces, buscar agua para enfriar los tubos, vino para los gaznates, y, cuando hirieron a Gregorio en el hombro, tomó su arma y peleó como un soldado más.
Doblaron a completas las campanas del convento de Santo Domingo.
Su tañido, lejano y grave, trajo a los combatientes el recuerdo de noches tranquilas: del calor del hogar, de lechos aún tibios, de leche cocida y sueños sencillos.
Aún no se había apagado su eco cuando retumbaron los cañones del Malvecín.
Y, casi al mismo tiempo, estallaron grandes salvas y rociadas de mosquetería por el lado de la Marina.
—¿Qué cojones ocurrirá? —preguntó Robledo.
El fuego se mantuvo, espaciado pero constante. La inquietud se coló entre los defensores, temiendo que los coparan. Más tarde, el regidor Francisco Meiranes les trajo noticias.
—Los han rechazado en la playa, Martín.
—A ver si aprenden.