XX #2
Al poco apareció Antoñita, temerosa de quedarse sola en la fragua.
Sus ojillos azules, algo miopes, miraron con suspicacia a Yabama.
La tarde daba sus últimas boqueadas y los combates arreciaban.
El estruendo de cañones y explosiones persistía, más cercanos o amortiguados por la distancia, pero constantes.
Un rapaz cruzó a la carrera la plazoleta cargando una larga pica.
—¿Dónde vas, Tomasiño? ¿A qué las prisas? —quiso saber Antoñita.
—Esta lanza es para mi señor padre —respondió el zagal. Y gritó, mientras se alejaba—: ¡Los herejes atacan el castillo de San Antón!
La noticia agitó aún más a los corrillos reunidos en la plazuela de Santa Bárbara. María Fernández, que tenía un niño de pecho, se despidió para ir a atenderlo.
—¿Venís, Marcia?
—Aún hay cosas de valor en la Pescadería —respondió esta, dubitativa. No quería abusar de la autonomía que le ofrecía su nueva amiga.
Isabel la sacó del aprieto.
—Nosotras nos encargamos.
Dejó a Santiaguillo en brazos de Dominga y se dirigió de regreso al arrabal.
—Voy con vosotras —dijo Antoñita, mostrándoles una cesta con una merienda para su marido—. Está en el muro desde el amanecer.
La puerta de Aires estaba colapsada por la multitud, y se desviaron a la izquierda, hacia la puerta Real, que daba a la plaza del mercado.
La cruzaron y siguieron la línea de la costa hasta las primeras casas de la Pescadería.
Desde allí veían los fuegos que iban encendiéndose en el campo enemigo y el islote de San Antón, ya en sombras, que estaba siendo atacado por cuatro grandes navíos.
A su estela, unas lanchas cargadas de soldados aguardaban el momento de emprender el asalto.
Una brisa suave arrastraba con desgana el humo de los disparos.
Lenguas rojas, poderosas, asomaban por uno y otro costado.
Si los navíos rugían, más lo hacían las culebrinas del castillo.
Tras cada estampido, un zumbido hondo y sobrecogedor; luego el impacto.
Y un segundo, y un tercero, superponiéndose en un bramido constante.
Tan próximos se hallaban unos de otros que también los mosquetes entraron en juego.
Los cañones de la Fortaleza Vieja se sumaron al estruendo.
Cuatro fogonazos, casi al unísono, iluminaron las almenas.
Su rugido era más agudo, más silbante. El humo ocultó las torres unos instantes, antes de deshilacharse y elevarse al cielo.
—¡Dios guarde! —Antoñita se echó sobre la cabeza la mantilla de lana que llevaba en los hombros. Era mayo. Hacía fresco—. Menos mal que mi Martín está en el muro.
Crujió la madera y una vela se vino abajo, rota la entena de la gavia. Los navíos ingleses comenzaron a alejarse del islote, remolcados por las lanchas, que no habían tenido oportunidad de entrar en acción.
Un grito de júbilo se extendió por la playa.
Eran los soldados de las dos compañías que el marqués había enviado a proteger la Marina de un posible desembarco, soldados regulares del Tercio de Sicilia, aunque insuficientes para cubrir toda la playa, sin fajina, ni reparos, ni más protección que sus armas y su valor.
Las mujeres reemprendieron la marcha calle Real adelante, de repente invadida por una procesión de gente con antorchas encendidas.
Cantaban, rezaban y lanzaban vítores al viento.
La encabezaba un sacerdote con una gruesa cruz en brazos.
Los participantes, en lugar de imágenes pías, portaban a tres mancebos a hombros.
—¿Qué ocurre? —Antoñita, siempre curiosa, fue la que preguntó.
—Han saltado el muro y rescatado la cruz de la ermita del Humilladero —respondió una mujeruca vestida de luto, con un dedo flaco en alto.
—En las narices de los herejes —añadió un zagal.
—La vamos a dejar en la Colegiata —dijo otra mujer.
—¡Bueno, si es Juanillo González! —exclamó Antoñita, y, señalando a uno de los héroes, palmoteó con ganas—. Voy a acompañarlos.
—¿Lo conocéis?
—Es un criado del oidor Padilla —respondió con entusiasmo—. ¿Podéis llevarle el cesto a don Martín?
—Claro —aceptó Isabel, y se puso en marcha con una sonrisa, mientras la procesión, cada vez más numerosa, continuaba su recorrido hacia las puertas de la villa.
En la calle de la Estrella, la casa estaba abierta.
Yabama desenvainó su cuchillo y entró seguida de Isabel.
El crepúsculo se tornaba en noche, y apenas se veía.
Al fondo, un resto de claridad enmarcaba la puerta del corral.
Salieron a él. Olía a sardinas asadas. En un patio cercano, alguien se estaba dando un festín. Un muchacho dio un grito.
—¡Madre santa! ¿Qué haces aquí? —preguntó Isabel.
El muchacho tardó en responder, sobresaltado por el cuchillo de Yabama.
—¡Ah! Ladrón —lo acusó la mestiza.
—No, no. —Alzó las manos como un prisionero. Era muy joven, quizá doce años—. Me ha enviado el señor Luján a recoger su baúl. —Y señaló hacia la estancia adosada a la casa.
—¿Ahora?
—Puede haber pillaje.
—¿Y qué hay en ese costal?
—Más pertenencias suyas, señora.
—Anda, cógelos y márchate —le dijo Isabel.
El baúl era muy pesado, y Yabama lo ayudó a moverlo hasta la calle.
Isabel encendió una vela en el cuarto del cabo Luján.
Estaba todo revuelto, con objetos caídos, el colchón al descubierto, las frazadas en el suelo.
El zagal lo había registrado en busca de algo valioso.
Una pérdida de tiempo, porque allí no había nada: las cuatro cosas del inquilino, trastos viejos, cachivaches y telarañas.
—¿Te importa entregarle el cesto al señor Robledo? —preguntó Isabel a Yabama—. Yo me quedo aquí, guardando la casa, y de paso descanso un rato.
—¿Sola?
—El peligro está donde tú vas. Ten mucho cuidado.
Yabama le sonrió de modo enigmático. De alguna manera sibilina y cargada de misterio, se sentía protegida de los peligros, lo que la impulsaba a comportarse con temeridad y desprecio de la propia vida.
2
Londres
Joao no defraudó a Gabriel. A su regreso a Londres había conseguido liberar, como había prometido, al señor Gregorio Soutomaior, a su criado y a un grumete de la nao San Salvador.
El joven agente le confesó que para conseguir la libertad de aquellos hombres bastó sobornar a dos carceleros de la prisión de Bridewell.
—¿Un soborno de cuánto? —quiso saber Gabriel.
—De trescientos veinte escudos —respondió Joao.
—¿Habéis regateado mucho?
—No tanto. Con esa cantidad pueden salir de pobres. Es cinco veces lo que cobran en un año.
No quiso Gabriel indagar qué método habían empleado para sacar a los tres hombres sin levantar sospechas de otros custodios o de los guardianes de la puerta. Prefería centrarse en el aspecto económico del asunto.
—Sus amigos de Lisboa me entregaron novecientos. Deberé devolverles el resto.
—Eso tratadlo con el señor Aranda —respondió Joao, algo más cauto.
Así hizo Gabriel, pero Manuel Aranda no iba a permitir que se le escapara un solo real de su presupuesto.
—Tened la seguridad, amigo mío —le dijo—, de que el dinero restante, más el monto completo del situado, lo emplearemos en liberar prisioneros que carecen de medios para pagar su rescate.
—Eso espero.
—Así será. Es menester mostrar cierta solidaridad hacia quienes menos tienen, ¿no creéis?
Resignado a no llevarse un real de los novecientos escudos, y con dudas sobre la promesa de Zarco, Gabriel se apresuró a embarcar a los recién liberados y poner, de una vez por todas, rumbo a España.
El día previo a la partida, poco antes del mediodía, Joao se presentó en la fragata con Fátima, una hermosa mujer de rostro adolescente y soberbia cabellera castaña que deslumbró a toda la tripulación.
—Estimado señor del Puerto, es una alegría poder saludaros —le dijo Fátima con timidez.
—La alegría es mutua. Pero dejemos las formalidades a un lado, que eres mi cuñada —respondió Gabriel, que la había visto cuando era niña y no guardaba ningún recuerdo de ella. Pese a darse un aire de familia, no se parecía mucho a Marcia: la nariz, si acaso, el óvalo del rostro y algunos gestos.
Durante un buen rato intercambiaron noticias sobre sus vidas. Gabriel la puso al tanto del estado de buena esperanza de Marcia, lo que complació sobremanera a Fátima.
—Si está tan embarazada, ¿qué haces aquí?
—Eso mismo me pregunto yo. —Gabriel pretendió esquivar la respuesta con una encantadora sonrisa.
Fátima fingió no notarlo y le contó que su hermano Geraldo se había embarcado en Plymouth con el séquito del Prior do Crato para participar en la reconquista de Portugal.
—Eso nos convierte en enemigos —dijo Gabriel.
—Es una forma de verlo.
—¿Es que hay otra?
—Por supuesto: que ahora somos parte de la misma familia.
Gabriel mandó extender una lona sobre la cubierta del alcázar y allí ofreció a sus visitantes un almuerzo con lo mejor de su bodega.
Mientras comían, García se acercó a su padre y le pidió permiso para acompañar a Mahagüini a cazar un venado, o un jabalí, en la otra orilla del río.
Gabriel se lo pensó dos veces, pues ignoraba cuán guardada estaría la caza en aquellas tierras, y el medio indio, que captó sus aprensiones, añadió que les vendría bien un poco de carne fresca para la travesía.
—Pero andaos con cuidado — accedió al fin, para contento de su hijo.
—¿Es tuyo ese chico? —preguntó Fátima en cuanto se hubieron marchado.
—Así es —respondió Gabriel. Y se animó a contarle cómo había conocido a su madre durante sus años de pirata en el Caribe.
—Tu vida parece más apasionante que la del mismísimo Amadís de Gaula —bromeó Fátima.
—No más que la de tu esposo.
La respuesta de Gabriel provocó una mueca inconsciente en Joao.
—Mi vida es tan sedentaria que ni siquiera me he animado a seguir al Prior —se apresuró a decir.
Tras el almuerzo, Pascual Laiseca y Vermeulen, que competían en atenciones hacia Fátima, se ofrecieron a enseñarle hasta el último rincón de la fragata.
Aprovechando su ausencia, Joao entregó a Gabriel el informe de situación prometido por Zarco y le anunció que la Contra Armada inglesa había zarpado ya de Plymouth.