La derrota del dragón XX
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La Coruña

—¡El enemigo está en las puertas!

Como en Roma ante el avance de las tropas cartaginesas, así en La Coruña se repetía aquella frase —gritada o susurrada, con pánico o con mesura— en las casas, en las calles y las plazas, en los mercados. En las esquinas. No había rincón donde alguien pudiera aislarse de lo que ocurría.

Durante la noche, en medio de una tensión sostenida, lograron entrar en la ciudad dos compañías venidas de Betanzos.

Tras ello, siguió una amanecida atronadora, en la que los cañones no cesaban de rugir.

Los de la Fortaleza Vieja y los de San Antón, con un alcance efectivo de media milla y máximo de una, mantenían a raya a cualquier navío que pretendiera acercarse al puerto.

Los del fuerte Malvecín, más pequeños, disparaban contra las posiciones inglesas frente al muro de la Pescadería, y contra cualquier barco o lancha que se aproximase desde la bahía.

La artillería de los tres navíos anclados junto a la playa mantenía un duelo de larga distancia contra una batería que los enemigos instalaron en un roquedal del Puente del Gaitero: tres piezas de bronce de veinticuatro libras que embarcaron en lanchones y las trasladaron a tierra, sin que las galeras Princesa y Diana hicieran mayor cosa por impedirlo.

Al principio, alertadas por los gritos de los soldados, cruzaron raudas las aguas del puerto y dispararon, como el día anterior, contra las lanchas, sin hacer blanco en ellas.

Se aproximaron más, pegadas a la costa, para esquivar el fuego enemigo, cuyas balas, altas, cortas o desacertadas, no las alcanzaban.

La boga ágil y la maniobra precisa las llevó a tres cables, a dos… Cuanto más cerca, menos riesgo.

—¡Santiago! ¡Santiago! ¡A por ellos! —clamaban los coruñeses desde las murallas.

Pero cuando las galeras tenían al enemigo al alcance de la mano, todo el valor mostrado se tornó en flaqueza, y sus capitanes, faltos de ánimo, ordenaron hacer ciaboga y regresar a la protección del castillo de San Antón.

Los soldados desde la isla los increpaban y les exigían volver a la carga.

Mas Pantoja y Palomino, sus capitanes, lejos de obedecer, abandonaron el puerto y pusieron rumbo a Ferrol.

Gracias a aquella retirada, los ingleses instalaron con facilidad la batería en el Gaitero, que comenzó un durísimo castigo contra los tres navíos, que, si bien se defendieron, e incluso descabalgaron una de las piezas enemigas, eran blancos inmóviles, demasiado fáciles.

Hora tras hora, andanada tras andanada, los fueron acribillando hasta que su defensa se volvió imposible.

Martín de Bertendona ordenó incendiar los barcos y evacuar a los defensores, no sin antes dejar minada la bodega del San Juan, que reventó justo cuando una lancha enemiga se abarloaba para hacerse con sus estandartes.

La explosión alzó una gran nube de humo que oscureció el cielo durante largo rato e impregnó la bahía de olor a pólvora.

—Unos cuantos herejes se han muerto allí —comentó en el muro del istmo Gregorio Rocamonde, el carnicero.

—El ansia de gloria qué mala es —le respondió Martín Robledo, que lo acompañaba en el puesto.

—Y qué poco nos importa —apostilló otro arcabucero de la bandera de Meiranes.

Sin galeones ni galeras, la Pescadería quedaba desguarnecida por la playa de la Marina, demasiado desenfilada del Malvecín y de San Antón como para que ofrecieran cobertura eficaz.

El desaliento cundía. La inquietud, el miedo hacían presa en los corazones.

Por bien fortificada que estuviera la ciudad —que no lo estaba—, ¿cómo detener una flota tan inmensa?

Ante la nueva situación, el marqués de Cerralbo mandó reforzar la defensa del muro de la Pescadería con varias compañías de soldados regulares y de vecinos, desde el Malvecín hasta el Caramanchón, junto a la playa del Orzán.

Algunos capitanes eran del parecer de desamparar el arrabal, cuya defensa se auguraba tan encarnizada como inviable, para concentrar los hombres en la ciudad vieja.

—No cederé un palmo de tierra al inglés —les respondió Juan Pacheco con la arrogancia de un príncipe—. Si la quieren, que la ganen a sangre y fuego.

Vanas palabras, cuando no las respaldan las obras.

Previendo, no obstante, que aquella noche pudiera perderse la Pescadería, dispuso que se trasladaran intramuros provisiones, munición, plomo, mechas y bastimentos almacenados en ella, para hurtarlos al enemigo.

Tarde llegó la orden. No se contó con que el volumen era enorme: bizcocho, cecina de buey, tocino, garbanzos, aceite, armas y vino —mucho vino—, acopiados para la Gran Armada.

Ni se pensó en el esfuerzo que exigiría trasladar las diecisiete piezas de bronce del galeón San Bernardo que habían sido bajadas a la playa mientras se le daba carena.

Tampoco en que soldados y milicianos, ocupados en los muros y baluartes, poco podrían ayudar.

Ni en que los vecinos de la Pescadería andaban atareados en poner a salvo sus propios bienes y hacienda, la barca, los muebles y enseres conseguidos con tanto sacrificio, las redes, los reales escondidos, aquel cofre o esa basquiña de seda, y corrían cargados con sacos y costales, con cajas y brazadas, con cántaros en la cabeza o en las caderas, sin orden ni concierto.

Se ayudaban unos a otros, o se discutía con el pariente, con la comadre, por una espuerta, por una gallina, por la cuerda de un tendedero.

Se arreaban cerdos y vacas, se recorrían calles y callejas, se atoraban las puertas de la muralla; se asomaban unos a la playa de la Marina, temerosos del desembarco, otros a la del Orzán, en busca de refuerzos o de más velas enemigas.

Isabel y otras hermanas ayudaban a las monjas del convento del Carmen a poner a salvo en el beaterío de Santa Bárbara los objetos litúrgicos, imágenes y cuadros sagrados, ornamentos de mayor valor, ropa y víveres.

En los rostros tensos, en las lágrimas, podía leerse el dolor de aquellas mujeres por verse obligadas a abandonar la morada del Señor, que en su nombre habían custodiado: los lugares familiares, el huerto, el refectorio, la pila de agua bendita, las celdas, la baldosa dura, bajo el sencillo crucifijo, donde cada noche se habían arrodillado a elevar sus plegarias.

Sus cuitas no diferían de las que afligían a los frailes del convento de Santo Domingo o a los sacerdotes de San Jorge, que igualmente trasladaban intramuros sus objetos y enseres, el sagrario, los candelabros de plata, libros de la biblioteca, atemorizados por el estampido incesante de la artillería, el escopeteo, los heridos en camilla, los escalabrados.

Algunos buenos cristianos, al ver la carga que llevaban los religiosos, les ofrecían su ayuda de buena gana. Otros, más ocupados en lo propio, pasaban con indiferencia o miraban sus pertenencias con ojos de ratero.

Tras varios viajes entre el arrabal y el beaterío, Isabel se dirigió a la calle de la Estrella.

El trajín del día la había dejado exhausta, y agradeció la cazuela de berenjenas con que la recibió Yabama.

Mientras daban cuenta de ella, le contó que se había acercado a la playa para observar los combates de la bahía.

—¿Con el niño? —había alarma en la voz de Isabel.

—Media villa estaba allí.

—Pero ha explotado un barco.

Se encogió de hombros la mestiza y le narró la cobardía de los capitanes de las galeras, que se arrugaron frente al enemigo y abandonaron la bahía.

—¿Cómo lo sabes?

La pregunta de Isabel quedó sin respuesta, porque en ese momento llamaron a la puerta. Yabama depositó sobre la mesa el barreño con los platos sucios y se apresuró a abrir. Era Marcia.

Quietas en el umbral, las mujeres se contemplaron durante unos instantes: morena la una, con el pelo cobrizo y los ojos amarillos; blanca la otra, con la tripa henchida y la mirada chispeante.

Los rayos oblicuos del sol proyectaban la sombra de un tejado en la fachada de enfrente.

Bajo una ventana, dos gatos, con los pelos erizados, se amenazaban entre bufidos.

—¿No vais a presentarnos? —preguntó la mujer que acompañaba a Marcia.

La pregunta de María Fernández relajó la tensión. Yabama franqueó el paso y las tres mujeres se encaminaron a la cocina.

—¿Qué haces aquí? —Isabel estaba a un tiempo extrañada y contenta de ver a su cuñada moverse con libertad.

—Mi esposo combate en el muro, con don Francisco Meiranes —explicó María Fernández—. Mientras esté a mi lado, doña Marcia podrá moverse por donde le plazca. ¡Y que alguien trate de impedírselo! —añadió, con los brazos cruzados bajo el pecho y un dejo de desafío en la voz.

Marcia le sonrió con gratitud.

—La Pescadería corre peligro —dijo—. Mucha gente está trasladando sus pertenencias a la ciudad.

—Lo sé —respondió Isabel con placidez.

—Vámonos, entonces.

—¿A dónde?

—A casa de mis tíos.

—Estoy agotada.

—Por eso estamos cuatro —zanjó Marcia, y se apresuró a buscar un saco en el que comenzó a meter los objetos más valiosos.

Un rato después, las mujeres, con los bultos a cuestas, se sumaban a la marea que discurría por la calle de San Andrés en dirección a la puerta de Aires.

Las cargas más pesadas las llevaban Yabama y María, una joven más fuerte que corpulenta, de abundante cabellera castaña y rostro por lo general afable.

Las calles de la ciudad vieja mostraban también un ajetreo inusual.

En la casa de los Del Puerto las recibió Dominga, esposa de Froilán, que metió los aliment os en la cocina y les mostró la habitación donde podrían guardar los bártulos y dormir Isabel y Yabama.

Su marido y su suegro, cargados de hierro, se habían sumado a la defensa, y Sanchete, su hijo mayor, daba vueltas por el patio, rabiando por no poder seguir el ejemplo de su padre.

—Trabajo me cuesta contenerlo —comentó Dominga, con un deje afligido.