XIX #5
—Putos mierdas —escupió Diego Hernandes, que también se levantó y echó a andar con decisión.
Su gesto galvanizó al resto, pero los españoles no se dejaban flanquear.
Habían iniciado una retirada por la orilla, y lo hacían con pericia, formados en cinco líneas que se relevaban para mantener el fuego constante.
Disparaba la primera, que luego retrocedía para recargar; le seguía la segunda, y así sucesivamente, hasta que la primera volvía a estar en posición.
Frente a semejante disciplina, sus esfuerzos resultaban vanos.
El cabo Pimenta recibió un balazo en el cuello y cayó.
Duarte trató en vano de auxiliarlo. El herido lo asió por la cuera, musitó unas palabras ahogadas en sangre y expiró.
Duarte le cerró los párpados, se hizo con su arcabuz y siguió tras sus compañeros, que poco pudieron hacer para evitar el repliegue escalonado del enemigo.
Tampoco las tropas inglesas consiguieron envolverlos. Los buques fondeados en la Marina abrieron fuego y cubrieron la retirada de los suyos. La persecución se detuvo frente a la muralla que cerraba el istmo.
Norris se apostó en una de las muchas casas situadas frente a aquella defensa y la observó con atención: no pasaba de ser un muro almenado de piedra y tapial, de quinientas varas de longitud y cuatro de altura, con un fortín en un extremo y, en el centro, una puerta protegida por un revellín. Nada que pudiera detener su avance.
Para impedir toda salida de la ciudad o la llegada de auxilios, ordenó cavar de inmediato una trinchera paralela a la muralla.
A fin de cubrir a los zapadores del fuego de los tiradores apostados en las almenas, mandó levantar a toda prisa un parapeto de gaviones y desplegó escuadras de mosqueteros tras los cercos de piedra que jalonaban el campo, con lo que se entabló un duelo de puntería que se prolongó durante horas.
Sir Francis Drake desembarcó por la tarde, para conferenciar con Norris y coordinar la estrategia naval y terrestre.
Pero sus concepciones e intereses eran tan distintos que no tardaron en chocar.
El general quería que, al día siguiente, mientras sus tropas asaltaban el muro de la Pescadería por tierra, los galeones reales destruyeran a los tres grandes navíos españoles y desembarcaran en la playa del arrabal.
A Drake le parecía imprudente exponer de aquella forma a sus preciados galeones. En su opinión, debían emplazar varios cañones en una altura que dominase el puerto, para castigar desde allí a los buques enemigos antes de cualquier acción directa.
—¿Y no vais a atacar? —preguntó Norris, con desconfianza.
La respuesta de Drake fue rápida y presuntuosa:
—Por supuesto. Una vez los hayamos neutralizado, enviaremos las lanchas contra la playa.
—¿Y vuestros galeones?
—A buen recaudo, John. ¿O acaso deseáis viajar hasta Portugal en chalupas?
Norris aceptó de mala gana los planes del almirante. Comenzaba a comprender que, en el mando conjunto, Drake se había reservado la parte del león, pues el ejército, escaso de caballería y sin artillería de sitio, dependía por completo de la flota.
Trenton fue testigo del desencuentro. Aunque su puesto estuviera a bordo, había desembarcado con las tropas que transportaba el Fortune, al mando del capitán Sydeman. Ya en tierra, buscó al almirante con la excusa de pedirle instrucciones respecto a las embarcaciones que se alejaban de la armada.
—¿Debo seguir guardando el perímetro?
—Dejadlo. Encomendaremos esas labores a una escuadrilla de filibotes, más veloces, y menos útiles en el sitio. Para vos tengo otra tarea.
—¿Qué tarea? —inquirió Trenton.
—Mañana situaremos varios cañones en aquel promontorio. —El índice de sir Francis señaló el lugar escogido, un roquedal situado al oeste de Oza—. Pero antes habrá que allanar el terreno.
A Trenton no le apetecía aquella tarea, pero tampoco deseaba que lo alejaran de las operaciones terrestres, y obedeció sin rechistar.
Mientras tanto, el ejército se preparaba para acampar.
Se alzaron algunas tiendas —pocas, pues todos esperaban dormir al día siguiente en la villa—, se cavaron letrinas, fosas para los muertos y se encendieron hogueras donde calentarse y cocer un bocado tras los combates.
Norris y sus capitanes no iban a permitir el descanso.
Escuadras sueltas o compañías enteras cruzaban el campamento, siluetas cada vez más oscuras, rumor de herrajes, armaduras, voces de mando, las luciérnagas rojas de las mechas.
De cuando en cuando, una descarga de arcabucería daba fe de alguna escaramuza en el perímetro.
Trenton decidió pernoctar en el Fortune.
Le aguardaba un día difícil. En algún lugar tras aquellas murallas descansaban su mujer y su hijo.
Mientras volvía a bordo, vio los resplandores de los caseríos incendiados, que se recortaban en la luz menguante del atardecer.
Parecía que aquella iba a ser la tónica de la campaña.
Pero, conociendo a sus jefes, ¿qué otra cosa cabía esperar?