La derrota del dragón XIX #4
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XIX #4

—Qué gran capitán ha perdido España —se lamentó Pechoabierto, antes de explicar a Gabriel y a cuantos lo escuchaban cómo había llegado hasta allí—: El San Juan recaló en una isla del oeste de Irlanda para hacer aguada, permitir que descansara la extenuada tripulación y reparar el palo mayor, dañado por un cañonazo durante los combates en el canal de la Mancha.

Cada mañana, el almirante enviaba una escuadra a tierra para recoger agua y comprar víveres frescos a los lugareños, que se peleaban por vendernos lo poco que tenían.

Mas tanta ida y venida acabó por levantar sospechas.

Los ingleses nos tendieron una emboscada, nos capturaron y nos llevaron tierra adentro, donde un irlandés acaudalado se apiadó de nuestra suerte e intentó negociar nuestra libertad con los soldados.

Les ofreció hasta una libra por cabeza. Tras largas discusiones, consiguió que el jefe del destacamento aceptara rescatar a tres de los ocho cautivos.

Aquella fue su última propuesta, y no hubo más remedio que aceptarla.

—¿Cómo hicisteis para elegir a los afortunados? —preguntó Laiseca.

El cabo, un hombre grande, de nariz torcida y dientes podridos, lo miró con desconfianza.

—Lo echamos a suertes —respondió al fin—.

Y no crea vuesa merced que los tres rescatados tuvimos tanta suerte, porque las penalidades del camino acabaron con mis dos compañeros.

Sólo yo, por la Gracia de Dios, pude llegar a las tierras del noble rebelde Sorley Boy McDonnel, que me ofreció refugio y protección.

Allí me reuní con los demás náufragos que componemos este reducido grupo.

Las historias de los otros no eran menos trágicas. Los hombres de la Trinidad Valencera, que tras el naufragio lograron alcanzar la playa, fueron atacados y diezmados por los ingleses. Apenas unos pocos escaparon a la matanza y vagaron durante semanas por la isla, sin rumbo ni auxilio.

En cuanto a la Rata Encoronada, varó en una bahía del condado de Mayo.

El general Alonso Martínez de Leyva, que iba en ella, mandó pegarle fuego para que no cayese en manos del enemigo, y se puso en camino con toda su gente en busca de una urca que se había resguardado en una ensenada próxima, la Duquesa Santa Ana, que los acogió a bordo.

Mas cuando un grupo desembarcó para proveerse de bastimentos, la urca levó anclas y se hizo a la mar, sin que nadie acertase a explicarse el motivo.

—Mala suerte tuvisteis —comentó un marinero, atento al relato.

—Eso creímos —respondió el soldado que, con acento de Murcia, narraba la historia—, hasta que supimos la suerte de nuestros compañeros.

La Duquesa, sobrecargada con dos tripulaciones, embarrancó más al norte.

Fue socorrida, a su vez, por la galeaza Girona, que aprovechó sus maderas y aparejos para hacer reparaciones de fortuna.

Después de dos semanas de trabajos penosos, la Girona, con más de mil hombres a bordo, trató de alcanzar Escocia, pero un nuevo temporal le partió el timón y la arrojó contra las rocas. Sólo hubo dos supervivientes.

Las últimas palabras del murciano dejaron mudo y cabizbajo al numeroso auditorio. Sólo Dios sabía los tormentos que habían padecido aquellos hombres. Por curiosidad insana, o quizá para romper el luctuoso silencio, Laiseca preguntó por el origen del peculiar nombre de la Encoronada.

—¿Sufríais acaso una epidemia de ratas?

—No, señor maestre. La Rata, es decir, la nao Santa María Encoronada, pertenecía a la escuadra de Levante. Según me dijo uno de sus calafates, que llevaba años navegando en ella, su primer capitán había sido un genovés tacaño y de mal carácter, apellidado Ratti. De ahí el apodo.

Casi un mes después de haber partido de Londres, la fragata alcanzó la embocadura del Támesis, lo que sembró el temor entre los náufragos. El cabo Pechoabierto, el de mayor graduación entre ellos, fue comisionado para intentar disuadir a Gabriel.

—Tranquilizaos, señor cabo —lo calmó Gabriel—, que tampoco yo quiero caer en manos de los ingleses. Pero en Londres hemos de recoger a otros prisioneros de la Armada que también tienen derecho a la libertad, ¿no os parece?

—Tenéis razón —concedió Pechoabierto. No sólo porque la causa fuera justa, sino porque intuía que aquel capitán no era hombre al que conviniera contrariar.

—Me alegra que estemos de acuerdo —respondió Gabriel—. Ahora espero que se lo hagáis ver a vuestros compañeros.

Así, la fragata, que navegaba bajo pabellón francés, remontó de nuevo el Támesis y fondeó, como la vez anterior, junto a la Isla de los Perros.

No era poco lo que quedaba por hacer.

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Oza, ría de La Coruña

A las compañías de la primera oleada siguió otro contingente en un segundo desembarco que las galeras no lograron estorbar.

Sólo los cañones de los grandes buques anclados ante la Pescadería hicieron algunas descargas, que, sin embargo, quedaron cortas: su alcance no llegaba hasta Oza.

Más y más hombres descendieron a tierra, hasta sumar varios millares.

El ejército expedicionario, bajo el mando de John Norris, avanzó tierra adentro y ocupó sin resistencia el camino de Santiago y el monte Eirís, desde donde se dominaba la ciudad: pequeña, encajada en un rincón rocoso al este de la península, y extendida entre dos playas, sobre el istmo que la unía al continente.

Al fondo, recortándose sobre el cielo, se alzaba la Torre de Hércules. Más allá, el Atlántico abierto.

En la Contra Armada viajaban siete banderas de portugueses, todas escasas de hombres.

Don Antonio de Avis y sus consejeros, deseosos de magnificar su participación, habían preferido crear el doble de ellas con la mitad de soldados.

Ya habría tiempo de engrosarlas con tropas que se les sumasen en tierra lusa.

La compañía de Geraldo bajó a tierra en la tercera oleada y se apresuró a unirse al grueso del ejército.

Pese a la incorporación de los huidos del bergantín, apenas sumaban sesenta soldados.

Duarte y sus compañeros habían sido encuadrados como simples infantes bajo las órdenes de un tal cabo Pimenta.

Para Duarte, encontrar a Geraldo Henriques en la cubierta del Relief fue una sorpresa desagradable.

Desagradable y peligrosa. Tardó unos instantes en reconocer a su viejo enemigo en el oficial que discutía acaloradamente con el capitán Yates sobre la conveniencia de aceptar en su compañía a los náufragos.

Aquel hombre de facciones angulosas y profundos surcos en las mejillas distaba mucho del joven que conociera en los lejanos días de Terceira.

Tampoco Geraldo reconoció al soldado escuálido, barbudo y desmelenado que, bajo el nombre de Eduardo Pinto, juraba lealtad al rey don Antonio. Por si acaso, al hacerlo bajó la cabeza y enronqueció la voz.

—No me engañáis, bastardos —les dijo Geraldo a todos—. Sé que juráis para libraros de las cadenas.

Pero allí estaban, en la cima del monte Eirís, él y todos los portugueses del bergantín, incluidos Fernando Álamo y fray Antonio, que se habían hecho pasar por tales. El último, además, había descubierto su condición religiosa.

—¿Era necesario que os declaraseis sacerdote? —le preguntó más tarde Duarte.

—¿Por qué seguir ocultándolo? En la guerra, todos los hombres necesitan auxilio espiritual, sean del bando que sean.

Su decisión, a la postre, resultó acertada. Geraldo, que no contaba con capellanes, lo aceptó con agrado y, por su mediación, fue mostrándose menos áspero con las nuevas incorporaciones. Por lo demás, pronto entrarían en combate y las fidelidades se pondrían a prueba.

Aunque las penalidades compartidas habían forjado entre los fugitivos una suerte de hermandad, Duarte advirtió que algunos se apresuraban a abrazar la causa del Prior, mientras otros guardaban en lo más hondo su lealtad al rey Felipe.

Sólo Hernandes, de espíritu mercenario, parecía indiferente al bando por el que pelear.

Norris dividió sus fuerzas en tres cuerpos.

Uno se dirigió al sur, para asegurar el perímetro y prevenir un ataque por ese flanco; el segundo marchó hacia el este, con la intención de dominar la margen oriental de la ría y evitar que la armada fuese atacada desde las alturas; y el cuerpo principal avanzó hacia La Coruña.

El campo estaba punteado de granjas y caseríos ya vacíos, que los soldados saqueaban e incendiaban.

En el alto de Santa Lucía se dejaron ver por primera vez los españoles.

Una manga de arcabuceros, emboscada en el paraje, tiroteó por sorpresa a la confiada vanguardia inglesa.

Cayeron una veintena de hombres y el avance se detuvo.

Los capitanes organizaron un nuevo asalto, pero los enemigos, veteranos curtidos, mantenían una cadencia constante de tiro.

Norris ordenó entonces realizar una maniobra de flanqueo.

La compañía de Geraldo se desvió hacia la costa.

Descendieron por una vaguada fuera del alcance de los enemigos y desembocaron en una lengua de tierra junto a la orilla, que siguieron doscientas varas hasta el pie del alto.

A Duarte le habían entregado un arcabuz medio desencajado y una mecha que ardía mal.

Avanzaba tras el cabo Pimenta, un hombre de cabeza redonda y voluminosa, que apenas cabía en el morrión.

Se desplegaron entre rocas y maleza. El petardeo, cada vez más próximo, no cesaba.

Cuando estuvieron en posición, Geraldo dio la orden de avanzar.

Comenzaron a subir a buen paso, entre sudores y jadeos, pero el fuego español los obligó a agazaparse.

Duarte se arañó el antebrazo con una piedra aguda.

Observó, curioso, las gotas rojas que le brotaban: las primeras que derramaba por el Prior.

Llevaba la cabeza descubierta y una cuera sobre el jubón.

—¡Arriba! ¡Adelante! —Geraldo se puso en pie.

Seguía siendo tan impetuoso como siempre. El alférez, a su lado, hacía ondear la bandera. Sin embargo, los hombres dudaban.