La derrota del dragón XIX #3
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XIX #3

En tierra, la gente corría, presa del pánico ante lo que se les venía encima.

Filas de aldeanos, con sus escasas pertenencias al lomo, arreaban sus animales rumbo a las puertas de la ciudad.

Hombres, mujeres, chiquillos de todas las edades.

Los pescadores regresaban al puerto a toda prisa, varaban sus embarcaciones, descargaban las capturas, recogían las redes y echaban a correr por la arena.

Las tropas de Norris los miraban desde los navíos con sorna y codicia.

¿Llevarían sus caudales en los sacos? ¿Las vajillas, la plata?

Bien pasado el mediodía, entró en la bahía la escuadrilla de Trenton, que había estado cubriendo la retaguardia.

A pesar de sus esfuerzos, algunos buques menores se habían desviado hacia la ría de Betanzos, para hacer el corso por su cuenta.

Trenton salió en su persecución, pero eran demasiado livianos y veloces para el Fortune.

Los perdió de vista tras unos salientes rocosos y regresó a la formación.

En el puerto, el fuego del fuerte de la isla era tan certero que alcanzó a uno de los buques, y obligó a los más exteriores a pegarse a la costa, entre la punta de Boi de Canto y El Pasaje.

Drake ordenó el desembarco.

Se botaron unos quince lanchones de la escuadra del vicealmirante Fenner, amarrados a los costados de los buques, con sus patrones y remeros listos. Las tropas, armadas con picas y arcabuces, se acomodaron en ellos. Aunque no se veían españoles en la ribera. ¿Dónde estaba la resistencia?

Una vez listos, los lanchones bogaron hacia el arenal de Santa María de Oza. La playa, ancha y de arena blanca, asomaba a intervalos sobre las crestas de las olas.

Las dos galeras que antes les habían salido al encuentro se aproximaron de nuevo para cortarles el paso.

Impulsadas por la fuerza de cien galeotes, parecían volar sobre la ría.

Los cascos oscuros, los palos desnudos, las hileras de remos mordiendo el agua con impecable sincronía, la proa aguda y el espolón apenas sumergido.

Todo en ellas infundía temor. Desde la crujía, sus cañones apuntaron y soltaron una andanada.

Una lancha, alcanzada de lleno, se fue a pique con todos sus tripulantes.

Otra, al tratar de esquivarla, estuvo a punto de volcar.

Los patrones detuvieron la boga y dieron marcha atrás.

Sólo uno tuvo el cuajo de detenerse a recoger a los náufragos.

Sir Francis, que observaba la maniobra desde el alcázar del Revenge, en compañía de capitanes y notables, se acariciaba la barba, pensativo. No podía emplear su artillería sin correr el riesgo de herir a los suyos.

Fenner ordenó botar cinco lanchas más, y se embarcó en una de ellas. Drake asintió, complacido. Eso mismo habría hecho él.

—Este Thomas es un hombre de una sola pieza —comentó.

El pequeño escuadrón volvió a arrancar, con parsimonia, rumbo al arenal.

Las galeras retornaron con ímpetu. Dos cañonazos, un blanco.

Apretaron la boga, arremetieron de nuevo y deshicieron la formación.

Desde sus bordas, dos líneas de mosqueteros los hostigaban con puntería.

Cayeron los primeros hombres. Los ingleses devolvían el fuego con escaso acierto: los lanchones eran inestables y las galeras se movían deprisa. Para eso servían.

—Habrá que posponer el desembarco hasta la noche —comentó sir Francis, con voz firme y una sonrisa tranquila. Antes muerto que mostrarse preocupado.

Quienes lo escuchaban asintieron con gravedad. Si lo decía Francis Drake —el pirata, el corsario, el favorito de la fortuna—, así habría de ser. Pero, en ese momento, las galeras, que se habían aproximado a la flota más de lo prudente, viraron con presteza y regresaron al puerto.

El almirante, sujetando el júbilo, sentenció:

—El exceso de prudencia no siempre es conveniente.

—Por no llamarlo de otro modo —bromeó el señor Oseley.

Rieron todos, alejados de sus temores. Las lanchas, recompuesta la formación y sin galeras que las estorbasen, alcanzaban ya el arenal de Oza. Los soldados saltaron a tierra con rapidez, cruzaron la playa y ascendieron por el pequeño talud que la separaba de los campos, listos para combatir.

Precaución inútil: nadie los aguardaba allí.

3

Escocia

Durante la travesía a Edimburgo, la Portuguesa se topó con mares gruesos y tormentosos que pusieron a prueba sus capacidades marineras.

Pese a las duras condiciones de navegación, Gabriel no quiso dispensar trato de favor a García, y el pequeño paje atendió sus obligaciones en cubierta con un estoicismo propio del más sufrido marinero.

—Una ola más fuerte que otra puede arrastrarlo al agua —le dijo Mahagüini.

—Se embarcó de polizón —respondió Gabriel—. Que apenque con las consecuencias.

A pesar de su aparente rigor, respiró aliviado cuando embocaron el amplísimo estuario del río Forth, en cuya margen meridional se hallaba el puerto de Edimburgo.

Allí pudo comprobar tanto la fiabilidad de la información proporcionada por Joao Veiga como la buena disposición de sir John Seton, a quien encontró en su palacete, situado fuera de la ciudad.

El caballero escocés lo recibió con gran cortesía, le mostró la heredad —que incluía campos de cultivo, bosques, un pequeño lago y una hermosa iglesia de estilo gótico— y lo invitó a compartir la cena con su familia.

Gran conversador, le explicó que en su juventud había vivido más de un año en España y frecuentado la corte del rey Felipe de la mano de don Juan de Idiáquez y de otros nobles influyentes.

El monarca le había concedido la cruz de Santiago, que lucía con orgullo, bordada en rojo, sobre el pecho de su ropilla.

Seton había alojado en sus propiedades, y procurado transporte a Francia en un barco escocés, a varios náufragos de la Gran Armada. Poco después, acogió a otro grupo de fugitivos procedentes de Irlanda.

—¿Y por qué no los enviáis en otro barco escocés? —quiso saber Gabriel.

—Porque aquel viaje, realizado de forma pública y abierta, exigió un arduo trabajo diplomático, e incluso el recurrir al rey Jacobo para obtener garantías de que no serían retenidos en puertos ingleses.

He aprendido la lección: es más sencillo que viajen con vos, de forma clandestina, sin permisos ni diplomacias.

Al día siguiente, Seton condujo a Gabriel a la Torre Preston, donde tenía alojados a los españoles.

La imponente estructura, un prisma de piedra maciza con troneras y cañones para su defensa, daba cuenta de la inestabilidad política del reino.

En realidad, la torre pertenecía a lord Hamilton, cuñado de Seton y también comprometido con la causa española.

Los náufragos recibieron la llegada de Gabriel con claras muestras de alegría.

Los dieciocho hombres llevaban más de un mes recuperándose de su larga y azarosa huida a través de Irlanda y Escocia.

Seton y Hamilton les habían procurado alimento, abrigo y calzado.

Aunque declinaron amablemente cualquier indemnización por los gastos, Gabriel insistió con tal firmeza en pagar la suma estimada por Joao que al fin aceptaron.

Aquellos gestos de desprendimiento lo obligaron a revisar la opinión que se había formado sobre el amor al dinero de los escoceses.

Resuelto el asunto económico, apresuraron la partida.

La Torre Preston se hallaba apenas a media milla del mar, y Gabriel fondeó la fragata a la vista de ella.

Dos días después, una madrugada fría, los náufragos se despidieron de sus benefactores y de las amistades hechas durante su breve estancia y, siguiendo una vereda bien marcada, contentos y nerviosos por igual, se encaminaron hacia la orilla.

—Ha sido un honor tratar con vos —dijo Gabriel a Seton, que había querido acompañarlos hasta la misma playa.

—Lo mismo digo, señor Del Puerto —respondió el caballero, cuya espigada figura pronto se perdió entre la niebla.

El batel necesitó tres viajes para trasladarlos a bordo. Mientras Pascual Laiseca se encargaba de acomodarlos en la bodega, Gabriel ordenó levar anclas y poner rumbo a la embocadura del estuario. Antes de alcanzarla, se levantó la niebla y reveló un mar azul y en calma.

—Ojalá tengamos una travesía tranquila —dijo el piloto Vermeulen.

—Dios os oiga —contestó el capitán.

Lo escuchase o no el Altísimo, la navegación resultó bastante plácida. El viento, que soplaba con fuerza del norte y del nordeste, impulsaba con velocidad a la fragata hacia el sur, siguiendo la costa oriental de Gran Bretaña, y también les hacía pasar frío, pese a estar bien metida la primavera.

Los pasajeros eran todos españoles, en su mayoría provenientes de la nao Trinidad Valencera, naufragada al norte de Irlanda, algunos de la Rata Encoronada, y uno del galeón San Juan.

—¿Cómo así? —se sorprendió Gabriel—. El San Juan, del almirante Recalde, arribó en octubre pasado al puerto de La Coruña. Yo lo vi entrar.

La noticia animó mucho al soldado, un cabo de infantería que respondía al nombre de Román Pechoabierto.

—Contened vuestro gozo —añadió Gabriel—, porque el almirante falleció a los pocos días.