XIX #2
El almirante Martín de Bertendona apostó a la compañía del capitán Diego de Bazán en los barcos de guerra fondeados frente a la Pescadería.
Debían evitar que los abordaran y que desembarcaran en el arrabal.
Al capitán Monroy se le encargó la defensa del castillo de San Antón, clave en la protección del puerto y de la ciudad.
El capitán Troncoso, de la guarnición de la villa, fue enviado con ciento cincuenta arcabuceros al alto de Santa Lucía, con objeto de interceptar una posible progresión por tierra, y el resto de las compañías regulares y de milicias ciudadanas se distribuyeron entre la Pescadería y la ciudad vieja.
Organizada así la defensa, cada cual ocupó su puesto, resuelto a esperar acontecimientos y resistir.
La Contra Armada, impulsada por un viento favorable, desfiló con arrogante majestad frente a la punta de Mera y penetró en la bahía.
En ese momento abrieron fuego los cañones instalados en el castillo de San Antón y en la Fortaleza Vieja. El estruendo de sus bocas reventó la calma del mediodía y pareció señalar el inicio oficial de las hostilidades. No habría ya cuartel.
Los disparos se sucedían sin pausa. Las balas, en trayectorias tensas, surcaban el aire y hacían agua muy cerca de los cascos enemigos.
El ataque, inesperado y certero, sorprendió a la vanguardia inglesa: dos de sus barcos chocaron entre sí y fueron a varar en una playa; el resto hubo de ceñirse a la costa para huir del radio de alcance de aquella artillería.
La compañía de vecinos del regidor Francisco Meiranes fue enviada al muro de la Pescadería. Martín Robledo, que formaba parte de ella, se había parapetado tras las almenas del fuerte del Malvecín.
—¡Válgame Dios! —exclamó.
—¿Te asusta el tamaño, Martín? —le preguntó el regidor, cliente habitual de su herrería.
—Lo que me pasma —respondió Robledo, sin apartar la vista de la flota— es la facilidad con que estos herejes han desembarcado en España, cuando nuestra Grande y Felicísima Armada no fue capaz de poner un pie en suelo inglés.
—No te adelantes, hombre —replicó, jactancioso, Meiranes—, que todavía no han venido a tierra.
Desde las almenas podían observar las aguas brillantes de la bahía, sus arenales, sus entrantes y promontorios, y las espesas nubes de pólvora que brotaban del castillo de San Antón.
—Mirad allí, señor capitán. —Martín señalaba con el dedo un grupo de doce o catorce lanchones enemigos que se llenaban de soldados con rapidez.
—¡El Altísimo nos coja confesados! —dijo el regidor Meiranes, y su voz no tenía ya bravuconería alguna.
2
Litoral gallego
En la armada inglesa, la noticia del avistamiento de la península se propagó como la pólvora, y el almirante convocó de inmediato una junta de estado mayor a bordo del Revenge.
Don Antonio de Avis y John Norris fueron los primeros en llegar. El general, pese a la fiereza de su porte, parecía algo fuera de lugar en un galeón. Al portugués, que navegaba ya con rumbo a su sexta década, se lo veía, en cambio, muy complacido en su papel de soberano.
—¿Cabrá la armada en la bahía de La Coruña? —preguntó Norris.
Sir Francis se esforzó por no reírse de la ignorancia del militar con quien compartía el mando de la empresa. Por grande que fuese la flota, en aquella ensenada cabrían el doble, y hasta el triple, de barcos.
—No os quepa duda, John —respondió—. Mañana estaremos dentro, listos para comenzar el asedio.
—Un asedio breve, espero —apuntó don Antonio, preocupado por que el asunto gallego retrasara la operación portuguesa.
—Y un botín abundante —añadió el Dragón del Mar—: La Coruña deberá sufragar los gastos de los inversores.
Incluidos los suyos, por supuesto.
—Y las soldadas de los hombres —añadió Black Jack, serio.
Desde la cubierta del alcázar, la tierra, borrosa por la bruma, se mostraba verde y marrón.
—Cuando entre en Lisboa, gratificaré a cada capitán con un millar de escudos —prometió, magnífico, el Prior. Todo dinero y agasajo se le antojaban poco para mostrar su agradecimiento a quienes lo iban a ayudar a recuperar la corona—. Y con cien a la tropa.
—Bravo por vos, don Antonio —respondió Drake con un guiño travieso. Sabía cómo halagar al portugués—. Los hombres os van a adorar.
El Prior hizo un gesto condescendiente y se atusó, presumido, el bigote. Toda su vida había tenido fama de galán, incluso antes de renunciar a los hábitos, y todavía se sentía como tal.
—Y cubriré de oro a vuesas mercedes —añadió.
Cuando hubieron subido al galeón los comandantes y capitanes convocados, sir Francis los hizo pasar a su cámara, donde desplegó el plano que, gracias a la labor de información, había elaborado su cartógrafo.
El gran pliego mostraba la ría, el puerto y las defensas navales de La Coruña con notable detalle.
Inclinado sobre él, Drake explicó las dificultades y amenazas con que podían encontrarse para entrar, la formación que deberían adoptar, así como el lugar donde fondearían las distintas escuadras, pegadas a la orilla oriental, la más alejada de la ciudad.
Una vez dentro, y comprobado el despliegue enemigo, desembarcarían por medio de los lanchones en alguno de los arenales disponibles.
El general Norris aseguró que se encargaría de elegir personalmente las banderas que establecerían la cabeza de puente. Don Antonio insistió en que las compañías portuguesas participaran en aquel primer desembarco, pero Drake no estaba interesado en el debate.
—Las primeras tropas en allegarse a tierra serán las que viajan en los navíos de la vanguardia.
No se preocupe Vuestra Alteza —el almirante se cuidaba mucho de respetar en público el protocolo—, ni vos, general Norris, porque habrá trabajo para todos.
Y cederé a vuesas mercedes el honor de rendir la ciudad.
La reunión prosiguió durante un buen rato. Sería la última antes de llegar a La Coruña, y convenía despejar todas las dudas para evitar tropiezos y confusiones.
Tras despedir a los comandantes y acompañar a sus invitados hasta la borda del combés, Drake llamó aparte a Trenton y otros capitanes de confianza.
Les ordenó formar un escuadrón a retaguardia para evitar posibles deserciones y para que ningún barco cediera a la tentación de separarse de la armada, saquear poblaciones costeras y hacer corso por su cuenta.
—Vamos, sir Francis —dijo el capitán Jervis Wilder con una risotada—, ¿acaso los papistas se merecen algún miramiento?
Drake lo miró con dureza y no respondió hasta que Wilder hubo borrado todo rastro de sonrisa.
—Yo soy el primer interesado en causar a nuestros enemigos el mayor daño posible —explicó con seriedad—. Pero no lo conseguiremos si esta flota se comporta como una jauría de tiburones. Quiero disciplina, y voy a emplear el rigor que haga falta para meter en cintura a los más díscolos. ¿Entendido?
Empezaba a refrescar sobre cubierta. El sol, cada vez más bajo, acariciaba la línea del horizonte.
—Vos estaréis al frente, señor Trenton —prosiguió sir Francis cuando sus hombres se dieron por enterados—, y me daréis las novedades a mí.
A Trenton le chocó el énfasis del almirante en evitar acciones particulares de rapiña, toda vez que él mismo había actuado así en el pasado.
Y no es que le pareciese mal. Al contrario: odiaba el desorden.
Sir Francis estaba descubriendo, sin duda, que no era lo mismo ser el cabecilla de una escuadra pirata que el almirante de una armada de la Corona.
Tampoco le agradó que lo hubiera puesto al frente del grupo. Wilder y Furthow eran perros viejos, y díscolos, que no aceptarían de buena gana estar bajo sus órdenes. Además, aquel encargo lo distraería de una preocupación más importante.
Desde que supo que La Coruña sería su primer objetivo, no había dejado de pensar en su esposa.
Por más que ella lo hubiese rechazado, su seguridad, la de su hijo y su porvenir seguían siendo una fuente constante de inquietud.
Por nada del mundo querría que les sucediera una desgracia.
Pero su casa, según recordaba, se hallaba en uno de los barrios más expuestos.
John Trenton estaba convencido de que tomarían con rapidez aquella ciudad, y se devanaba los sesos buscando la mejor forma de protegerlos sin traicionar a su nación ni levantar sospechas entre subordinados ni superiores.
Al amanecer del día siguiente, la armada prosiguió su avance.
A su paso, la costa se iba llenando de almenaras, que anunciaban su llegada.
Al alcanzar el cabo Prior, viraron al sur, sobrepasaron el cabo Prioriño y la ría de Betanzos, y embocaron la de La Coruña, en donde salieron a su encuentro dos galeras de hermosa línea, armadas para el combate.
Una se adelantó unos cables y realizó un disparo de advertencia para que se detuvieran.
Pero el galeón Dreadnought, de Fenner, respondió con una salva que las ahuyentó.
La flota inglesa dobló el cabo de Mera sin encontrar resistencia. Los barcos fueron desfilando por la amplia entrada de la ría coruñesa.
En uno de los extremos de las murallas, el más expuesto al mar, se alzaba una fortaleza con cinco torreones, desde la que los españoles abrieron fuego contra ellos.
Bandadas de cuervos y palomas alzaron el vuelo, cruzando raudas sobre los campos, y grupos de gaviotas desplegaron sus largas y afiladas alas y revolotearon, nerviosas y agitadas, sobre las aguas del puerto.
Luego entró en acción un fuerte de construcción más moderna y planos inclinados, situado sobre un islote. A los primeros disparos, que se quedaron cortos, siguieron otros más altos y largos.
Hacia el oeste, anclados junto al arrabal de la ciudad, podían verse tres buques de grandes dimensiones: huesos duros de roer.