La derrota del dragón XIX
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XIX

La Coruña

—Que vuelva mañana —le dijo don Juan Pacheco a su ayuda de cámara.

—Insiste en veros, excelencia —repuso el criado con timidez—. Dice que la noticia no admite demora.

No sin cierto enojo, el marqués se levantó de la mesa y acudió al zaguán para atender al molesto visitante. El hombre, de aspecto rústico, lo informó del avistamiento, aquella misma tarde, de una gran flota desde el cabo de Estaca de Bares.

Pese a la gravedad de la noticia, procuró don Juan Pacheco guardar la compostura.

La armada inglesa, si de ella se trataba, era más probable que se dirigiese a Bayona, plaza casi fronteriza con Portugal.

Escribió, por tanto, una breve nota de aviso que entregó al patrón de la zabra para que la llevase al alcaide de aquella fortaleza, más dos reales de a ocho en recompensa por los servicios prestados.

Despedidos el visitante y su ayuda de cámara, volvió el marqués de Cerralbo al comedor.

—¿Qué ocurre, Juan? —preguntó su esposa, al percibir su contrariedad.

—Nada, nada, querida. Un incidente sin importancia —respondió con una ligera sonrisa. No era propio de un hombre de su calidad mostrarse preocupado por unos cuantos herejes.

Tampoco tenía intención de alterar su rutina, y por la mañana acudió a la Real Audiencia donde, entre otros litigios, había de verse el caso de Marcia Henriques.

No era Sancho del Puerto, miembro respetado de la honorable cofradía de mareantes de La Coruña, persona con la que conviniese malquistarse, en especial en momentos tan delicados, y había decidido mostrarse benevolente.

El edificio se alzaba no lejos de la colegiata de Santa Ma ría del Campo.

Se accedía por un zaguán estrecho a un patio central al que daban las distintas dependencias.

La sala principal era rectangular, de techos altos y grandes ventanales enrejados que dejaban pasar mucha luz.

Al fondo, sobre un estrado de madera labrada, se sentaban el gobernador, en su calidad de justicia mayor del reino de Galicia, un oidor, el secretario y dos ujieres.

A la izquierda del tribunal, unos bancos corridos albergaban a los acusados y litigantes.

El recinto lo llenaban, a pie o sentados donde podían, familiares y amigos de los causantes, testigos, algunos hidalgos ociosos, comerciantes y la legión de curiosos que no falta en parte ninguna.

El primer caso de la mañana se refería, como tantos que se veían en los tribunales, a la partición de una herencia entre hermanos legítimos y bastardos —aunque reconocidos—, que se falló a favor de los primeros, con la salvedad de una parcela de cuatro ferrados que el difunto había legado explícitamente en su testamento a una de sus hijas naturales, que lo había cuidado y había permanecido a su lado hasta el último suspiro.

La mujer, apocada y poco favorecida por la naturaleza, dio por buena la sentencia; no así los hijos legítimos, a quienes les quedaban la casa y otras propiedades, ni los bastardos sin herencia, que protagonizaron una discusión con palabras soeces, gritos y amenazas que obligaron al marqués a expulsarlos de la sala.

Viose a continuación el caso de Marcia. Leyó el secretario los cargos contra ella, que levantaron murmullos y alguna protesta entre la audiencia.

Declararon a su favor don Sancho, Froilán, Martín Robledo y Genara, la vecina de la calle de la Estrella.

Sus testimonios, que hicieron cambiar de opinión a buena parte del público, complacieron a Juan Pacheco, pues le facilitaría fallar en el sentido que ya había considerado.

Le gustó menos que el joven Froilán insistiera en llamar a declarar al anónimo denunciante, para poder indagar en el porqué de su calumnia.

En aquel momento, se oyó alboroto de voces en la puerta de la sala y aún en el patio de la Real Audiencia. Se acercó un ujier a investigar los motivos del tumulto y, a su regreso, comunicó al presidente que se había encendido un gran fuego en el cabo Prioriño.

—¿Un fuego o varios fuegos? —preguntó el marqués de Cerralbo, sin alterar el gesto.

—Uno solo, pero de gran tamaño —respondió el ujier.

Aquel único fuego era la señal convenida en caso de que fueran muchos los barcos avistados. Tomó nota del asunto Juan Pacheco y decidió, ante la sorpresa de todos, proseguir con el juicio: no había mayor desprecio hacia el enemigo que no hacer aprecio de él.

Consultado el oidor Padilla, falló el marqués que, en tanto no se esclareciera el asunto con posteriores indagaciones, la encausada quedase en libertad vigilada, aunque, para mayor seguridad, debía residir en casa de un vecino de acreditada honradez con el que no tuviera ningún vínculo.

Se escogió para ello a don Gregorio Rocamonde, miembro de la milicia vecinal y conocido carnicero de la ciudad vieja, que se hallaba presente en la sala.

Después atendió don Juan otros litigios de menor enjundia, que bien podían haber aguardado ocasión más propicia, y que prolongaron la audiencia dos horas bien cumplidas, hasta que al fin decidió darla por concluida.

Salió Marcia del palacio para reunirse con los suyos.

—Qué alegría, cuñada —le dijo Isabel tras un cálido abrazo—, parece que al fin se acaba esta pesadilla.

—Dios te oiga —respondió Marcia, a quien el fallo había dejado un regusto amargo—. ¿Cómo van las cosas por la Pescadería?

—Desde que el señor Luján está ausente, es una balsa de aceite.

—¿Y la india?

No le gustaba a Isabel que la llamase así, con aquel desdén, pero nada dijo, y se limitó a responder que Yabama la ayudaba en todo y le hacía buena compañía.

También la esposa de Froilán la abrazó y le dio dos besos. Y hasta Antoñita, la estirada mujer de Martín Robledo, le dedicó un escueto «Me alegro». Martín, por su parte, le advirtió que no descansaría hasta encontrar al felón que con tanta alevosía la había denunciado.

—Os lo agradezco de corazón, Martín —dijo Marcia.

Mientras tanto, su tío Sancho se dirigió al señor Rocamonde y le ofreció su ayuda por si necesitara acondicionar la casa para alojar a su sobrina.

—No os preocupéis, señor Del Puerto —respondió el carnicero—. Mi casa es amplia, y en ella vivimos sólo mi esposa, su hija y yo.

Se extrañó Sancho de aquella respuesta, y el carnicero, que lo advirtió, le explicó que su mujer era ya viuda cuando la desposó.

Tras las despedidas, Gregorio Rocamonde guio a Sancho, Marcia y un funcionario de la Real Audiencia hasta su casa, situada en la calle de Herrerías, donde su esposa lo había sustituido durante la mañana en la carnicería.

Cambiaron en un santiamén los papeles, y la mujer se ocupó de atender a Marcia e instalarla en una habitación pequeña pero acogedora, con dos puertas, una de las cuales comunicaba directamente con la calle.

—Así tendréis independencia y podréis entrar y salir a vuestro antojo —le dijo, con un guiño cómplice.

—¿No os preocupa que me escape?

—¿Escapar a dónde? ¿No sabéis que los ingleses están ya entrando en el puerto?

Marcia lo ignoraba, y doña María Fernández, en cuanto hubo dispuesto sábanas limpias en la cama, la condujo a la cercana muralla y la hizo subir a una de sus torres. Desde allí, ambas pudieron contemplar una imponente flota que cubría como un manto la embocadura de la bahía.

El marqués de Cerralbo, por su parte, haciéndose por fin eco de los reiterados avisos de los mensajeros, se reunió con su estado mayor para atender, efectivamente, a la defensa de la villa.

Tras un breve consejo, determinaron que las dos galeras que se hallaban en el puerto —la Diana y la Princesa—, con un número considerable de soldados a bordo, salieran a reconocer la flota enemiga y la conminaran a dar media vuelta.

Todo lo que antes había sido parsimonia se tornó precipitación.

El anuncio de la llegada de los ingleses sembró el pánico entre los vecinos de la villa, un pánico muy distinto del que días atrás habían alimentado los rumores y habladurías.

Esta vez comprendieron que nada estaba concluido: el ganado seguía en los campos, la harina en los molinos, los prados sin segar, los barcos a medio cargar.

Salieron muchos con apremio en busca de provisiones; quienes no tenían aljibe ni pozo acudían con sus cántaros a las fuentes; alguno recordó una yegua paridera dejada en un caserío de las afueras; su vecino cayó en la cuenta de que la guadaña —única arma de que disponía— había quedado olvidada en la era.

Los más confiados regresaron a sus aldeas; los pescadores sacaron del agua barcas y lanchones; los armadores fondearon sus naves bajo la protección del castillo o las llevaron hasta Santa Cruz o El Burgo, en lo hondo de la ría.

Entre tanto, barracheles y alguaciles, faltos de órdenes claras, no sabían a qué atenerse: si impedir que los vecinos abandonaran la ciudad o urgir a los indecisos para que se marcharan cuanto antes.

No tardaron las galeras en cumplir su cometido.

Luego de soltar un cañonazo de salva, que les fue respondido de igual manera, signo inequívoco de enemistad, volvieron al puerto con nuevas alarmantes: la flota enemiga era de tamaño descomunal, más de cincuenta navíos gruesos y alrededor de ciento cincuenta embarcaciones medianas y menores.

A la vista de ello, el marqués ordenó encender una gran hoguera en la Torre de Hércules para llamar a las compañías dispersas, mandó al capitán Pantoja, cabo de las dos galeras, que se apostase junto a la peña de los Cuervos y estorbara al enemigo cuanto pudiera y despachó mensajeros a Betanzos y a Ferrol, con orden de que las banderas allí destacadas regresasen con la mayor urgencia, y a Santiago de Compostela, para informar al arzobispo.