Epílogo #3
Meses después de su llegada a La Coruña, Isabel y Duarte se casaron en la capilla del beaterío de Santa Bárbara, convirtiéndose ella, sin saberlo, en bígama.
Tiempo más tarde descubrió, por vericuetos largos de referir, que Michael Gardiner le había mentido y que su primer esposo seguía con vida.
Cuando comprendió que había vivido en pecado, su turbación fue honda, y, temerosa de haber edificado su dicha sobre un engaño, buscó alivio en la oración y en la penitencia.
Duarte, menos escrupuloso y más práctico, promovió ante Roma la nulidad del primer matrimonio de Isabel, alegando coacción y ultraje.
Tras tres años de gestiones y esperas, la sentencia fue favorable y la pareja pudo recuperar la paz que había perdido.
Lo cierto era que Duarte había hallado, junto a Isabel, una plenitud y equilibrio que jamás poseyó en los campamentos ni en las cubiertas de los barcos.
Volver a sentar plaza en el ejército se le antojaba una empresa tan ingrata que decidió dejar a un lado la carrera de las armas y probar sustento por caminos más sedentarios.
En ello vino a socorrerlo Gabriel del Puerto, que cayó en la cuenta de que la participación de Duarte, un portugués con una hoja de servicios intachable, podía dar un impulso al proyecto, en aquellos momentos estancado, de abrir la delegación comercial en Lisboa.
Y acertó. Con su nombre y su crédito, y la discreta intercesión de Ramón Zarco, las autoridades dieron al fin su beneplácito para establecerse en la capital del Atlántico y comerciar con las Indias Orientales.
Duarte e Isabel se trasladaron a Lisboa para hacerse cargo de todos los fletes y portes que tuviesen que ver con la nueva ruta.
El hombre demostró pronto que su pericia no se limitaba al manejo de la espada y el arcabuz.
Hábil en el trato y firme en la palabra dada, supo granjearse confianzas y hacer prosperar el negocio.
En pocos años, aquel soldado errante se convirtió en un respetado mercader, que no olvidaba su pasado, pero tampoco lo añoraba.
Gabriel y Marcia permanecieron afincados en la Pescadería.
A Teresa la siguieron otras tres niñas que ataron a su madre a las faenas de la casa.
Marcia cambió, no sin cierto sentimiento de pérdida, la emoción de sus pasadas aventuras por otra empresa igual de exigente y no menos emocionante: criar y educar a sus hijas.
Sin embargo, de cuando en cuando confiaba el hogar al cuidado de otros y acompañaba a su esposo en alguna travesía señalada, como la que los llevó hasta Veracruz para que Gabriel se reencontrara con su madre y sus hermanos —Isabel no se atrevió a cruzar nuevamente el Atlántico—, a quienes no veía desde hacía tres lustros.
Fue una visita intensa, con abrazos demorados y silencios difíciles.
El tiempo había mudado los rostros y los ánimos: Gabriel apenas reconoció en aquellos hombres y mujeres a la madre y a los hermanos que despidió, ni ellos en él al joven impetuoso que un lejano día partió hacia España.
Gabriel procuró cumplir la promesa hecha a Marcia de no arriesgarse más de la cuenta y enterrar para siempre al temible l’Avide.
Mas la mar es una amante celosa y mudable, que no siempre le permitió ser fiel a la palabra dada y que en más de una ocasión lo arrastró a parajes remotos donde volvió a jugarse la vida.
También la guerra y el corso conspiraron para apartarlo de los suyos.
Gabriel tomó parte en acciones en el canal de la Mancha, en el socorro a la fortaleza de Blavet, en Normandía, en una jornada áspera en Irlanda y, junto al vizcaíno Pedro de Zubiaur, en varias correrías por las costas de Cornualles.
Fue dos veces herido, cayó de nuevo prisionero y de nuevo recobró la libertad.
La tripulación de la fragata se fue dispersando poco a poco; los Laiseca, Vermeulen o Ballesteros cedieron su lugar a rostros nuevos.
Sólo Antonio Martínez, Mahagüini, permaneció fiel a la Portuguesa, y a la nave que la sustituyó, de nombre Yabama, hasta que el Altísimo tuvo a bien llevárselo en una escaramuza contra filibusteros holandeses en una playa de la Florida, casi en el mismo paraje donde, muchos años atrás, había naufragado y caído en manos de los indios Ais.
Algunos quisieron ver en ello la mano del destino.
Mahagüini, antes de expirar, se contentó con contemplar por última vez una costa amiga.
Y así, entre travesías y regresos, promesas cumplidas a medias y fidelidades mantenidas, la vida fue imponiendo con tozudez su pulso. Sólo los años, que todo lo liman, lograron templar al marino audaz que llevaba dentro Gabriel y devolverlo, maltratado pero entero, al amparo de su hogar.
A su lado, como una sombra amiga, y con el paso del tiempo, también protectora, creció y maduró García, que hizo de la mar su oficio y su fortuna.
Y cuando el padre ya no tuvo fuerzas para subir a cubierta ni vista para escrutar el horizonte, fue el hijo quien tomó el relevo y paseó por los siete mares el nombre de los Del Puerto.