XVIII #5
—¡Ah! Tenéis un buen abanico de culpables —respondió el alférez con el mismo tono festivo—: el capitán Alarcón, el primero, por ser tan exigente con sus hombres; pero a él le manda el conde de Fuentes, y al conde lo gobierna el archiduque, que a su vez nada hace sin la aquiescencia de su tío, el rey.
—Bien arriba habéis subido para libraros del castigo.
—Y todavía puedo subir más, pues hasta un rey se agita y desvela por la tesitura del momento.
—¿Qué tesitura es esa que quita el sueño a un rey?
—La más tirana de todas: la guerra.
—Culpar a la guerra de vuestro descuido sería tan injusto como acusar de un incendio al que fabricó las velas.
—O al que sacó la cera.
—Ya puestos, a las pobres abejas.
Ambos rieron con la ocurrencia, y las mellizas se miraron entre sí, sin acabar de comprender la broma.
—¡Ay, amiga!, si tan grave ha sido el descuido, ¿será dura la pena?
—Terrible, señor alférez: tendréis que quedaros a almorzar en casa.
—¡Cielos! Qué justicia tan fiera la vuestra, pues me obligáis a comprar un azumbre de buen vino para no pasar por gorrón.
—No hace falta tal dispendio.
—Insisto en hacerlo. Mas ya está bien de hablar de mí. Decidme, ¿cómo caminan vuestros asuntos?
—Caminan, que no es poco —respondió ella con desenvoltura, pero al punto una nube cruzó por su semblante—. Aunque…
—Qué —preguntó solícito él.
—Ese fastidioso de Rafael Reigosa ha liado a mi tío y lo ha puesto de barquero en una de las lanchas que cruzan el río. Y a mi padre le ha arrendado una carreta y unas mulas.
—¿El mismo Reigosa que quería casaros con su sobrino?
—No conozco a otro.
—¿Ha vuelto a insistir en el compromiso?
—Abiertamente no. Pero un día se dejó caer por casa con su sobrino y me lo presentó como quien no quiere la cosa. Estoy segura de que no fue casual.
—¿Y cómo es el sobrino?
—Apenas pude hablar con él. Un hombre simple y muy apocado, diría, que al mirarme se ruborizaba.
—Vuestros ojos hacen estragos, Branca.
—No bromeéis con eso, señor Jaque. ¿No veis que estoy preocupada?
Me disgusta la cercanía de Reigosa con mi familia.
Me da la impresión de que quiere ganársela a toda costa y ponerla en contra mía.
Hasta mi hermano Mateo, que nunca había querido saber nada con su padre, ha abandonado la carpintería donde llevaba años de aprendiz para ayudarlo con la carreta.
—¿También tiene parte en eso Reigosa?
—No creo, pero no es trigo limpio. Si lo conocierais, os desagradaría, con sus modales solapados, su aire de suficiencia, las riquezas y amistades de que presume, sus simpatías por el Prior do Crato.
—Media Lisboa simpatiza con Crato.
—Yo diría que muchos menos. El pueblo está cansado de bandos y partidos, y no necesita una nueva guerra. Y quienes lo apoyan no alardean de ello; al contrario, tratan de mantenerse en la sombra para no despertar el recelo de los meirinhos .
Le sorprendió a Jaque la sensatez de las observaciones de la muchacha. Y deseó que no se equivocase.
Al llegar a casa, Branca avisó a su tía de la invitación hecha al alférez.
Aunque Natalia no puso objeción alguna, a Branca le dio la impresión de que no acogía la idea con el entusiasmo de otras ocasiones.
Tampoco Tiago se mostró complacido al verlo.
A pesar de ello, la velada resultó animada.
Jaque, que cuando se lo proponía sabía ser un hombre encantador, los entretuvo con relatos de su tierra, exageradas aventuras y desventuras de su vida castrense y hasta alguna historia picante tras despachar el primer cuartillo de vino.
La sobremesa se prolongó un buen rato. Cuando Jaque se despidió, Tiago insistió en acompañarlo. Anduvieron un rato entre callejas hasta alcanzar la muralla, que siguieron hasta la cercana puerta del Cuerpo Santo. Allí se detuvieron.
—Decidme, señor alférez: ¿estáis interesado en Branca? —preguntó Tiago, que hasta entonces había venido platicando de generalidades.
—Sabéis que sí.
—Quiero decir, si de verdad os interesa. Si vuestros propósitos son honestos.
Rodrigo Jaque lo miró con atención, dudando entre molestarse por la impertinencia o responderle con la verdad. Optó por lo segundo.
—No es ningún pasatiempo para mí. Y menos sabiendo que es vuestra prima, y que también la apreciáis.
Aquella respuesta pareció aliviar a Tiago, que se abrió un poco más y le confió al compañero de armas el renovado interés del padre de Branca por casarla con un sobrino de Reigosa.
—Algo me ha contado del asunto, y sé que está preocupada.
—No es para menos. No me fío de Maciel. Ni, ya puestos, de mis padres.
—No es fácil entender a vuestra prima, y no sé dónde están puestos sus afectos, pero os juro que no se casará contra su voluntad.
—Eso quería oíros decir. Porque tampoco yo lo permitiré.
—Estamos juntos en esto.
—En esto sí.
Se estrecharon la mano bajo el arco de la puerta, entre el trajín de arrieros, compradores, frailes y labradores que aquella hora cruzaban de un lado a otro bajo la atenta mirada de los centinelas.
4
Océano Atlántico
Al inspeccionar el bergantín, Duarte y sus hombres hallaron una docena de prisioneros encerrados en la bodega, listos para ser trasladados a Inglaterra, y los liberaron de inmediato.
El patrón de la nave, un hombre apellidado Flynn, se excusó diciendo que ni él ni su tripulación simpatizaban con los ingleses y que aceptaban aquel tipo de encargos sólo por necesidad.
De ahí que, por seguridad, permanecieran a bordo varios soldados, como el oficial al que habían dado muerte.
—¿Queda alguno vivo? —inquirió Hernandes.
El patrón miró en derredor y negó con la cabeza.
—Si sobrevivió alguno, debió de arrojarse al agua.
La mayoría de los cautivos pertenecía a la dotación de la nao La Trinidad, de la escuadra de Castilla, naufragada en el condado de Cork, en el extremo suroeste de la isla.
Su cabecilla era el contramaestre, Honorio Castellani.
Al saber que zarparían de inmediato, se acercó a Duarte, lo informó de la existencia de otro grupo de prisioneros encerrado en la torre de Waterford, a la espera de ser embarcados, le rogó que aguardase hasta la mañana siguiente y que intentase rescatarlos.
Duarte, Hernandes y fray Antonio deliberaron brevemente, pero concluyeron que semejante intento podría poner en riesgo cuanto habían logrado. Si uno de los soldados se había arrojado al agua, los ingleses podrían acudir en cualquier momento.
Sin demora, el bergantín, guiado por su patrón, comenzó a deslizarse hacia el mar, que alcanzaron cuando clareaba el alba.
Como entre los liberados había varios marineros, en la embocadura se desembarcó a algunos tripulantes: el agua y los víveres, pensados para una travesía a Inglaterra, resultaban insuficientes para llegar a España.
Acodado en la borda, Duarte contempló, con las primeras luces del día, cómo se perdían en la bruma las costas de Irlanda.
Siete meses había permanecido en aquella isla.
Siete largos y penosos meses colmados de infortunios.
Había vivido situaciones extremas y presenciado atrocidades sin cuento.
Irlanda había puesto a prueba su cuerpo y su alma, su voluntad, su esperanza y su capacidad de resistir.
Había sentido el aliento gélido de la muerte tan cerca y tantas veces que aún le temblaban las carnes al evocarlo.
Elevó los ojos al cielo gris y turbulento, y buscó, entre los claroscuros de las nubes, algún rastro del Altísimo.
No lo halló, pero igualmente le dio gracias por haberlos salvado y oró por las almas de cuantos se habían quedado en el camino.
El proceloso Atlántico les dio la bienvenida con un aguacero que avivó sus temores.
Ninguno había olvidado la furia de aquel océano traicionero, último responsable de sus desventuras.
Las olas golpeaban el casco con violencia, mas el bergantín, pese a su tamaño, o tal vez gracias a él, cortaba las aguas con solvencia, y acogía con gratitud el viento de poniente que, tomado del través, lo empujaba con fuerza hacia el sur, hacia la salvación.
El patrón, avezado navegante en muchas rutas por Europa, había estado una vez en Ribadeo y sabía bien cómo llegar hasta aquel puerto.
—No pretendemos perjudicaros, señor Flynn —le dijo Duarte—, sólo regresar a nuestra tierra.
Y le prometió que, en cuanto arribasen, solicitaría a las autoridades que le pagaran los gastos ocasionados.
—Os agradezco la intención —repuso el patrón—. Pero no me hago ilusiones. Conozco de sobra la lentitud con que las autoridades sueltan la plata. Y no pienso permanecer en España un solo día más de lo necesario.
Los aguaceros pasaron de largo, el cielo se despejó y la navegación adquirió un ritmo más sereno.
Al cabo de algunos días, muchos comenzaron a permitirse la ilusión del reencuentro con los suyos.
Algunos aseguraban percibir ya, en el aire salobre, el vago aroma del terruño.
Duarte evocaba Lisboa y a los conocidos que allí dejara, especialmente a la familia de Belinha.
El recuerdo le resultó de pronto tan remoto como si perteneciera a otra existencia.
Mas aquellas ilusiones se esfumaron la mañana en que el vigía de la cofa avistó unas velas por la banda de babor.
Tras observarlas un instante y advertir que seguían rumbo convergente con ellos, el señor Flynn sugirió virar al este para evitar el encuentro; pero la maniobra no dio fruto.
Las velas eran la avanzadilla de una flota considerable, de la cual se desprendieron dos navíos que en breve se dirigieron hacia el bergantín.
—¿Qué hacemos? —preguntó Flynn, con visible inquietud.
—Conocéis bien esta nave —respondió Duarte—. ¿Creéis posible escapar?
El patrón escrutó el horizonte en silencio, midiendo distancias y velámenes, y tras unos instantes respondió que no; que aquellos bajeles los alcanzarían sin remedio.
—¿Y vos, señor Castellani, qué decís?
El contramaestre se frotó la barba, dubitativo. Aunque no conocía a fondo las cualidades marineras del bergantín, coincidió en que convenía esperar y ver qué pretendían.