La derrota del dragón XVIII #6
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XVIII #6

Se pusieron, pues, en facha y aguardaron.

Apenas divisaron la enseña de los navíos, comprendieron que la fortuna había vuelto a darles la espalda: eran ingleses.

El desánimo y el temor cundieron entre los hombres.

Fernando Álamo juró que se arrojaría al mar antes que caer de nuevo prisionero, y se sentó en la borda, con el muslo aún vendado.

Allí permaneció un buen rato mirando las aguas y clamando que jamás volvería a Ayamonte, hasta que fray Antonio logró calmarlo.

Otros se pusieron a rezar, a maldecir o incluso a llorar con amargura, vencidos por la fatalidad de verse otra vez a merced del enemigo, cuando ya se creían salvados.

Duarte se forzó a pensar con rapidez. El tiempo era escaso: los navíos estarían pronto sobre ellos. Se le ocurrieron apenas dos o tres opciones, y mandó reunir a los hombres en cubierta para compartirlas.

—Por muy negra que se nos antoje la situación, no debemos ceder al pánico —comenzó—.

Ni siquiera sabemos si tienen intención de abordarnos.

Por tanto, lo mejor será que la mayoría bajéis a la bodega.

En cubierta quedaremos unos pocos. Si suben a bordo y me interrogan —prosiguió—, diremos que somos náufragos de la Armada, que regresamos a nuestra tierra a bordo de este bergantín, fletado por el barón de Tyrrell. ¿Entendido?

Algunos respondieron con un sí tenue, otros asintieron con un simple gesto y la mayoría, sumida en la desesperación, ni siquiera reaccionó.

—Podríamos hacernos pasar por la tripulación de un mercante —propuso de pronto Fernando Álamo—. Naufragamos en las costas de Irlanda cuando retornábamos de Escocia. Sería menos grave que decir que somos soldados de la Armada.

—Sólo hay entre nosotros unos pocos marineros, señor Álamo —objetó Duarte, pensativo—. Alejarse tanto de la verdad me parece peligroso.

—Creo que vale la pena intentarlo —terció el cabo Hernandes—. Poco tenemos que perder.

—En lugar de un mercante —añadió Castellani—, sería más creíble fingir que se trataba de un pesquero, y que volvíamos de la campaña del bacalao.

—Sea —concedió Duarte, viendo que la idea ganaba adeptos—.

Deshaceos entonces de todo papel que pueda comprometernos.

—Para dar ejemplo, rasgó y arrojó al mar la carta que le confiara Tyrrell.

El mensaje, si llegaba el momento de entregarlo, tendría que ser verbal—.

Evitad bravatas y hablad lo menos posible.

Los que sepáis portugués, usadlo y tratad de pasar por tales. ¿Alguna duda?

Un murmullo, esta vez más animado, recorrió la cubierta.

—Antonio, venid conmigo —ordenó finalmente.

—Será mejor que os acompañe el cabo Hernandes —respondió el fraile, que hasta entonces había disimulado su condición—. Ambos sois portugueses y acaso tengáis, y tendremos, más posibilidades de obtener un trato benigno.

—¿Y qué haremos con los irlandeses? —preguntó en voz baja Hernandes, con gesto grave.

—Hablaré con el patrón —respondió Duarte.

—Dejad los escrúpulos a un lado, que los muertos no hablan —murmuró el cabo.

Se miraron en silencio, cara a cara, durante unos instantes.

—No pienso seguir ese camino, Diego.

Duarte se apartó unos pasos, llamó al señor Flynn, que había seguido el discurso y la discusión con expresión ausente, le explicó lo esencial de lo acordado y le preguntó si estaba dispuesto a colaborar.

El patrón, lejos de sorprenderse, se humedeció los labios con la lengua, entrecerró los ojos y respondió con un simple «sí».

—¿Y vuestros hombres?

—Ya os dije que no simpatizamos con los ingleses.

No era la respuesta más tranquilizadora, pero a Duarte no le quedaban muchas opciones. Podía aceptarla… o degollarlos a todos y cargar él solo con la sangre derramada. Estaba convencido de que Flynn había recorrido el mismo razonamiento.

Los dos navíos ingleses aflojaron escotas y se detuvieron a medio cable del bergantín.

Desde palos y cubiertas los observaban más de un centenar de hombres, que lanzaban improperios y amenazas, alzaban los puños y hasta dejaron escapar algún disparo.

Del menor de los barcos botaron un esquife con varios pasajeros, a los que se sumaron otros dos procedentes del navío mayor.

Duarte seguía sus maniobras con el corazón encogido. La primera impresión no podía haber sido más negativa. Cuando el batel se abarloó al costado del bergantín, Flynn largó un cabo para que los ingleses subieran. Su reserva seguía siendo motivo de preocupación.

En breve, una decena de hombres armados ocupaba el combés del navío.

Duarte y Flynn se adelantaron a recibirlos.

—Capitán Robert Yates, de la Armada inglesa —se presentó un hombre de estatura media, hombros anchos y ojos claros—. ¿Quién comanda esta nave?

Duarte dirigió a Flynn una mirada significativa que lo invitaba a hablar, pero el patrón mantuvo la boca cerrada. Mal empezaban.

—El patrón es el señor Flynn —dijo Duarte, señalándolo con un gesto.

El acento foráneo de Duarte y su tez y pelo morenos levantaron sus suspicacias.

—¿Sois español? —El capitán Yates se había situado en el centro del semicírculo que formaban sus hombres.

—Portugués.

—¿Qué hacéis en este buque? —inquirió Yates.

—Mis compañeros y yo naufragamos cuando regresábamos de los caladeros de Terranova —replicó Duarte con todo el aplomo que pudo reunir—.

Una tormenta nos arrojó contra la costa irlandesa y perdimos el navío, varios hombres y toda la pesca.

Por fortuna, el señor Flynn aceptó llevarnos de vuelta a Oporto, de donde partimos.

Al terminar, contuvo el aliento. Los dados estaban echados. Entonces, se adelantó otro inglés, alto, rubio, con autoridad en el porte, y se situó junto a Yates. Sin preámbulo, interrogó directamente al patrón:

—¿Es cierto?

Flynn, con la cabeza algo gacha, tardó unos instantes en responder.

—Son náufragos, ciertamente —dijo al fin—, pero no de un pesquero, sino de un bajel de la Gran Armada. Me contrataron en Waterford para que los condujera de regreso a su tierra, con promesa de pago al arribar.

—¿A Oporto?

—A La Coruña, señor…

—Trenton. Capitán John Trenton.

Un silencio espeso se adueñó de la cubierta. Sobre la borda, los dos navíos ingleses se recortaban como masas oscuras contra el cielo, que comenzaba a cubrirse. El sol se escondía tras unas nubes cenicientas. El viento, moderado, agitaba la jarcia, las velas y los ropajes de los presentes.

—Las mentiras, caballero, no suelen llegar muy lejos —dijo Yates, mientras esbozaba una sonrisa desdeñosa.

—¿Están armados? —preguntó Trenton. Flynn negó con la cabeza. Entonces, volvió a interrogar a Duarte—: ¿En verdad sois portugués?

—Así es —respondió este con voz firme—, y la mitad de mis hombres. El resto son españoles.

Asintió el inglés.

—Quiero que todos salgáis a cubierta, sin escándalo. Y vos, señor Flynn, reunid a los vuestros.

Duarte obedeció. Los prófugos, abatidos, emergieron uno tras otro, sin ánimo ni palabras.

Se les indicó dónde situarse, y tendieron las manos sin resistencia para ser atados, tarea que el propio Flynn y sus marineros ejecutaron con eficacia.

Todos los rostros reflejaban la misma expresión resignada.

Mientras se realizaban estas faenas, los capitanes ingleses apartaron a Duarte y le revelaron que su armada navegaba hacia la península ibérica, y que en ella viajaba don Antonio de Avis, legítimo rey de Portugal, dispuesto a recuperar su trono.

Añadieron que era voluntad del monarca ofrecer la libertad a cuantos portugueses jurasen lealtad a su causa y se alistasen bajo su bandera.

—¿Estáis dispuesto a jurarle fidelidad a vuestro rey? —preguntó el capitán Yates.

Duarte guardó silencio. En Irlanda ya había rechazado una oferta similar, y su honor le dictaba hacer lo mismo.

Pero las penalidades sufridas, el espectro de una nueva prisión, acaso más larga y cruel, y la idea de poder, tal vez, hallar una vía de escape e interceder por los suyos, pesaron más que cualquier principio.

—¿Y bien? —insistió Yates.

—Digo que sí.

—¿Y vuestros compatriotas?

—Habrá que preguntárselo.

—Pues hacedlo —ordenó Trenton.

El resto de portugueses fueron de la misma opinión de Duarte: preferían jurarle fidelidad al Prior antes que arriesgarse a volver a una prisión.

Resuelto aquel trámite, fueron trasbordados al buque de Yates. El resto de fugitivos, en cambio, se quedó en el bergantín, a cuyo patrón se le ordenó poner proa a Plymouth y entregarlos a las autoridades de aquel puerto.

—Necesitaré más víveres —alegó Flynn—. Y agua.

—Lo tendréis —respondió Trenton. Y para asegurarse de que sus órdenes se cumplían al pie de la letra, dejó a bordo una escolta armada.

Apenas una hora después del encuentro, los buques ingleses siguieron la estela de su flota y el bergantín enrumbó al norte y se perdió en el horizonte.

—¿Qué será de ellos? —preguntó Duarte.

—¿Qué será de nosotros? —le respondió Hernandes.