XVIII #4
Se decretaron levas en Extremadura, se impartieron instrucciones para acelerar el apresto de los escasos buques de guerra anclados en el mar de la Paja y se previó el posible traslado de la escuadra de galeras del estrecho, para reforzar a las de Lisboa.
Paralelamente, se tomaron decisiones logísticas, se redoblaron las medidas de seguridad y los servicios secretos intensificaron sus actividades en busca de infiltrados, espías y seguidores activos del Prior do Crato, realizando numerosas detenciones y, en algún caso, ejecutando a traidores confesos.
Branca, ajena a las inquietudes que agitaban la ciudad, procuraba disfrutar de la rutina diaria.
Las noticias que despertaban su curiosidad no eran las grandes cuestiones del reino, sino los comentarios que circulaban por los mentideros, los piropos que iba coleccionando y los chismes sobre vecinos y compañeras de oficio.
Las mañanas las pasaba ayudando a su tía en el puesto del mercado o recorriendo, como tantas otras regateras, las calles de Lisboa para vender pan y pescado, ya lloviera, soplara el viento o luciera el sol.
Las tardes las repartía entre las faenas domésticas, los recados, la compañía de su familia y sus amigas del vecindario y alguna que otra escapada a pescar.
Las decisiones que había tomado le habían devuelto cierta serenidad.
Sus tíos no habían insistido en casarla y su padre no había vuelto a dejarse ver.
Tiago, por su parte, seguía atento y cercano, sin atreverse a cruzar la línea que ella había marcado.
La economía de Rafael Reigosa mejoraba. El viaje con esclavos guineanos, que aquel simple de Del Puerto no quiso hacer, le había proporcionado un sustancioso pellizco que estaba empleando en un negocio con grandes perspectivas.
En otro asunto, en cambio, no le iba tan bien.
La negativa de Branca le había disgustado, pero no era hombre que se rindiera al primer revés.
La muchacha le había gustado, tenía nervio, frescura y un punto de rebeldía que, bien encauzado y domesticado, podría resultar muy útil.
Su sobrino, un hombre de escasa resolución y aún menor seso, necesitaba a su lado a una mujer de ese temple.
Cual el tiempo, tal el tiento, pensó don Rafael con desenfado.
Y decidió cambiar de estrategia y tratar de ganarse al tío de la joven, a quien desde el principio sintió más accesible a sus pretensiones.
En la seguridad de que la inminencia de la guerra hacía prudente invertir en medios de transporte, se había hecho Reigosa con varias lanchas y le ofreció la mejor de ellas a Filipe Queiroz.
Dudó el hombre en aceptar, mas Reigosa, para superar sus reticencias, le aclaró que aquel trato nada tenía que ver con el compromiso de su sobrina.
—Me han dado muy buenas referencias de vos, señor Queiroz, y yo necesito a gente honrada en las lanchas para que el negocio sea rentable —le dijo—.
Os la arrendaré durante un año a cambio de la mitad del cobro de cada pasaje.
Si finalizado ese tiempo ambos estuviéramos satisfechos con el trato, renovaríamos por otro período similar.
La familia Queiroz, sin ser pobre de necesidad, nunca gozó de una situación boyante.
Y aunque Filipe no era un hombre ambicioso, pensaba que frente a los tiempos revueltos que se avecinaban convenía cubrirse las espaldas, tanto en lo pecuniario como en lo personal, y una barca podía ser en aquellos momentos un seguro de vida.
—El trato me parece justo, señor Reigosa —respondió finalmente Filipe—, siempre que mi sobrina no forme parte de él.
—Eso quedó claro hace rato, amigo Queiroz.
Encaminado el asunto por aquel lado, puso una de las carretas que también había adquirido en manos de Bruno Maciel, cuya insistencia en acelerar el matrimonio de Branca amenazaba con hacerlo naufragar. Así lo mantendría ocupado y, al mismo tiempo, a mano.
Mientras tanto, se aplicó con empeño a preparar el terreno para la llegada de don Antonio de Avis; amplió con suma cautela la red de amigos y simpatizantes de la causa, poniendo especial cuidado en atraerse a oficiales de las compañías de portugueses acantonadas en Lisboa.
Tener amigos en la guarnición de la ciudad lo consideraba un envite necesario.
El señor Maciel tenía sobrados motivos para sentirse satisfecho.
Tras las desgracias sufridas en la empresa de Inglaterra, la fortuna comenzaba al fin a sonreírle.
La generosidad de su valedor, que le cedió una carreta por un alquiler simbólico, le había proporcionado un medio para ganarse la vida mientras lograba casar a su hija.
No se trataba de un vehículo grande, sino de un carro de un solo eje, útil para llevar bultos y enseres domésticos, repartir mercancías o trasladar pequeñas cargas a los almacenes del puerto.
Además, había entrado en relaciones con una viuda que, aparte de alegrarle las noches, regentaba el negocio que había heredado de su difunto esposo: un indiano que, a su regreso de la especiería, había invertido su capital en un prostíbulo de la Baixa.
Bruno Maciel sospechaba que la elección del negocio no era del todo ajena a la profesión anterior de la viuda.
Lejos estaban tan agradables pensamientos de las tribulaciones que atormentaban a Tiago Queiroz, sobre cuyo ánimo pesaba como una losa el rechazo de Branca.
No por esperada, ni por carecer de fundamento, la negativa resultaba más fácil de soportar.
El joven soldado se repetía que debía olvidarla y sofocar aquel amor, pero su corazón se rebelaba una y otra vez.
El parentesco que ayer le había permitido acercarse a ella, hoy se interponía como una barrera infranqueable.
Y no era sólo que Branca lo tratara con una confianza que le dolía: Natalia, percibiendo su inclinación, lo sermoneó sobre lo inapropiado y pecaminoso de ese «afecto contra natura».
Tiago, abrumado, negó la acusación con una vehemencia que, lejos de disipar las sospechas de su madre, parecía confirmarlas.
Sin encontrar un alma afín con quien compartir sus penas, sólo el ejercicio de las armas le ofrecía refugio, y en él se volcó con un ardor y una entrega inusitados hasta convertirse en el soldado más esforzado de su regimiento, el hombre en quien mayor confianza depositaban sus oficiales.
Para el alférez Jaque la milicia era, sin embargo, la causa de su distanciamiento de Branca.
Las noticias venidas de Inglaterra mantenían en constante movimiento a los tercios destinados en Portugal.
La compañía del capitán Gaspar de Alarcón, una fuerza de caballería ligera, operaba con una actividad poco común.
La compañía contaba ya con un abanderado, por lo que Jaque pronto se acomodó como segundo del capitán, encargado de transmitir sus órdenes, asistirlo en sus funciones y dirigir destacamentos cuando era necesario.
Mandar a aquellos soldados resueltos y combativos, pero celosos de su honor, no era tarea fácil.
El alférez contaba con la experiencia adquirida en pasadas campañas y con un don de gentes que hacía que sus hombres lo sintieran cercano pero justo, asequible pero firme.
Habían transcurrido semanas desde su último encuentro con Branca en el mercado de la Ribeira.
Semanas en las que la compañía había estado en Atouguía, ayudando en el adiestramiento de los soldados bisoños que reclutaba el señor de la villa.
Después, el capitán Alarcón lo había enviado a recorrer Peniche, Óbidos y otras fortalezas y poblaciones para tomar nota de las necesidades de sus alcaides y corregidores y trasladarlas al conde de Fuentes.
Así, tras una larga y dura cabalgata, entró por fin un sábado en el castillo de San Jorge, fatigado por el peso de la armadura, dolorido por los muchos días de silla, sudoroso y cubierto de polvo, pero animado por la ilusión de volver a ver a la joven regatera que ni las fatigas, ni las obligaciones, ni la camaradería de sus compañeros habían logrado apartar de sus pensamientos.
¡Cuerpo del mundo! Que un hombre como él suspirase por una muchacha.
¿Qué embrujo se había apoderado de él en Lisboa? ¿O no era la ciudad, sino la moza?
A la mañana siguiente, Rodrigo se levantó temprano y acudió a la iglesia de las Llagas, donde Branca solía oír misa.
El templo, más concurrido que de costumbre, reflejaba la inquietud que se había adueñado de los lisboetas ante la inminencia de la guerra.
A aquella iglesia, levantada gracias a las aportaciones de la cofradía de navegantes, solían acudir gentes del mar con sus familias.
Tras el ite, missa est, los fieles se dispersaron por el abrupto descampado que se extendía frente a la fachada principal y emprendieron el regreso a sus hogares.
Rodrigo, apostado en la entrada, al ver a Branca se apresuró a ofrecerle agua bendita en el cuenco de la mano.
La joven, que no venía sola, se turbó ante aquel gesto, pero pronto recobró el ánimo e invitó al alférez a acompañarla hasta su casa.
—¿Recordáis a mis primas?
—Ana y Demetria, ¿verdad?
Las mellizas, hijas menores de los Queiroz, asintieron entre azoradas y curiosas, y se situaron unos pasos por detrás.
—Nos tenéis olvidados, señor alférez —dijo Branca, que vestía un traje de lana ocre, algo apagado por el uso, y un jubón sencillo que le realzaba el talle.
—¿Eso pensáis de mí?
—¿Me dejáis otra alternativa?
—Soy culpable de muchos pecados, mi bella amiga, mas os ruego que no me atribuyáis este.
Branca sintió cómo se le encendían las mejillas al cruzar fugazmente la mirada con el alférez, y bajó la vista antes de recobrar el tono desenfadado de su charla. Le gustaba Jaque de verdad. En realidad, era el primer hombre que la atraía en mucho tiempo.
—¿A quién entonces? —dijo risueña—. Porque habéis de saber que no perdonaré al responsable.