XVIII #3
Había atenuado su brusquedad, pulido sus modales, mejorado su vestuario, y hasta se había gastado unos maravedíes en un barbero que le recortó la barba y los bigotes.
Pero todo aquel despliegue le estaba sirviendo de poco.
Por más que apretase el cerco, la fortaleza se mantenía inaccesible.
Y cuando alguna vez sentía que las defensas estaban a punto de flaquear, no tardaba en aparecer la mestiza, con su cuchillo de carnicera en la cintura, para estropearle el lance.
Cierta tarde, Isabel se hallaba en el corral vistiendo a su hijo después de haberlo bañado en una tina de agua tibia.
Canturreaba distraída y le hacía cucamonas cuando, sin que lo advirtiera, entró por la puerta trasera el señor Luján.
Fue su voz, afectada y lisonjera, la que la sacó de su ensoñación.
—¡Por Dios, señor Luján! —exclamó sobresaltada—. No os acerquéis de ese modo, que me asustáis.
—Nada más lejos de mi intención, señora. ¿Qué sigilo puedo lograr con estas botas y estos herrajes? Ni en la guerra, donde nos iba la vida, resultaba sencillo aproximarse al enemigo sin ser descubierto.
—Muy guerrero os veo hoy —respondió Isabel con una leve sonrisa. Había notado que venía algo achispado, y se sintió tentada de tomarle el pelo—. Pero ved que no estáis en un campo de batalla.
—¡Sangre de Cristo! Levantáis lo más belicoso que hay en mí —exclamó con vehemencia—. No sois consciente de vuestro poder. Pueden más el redoble de vuestros ojos, el plomo de vuestros labios, la pólvora de vuestra piel que todos los cañones de un tercio.
Plantado frente a ella, las piernas abiertas, ladeado el sombrero, terciada la espada, empezó a infundirle temor.
Le chispeaban los ojos con un brillo incierto, le temblaban las manos y tamborileaba con los dedos sobre el cuero del talabarte.
Dio un paso y golpeó con la rodilla la cuna de Santiaguillo, que rompió a llorar.
Pero el cabo lo ignoró. Tendió la mano y rozó el cuello de Isabel, que hizo un movimiento brusco para esquivarla.
—Conteneos, señor.
—Hace una eternidad que me contengo —murmuró, con voz baja y ronca.
—Pues aguardad durante otra —restalló una voz aguda, dura como el metal—, o cortaos la mano.
Yabama había aparecido como surgida de la tierra, con el cuchillo en ristre. Se allegó al cabo sin mediar palabra, apoyó el filo en su cuello y lo apretó. Él la apartó de un manotazo.
—¡Perra! —exclamó. Se llevó la mano al cuello y, al verla manchada de sangre, rugió—: Me comeré tus putos hígados.
—¿Y a qué esperáis, fantoche? Aquí me tenéis —replicó la mujer, sin arredrarse—. He despachado sin temblar a gallos peores que vos.
Los gritos avivaron el llanto del niño. Isabel lo tomó en brazos y lo meció, mientras trataba de calmar la disputa antes de que llegara a mayores.
—¡Señor Luján —le gritó, con el rostro enrojecido—, id a encerraros a vuestro cuarto! ¡Ahora! —añadió, tajante—. Si no queréis que os denuncie ante los alguaciles.
El soldado permaneció unos instantes clavado en el sitio, el rostro congestionado, los ojos dirigidos a la mestiza.
Sabía cómo tratar a esas hienas y ablandarlas.
Se había comido los hígados de sus enemigos en el campo de batalla.
¿Cómo se atrevían a despreciarlo aquellas dos?
Mas al fin agachó la cabeza, se dio media vuelta, entró en su estancia y cerró con un portazo.
Si el soldado albergaba intenciones de vengarse de Yabama, no halló ocasión de cumplirlas, pues dos días después fue movilizado e incorporado a la compañía del capitán Jerónimo Monroy.
El marqués de Cerralbo había recibido un mensaje del Consejo de Noche —esa reducida pero poderosa camarilla que rodeaba al rey y en cuyo seno se decidían los asuntos de mayor trascendencia— donde se le confirmaba que la Contra Armada inglesa ya había largado velas desde Plymouth y se le urgía a preparar la defensa de su gobernación.
Don Juan Pacheco, además de quejarse nuevamente ante Su Majestad por la escasez de medios materiales y monetarios con que contaba y que suplía, según él, con generosos desembolsos de su propio peculio, aún no restituidos por la Real Hacienda, convocó a consejo a don Martín de Ayala, segundo conde de Andrade, y al almirante Martín de Bertendona.
Juntos, dieron forma cabal a las órdenes recibidas.
Dado el exiguo número de soldados acantonados en Galicia, la defensa de sus costas habría de recaer en los hombres retornados con la Gran Armada y en las milicias locales.
Se dispuso, por tanto, la distribución de la docena escasa de compañías regulares entre las principales villas marítimas: Bayona, Betanzos, Vigo, Ferrol, Puentedeume y, naturalmente, La Coruña, en cuyo puerto fondeaban tres bajeles de guerra, escasos de dotación: el galeón San Juan, la nao San Bartolomé y la urca Sansón.
Un cuarto bajel, el galeón San Bernardo, permanecía aún en carena en la Marina, y sus cañones descabalgados en la playa.
Las galeras Diana y Princesa, más ligeras, serían empleadas en labores de descubierta y comunicación a lo largo del litoral.
Por ventura, se hallaban aún en la ciudad y sus inmediaciones cuantiosas reservas de vino y otras vituallas no perecederas, así como armas, pólvora y munición, destinadas en su día a abastecer a la Armada en su avance hacia Inglaterra, y que, tras el fracaso de aquella empresa, permanecían almacenadas a la espera de nuevo destino.
En cuanto a la artillería, numerosa y de buena calidad, se acordó repartirla entre el castillo de San Antón, el fuerte del Malvecín, adosado al muro de la Pescadería, y la Fortaleza Vieja.
También se dispuso intensificar la vigilancia marítima desde las atalayas costeras, manteniendo las hogueras de aviso dispuestas y secas las cargas de leña.
En cuanto a la conveniencia de hacer entrar a los vecinos de los caseríos y aldeas próximas dentro de los recintos amurallados, hubo división de pareceres.
El conde de Andrade y el almirante Bertendona abogaban por adelantar esa medida, con el fin de evitar el desorden y el caos que provocaría hacerlo a última hora; en cambio, el marqués de Cerralbo juzgaba tal precaución excesiva y contraproducente.
—Tened presente que ignoramos el destino final del esfuerzo enemigo —señaló con su habitual seguridad—. Meter a toda esa gente dentro de los muros agotará con presteza nuestras reservas y no sembrará sino miedo y confusión.
—Lo de las reservas no os lo niego —respondió el conde de Andrade—, pero la alarma será inevitable en cualquier caso, sobre todo cuando comencemos a levantar las compañías de vecinos.
Al final, se impuso la opinión del gobernador. Pero el movimiento de artillería, el trasiego de soldados y los preparativos navales inquietaron de inmediato a los coruñeses y dispararon las conjeturas.
Sancho y Froilán del Puerto, miembros de la cofradía de mareantes, se allegaron con otros armadores y pescadores al palacio del gobernador para solicitar información fidedigna, pues estaban en juego no sólo sus barcos e intereses mercantiles, sino también la seguridad de sus familias.
Tras hacerlos esperar largo rato en el patio, entre el ir y venir de escribanos y recaderos, el marqués accedió a recibir a unos cuantos representantes, a quienes explicó que la armada enemiga había partido de Inglaterra, pero que se ignoraba aún su rumbo, y que todas aquellas prevenciones se estaban tomando por igual en los puertos del norte y del occidente peninsular, en las islas atlánticas y hasta en las posesiones del mar Caribe.
Los exhortó a no dar pábulo a rumores infundados y a colaborar para que la vida prosiguiera con su curso habitual.
Acallados, aunque no satisfechos, salieron los delegados del palacio para informar a sus compañeros y familiares y pedir al Todopoderoso, con inevitable egoísmo, que si la tormenta descargaba, lo hiciese en otro lugar.
Sancho del Puerto, antes de marcharse, aprovechó para preguntar al gobernador por la suerte de Marcia Henriques.
—No he olvidado el asunto, Sancho —respondió el marqués con afabilidad—, aunque convendréis conmigo en que ahora hay otras prioridades.
—Imagine entonces vuesa merced la zozobra de mi sobrina —dijo Sancho—, que a las cadenas que sufre se suma la congoja de estos días inciertos.
—¿Qué sentido tiene mantener cautiva a una mujer en su estado cuando se cierne una amenaza como la presente? —intervino Froilán, cansado de las evasivas del marqués.
—Una amenaza probable, señor del Puerto, y si me apuráis, poco probable.
No olvidéis ese matiz —respondió el marqués, con gesto circunspecto.
Pero, percibiendo la sincera preocupación de los Del Puerto, y quizá movido por cierta simpatía hacia su causa, les prometió aligerar el curso del procedimiento.
—¿Qué procedimiento? —insistió Froilán—. Si la denuncia es falsa y sin fundamento, no hay causa que instruir.
—Sea como fuere, deberá verse en audiencia pública, como es de rigor —zanjó Juan Pacheco.
Y fue aquella su última palabra.
3
Lisboa
En Lisboa, el tiempo venía envuelto en nubes oscuras y presagios funestos.
Las noticias procedentes de Inglaterra ofrecían pocas dudas sobre la magnitud y los propósitos de la empresa que se preparaba.
El rey Felipe, consciente de la amenaza inminente, dispuso sus recursos con determinación: apretó a villas, astilleros y contratistas para que apresuraran las reparaciones de los navíos de la Gran Armada; propuso al duque de Parma que ejecutara una maniobra de distracción en el mar del Norte, aun cuando los medios navales de que este disponía fueran limitados, ordenó a la flota de la Carrera de Indias que permaneciera en Sevilla hasta nuevo aviso y reforzó la defensa de los puertos del Cantábrico, del litoral atlántico y, muy especialmente, de Lisboa, cuya defensa quedaría bajo la responsabilidad de Pedro Enríquez de Guzmán, conde de Fuentes, y de Alonso de Bazán.