La derrota del dragón XVIII #2
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XVIII #2

El veintiocho de abril amaneció sin novedades.

El cielo, alto y gris, presagiaba otro día de sudoestes.

Los mástiles, desnudos y con las vergas bajadas, ofrecían la misma imagen de los días anteriores.

Las gaviotas graznaban y revoloteaban en la ensenada.

Algún pelícano se lanzaba en picado hacia el agua y emergía de ella goteando, con un pescado atrapado en el pico.

A escasa distancia, el barco de su hermano Michael despertaba a la rutina diaria.

Algunos hombres orinaban por la borda de sotavento; otros, con los calzones bajos, hacían cola en los beques de proa para vaciar sus tripas.

La tenue columna de humo que se alzaba desde el fogón del combés y giraba con el aire, le recordó a Trenton que era hora de buscar su propio desayuno.

Mientras mojaba de pie un pedazo de bizcocho en el vino, sintió un escalofrío repentino: la ventolina venía del nordeste.

Alzó la mirada y comprobó que, en el horizonte de levante, el sol se abría paso a través de una desgarradura en las nubes.

—Al fin —suspiró. Y llamó al contramaestre, que se presentó como surgido de la nada.

—Señor.

—Ordenad zafarrancho. Cada hombre, a su puesto. Los gavieros, a los palos. Y el timonel, presto. Que nos vamos.

Hardinge siguió la mirada de su capitán y, de inmediato, sus labios se abrieron en una sonrisa que mostraba su magnífica dentadura.

—A la orden, señor.

Con una formación cuidadosamente meditada, la flota fue abandonando la ensenada de Plymouth en una maniobra que les ocupó toda la mañana.

Una vez reunida la Contra Armada en las aguas del canal de la Mancha, el Revenge, en cabeza de la formación, puso rumbo al cabo Land’s End, donde esperaba reunirse con el Swiftsure de Roger Williams y su insigne pasajero: lord Robert Devereux.

Pero, tras un día de espera infructuosa, el galeón no aparecía y el impaciente almirante ordenó poner rumbo al sur.

—Señor —objetaron los jefes de las escuadras—, ¿qué será del conde de Essex? ¿Dónde estará?

—Me trae al fresco lo que haga. Las instrucciones fueron claras: debían esperarme entre el cabo Land’s End y las Sorlingas.

Y no están —respondió sir Francis con tono cortante—.

No puedo perder una hora más, mis señores, ni poner en riesgo el éxito de esta empresa por el capricho de un favorito.

Zarpamos de inmediato, que en la tardanza está el peligro.

—¿Con qué rumbo? —preguntó el vicealmirante Fenner.

—Sur cuarta al oeste.

—Pero Santander está al sur.

—No vamos a Santander —replicó sir Francis, tajante.

—Las órdenes de Su Majestad eran claras —intervino entonces el general Norris—: destruir primero los navíos de la Gran Armada que se reparan en Santander, después atacar Lisboa y, por último, tomar las Azores, para hacernos con la flota de la Carrera de Indias.

Los comandantes de escuadra se hallaban en la espaciosa cámara del Revenge, de pie, apoyados en las cuadernas o con los brazos cruzados.

Contuvieron la respiración. Aunque todos estaban convencidos de que el esfuerzo principal se libraría en Portugal, sir Francis había mantenido un hermetismo absoluto respecto al destino definitivo de la flota.

La jarcia azotaba los palos; las velas, con los rizos tomados, flameaban al viento. A través del balconcillo de popa podían verse multitud de barcos que, puestos en facha, cabeceaban con las olas.

—Pasó el momento de atacar Santander, señor Norris —declaró el almirante—. Ese puerto es una ratonera bien defendida. Buena parte de los galeones que hace unas semanas estaban en carena se halla ya operativa, y, aunque logremos derrotarlos, podrían ocasionarnos un descalabro considerable.

—Cuando su Gran Armada nos atacó, apenas sufrimos daños —objetó Norris.

—Combatíamos en aguas abiertas, John —replicó Drake—, donde nuestros barcos aprovecharon su mayor ligereza y maniobrabilidad. Por eso nos causaron pocos estragos. Pero en la ensenada cerrada de Santander, apiñados como sardinas, seremos un blanco fácil para sus tácticas de aproximación y abordaje.

—Habrá que comunicarlo a la reina, entonces —se avino Norris.

Drake tomó nota de su rápido cambio de parecer.

—Su Majestad confía en nuestra capacidad de improvisación, general.

Si nos dirigimos a Santander, la mitad de los armadores privados habrá desertado antes de avistar las costas peninsulares.

Lo sabéis tan bien como yo. No, caballeros.

Nuestro primer objetivo será una ciudad peor defendida, pero rica en recursos.

Y que además nos queda de camino a Portugal.

—¿Qué ciudad? —preguntó Norris.

Drake demoró la respuesta unos instantes. Los ojos puestos en el panorama que se veía a través del balconcillo, la mano en la barba, en el rostro una sonrisa traviesa.

—Me refiero a La Coruña.

—¡La Coruña! —exclamaron varias voces a un tiempo.

Un murmullo inquieto recorrió la cámara. La Coruña.

—Sí, La Coruña —repitió sir Francis, con voz firme y mirada brillante—.

Durante meses, los españoles almacenaron allí vituallas, pertrechos y dinero para abastecer a su «Invencible».

—Unas risas acogieron aquel calificativo—.

Y allí siguen. Su bahía es extensa y está mal defendida.

Las fortificaciones se reducen a una muralla medieval y un baluarte a medio construir.

En su puerto apenas hay dos maltrechos galeones.

Ese será nuestro objetivo. Además —añadió cuando los murmullos comenzaban a apagarse—, a tan sólo diez leguas se alza Santiago de Compostela, donde se custodian las reliquias del apóstol y se atesoran las inmensas riquezas del maldito patrón de los españoles. ¿Qué mejor destino?

El impacto fue inmediato y arrollador. Nadie volvió a acordarse del Swiftsure, de las órdenes de la reina, ni de Santander.

—¡A La Coruña! ¡A La Coruña! —gritaron con entusiasmo—. ¡Viva sir Francis! ¡Arriba nuestro almirante!

—¿Todavía deseáis ir a Santander, John? —preguntó Drake con malicia.

Black Jack se mesó la barba y paseó la mirada en torno a sus comandantes, a los que vio eufóricos.

—¡Qué diablos! —dijo al fin—. También yo he invertido una fortuna en esta empresa, y necesito recuperarla.

Formada en seis cuerpos, uno en vanguardia, dos en el centro, uno en la retaguardia y dos en las alas, protegiendo los flancos, la inmensa armada, la mayor que había surcado —ni surcaría— jamás el Atlántico, largó velas y puso rumbo a la pequeña villa gallega.

Que Dios los pillara confesados.

2

La Coruña

Yabama se adaptó con rapidez a la vida en la Pescadería, pese a la ausencia de su hijo.

Se encariñó de Isabel: era hermana de Gabriel y su rostro y su porte se lo recordaban constantemente.

Pero era, además, una mujer marcada por la Madre.

Poseía una fuerza interior difícil de describir.

En el convento lo comprendió, cuando aún se debatía entre la vida y la muerte.

Pese a su desfallecimiento y a los delirios, notaba su presencia, su cercanía, la calidez que de ella manaba.

Fue esa calidez la que la apartó de las sombras.

Al recobrarse, descubrió con sorpresa y agrado el beaterío.

Jamás habría imaginado que tras los muros de un convento pudiera esconderse una fraternidad femenina tan honda.

Bajo las creencias y los ritos de aquellas mujeres bullía una materia viva, ardiente e inmutable, espesa como la lava, casi tangible, con la que podía sentir comunión inmediata.

La Madre la había guiado hasta allí. Sin embargo, los rezos, las plegarias, las devociones de las beatas hablaban un idioma que Yabama no sabía descifrar.

Para comprenderlas necesitaba otro lenguaje.

Talló un amuleto en un trozo de madera, lo embadurnó con su sangre para convertirlo en cemí e hizo un hoyo en el huerto, a la sombra de una higuera, donde lo enterró.

Eran días de viento, y el viento dispersaba las voces.

Luego llovió, y salió el sol, que calentó la tierra y la hizo propicia.

La tierra húmeda y tibia dejaba escapar su aliento con facilidad.

Una noche, mientras dormía, una mujer se coló en su sueño.

Tenía el rostro pálido, los cabellos desmadejados.

Huía despavorida por un páramo inhóspito y yermo, cubierto de arbustos espinosos que le laceraban los pies hasta obligarla a detenerse.

Sobre el vestido llevaba una capa blanca que, poco a poco, la envolvió hasta convertirse en mortaja.

Aquella mujer se parecía a Isabel. Yabama despertó sobresaltada.

El corte con el que se había sangrado se había abierto de nuevo y manchaba las sábanas.

Pensó en el sueño durante el resto de la noche.

Atabey la había salvado, aunque su vientre hubiera quedado yermo, y por ello debía mostrarse agradecida. El mensaje era claro: Isabel.

Desde entonces, Yabama no se separaba de ella, como un ángel custodio oscuro, hermoso y terrible. La acompañaba en la casa, en el convento y en el mercado, cuando iba a visitar a su tío o cuando se acercaba a la playa para sentir la brisa del mar. Sólo cuando acudía a ver a Marcia permanecía fuera.

—Ven —la animó Isabel—. No te morderá.

—No sería prudente —le respondió, con tono grave—. Nuestras esencias se rehúyen.

Isabel se preguntaba si creería en lo que decía o si no era más que un subterfugio para evitar aquel encuentro. Su mundo le resultaba tan lejano como cercana su presencia; la compañía de Yabama le infundía fortaleza y consuelo.

Al contrario que a su huésped.

José Luján, por más que admirase la belleza salvaje de la mestiza, la detestaba por igual, pues la juzgaba un obstáculo para ganar la confianza y el aprecio de la palomita que se había adueñado de sus pensamientos.

Atento como un gavilán a las idas y venidas de Isabel, a sus estancias y ausencias, aprovechaba cualquier momento para pegar la hebra con ella, alabar sus dones, festejarla y tratar, en fin, de granjearse su favor.