La derrota del dragón XVIII
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XVIII

Plymouth

La Contra Armada inglesa, con las dotaciones a bordo y lista para zarpar, se topó con un contratiempo inesperado.

El viento, que durante una semana había sido favorable, roló el día de la partida al sudoeste, impidiéndole hacerse a la mar.

El almirante, reacio a aceptar la voluntad del juguetón Eolo, intentó una salida desesperada del Sound que acabó en un desorden tan peligroso como inútil.

—No hay más remedio que aceptar lo inevitable, armarse de paciencia y esperar —confesó al día siguiente a sus oficiales e invitados. Luego se volvió hacia su asistente—: Señor Oseley, ilustradnos.

Nicholas Oseley desplegó una copia del último estadillo, confeccionado tras el alarde más reciente.

—Veintisiete mil seiscientos sesenta y siete hombres y trescientos cincuenta caballos —leyó—.

Esa es la suma total entre ejército, infantería, oficialidad, tripulaciones, oficiales menores y mayores, además de toda la nobleza y principales con sus séquitos.

Los portugueses están incluidos, desde luego.

—¡Oh, sí! —ironizó el capitán Roger Williams, alzando las manos con teatral ademán—. Dos compañías incompletas dirigidas por cien capitanes.

—No exageréis, Roger —medió Drake—. Llegado el momento, esos hombres serán más útiles que la mitad de las tropas que ha reclutado Norris.

—Permitidme felicitaros, sir Francis —intervino con entusiasmo Thomas Fenner, su hombre de confianza—. Habéis conseguido reunir una armada formidable en un tiempo récord.

—A su lado, su Gran Armada parecerá un escuadrón mal aderezado —añadió Williams.

—No vendamos la piel del oso antes de haberlo cazado —dijo Drake—. ¿Y los barcos?

—Veamos… —Oseley hojeó sus papeles hasta encontrar los que buscaba—. Cuatro escuadras de diecisiete unidades y quince filibotes cada una: la vuestra, la del coronel Norris, la de sir Thomas y la del propio Roger Williams, aquí presente. Una quinta escuadra ha sido confiada al capitán Edward Norris.

El nombramiento del joven hermano de Norris arrancó sonrisas mal disimuladas entre los presentes.

—Por fortuna, lo acompañan dos de nuestros mejores capitanes —comentó Fenner con tono diplomático.

—¿Lo acompañan o lo vigilan? —se rio Williams.

—Quedan treinta y cinco buques sin escuadra —prosiguió Oseley, imperturbable—. Podríamos distribuirlos entre las cinco ya formadas. ¿No lo creéis así, sir Francis?

Drake se acercó al balconcillo de popa y abrió ambas hojas, dejando entrar el aire fresco de la mañana.

El puerto hervía de actividad, las cubiertas en zafarrancho, voces, gritos, juramentos; los mástiles desnudos, el ir y venir de lanchas y bateles, y una brisa ligera que apenas lograba balancear los cascos sobre las aguas en calma.

—Thomas. ¿Cuál es el buque de tu hermano? —preguntó sin volverse.

—El Aid, un galeón pequeño.

Drake se dio la vuelta y fijó los ojos en Fenner.

—Que elija a la mitad de esos navíos, los mejores, y forme una sexta escuadra —resolvió—.

El resto se sumarán a la de Eddy Norris, que aún no cuenta con ningún filibote.

Y ahora vamos con otro asunto que nos atañe.

—Se sentó a la mesa que presidía la cámara y se aclaró la garganta, señal de que el tema era delicado—: Sé que ayer arribó a Plymouth un invitado egregio.

Los capitanes intercambiaron miradas mudas; unas, sorprendidas; otras, evasivas.

—¿No es así, señor Williams?

El interpelado tosió.

—No podía negarme a acoger a un hombre tan principal, sir Francis.

—Que además es vuestro amigo… —apuntó Drake, con voz meliflua.

—Amigo o no, la cólera de un caballero tan influyente puede ser más afilada que el hacha de un verdugo.

—¿Podéis decirnos de quién se trata? —quiso saber Fenner.

—De Robert Devereux, segundo conde de Essex.

El nombre del favorito de la reina Isabel impuso silencio. Era bien sabida la prohibición expresa que le había impuesto la soberana de participar en la Contra Armada. Su presencia en Plymouth no podía significar sino que la había desobedecido.

—Os comprendo, Roger —dijo el almirante—. Quizá en vuestro lugar yo habría hecho lo mismo. No cabe duda de que su venida infunde ánimo a la expedición, pero también nos arriesgamos a provocar la cólera real.

—No tiene por qué saberlo —replicó Williams.

—¡Pero ya lo sabe! —bramó Drake, de repente severo—. He recibido la noticia de que un mensajero de Su Majestad ha partido de Londres en un falucho con la encomienda de arrestar a Devereux y llevárselo con él.

El almirante se levantó y comenzó a pasearse alrededor de la mesa, con las manos a la espalda, mientras sus ojos se entretenían en las tablas recién barnizadas.

Lo cierto era que el jovencísimo Essex no le resultaba simpático: sus modales refinados, su abolengo aristocrático, su meteórica ascensión —más rápida que la suya— y, muy especialmente, su apoyo al Consejo de Estado cuando vetó el rescate de Pedro de Valdés alimentaban su antipatía.

Detuvo sus pasos, descargó un golpe seco sobre la mesa y se inclinó sobre ella, con los ojos fijos en Williams.

—Esto es lo que vamos a hacer —respiró profundamente antes de continuar—: vais a zarpar esta misma noche, Roger, vos solo, sin la escuadra, os apostaréis entre Land’s End y las Sorlingas y allí aguardaréis nuestra salida para uniros a la flota.

—Pero…, con este viento, es imposible alcanzar la punta de Cornualles. Vos mismo lo habéis visto.

—Me importa un carajo el viento, Roger. Sois un capitán experimentado, y el Swiftsure, uno de nuestros mejores galeones.

Si fuera necesario, lo sacaréis atoado de la bahía.

Debió de pareceros muy divertido seguirle el juego al conde de Essex, un entretenimiento galante como esos a los que tan gustosos os entregáis los caballeros.

—Había hierro en las palabras del almirante—.

No quiero que, cuando llegue el enviado de la reina, estéis aún en puerto. ¿Entendido?

Roger Williams agachó la cabeza y aceptó sin réplica las condiciones impuestas por su superior. El Swiftsure abandonó el Sound aquella misma noche, no sin hartos trabajos y dificultades, y se perdió tras la punta que cerraba la bahía por el oeste.

Dos días después, cuando el enviado regio se allegó a Plymouth, nadie supo darle razón del paradero del galeón.

Pero el caballero, lejos de desistir, recorrió los puertos de la costa en busca del buque extraviado, aunque sin fortuna.

La reina, harta ya de aquel juego y furiosa como pocas veces se la había visto, despachó después al ilustre conde de Huntington con una misiva dirigida a los comandantes de la armada.

En ella se declaraba a Devereux y Williams reos de la justicia y se ordenaba que fueran apresados y encadenados dondequiera que se los encontrase.

Los vientos contrarios se mantuvieron con tenaz rebeldía durante diez días más.

En ese tiempo, los hombres, que no dejaban de comer ni de beber, fueron haciendo menguar unos víveres, ya escasos de por sí.

Reponerlos resultaba costoso, y el efectivo escaseaba cada vez más.

El enorme esfuerzo había agotado las arcas y vaciado los bolsillos.

El hacinamiento, la higiene precaria y la escasez de médicos y barberos dieron pie, por su parte, a varios casos de peste.

Cundió la alarma entre los comandantes. Cualquiera que presentase el más leve síntoma de enfermedad, fuesen fiebres tercianas o un simple catarro, debía ser enviado a tierra sin dilación.

Drake y Norris decretaron la ley del silencio: lo último que necesitaban en aquel momento era una nueva causa de retraso.

El almirante se mesaba los cabellos y se paseaba por las cubiertas del Revenge con un humor de perros.

En todos sus años de marino, no recordaba que los elementos le hubieran hecho un desaire mayor.

Para colmo de desgracias, el capitán Thomas Cely fue uno de los que mostraron síntomas de la enfermedad y hubo que sustituirlo a última hora por su segundo, un hombre llamado Robert Yates.

Durante aquella espera forzosa, nuevas unidades se fueron sumando a la flota, que sobrepasaba con holgura las doscientas velas.

Drake, exasperado por ese incesante goteo, las asignaba a las distintas escuadras y ordenaba a sus maestres o capitanes que se presentaran ante los respectivos comandantes.

—Cuantos más seamos, más fuerza tendremos —trataba de consolarlo Oseley.

Pero el almirante, menos optimista que su asistente, le respondía con un gruñido malhumorado. Aquellos aventureros de última hora le parecían más un estorbo que un refuerzo.

Siguiendo las órdenes recibidas, John Trenton hizo desembarcar a dos marineros aquejados de mal de cámaras y al despensero, que no cesaba de toser.

La pérdida de su amigo Cely le hacía tomarse las disposiciones con escrupulosa precisión.

Su barco, junto al Relief y otra media docena, integraría una vanguardia adelantada, con la misión de hacer descubierta, proteger a la formación y capturar, sin contemplaciones, cualquier embarcación que se cruzara en su camino.