XVII #7
Guiado por el trapo blanco de un compañero que avanzaba delante de él, Duarte se internó en la tolda.
En tres zancadas llegó a la puerta de la cámara de popa, donde ya se oía el choque metálico de los aceros.
El espacio era tan reducido que Duarte no se atrevía a entrar.
Mientras aguardaba, alguien le lanzó un tajo desde la izquierda, que lo hirió en el brazo.
Se revolvió, golpeó con el hombro e hizo retroceder a su atacante.
Movió el puñal a ciegas, para protegerse.
La silueta que se insinuaba contra la entrada de la tolda alzó el brazo y descargó un golpe vertical que casi le arrebató el arma.
Saltaron unas chispas que iluminaron fugazmente un rostro azulado y la hoja de una espada. Siguió un insulto en inglés.
El estrecho pasillo no favorecía el uso de la espada, y Duarte, aprovechando la ventaja, se arrojó contra su oponente y lo hizo caer sobre las tablas, al tiempo que le hundía el cuchillo en el costado.
El golpe resonó seco en la madera, y ambos quedaron trabados en la oscuridad, respirando con violencia.
Aun así, su enemigo, que pugnaba por zafarse, le golpeó la cabeza con el pomo de la espada.
El impacto le arrancó un fogonazo blanco en los ojos.
Duarte apretó los dientes, mordió el dolor y asestó dos nuevas cuchilladas, rápidas, entre las costillas.
Sintió bajo la hoja la resistencia de la carne, luego un ceder viscoso.
Su adversario se revolvió con una fuerza inesperada, lo aferró de la ropilla y tiró de él hacia un lado.
El casco del bergantín se balanceaba con la corriente, y por un instante ambos rodaron sobre el pasillo húmedo y embarrado en una lucha sorda, silenciosa y feroz por la vida.
Un segundo golpe, más débil, alcanzó en la oreja a Duarte, que removió con saña la hoja dentro de la herida, y las manos de su enemigo se aflojaron y cayeron a los costados.
Emitía un gemido bajo, obstinado, que parecía prolongarse más allá de sus fuerzas.
Duarte permaneció un instante sobre él, con el cuchillo aún hundido y los jadeos confundidos en un solo aliento, hasta que el cuerpo cesó toda resistencia y se volvió flácido.
Entonces se incorporó y fue súbitamente consciente de lo que ocurría a su alrededor. Roncas voces en castellano y en portugués daban fe de la victoria. Otra, en inglés, imploraba clemencia.
—Señor sargento, venid aquí —llamó Hernandes.
Alguien encendió la bujía de la bitácora, y Duarte pudo ver la corpulencia del cabo en la entrada de la tolda. Sostenía por el brazo a un hombre mayor, con el rostro ensangrentado.
—Es el patrón —anunció—. Acaba de rendirse.
—Bien. Que llame a sus hombres y los reúna junto al palo mayor. Amarradlos a todos hasta que sepamos si cooperan.
Hernandes se alejó con el amedrentado patrón, y fray Antonio se allegó con la bujía en alto. Tenía la expresión taciturna y la mano manchada de sangre. Duarte se la señaló, y el fraile dijo que no era suya, sino de Callum.
—Ha recibido una herida fea —anunció con pesar—. Habrá que dejarlo en tierra, quizá así sobreviva.
Duarte fue a verlo. El muchacho yacía sobre las tablas y se sujetaba el costado con una mano. De todos los que habían peleado aquella noche, era el que menos merecía caer.
—Ánimo, muchacho —le dijo, posándole una mano en la frente—. Vendrás a vernos cuando te repongas.
El novicio intentó sonreír, pero no pasó de una mueca lastimosa. O’Keefe y Doherty se encargaron de bajarlo al lanchón. El primero deseó suerte a Duarte; el segundo le recordó la misiva para el rey.
—Descuidad —respondió él—. Decidle al señor Tyrrell que, si llego vivo, el rey recibirá el mensaje.
El lanchón se alejó hacia el centro de la corriente y pronto se perdió de vista.
En el bergantín, Duarte y el cabo Hernandes comenzaron a organizar a los suyos y a hacer recuento de bajas.
Aparte de Callum, y del propio Duarte, sólo Álamo había sufrido un corte en un muslo.
Y renegaba de lo lindo. La operación había sido rápida y exitosa, no sólo por el factor sorpresa, sino porque la mitad de la tripulación del bergantín se hallaba en Waterford.
Aun así, habían perdido a cuatro hombres.
Cuando apilaban los cadáveres para arrojarlos por la borda, uno de ellos soltó un quejido apenas audible. Duarte se acercó y lo observó. Era el hombre que había combatido con él.
—¡Fowles! —murmuró, incrédulo, cuando la bujía le iluminó la cara. ¿Cómo había ido a parar allí?
El rostro odiado entreabrió los ojos. La llama temblorosa se reflejó en sus pupilas, y pestañeó con desgana.
—Oh, Dios…, ¿por qué yo? —susurró.
—Mentad mejor al diablo, que no duerme —dijo Duarte en voz baja.
El moribundo frunció el ceño, confundido. Trató de escupir, pero apenas logró humedecerse los labios.
—Maldito… —alcanzó a mascullar.
¿Maldecía a quien lo había herido o recordaba al preso de Galway?
Nadie lo sabría ya. Duarte lo contempló en silencio, sin compasión ni júbilo, mientras el aliento del hombre se extinguía poco a poco.
Habría preferido pelear con él a la luz del día, con todas la de la ley, pero se encogió de hombros ante lo inevitable.
—Se ha hecho justicia —dijo, para sí.
—Justicia divina —lo corrigió fray Antonio con una gravedad que no dejaba espacio a la duda.