XVII #6
La tarde se fue entre preparativos. O’Keefe proporcionó algunos chuzos a los hombres desarmados, y a Duarte le ofreció su propio puñal.
La señora FitzGerald poseía un viejo lanchón, amarrado en el pantalán que había donde el terreno tocaba el río, y cargó en él un par de costales con provisiones, por si hicieran falta.
La mujer iba y venía de un lado a otro con la diligencia de un buen capitán, pendiente de los pormenores, previendo las necesidades, atenta con todos, como si ella misma fuera a embarcarse.
Los hombres comentaban admirados su tesón y vehemencia.
Más tarde, el vigía informó a Duarte de que el batel había regresado a Waterford lleno de hombres. Duarte se alegró: cuantos menos hubiera a bordo, más fácil sería tomar el barco.
Hernandes y él habían pergeñado un somero plan de acción: debían abordar el bergantín con rapidez, sin voces ni disparos, entrar en la tolda, apoderarse del capitán e intimar a la tripulación a rendirse.
—Matad sólo lo imprescindible —les explicó Duarte a los hombres—. Para gobernarlo, necesitaremos a sus marineros.
Mientras hablaba, Hernandes repartió unos trapos blancos para que se los ataran en el brazo. Ese sería su distintivo.
Los ocasos de primavera eran breves, y aquel se abatió con una rapidez melancólica. La luz tornose amarilla, se apagaron los valles, las umbrías de los cerros, los campos en torno. Algunas luces dispersas permitían entrever el contorno de Waterford mientras Ballinakill se sumía ya en la sombra.
Shannon cenó junto a ellos unos pedazos de torta con pescado seco.
—Se acerca la despedida —le dijo después a Duarte.
—Cierto.
Estaban junto al tronco del gran roble.
—Os he cobrado afecto, portugués —añadió, sin volverse.
Aquella confesión tomó a Duarte por sorpresa. Una sorpresa grata. Había pensado en Shannon a menudo, y contenido a su pensamiento, porque había cosas que no podían ser, que era mejor dejarlas como estaban, sin echarlas a caminar, y morían sin nacer.
—También yo os tengo en gran estima —respondió, con voz suave.
Shannon FitzGerald pareció sopesar sus palabras.
—Si las circunstancias fueran otras, os habría pedido que os quedaseis a mi lado.
Duarte observó su perfil, recortado contra el cielo de poniente. Era mayor que él, pero hermosa aún. Su temple indomable, su modo de enfrentar el mundo sin doblegarse resultaban cautivadores.
—Y yo os habría complacido —respondió—. Dios sabe que sois una mujer admirable, la más firme, la más valerosa que he conocido. Y no es poco lo que os debo, lo que os debemos. Nos habéis dado asilo, protección y esperanza sin aguardar nada a cambio.
Ella se volvió y lo miró de frente.
—Pero no podéis —dijo.
Duarte asintió con pesar.
—No puedo. Me debo a mi rey, a mi tierra y a ese puñado de compañeros que confían en mí.
Shannon calló un instante. Luego, en un gesto inesperado, alargó la mano y le acarició el rostro.
—Guardaré un rincón para vos en mi corazón —murmuró—. Pero basta ya de sensiblerías. —Su voz había recuperado la firmeza habitual. Se apartó de él con suavidad y volvió a erguirse, dueña de sí—. Es hora de ponerse en marcha.
Duarte llamó a los hombres, y, precedidos por la señora FitzGerald, bajaron por un estrecho sendero hasta el embarcadero, donde los esperaban O’Keefe y Doherty, que no pensaban perderse la acción de aquella noche.
Dos remeros los iban acomodando a bordo. Duarte fue el último en subir.
—Tened cuidado, Duarte —le dijo la señora FitzGerald—. Y que el Altísimo os acompañe.
—Lo mismo os deseo, Shannon.
La mujer asintió despacio. El lanchón, muy cargado, comenzó a moverse despacio y el óvalo de su rostro fue desdibujándose, desdibujándose, hasta perderse entre las sombras de la orilla.
Remontaron poco a poco la apacible corriente del Suir, para luego dejarse llevar, con suavidad, hacia el bergantín.
El firmamento, sin luna, estaba cubierto de estrellas.
Duarte no recordaba, desde que arribaran a Irlanda, un día tan despejado como aquel.
Los hombres guardaban un mutismo concentrado.
El padre Antonio movía los labios en muda plegaria.
Callum agitaba las rodillas, consumido por un nerviosismo que ni siquiera lograba calmar el suave chapoteo de los remos.
El lanchón se abarloó con un leve roce al costado de estribor del bergantín, que, por su tamaño, tenía la borda baja y un par de cintas en el refuerzo del casco. Nada se oía a bordo que no fuera apagado por el fluir de la corriente: ni voces, ni pasos, ni respiraciones.
Duarte se puso de pie, apoyó una mano en una de las cintas y se puso a trepar por el costado.
Hernandes, O’Keefe y Doherty lo imitaron.
Ellos serían los primeros en subir. Alcanzó la borda en dos movimientos, se deslizó sobre la regala y se descolgó dentro.
La oscuridad era muy grande, y apenas distinguía con el rabillo del ojo las escarapelas de sus compañeros.
Aferró el puñal y se dirigió hacia su izquierda, donde se alzaba la somera tolda, pero en la entrada tropezó con un cuerpo y cayó sobre él.
El golpe resonó como un estallido, seguido de un grito que Duarte acalló de inmediato con una cuchillada.
La calma se quebró de golpe. Lo que hasta entonces había sido quietud en un instante se convirtió en voces, gritos y carreras.