XVII #5
—Entonces, os agradecería que, a mi regreso de Escocia, tuvierais dispuesto al señor Soutomaior y a…
—¿Soutomaior? —interrumpió Joao, de pronto—. ¿Os referís a Gregorio de Soutomaior?
—¿Lo conocéis?
—He hablado con él. Es uno de los portugueses que han rehusado jurarle lealtad a Crato.
—Por Júpiter. Un caballero honorable. Si se os presenta ocasión de negociar su rescate, sabed que sus amigos y familiares han reunido en Lisboa novecientos escudos para ese fin.
—Recientemente, un intermediario genovés logró pactar la liberación de dos capitanes italianos por seiscientas libras cada uno.
—¿Capitanes, decís?
—Eso tengo entendido. Veréis, por lo que llevo conocido, y pese a las directrices dictadas por los ministros de la reina, la situación de cada prisionero, la cárcel en que se halla, las relaciones que mantiene, su nacionalidad, fiadores y antecedente, es tan particular que no pueden aplicarse criterios generales para su liberación.
Zarco carraspeó para llamar la atención de los presentes.
—Hablabais —dijo cuando se hizo el silencio— sobre vuestro regreso de Escocia.
—Iba a decir que, al volver, y dada la situación actual, que por cierto os agradecería que me detallaseis para poder trasladarla a los encargados de la defensa de Portugal, no me gustaría perder tiempo en esperas vanas.
—Estoy seguro de que Joao hará cuanto esté en su mano para agilizar el rescate —respondió Zarco—.
En cuanto al estado de la situación, informo con regularidad a París y Madrid sobre el avance y las novedades de esta Contra Armada, pero será un placer redactar un informe detallado para vos en aras de la larga amistad que nos une.
—Una amistad larga y fructífera —remató Gabriel, con una sonrisa no exenta de ironía.
—Descuidad, amigo Gabriel —intervino Joao Veiga con naturalidad—, si puedo llamaros así, que removeré cielo y tierra para que, a vuestro regreso, podáis embarcar al señor Soutomaior y a cuantos prisioneros logre rescatar con el dinero que habéis traído.
Puesto Gabriel al corriente de los detalles necesarios para contactar, en Edimburgo, con sir John Seton, y acordada la forma en que entregarían a Zarco tanto las mercancías como el situado que transportaba la fragata, el espía real abrió discretamente una estantería menor en la que ocultaba una pequeña bodega, de donde extrajo una botella de jerez y sirvió unas copas para brindar por el acuerdo.
Mientras la conversación derivaba hacia asuntos más amables, regresaron de su paseo Mahagüini y un entusiasmado García.
El señor Zarco dio por concluida la reunión alegando tareas que no admitían demora.
Joao, por su parte, invitó a sus nuevos amigos a almorzar en una taberna del río, y se excusó de no poder recibirlos en su casa por motivos de seguridad: no sería prudente que sus vecinos, leales al Prior, lo vieran llegar acompañado de tantos extranjeros.
La velada en la taberna se prolongó hasta bien entrada la tarde.
Joao se interesó vivamente por Marcia, cuyas novedades esperaba transmitir cuanto antes a su esposa, compartió anécdotas de la estancia de Marcia en Londres, algunas de su propia cosecha, y escuchó con atención las aventuras marineras que le relataron Gabriel y Vermeulen, mostrándose en todo momento como un conversador ameno, hombre instruido en muchos temas y conocedor de no pocos secretos; digno pupilo, en fin, del señor Zarco.
Se despidieron en el muelle donde aguardaba el batel, con mutuos deseos de éxito en sus respectivas misiones. Joao reiteró su confianza en poder rescatar algunos prisioneros, y Gabriel le expresó su intención de conocer personalmente a Fátima.
Subieron a bordo los pasajeros, y el batel se apartó de la ribera y se dejó arrastrar por la corriente. Más suelto que de costumbre, García relató sus vivencias del día, pero calló lo que en verdad le había hecho feliz: la presencia cercana y el interés de su padre.
4
Ballinakill, Irlanda
El capitán Doherty regresó acompañado del novicio, de Hernandes y del resto de los hombres. Dado su número, el viaje había sido más lento, y las precauciones, mayores. La señora FitzGerald los distribuyó entre varias viviendas del caserío.
Los preparativos para la partida se aceleraron.
No era prudente permanecer más tiempo en Ballinakill.
Por muy leal que fuera la gente, cualquier soplo o indiscreción podían dar al traste con toda la operación.
Se envió aviso al patrón de la pinaza para que remontara el río y fondease junto a la isleta.
Pero transcurrió un día, y la nave no apareció. Tampoco el siguiente.
—¿Debemos preocuparnos? —preguntó Duarte a la señora FitzGerald.
—Ese hombre se ha echado atrás —dijo ella, pensativa—, o me ha traicionado.
—Si así fuera, ya habría venido un destacamento a visitaros —apuntó Doherty.
Aquella misma tarde llegó a Ballinakill un muchacho, sudoroso y jadeante. Lo enviaba el patrón de la pinaza con el mensaje de que alguien había hablado más de la cuenta y se había visto obligado a zarpar.
—¿Zarpar? ¿Hacia dónde? —le preguntó la señora.
El muchacho se encogió de hombros.
—Dijo que estará fuera hasta que se calme el alboroto.
Shannon le dio las gracias y le entregó un penique y media hogaza de pan. Por precaución, esa misma noche trasladó a los prófugos a un granero situado en un extremo de su propiedad, junto a unos árboles. Todos se hallaban intranquilos, incluso el imperturbable Hernandes.
—Después de tantas peripecias, la suerte nos va a fallar en el último momento —dijo—. Depender ciegamente de esta gente es nuestra mayor desgracia.
—«Esta gente», como decís, arriesga más que nosotros —apuntó Duarte—. La señora FitzGerald, la primera.
Duarte y el religioso habían puesto al cabo Hernandes y a sus hombres al corriente del carácter de aquella, de la búsqueda de transporte y de los españoles presos en Waterford.
El cambio de refugio fue una decisión afortunada, pues por la mañana se presentó en Ballinakill un pelotón de soldados que registró el caserío e interrogó a muchos de los vasallos de la señora.
—Un atajo de bellacos —les contó más tarde Callum. El novicio, vestido de seglar, parecía un mocetón desgarbado—. Entraron en las casas como un rebaño de cabras y trataron a doña Shannon sin el menor respeto. Aunque esa mujer no se muerde la lengua.
—No se la muerde, no —apuntó Duarte, con una sonrisa. Le habría gustado verla en acción.
Más tarde se acercó al pajar acompañada de O’Keefe.
Pese a su arrojo, traía una expresión preocupada.
Confirmó lo dicho por Callum y les anunció que los soldados volverían.
El pajar se hallaba en una pequeña cresta desde la que podía contemplarse un paisaje idílico: los campos verdes, los manchones de arboleda, la isleta y la curva que hacía el Suir para rodearla.
En sus aguas se reflejaba el azul celeste del cielo.
—Creen que he dado albergue a unos fugitivos, aunque no están seguros de que sigáis aquí.
Un silencio denso siguió a sus palabras. El grupo se había reunido a la sombra de un roble de porte majestuoso. Dentro del granero, algunos soldados dormitaban sobre la paja o charlaban en voz baja, a la espera de lo que se decidiera.
—Debéis partir cuanto antes —indicó O’Keefe.
—Cierto. Pero ¿cómo nos vamos? —preguntó Hernandes.
—En otro barco —respondió la señora FitzGerald.
En el río flotaban apaciblemente varias embarcaciones, casi todas de pequeño porte. A la izquierda, en el puerto de Waterford, se divisaban un par de naves de mayor tonelaje.
—¿Qué decís de aquel? —preguntó a continuación.
Siguiendo la dirección de su brazo, los fugitivos posaron los ojos en un bergantín fondeado a unas cincuenta brazas de la isleta. Era de escasa eslora, pero de hermosa estampa.
—Mala elección, señora —objetó O’Keefe—. Veo hombres armados a bordo.
—Al contrario, señor O’Keefe —respondió ella con una sonrisa—. Me parece un guiño de la fortuna.
Duarte lo observó con mayor atención. El bergantín, que carecía de castillo de proa, tenía dos palos con las velas recogidas, el bauprés tendido y un casco amarillo con las cintas pintadas de negro.
—Habrá que pelear —dijo, pensativo. No estaba seguro de que el riesgo mereciese la pena, aunque la idea era tan sencilla que podría salir bien.
—Vuesas mercedes son hombres recios, hechos a los combates. O eso he oído decir de los soldados de los tercios —dijo la señora FitzGerald con un deje burlón—. Pues demostradlo.
Todas las miradas se posaron en Duarte, el hombre de mayor graduación del grupo. Le correspondía a él aceptar la misión, y el desafío implícito en las palabras de la señora.
—Necesitaremos una lancha —dijo al fin Duarte—. Y más armas.
—Las tendréis —respondió al punto Shannon.
—Debe ser hoy mismo.
—Y así será.
El día, soleado y apacible, desmentía la gravedad del momento. Unos abejorros revoloteaban entre las flores moradas de los cardos.
—Llamad a los hombres, señor Hernandes —resolvió Duarte—. Y tú, señor fraile, reza por todos.
Duarte expuso a los demás la idea de tomar el bergantín para huir en él. Los hombres escucharon en silencio, con los dientes apretados y la mirada puesta en el río.
—No es lo que habíamos previsto —concluyó—, pero si a alguno no le cuadra, puede regresar a Tyrrellpass.
—Hay que jugar las cartas como vienen, señor sargento —dijo con coraje Álamo.
La repentina resolución disipó, como por ensalmo, el temor y la abulia que dominaban al grupo, y los sustituyó por un nerviosismo tenso, expectante. Hernandes organizó la vigilancia del bergantín. Había que saber constantemente lo que allí ocurría.
Después de la hora sexta, con el sol en el cénit, se allegó a él un batel con varias personas.
—¿Con cuántas? —preguntó Duarte.
—No pude contarlas —se excusó el vigía—. Está lejos, y se abarloó por el costado que nos queda oculto.