La derrota del dragón XVII #4
55%

XVII #4

—Es cierto que Farnesio ha padecido escasez de fondos —continuó Zarco—.

Y la sigue padeciendo. Un general en campaña siempre tiene necesidades urgentes, lo que no obsta para que haya procurado cumplir con los deseos del rey, su tío, recurriendo a préstamos y artimañas de intendencia.

Pero el rescate de los prisioneros más ilustres no está resultando sencillo.

Los rebeldes flamencos exigen sumas exorbitantes, además del canje por hombres de rango equivalente que se hallan en nuestro poder.

En Inglaterra las cosas no pintan mejor.

La liberación del señor Valdés, en concreto, es poco probable que se resuelva en el corto plazo.

Mientras hablaba, el agente se fue aproximando al escritorio hasta quedar de pie junto a su sillón, con las manos apoyadas en el respaldo. Gabriel, estupefacto por lo que acababa de oír, tardó unos instantes en reaccionar.

—Pero Bazán estaba convencido de que el rescate de Valdés era cosa hecha —protestó—; que el tal Drake, movido por un interés personal, ya había allanado el camino para lograrlo.

—Y así era, Gabriel, hasta que le cortaron las alas.

El Consejo de Estado, ya sea por envidias, insidias o simple prudencia, ha prohibido terminantemente liberar a prisioneros de alcurnia mientras dure la guerra.

Especialmente a Valdés. Incluso sospechan que Drake escamoteó a la Real Hacienda unas cajas de caudales de la nao Nuestra Señora del Rosario.

—¿Y desde cuándo sabéis esto?

—Hace ya un mes.

—¡Un mes! Entonces he hecho el viaje en balde.

Una mosca impertinente revoloteó alrededor de los dos hombres, que intentaron ahuyentarla con manotazos.

—En absoluto, amigo mío. El situado que traéis es maná caído del cielo, y me vendrá de perlas para llevar a cabo mi labor.

—No sé si puedo entregároslo. Se me especificó que su destino era el rescate del almirante y sus allegados.

—Perded cuidado, porque ese dinero se empleará en rescatar prisioneros de la Gran Armada. Tal vez no hombres de prosapia, pero sí soldados dignos de volver a casa. Os lo aseguro.

Zarco, para reforzar sus palabras, dio un leve golpe en el respaldo del sillón. Gabriel, poco convencido por aquella seguridad, le sostuvo la mirada.

—No sólo tenéis mi palabra —añadió el agente de la Corona—, sino que os extenderé un resguardo firmado de mi puño y letra, y refrendado, si así lo deseáis, por el embajador Bernardino de Mendoza.

—El mejor resguardo que podría llevar sería presentarme en Lisboa con la fragata repleta de prisioneros de la Armada. En realidad —añadió Gabriel tras una breve pausa—, hay otro caballero por quien han mostrado interés las autoridades lisboetas. Se apellida Soutomaior.

—¿Qué autoridades?

—El conde de Fuentes, por boca del proveedor real Duarte.

—¡Francisco Duarte! —exclamó Zarco, sorprendido.

—¿Lo conocéis?

Cabeceó despacio Ramón Zarco, y se rascó la barba con aire pensativo.

—Un hombre que no da puntada sin hilo. Y que levanta opiniones encontradas. Algunos lo consideran vasallo leal hasta la médula; otros, un arribista sin escrúpulos.

—¿Vos estáis entre los segundos?

—Hemos tenido nuestras diferencias.

—Conmigo ha sido siempre un caballero discretísimo.

—Lo cortés no quita lo valiente —repuso Zarco—.

Veréis lo que haremos: un corresponsal de mi confianza, que desde hace meses elabora una relación de los españoles y portugueses encarcelados en distintos lugares de Inglaterra, ha conseguido liberar en un prodigio de iniciativa y audacia a varios cautivos de la urca hospital San Pedro el Mayor, que naufragó en Cornualles cuando regresaba a la península.

Es un hombre hábil y discreto, y me interesa que lo conozcáis.

—¿Y a qué se debe ese interés?

—Pronto lo sabréis —dijo, enigmático como era su costumbre.

Luego añadió—: Mientras cumplía su encargo, este corresponsal logró granjearse la confianza de los guardianes de ciertas cárceles.

Quizá, si ese Soutomaior está recluido en una de ellas, consiga negociar su libertad, junto con la de otros.

Así no volveréis con las manos vacías. Aunque, conociéndoos, sospecho que le sacaréis partido a este viaje, en lo comercial o en lo personal.

Gabriel rio. Aquel hombre lo conocía demasiado bien.

—¿Y mientras tanto?

—Podéis disfrutar de Londres. O bien podéis poner rumbo a Edimburgo y recoger a unos náufragos que aguardan pasaje de regreso a España.

Gabriel se disponía a responder que no le atraía en absoluto la idea de viajar hasta Escocia, cuando unos golpes discretos en la puerta exterior interrumpieron la conversación.

Zarco se levantó con sorprendente agilidad y abrió para dar paso a un hombre joven, de porte elegante, bigote y perilla cuidados, y ojos despiertos.

—Señor del Puerto —dijo Zarco, tras estrechar la mano del recién llegado—, os presento a Joao Veiga, vuestro cuñado.

—¿Mi cuñado? —repitieron ambos a un tiempo, y se evaluaron en silencio.

El agente real se deleitó durante unos instantes en la confusión que había provocado, antes de proceder a aclararla:

—El señor Veiga está casado con Fátima Henriques —dijo, señalando a Joao—. Y Gabriel del Puerto es el esposo de su hermana Marcia.

Aclarado este asunto, y una vez puestos en antecedentes de las respectivas misiones, Ramón Zarco retomó la última idea que había lanzado, con ánimo de desarrollarla con mayor amplitud.

—Jacobo Estuardo, rey de Escocia, mantiene la neutralidad en esta guerra.

No desea enemistarse con Isabel de Inglaterra, de la que, hoy por hoy, es el más probable sucesor, pese a que dicha sucesión esté manchada con la sangre de su madre, María Estuardo, ejecutada por orden de aquella.

Ni tampoco con el rey Felipe, por quien siente simpatía, él y buena parte de su nobleza, tanto católica como reformista, pues es el único capaz de frenar a sus incómodos vecinos del sur, siempre ávidos de apropiarse de sus territorios o de Escocia entera, si se tercia.

Esta neutralidad se ha concretado, en el caso que nos ocupa, en permitir que los hombres que naufragaron en su reino sean acogidos y alojados entre sus vasallos, y devueltos a España a cambio, si acaso, del coste de su manutención.

Gracias a ello, ya han regresado a Flandes y a la península más de cien náufragos de la urca Gran Grifón y del galeón San Juan de Sicilia, perdidos en aquellas aguas.

Zarco hizo una pausa para observar la reacción de Gabriel, que, con expresión impenetrable, le expresó su sincera alegría por tan feliz retorno.

—Pero —el agente alzó un dedo para dar énfasis a sus palabras— he sabido recientemente que siguen llegando a Escocia, en un constante hilo, hombres procedentes de los muchos naufragios acaecidos en Irlanda, donde los ingleses no han dado cuartel a los nuestros.

Los pocos que han logrado escapar lo han hecho gracias a la valiosa y desinteresada ayuda de religiosos y gentes de buena voluntad.

Por ello, y aprovechando vuestra providencial aparición, creo oportuno que, mientras Joao se ocupa de buscar al señor Soutomaior y de gestionar su rescate, vos, señor del Puerto, viajéis hasta Edimburgo y os hagáis cargo del grupo de hombres que acabo de mencionar.

Gabriel se levantó de la silla, se desabotonó la ropilla, se estiró las calzas arrugadas y, situándose frente a sus dos interlocutores, para no perder detalle de sus reacciones, respondió a la propuesta con ánimo favorable, aunque con condiciones.

—¿Cuáles? —preguntó Zarco.

—La primera —dijo Gabriel—: que en mi ausencia vos os encarguéis de vender el cargamento de frisas y paños de Ruán que llevo en la bodega de mi fragata.

Zarco dejó asomar una fugaz contrariedad, que se apresuró a encubrir con una sonrisa complaciente.

—La segunda —prosiguió Gabriel— es que tengo intención de cobrar, del situado que os entregaré o de cualquier otra fuente que esté a vuestro alcance, el viaje a Edimburgo. Y no os saldrá barato, porque el precio será proporcional al riesgo que vamos a correr mis hombres y yo. ¿Os parece bien?

—Es lo justo —sancionó el agente real.

—Y justo será también que, una vez en Escocia, no pierda tiempo ni dinero regateando el precio de los soldados y oficiales que me traiga.

Sé por experiencia el apego que le guardan al dinero esas gentes, tan aficionadas a apurar hasta el último cuarto en cualquier transacción.

Si tengo que añadir un solo maravedí a lo que me entreguéis, o esperar más de una semana a que se reúna el dinero faltante, levaré anclas y volveré por donde he venido. ¿Qué tenéis que decir a esto?

Ramón Zarco interrogó con la mirada a su corresponsal, que asintió antes de tomar la palabra:

—Hemos recibido hace poco un mensaje desde Edimburgo, enviado por sir John Seton, un caballero católico que tiene alojados en sus tierras a cerca de treinta españoles, sobrevivientes de la nao Trinidad Valencera, de la escuadra de Levante, dada al traste en el norte de Irlanda.

La manutención, desde su llegada, calculo que habrá costado un penique y medio por hombre y día, lo que, redondeando, equivale a unas cincuenta y tres libras, o setenta escudos.

—¿Sólo setenta escudos? —preguntó Gabriel, incrédulo.

—Por si acaso se hubieran presentado más hombres en este intervalo, estimo que cien escudos bastarán.

—Ahí lo tenéis, Gabriel —dijo Zarco, con el orgullo de quien ha adiestrado bien a su hombre—. ¿Alguna otra condición?

—Una última, en efecto. De camino hacia acá he comprobado que las aguas de este reino se están convirtiendo en un auténtico avispero.

No sólo por los barcos ingleses que se preparan para devolver la visita de la Gran Armada, sino también por los rebeldes holandeses, que vigilan como perros de presa el estrecho de Caláis y el mar del Norte.

Hemos tenido suerte en la travesía de ida, pero me temo que cuanto más se demore el regreso, menos probabilidades tendré de alcanzar Lisboa sin sobresaltos.

—¿Entonces?