XVII #3
—Serví en Italia, y en Flandes, cuando era más mozo —respondió Martín con seriedad. Y sin variar el tono, añadió—: Espero que sepáis comportaros como es debido.
Luján, que al principio pareció impresionado por la gravedad del herrero, se revolvió como un gallo picoteado.
—¿Cómo decís? —Engalló el cuello y atusose los bigotes.
—Me refiero al trato que brindáis a estas damas. Están solas, y vos, por lo que veo, sois hombre ardoroso… No quisiera verme en la necesidad de defender su honor con el filo de mi espada. —Y deslizó la siniestra hacia la empuñadura de su ropera.
El cabo, que había dejado la suya apoyada contra la pared, la miró de reojo, midiendo quizá la distancia.
—Por vuestro bien —dijo con voz fiera—, espero que no continuéis por ese camino.
—Lo que yo espero es que vos no hayáis seguido otro aún más peligroso.
—¿A qué demonios os referís?
—No me gustaría enterarme de que estáis detrás del arresto de Marcia Henriques.
—¿Del arresto de…? —El soldado abrió mucho los ojos—. ¡Por vida mía que me ofendéis, señor herrero! Mi paciencia tiene un límite.
Pese a los aspavientos con que secundaba sus palabras, no llegaba a resultar amenazador.
—También la mía —replicó Martín.
Cruzaron de nuevo las miradas. Las bocas apretadas y los ceños fruncidos crispaban el aire. Una racha de viento, proveniente de la playa de Orzán, agitó la plumilla roja del sombrero del cabo y los mechones de cabello que se escapaban de la gorra de Martín.
—Ea, señores. ¿Qué maneras son esas? —terció Genara, alarmada por el cariz que tomaba la escena.
—Cierto —añadió Isabel, colocándose, con el niño en brazos, entre ambos—. Os he presentado para que compartáis hazañas de soldados, no para que os trencéis en pendencias de mozalbetes.
La tensión tardó unos momentos en disiparse. Al cabo, las aguas volvieron a su cauce. Isabel sonrió a Luján, luego guiñó un ojo a Martín, y anunció que iba a preparar la cena.
—¿Nos acompañáis?
—No queda nada en la alacena —advirtió Luján, sin confesar que la había saqueado a placer. Pero Yabama, sonriendo apenas, acarició las abultadas alforjas que traían desde el beaterío.
Martín Robledo no pudo negarse a la invitación. Su esposa, por más que la quisiera, era una pésima cocinera.
—¿Qué pensáis del señor Luján? —le preguntó Isabel en voz baja, ya dentro de la casa.
—Me ha parecido un valentón de poco fuste.
—¿Y tú, Yabama?
La mestiza, que acababa de dejar las alforjas sobre la mesa, se volvió hacia el herrero, y con tono seco declaró:
—Ese hombre no me asusta. —Y tras una breve pausa, añadió—: Le faltan riñones.
3
Londres
Un batel tripulado por cinco hombres y un niño pasó bajo los arcos del puente de Londres y atracó en uno de los muelles del Támesis. Dos de ellos quedaron a cargo de la embarcación, mientras los otros se internaban en la ciudad.
La primera parada fue en el edificio de la aduana, donde registraron el arribo, declararon la carga y pagaron las diez libras de peaje exigidas a los barcos extranjeros.
El oficial que los atendió les explicó que aquel peaje no los eximía de la satisfacción del arancel correspondiente por las mercancías que vendiesen.
También los informó de que estaba prohibido desembarcar más de nueve tripulantes a la vez así como portar arcabuces, lanzas o montantes dentro de la ciudad.
Luego de despedirse, deambularon durante largo rato por aquella metrópoli, un poco perdidos.
Mientras Vermeulen trataba de localizar la sastrería del señor Aranda, los demás se entretenían observando el incesante trajín que animaba las calles: hombres ataviados con ropas cuya calidad variaba según el rango del portador; mujeres de vestidos largos y capas abrigosas, tocadas con cofias o simples pañuelos; desocupados y mendigos; alguaciles con sus varas; jinetes en sus monturas; coches cerrados; carretas cargadas de sacos, enseres, piedras o estiércol.
—En aquella esquina —dijo Vermeulen, al fin.
En la sastrería los recibió un caballero bajo, calvo y algo rechoncho, que se presentó como mister Bell. Al preguntar por el señor Aranda, su expresión se tornó más atenta.
—¿Los ha citado?
—Venimos de lejos, señor.
—Me temo que tendrán que esperarlo —les informó Bell.
—Esperar ¿cuánto? —preguntó Gabriel.
Mister Bell se encogió de hombros, un gesto poco sincero, pues sabía que el señor Aranda solía acercarse a la sastrería durante la mañana.
—¿Y está en la ciudad?
Un nuevo encogimiento de hombros, esta vez auténtico, fue toda la respuesta.
Gabriel decidió arriesgarse a esperar la posible, bien que incierta, llegada de don Manuel.
Para amenizar la espera, y considerando lo pobres y poco abrigadas que eran las ropas de García, encargó para él un juego de calzas, jubón y ropilla.
Y ya puestos, le compró también una camisa de algodón y una gorra de terciopelo negro.
Una vez hechos los encargos, y viendo que el señor Aranda seguía sin aparecer, Gabriel se decidió a dar un paseo. Mas no había doblado aún la primera esquina cuando se fijó en un hombre que avanzaba a paso rápido entre la multitud. Reconoció en él la figura del agente real.
—Señor Zarco.
El hombre se detuvo, miró a derecha e izquierda sin dar con él. Avanzó unos pasos más, volvió a detenerse y recorrió con la vista el ir y venir de los transeúntes, hasta que finalmente posó los ojos en Gabriel y lo reconoció.
—Gabriel del Puerto —exclamó—. ¿Qué demonios hacéis aquí?
—He recorrido quinientas leguas para encontraros ¿y me recibís así?
El agente tardó sólo un instante en sonreír con un deje de complicidad.
—¿Y estos señores? —preguntó—. ¿Os acompañan?
Gabriel asintió.
—El señor Vermeulen, mi piloto; Antonio Martínez, a quien ya conocéis —Zarco bajó los párpados en señal de asentimiento—, y mi hijo, García.
—Mmm…, qué calladito os lo teníais, señor del Puerto. Deduzco que la madre no es la señora Henriques.
—Es una deducción sencilla.
—¿Fruto quizá de vuestras correrías por el Caribe?
—Tal vez.
—Os mostráis muy reservado.
—No más que vos.
Tras aquel breve intercambio de cortesías, Zarco lo invitó a seguirlo hasta su gabinete, que tenía entrada independiente por la calle de Addle Hill.
—Imagino que vuestros compañeros tendrán mejores cosas que hacer que asistir a una larga charla de negocios —añadió.
Gabriel sonrió. Los años pasaban, pero el agente apenas cambiaba.
Lo había conocido en la isla de Terceira, cuando aún estaba en poder de los seguidores del Prior do Crato.
Zarco se hacía pasar por comerciante de cueros y recababa información sobre las fuerzas portuguesas y sus intenciones.
Gabriel, que en esa época navegaba en un corsario francés, se convirtió en fuente útil y en aliado eventual.
Desde entonces, se habían reencontrado en distintos puertos para otras colaboraciones.
—Nosotros aprovecharemos para echar un vistazo a esta interesante ciudad —dijo Mahagüini, que dio media vuelta y, con García de la mano, se perdió entre el gentío. Vermeulen siguió su estela.
El gabinete de Zarco era amplio y bien iluminado. Al entrar, el agente indicó a Gabriel una silla, por si le placía tomar asiento.
—Esperad un momento —pidió acto seguido, y, sin aguardar respuesta, salió por la puerta que comunicaba con la sastrería y llamó a uno de sus empleados.
Gabriel aprovechó la breve espera para curiosear en la estancia. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros, rollos, muestras de telas, miniaturas de madera tallada, vasijas diminutas y figurillas de porcelana.
Zarco no tardó en regresar.
—No sabía que hubierais encargado ropa para vuestro hijo.
—Un padre ha de velar por los suyos, ¿no es así?
El agente asintió y se acomodó en su sillón.
—Vos diréis qué asunto os ha traído hasta aquí desde… dondequiera que sea, amigo Gabriel.
—Desde Lisboa, directamente desde Lisboa, señor Zarco.
—Aranda. Manuel de Aranda —lo corrigió el agente, reclinándose hacia atrás y alzando las cejas—. Me sorprendería que hubieseis hecho tal viaje en una sola travesía.
—Puede que haya hecho escala en algún puerto gallego y quizás en otro de la costa normanda.
—Sería incapaz de adivinar cuáles.
—Mas para el caso que nos ocupa, tanto da.
—Sin duda. ¿Y cuál es ese caso?
—Los rescates.
—¿Qué rescates?
Gabriel soltó un suspiro. Aquel hombre era incorregible. No se le podía arrancar una palabra que no estuviera dispuesto a conceder.
—Don Alonso de Bazán, almirante de las Galeras del Océano, ha recibido instrucciones de quienes se hallan por encima de él…
—Una testa coronada, tal vez.
—No lo descartaría, señor… Aranda. En todo caso, don Alonso ha tenido noticia del interés de Francis Drake por negociar el rescate del almirante Pedro de Valdés y otros capitanes hechos prisioneros en el canal de la Mancha, y me ha comisionado para traer a Londres un situado que facilite el trato.
—¿De cuánto hablamos?
—Tres mil escudos —respondió Gabriel—. Según tengo entendido, la guerra de Flandes impide al general Farnesio disponer de fondos suficientes para acometer este y otros rescates.
Ramón Zarco se levantó de su sillón, se dirigió a una de las estanterías y limpió con cuidado una jarrilla de adorno que descansaba en una balda. Luego observó la yema de su pulgar con tal concentración que habría podido parecer que el polvo que lo manchaba era oro.
—Su Majestad, preocupada por las vidas de los soldados que tan lealmente le han servido, encomendó al gobernador de Flandes procurar la libertad de todos los prisioneros de la Gran Armada —dijo, volviéndose hacia Gabriel—, tanto en Inglaterra como en Flandes, adonde derivaron, tras la batalla de Gravelinas, dos galeones en los que viajaban caballeros tan señalados como el maestre de campo Diego Pimentel o el hijo de don Diego de Córdoba, caballerizo mayor del rey.
—Lo sé —intervino Gabriel.