La derrota del dragón XVII #2
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XVII #2

Y cuando las cosas parecían asentarse de nuevo en el mundo de Isabel, arrestaron a Marcia.

Las vecinas de la Pescadería le dieron noticia del suceso, y su tío Sancho le explicó el contenido del soplo anónimo que la había llevado a prisión, y la acusación de espionaje que pesaba sobre ella.

Isabel juntó las manos en muda plegaria: le costaba imaginar que hubiera gente con tal grado de malicia.

Sus sospechas recayeron de inmediato en el cabo Luján, ese inquilino bullicioso y fanfarrón que no perdía ocasión para piropearla e importunarla con proposiciones cada vez más atrevidas.

Mientras Marcia estuvo en la casa, pudieron ambas soportar su presencia sin mayores escándalos, pero ahora, con ella encarcelada, Isabel sabía que necesitaría del apoyo de Yabama.

Animada por estas y otras consideraciones, Isabel se encaminó a la prisión.

Llevaba una cesta con algunos alimentos y ropa limpia, para que Marcia pudiera mudar de vestido.

A aquella hora de la mañana, las calles y plazas de la villa se agitaban todavía con las noticias inquietantes de los últimos días: que una gran flota inglesa se preparaba para atacar los dominios del rey Felipe, y no se descartaba que tuviese por objetivo alguno de los puertos gallegos.

En mercados y tabernas, en corrillos y mentideros, no se hablaba de otra cosa.

Los rumores corrían como el fuego en día de viento: se exageraban los peligros, se multiplicaban los males, se desfiguraba la violencia de los herejes, ávidos de saquear templos, ultrajar imágenes sacras, robar cuanto hallaran a mano y romper lo que no podía ser compuesto.

Unos evocaban pasados ataques de corsarios; otros, con más letras que memoria, remontaban sus temores a los tiempos de los vikingos o incluso a las aceifas de los sarracenos.

Isabel, sin embargo, tenía la mente puesta en otras amenazas más cercanas: las que anidaban entre sus propios convecinos, responsables de que Marcia durmiese en una celda.

El edificio de la cárcel, adosado a la muralla, era sobrio y hosco, con paredes gruesas y ventanales enrejados que no dejaban pasar la luz sino a jirones.

En la entrada, un guardia le pidió ver el contenido de la cesta antes de permitirle el paso.

La registró con desgana, le hizo un gesto para que avanzara por el pasillo empedrado y le franqueó la entrada a la celda en la que se hallaba recluida su cuñada.

Aunque pálida y ojerosa por la falta de sueño, Marcia le pareció bastante entera, dadas las circunstancias.

Compartía su encierro con una mujer madura, sentada al fondo sobre una banqueta baja, que amamantaba a una criatura que bien podía doblar en edad a Santiaguillo.

Al ver entrar a Isabel, la mujer alzó la cabeza, observó sin disimulo el contenido de la cesta y recolocó con gesto automático la teta en la boca del niño.

—Oh, Isabel, qué alegría verte —dijo Marcia, con un hilo de voz, al tiempo que se incorporaba con dificultad—. Ya desesperaba de que vinieras.

Marcia depositó la cesta sobre el jergón y después se sentaron las dos en un banco tan tosco como bajo, de asiento pulido por las muchas nalgas que en él se habrían posado, e Isabel la puso al tanto de las nuevas de la villa, del convento y de la familia. La charla distrajo y animó a Marcia .

—¿Cómo te encuentras?

—Indignada con la justicia y furiosa por la torpeza humana —respondió con calor —. E intranquila, que es lo peor. Este no saber quién me habrá denunciado me roe más que el encierro. Me devano los sesos y no alcanzo a adivinar quién ha podido ser.

Isabel le trasladó sus sospechas sobre el cabo Luján, pero Marcia ya lo había pensado y tenía sus dudas.

—¿Qué puede saber ese hombre de mí? Jamás le hablé de mi estancia en Londres, ni era aún inquilino cuando Trenton pasó por La Coruña.

—Ha pretendido tus favores, y el despecho es un móvil poderoso. Es un hombre ruin, y si le picó el orgullo, no sería raro que indagara sobre ti entre vecinos o conocidos.

Marcia ladeó la cabeza. No se le había ocurrido enfocarlo desde ese punto de vista.

—Es posible —dijo, aún dudosa—. Aunque tendría que haber hilado muy fino para saber lo que sabía. Y hace ya un tiempo que no soy el centro de sus desvelos. Por cierto, ¿logras mantenerlo a raya?

—No es fácil eludir su asedio. Me da miedo quedarme sola con él.

Marcia guardó silencio. No se esperaba tal respuesta, e Isabel se dio cuenta.

—Oh, perdona. No quería agobiarte con mis cuitas. Bastante tienes tú con las tuyas.

—No. Me alegra que me lo digas. Puedes dormir en el beaterío.

—¿Y que Luján se enseñoree de la casa?

Marcia se rascó la nariz y dejó la mano sobre la boca y la barbilla, en ademán pensativo.

—Llévate a Yabama —dijo al fin—. Con esa salvaje al lado, estarás más segura.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto. Tarde o temprano habré de admitir su existencia. Y prefiero que esté en mi casa a que ese fantoche se adueñe de ella. ¿Cómo le va en el convento?

—La vida recogida parece sentarle bien —respondió Isabel, y se animó a contarle algunos detalles sobre la estancia de Yabama en el beaterío.

No demasiados, pues no deseaba saturarla en aquella primera visita.

Marcia escuchó con atención y, cuando Isabel hubo concluido, la instó a que hablara con Martín Robledo.

—No os vendrá mal el apoyo de una presencia masculina.

Conversaron un rato más de otros asuntos.

La una no tenía prisa y la otra necesitaba compañía que la distrajera.

La mujer del fondo, que había terminado de amamantar a su hijo, se acuclilló cerca de ellas y se mantuvo en silencio, pero atenta a la conversación.

También ella precisaba alivio para sus pensamientos.

Antes de marcharse, Marcia se volvió y se cambió de ropa.

—Lavaré el vestido y volveré dentro de dos días —dijo Isabel al despedirse.

Como no era tarde, decidió seguir el consejo de su cuñada y se encaminó a casa del herrero, que en ese momento estaba dando forma a una pieza de hierro al rojo sobre el yunque, terminó de golpearla antes de que perdiese calor, la sumergió en un cubo de agua que borboteó al recibirla e hizo un alto en la faena para atender a su visitante.

Martín estaba al tanto del arresto de Marcia y prorrumpió en improperios contra el felón que la había denunciado. Sus palabras, sin el ruido de la fragua, restallaron como latigazos, y su esposa, al escuchar las voces, bajó presurosa las escaleras.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó, algo alterada.

—Nada —repuso Martín.

—Vuestro marido mostraba su indignación por el encarcelamiento de Marcia —explicó Isabel con mesura.

—Este hombre no tiene paciencia con la justicia —apuntó Antonia con acento cantarín. Y añadió—: Digo yo que habrá que dejarla actuar, ¿o no?

Isabel daba por supuesto que doña Antonia estaría del lado de su esposo, pero se notaba que su criterio era distinto. Y aquello la entristeció. Si la mujer de un amigo pensaba así, ¿qué no diría la gente que no la conocía?

—¿Qué os trae por aquí? —quiso saber el herrero, cuando su mujer se hubo retirado.

No sin algunas dudas, explicó Isabel los problemas que estaba teniendo con el cabo Luján desde su llegada a la casa de la Pescadería y su aprensión a compartir espacio con él.

—Marcia me ha dicho que me lleve a Yabama —concluyó—, pero seguiremos siendo dos mujeres solas.

La mención de Yabama encendió en el rostro del herrero una chispa maliciosa.

—¡Ah, en qué berenjenales se mete vuestro hermano! —dijo entre risas, dándose un golpe en la rodilla.

No entendió Isabel que el asunto lo divirtiese tanto.

—Conozco bien a la mestiza —prosiguió Martín—, y sé que es de armas tomar. Muy arrecho habrá de ser ese cabo si pretende hacerle frente. En cualquier caso, me daré una vuelta por allí. ¿A qué hora podré encontrarlo con más facilidad?

—No iréis a buscar pendencia con él —se alarmó Isabel—. Aborrezco los duelos…

—Descuidad, amiga mía. Mi intención no es otra que tomarle el pulso.

—Esta misma tarde me acercaré a buscar a Yabama. Si no tenéis inconveniente, antes de ir a la casa nos pasaremos por la fragua.

No le pareció mal a don Martín, y por la tarde, cuando daba fin a la jornada, las dos mujeres, acompañadas del niño, pasaron a recogerlo.

El herrero ya había visto a Yabama días atrás y había rememorado con ella ciertos episodios del pasado.

La halló más centrada, más sosegada, con una madurez que contrastaba con su aspecto exterior.

La piel, tersa y luminosa, el extraño trenzado y la sencilla túnica que vestía desde que vivía en el convento le conferían un aire casi juvenil.

Mas su carácter, audaz y resuelto, apenas había cambiado.

Cruzaron la muralla por una de sus puertas, dejaron atrás el mercado y el hospital, y llegaron a la calle de la Estrella.

En la entrada de la casa, sentado al revés en una silla, con los codos apoyados en el respaldo, el cabo Luján departía con Genara, la vecina.

Al verlos aparecer, los observó con parsimonia, en especial a Yabama, y cuando terminó su escrutinio se levantó, se tocó el ala del chapeo y saludó con afectación barroca:

—Ah, mis señoras. Dichosos los ojos que os ven: si la una paloma, la otra torcaz.

—Menos coba, señor soldado —respondió Isabel con un gracioso mohín, mientras cambiaba al niño de brazo.

—Doña Isabel, ¿no vais a presentarme a vuestra encantadora compañera?

—Mucho me temo, don José, que vuestra fogosidad la espante. Es una pobrecilla novicia, recién salida del convento.

Yabama, lejos de intimidarse, lo miró de arriba abajo con una mezcla de desdén y desafío.

—A decir verdad, no tiene aire de novicia —apuntó el cabo.

—Permitidme, en cambio, que os presente a mi buen amigo Martín Robledo: soldado viejo, aventurero y dueño de una herrería en el corazón de la villa.

Ambos hombres se midieron unos instantes, sin desviar la mirada, hasta que Luján, algo más corpulento, ofreció una mano que el otro se tomó su tiempo en estrechar.

—¿Embarcasteis en la Gran Armada? —preguntó Luján.