XVII
Cherburgo, Normandía
El vigía de la cofa avistó la isla de Ouessant, en el extremo de la península de Bretaña, un trazo oscuro en el horizonte gris.
No fueron los cinco días que alegremente había predicho el señor Laiseca, sino el doble; pero Gabriel no tenía motivos de queja: la travesía había transcurrido sin sobresaltos.
Tras doblar Ouessant, la fragata penetró en el canal de la Mancha y puso rumbo a Cherburgo.
—¿No íbamos a Londres? —preguntó desconcertado Laiseca.
—No pienso meterme en la boca del lobo con ese salvoconducto que nos dio Bazán —replicó Gabriel, sin apartar la vista del mar.
—¿Y por qué Cherburgo?
—Tenemos buenos amigos allí, Pascual. ¿Te falla la memoria?
—Jubert, claro.
Entraron en Cherburgo dos días después, bajo un cielo bajo y amenazador.
El contrabandista los acogió con efusión en su casa situada en las afueras.
Los convidó a su mesa, los obsequió con un guiso de anguilas, el vino de su bodega y su charla vibrante.
Al cabo de un rato de charla, Gabriel expuso su propósito:
—He de llegar a Londres por un asunto relacionado con el rescate de prisioneros de la Gran Armada —prefirió ser sincero desde el principio—, y aunque porto un salvoconducto, no quiero tener líos con los ingleses.
—Por vida, l’Avide, ¿ya no sois el azote de estos mares?
—Ahora me ocupo de menesteres menos arriesgados.
—¿Menos arriesgados? Saltáis de la sartén al fuego.
—Por eso acudo a veros. Me sentiría más seguro entrando en Londres como un mercante francés.
Jubert, que tenía una voz poderosa, soltó una carcajada que resonó en las paredes de la estancia como un trueno.
—¡Ah! Sabéis a qué puerta llamar: Romain Jubert no os fallará. —Se golpeó el pecho con su única mano y luego se acarició la barba con gesto pensativo—. Puedo conseguiros lo que buscáis, si no os importa navegar por mi cuenta.
—¿Por vuestra cuenta? —Gabriel alzó las cejas. Que supiera, su amigo era contrabandista—. No os sigo.
—El contrabando da buenos réditos. —El francés hizo un ademán que abarcaba casa, tierras, barcos—. Pero conviene cierto viso de legalidad por si hay que rendir cuentas a las autoridades.
Jubert gestionó el registro de la fragata como suya y encargó la documentación.
El proceso, que solía ser lento, se aceleró gracias a una generosa gratificación.
Entre tanto, persuadió a Gabriel para que le vendiese el cargamento a cambio de otro más apto para el mercado inglés: en lugar de sacas de lana, que podrían resultar sospechosas, frisas de lana y paños de Ruán.
—¿Os parece sospechosa la lana?
—Esa calidad es difícil obtenerla fuera de Castilla.
Pese a su buena disposición, Jubert negociaba a cara de perro.
—¿Queréis abusar de mí? —se espantó Gabriel al oír el precio que ofrecía por la lana.
—¿Cuánto pedís vos?
Tras acordar una cifra razonable, el contrabandista, que volvió a ser el anfitrión cordial, le propuso intercambiar algunos marineros.
—Necesitáis una tripulación que no levante sospechas.
—Necesito una que sea de fiar.
—Es arriesgado entrar en Londres con un barco lleno de españoles. Os dejaré unos cuantos hombres leales.
Gabriel lo valoró unos momentos. Los ducados que le confiaron en Lisboa pesaban como plomo en su conciencia, pero reconoció lo sensato de la oferta y aceptó.
Se movieron, pues, las mercancías y los hombres.
Cuando todo estuvo dispuesto, Jubert subió a bordo para entregarle una documentación en la que la fragata aparecía como Dauphin.
—¿Os gusta el nombre?
—Delfín. Desde luego no os habéis roto la cabeza.
—Lo importante es pasar desapercibidos. Los ingleses andan enloquecidos con la flota que están armando, y sus buques recorren el canal sin descanso, como un enjambre en constante agitación.
—¿Tan grande es?
—Podrían invadir Francia con ella.
—¿En qué puerto se están reuniendo?
—En Plymouth, sobre todo. Pero hay barcos en toda su maldita costa, desde el cabo Lizard hasta el Margate. Así que andaos con ojo l’Avide. —Escupió Jubert y después, señalando a cubierta, preguntó—: ¿Ese paje es hijo vuestro?
Gabriel siguió su muñón: García cruzaba el combés con pasos breves, lastrado por el peso de dos baldes llenos de agua.
—¿Tanto nos parecemos?
—Como una manzana a otra. ¿No le habéis dejado pisar tierra?
—Debe aprender el oficio.
—También podía aprender escuchándonos. Y cosas más provechosas, por vida.
Gabriel no respondió, pero más tarde reflexionó sobre aquellas palabras. El contrabandista sabía de lo que hablaba: su propio hijo lo acompañaba en todos sus viajes y, aunque no fuese un modelo de virtudes, conocía los secretos del mar y del comercio.
La Portuguesa, es decir, la Dauphin, abandonó la ensenada de Cherburgo una semana después de haber entrado en ella.
El redondo islote de Pelée, centinela en la bocana, pronto quedó atrás.
La verdadera navegación empezaba allí. Ningún salvoconducto podría librarlos del celo de un oficial puntilloso o del abordaje de corsarios.
Su mayor garantía era la agilidad de la fragata, y Gabriel ordenó extremar las precauciones y mantenerse en el centro del canal.
Aunque don Alonso de Bazán esperaba de él informes sobre los preparativos ingleses, Gabriel no pensaba acercarse a sus puertos a menos que fuera imprescindible. Las noticias que le había dado Jubert le bastaban.
La fragata se cruzó con convoyes bálticos, carracas levantinas, filibotes holandeses y grupos de pesqueros. En el paso de Caláis el tráfico era aún más denso.
—Esto es peor que un avispero —gruñó Laiseca.
Tras seguir la costa de Kent hasta North Foreland, viraron hacia el oeste y ganaron el estuario del Támesis, que hervía de actividad y movimiento.
El viento contrario obligó a sacar los remos auxiliares, y el ocaso los sorprendió frente a la isla de Canvey, donde echaron el ancla para dar respiro a los hombres.
En la madrugada reanudaron la marcha, y, tras todo un día de esforzarse con los remos, apenas habían remontado cinco millas la corriente.
Por fortuna, el viento roló a su favor y la última etapa los llevó hasta las cercanías de Greenwich.
Vermeulen les propuso fondear allí, pues el cauce más arriba hacía un complicado meandro en torno a la Isla de los Perros.
Además, aquel fondeadero ofrecía una mejor salida si tenían que marcharse precipitadamente.
Pero apenas habían largado el ancla cuando una barcaza se les abarloó.
Un hombre de rostro adusto subió a bordo tras aceptar la escala que le tendieron.
Su inglés cerrado hizo que Gabriel apenas lo entendiera.
—Somos franceses, de Cherburgo —se apresuró a aclarar.
El oficial cambió al francés y, aunque su expresión no se suavizó, su tono fue más educado.
Preguntó por la carga, la procedencia y los documentos.
Gabriel y Vermeulen respondieron a sus preguntas, lo acompañaron a la bodega y abrieron varios fardos para que hiciera las comprobaciones.
El oficial tocó los paños, los miró de cerca, eligió un lío de frisas, se lo encajó bajo el brazo con naturalidad y, de vuelta en cubierta, firmó el documento del flete como prueba de la inspección.
Antes de regresar a su barcaza, se entretuvo hablando del tiempo y de las malas cosechas, les aconsejó alejarse de los marjales de la Isla de los Perros, porque eran foco de enfermedades, y cambiar el fondeadero a la orilla norte.
—Greenwich es coto real —aclaró—. Y los guardias recelan de todos.
Gabriel le prometió seguir sus consejos y lo despidió con cortesía.
—Sólo faltó que le diéramos un aplauso por robarnos el paño —refunfuñó Laiseca.
—Barata nos ha salido la inspección, señor maestre —replicó Vermeulen, mientras la barcaza se alejaba entre la neblina que se elevaba del río.
2
La Coruña
Isabel pasaba buena parte de sus días en el beaterío de Santa Bárbara.
La paz y el recogimiento que allí se respiraban, junto a la costura, los oficios y el cultivo de la huerta, eran el mejor bálsamo para sosegar su espíritu y encauzar sus pensamientos.
A Santiago, que ya contaba casi nueve meses, solía llevarlo consigo al convento, donde recibía el auxilio diligente de la mayoría de las beatas.
No era, además, el único niño presente: dado el carácter seglar de la Tercera Orden Franciscana, y la fama de hospitalidad que gozaba entre los vecinos, allí encontraban refugio mujeres de toda condición, desde viudas de ilustre linaje hasta muchachas que, habiendo errado el rumbo, buscaban la redención y un poco de bondad.
Sin embargo, los tozudos acontecimientos de aquel año se empeñaban en apartar a Isabel de la paz que tanto anhelaba.
A la brusca aparición de Trenton siguió, casi sin respiro, la llegada de Yabama con su hijo.
Por fortuna, la mestiza se había ido recuperando e incluso participaba en las faenas cotidianas del convento.
Su extraordinaria energía la impulsaba a trabajar en la huerta, o donde hiciera falta, sin descanso ni queja.
Su extraña indumentaria, su remoto origen, sus fabulosos viajes y la convivencia con piratas y corsarios despertaban la curiosidad de las demás beatas, que no se recataban en interrogarla con una desvergüenza poco cristiana no sólo acerca de su vida, sino también de sus creencias.
A sus ojos, Yabama encarnaba un mundo exótico y contradictorio: su apego a unos dioses ignotos, su misticismo foráneo, su veneración por fuerzas naturales que nombraba con voces impronunciables, todo ello causaba primero hilaridad entre las más doctas, luego cierto recelo y finalmente un deseo de atraerla a la verdadera religión.
Ella, por su parte, defendía con férrea convicción su concepción del mundo y de la divinidad, donde campaban a sus anchas Atabey, Coaibai y otros espíritus tutelares, a los que añadía, de forma poco ortodoxa, santos cristianos transfigurados y adaptados a su panteón mestizo, como san Simón, a quien identificaba con un Maximón, o Masimón.