XVI #6
Los avisos del almirante no podían ignorarse, y John Trenton dejó de lado cuanto estaba haciendo para acudir ante él.
Su batel surcó con cuidado las aguas del Hamowse, atestadas de buques, y se deslizó por el Cattwater, en el extremo oriental del Sound de Plymouth, donde anclaba la nave almiranta.
El Revenge tenía menor calado que otros galeones, castillos más bajos y un cuarto mástil —la contramesana— que le conferían mayor velocidad y maniobrabilidad sin perder potencia de fuego.
Una vez a bordo, el señor Oseley lo condujo ante su superior, que conversaba amigablemente con Thomas Cely en el coronamiento de popa, elevado sobre la toldilla.
Trenton no había vuelto a ver a su amigo desde la visita al prostíbulo, y se alegró de coincidir con él.
De entre todos los capitanes de la armada, era con diferencia quien mejor le caía.
—Tendréis que acoger a Cely en vuestra familia, John —le gritó sir Francis a modo de saludo.
—Será un placer, señor —respondió Trenton—, aunque no entiendo a qué os referís.
El almirante se rio de la confusión de su capitán, algo por lo demás esperado, y demoró unos instantes en satisfacer su curiosidad.
Tras sus anchas espaldas, recortada contra el cielo nublado, se alzaba la colina de Freedom Fields, sobre la que una bandada de buitres giraba en círculos silenciosos y elegantes.
—Lo he nombrado capitán del Relief. ¿Qué os parece?
—Excelente idea —respondió Trenton, algo al tuntún, pues al principio no relacionó ese barco con su hermano Michael.
—No es muy grande —apuntó Cely con una sonrisa—, ni tiene aún la tripulación que yo desearía.
—Estoy seguro de que no tardarás en hacer de ella la mejor de toda la flota —le dijo Trenton.
—Bueno, mis señores, vamos al grano —intervino Drake, a quien no agradaba que la conversación se alejase de su centro. A continuación, les explicó, sin entrar en demasiados detalles, que necesitaban más barcos para acoger y trasladar a toda la tropa.
—¿Más todavía? —lo interrumpió Thomas Cely. Sus ojos contemplaban el bosque de mástiles que colmaba la bahía.
—Del orden de treinta o cuarenta naves —aseguró el almirante, y prosiguió con su exposición.
Deseaba zarpar a comienzos de abril, y encontrar tal número de navíos en tan poco tiempo sólo sería posible recurriendo al corso.
Lo que Drake deseaba, y lo que les encargaría a ellos y a otros capitanes, era peinar el mar en busca de cualquier buque con capacidad de carga y apto para navegar hasta España.
Le daba igual que fueran aliados o enemigos, del Báltico o del Mediterráneo, simples mercantes o barcos de guerra.
—¿Alguna duda?
—¿Con qué autoridad los detendremos? —preguntó Trenton.
—Con la que yo os otorgo, en nombre de Su Majestad —respondió con contundencia aquel dragón del mar.
—¿Les ofrecemos alguna compensación?
—No hay mejor compensación que sumarse a la empresa y participar de su botín. ¿No os parece, John?
—Vuestra generosidad los abrumará, almirante.
No se le pasó por alto a Sir Francis la ironía de su subordinado, pero no tenía tiempo para entretenerse con pamplinas.
—Os he llamado juntos porque juntos navegaréis —añadió—. Entre los dos os resultará sencillo reducir a buques solitarios o pequeñas agrupaciones. Quiero que os apostéis en las Islas del Canal y que abordéis cualquier presa que esté a vuestro alcance.
—¿Y las grandes agrupaciones? —apuntó Cely.
—Esas serán las mejores —lo cortó Drake—. Si se diera el caso, acudid prestos a informarme.
—¿Cuándo zarpamos?
—Si mañana diviso vuestras calamitosas barcazas aún en la bahía, les prendo fuego. ¿Está claro?
—Como agua de manantial, señor —respondió Cely.
Con las órdenes en la mano, ambos capitanes gastaron el día en poner en orden sus navíos, reunir a sus dispersas dotaciones y reunirse, con las primeras luces del alba, en la embocadura de la bahía.
Antes de zarpar, Michael se presentó en el Fortune acompañado de su estirado amigo portugués. Estaba entusiasmado con la misión y quería pedirle a su hermano que les permitiera embarcarse con él. Pero John se negó: siendo el armador del Relief, su puesto estaba allí.
—La gente del mar es supersticiosa, Michael. Que su armador se embarque en otro navío es señal de mal agüero.
—Este barco parece mucho más sólido y competente que el Relief —insistió Michael.
—Haber buscado otro mejor, hermano, que tiempo tuviste para hacerlo. Además, Cely es mejor capitán que yo, y más prudente. Con él estarás más seguro, no lo dudes.
Michael no se dejó convencer por aquellos argumentos, tras los cuales creyó entrever el viejo resentimiento que John le guardaba por sus desavenencias con Elizabeth.
Sospechaba incluso que lo hacía culpable de su marcha.
Así que no le quedó más remedio que apretar los dientes y embarcarse en el Relief.
Ya tendría tiempo de ajustar cuentas con su engreído y estúpido hermano.
Los dos barcos embocaron juntos la salida del Sound y, antes de que terminara el día, fondearon junto a la isla de Guernsey, que, por hallarse cerca del litoral normando, era paso obligado para los buques que viajaban entre puertos franceses situados al norte y el sur de la Bretaña.
Trenton y Cely se pusieron de acuerdo en el modo de operar, las señales y el tipo de presas que, dadas las características de sus respectivos navíos, resultaba más conveniente abordar.
No estorbaron el avance de algunas urcas bálticas y alemanas, por ser navíos lentos y de difícil maniobra, ni de un grupo de cinco filibotes bien armados que se detuvieron a media milla de su posición.
Durante más de una hora se mantuvieron en facha, en actitud amenazante, hasta que finalmente continuaron su ruta hacia el sur.
La mañana del tercer día avistaron dos barcos medianos que surcaban el canal entre Guernsey y Jersey. Trenton hizo la señal convenida a su amigo, y de inmediato desplegaron velas para interceptarlas. Al llegar a su altura dispararon algunos cañonazos de advertencia para forzar su detención.
Se trataba de dos naos francesas que transportaban trigo hacia Londres por cuenta de un contratista inglés, según mostraban los documentos de flete.
Trenton y Cely conferenciaron brevemente.
El primero era partidario de permitirles proseguir, dado su cargamento y destino, pero Cely, que desconfiaba de los documentos, insistió en llevarlas a Plymouth para que sir Francis decidiera.
—Como prefieras, Thomas —transigió Trenton, y pusieron a bordo sendas tripulaciones de presa y las despacharon hacia Inglaterra.
Durante más de diez días, trabajando en buena armonía, los dos capitanes lograron hacerse con tres presas más.
Al arribar a Plymouth con la última de ellas, se encontraron con una novedad importante: sir Francis había capturado, frente a las costas de Devon, una flota completa de filibotes de las Provincias Unidas que navegaban en lastre y se dirigían a cargar sal.
—¿Una flota de qué tamaño? —preguntó Trenton al oficial que le trajo la noticia.
—Sesenta filibotes, capitán.
Trenton silbó por lo bajo. El almirante había tenido un verdadero golpe de suerte: nada menos que sesenta buques.
—El capitán Furthow avistó un buen grupo fondeado al socaire, en la bahía de Lyme —prosiguió el oficial con creciente entusiasmo—, y se apresuró en regresar aquí para comunicar el hallazgo.
Sir Francis, enfrascado en una partida de cubilete, al oír la noticia se levantó con tal presteza que hizo tambalear la mesa y derramó las bebidas.
Ordenó al instante aprestar sus naves y lanzó los dados por encima de la espalda.
Tres ases. Una tirada providencial. Hasta el viento, que soplaba de poniente, conspiraba a su favor.
«Estos putos holandeses van a alegrarme la jornada», dijo.
Y, en efecto, antes del ocaso ya se había apoderado de ellos. Una jugada magistral.
—¿Y no ha protestado su estatúder?
—La urgencia por partir es tal que a nadie le importan esas pequeñeces. Además, los rebeldes han incumplido la ayuda prometida, y la reina considera la captura como una legítima reposición.
Pirata hasta el final, pensó Trenton; un pensamiento, por supuesto, que se guardó para sí.
Con aquellos sesenta filibotes, el Dragón del Mar daba por concluida su armada.
En pocos días se embarcaron las tropas, se completaron los avituallamientos y la aguada, subieron a bordo los nobles y principales, y el Prior do Crato fue recibido por el general Norris, con todos los honores, a bordo del galeón real Nonpareil.
La flota aguardaba, impaciente y soberbia, convencida de su poder; pero serían los vientos, y no los hombres, quienes darían la señal de partida.