XVI #5
El fraile se excusó, de modo que Duarte, la señora FitzGerald y su escudero, O’Keefe, cabalgaron campo a través en busca del mar.
El día era frío, el cielo estaba parcialmente cubierto y no llovía.
Cruzaron campos de labor, praderas y manchas arboladas.
El camino, que serpenteaba entre suaves colinas, estaba lleno de charcos que salpicaban al paso de los caballos.
El aire cortaba la piel y entumecía las manos.
La señora montaba a mujeriegas, muy erguida en su silla, con la falda larga, la capa sobre los hombros y el cabello recogido.
Duarte, conversando con ella, se enteró de que tenía dos hermanas casadas en otros condados, y dos hijos, a los que no veía desde hacía un año.
Temerosa de no poder protegerlos, los había enviado a Donegal con un pariente de su esposo.
—Lo lamento —dijo Duarte.
La señora FitzGerald apretó los labios, sin decir nada. Durante un breve tramo avanzaron sin decir palabra.
A una legua del mar, el Suir se unía a otro río y ganaba caudal.
En la desembocadura se alineaban numerosos barcos, en espera de remontar el río y descargar sus mercancías en Waterford.
Tras bajar una colina empinada, alcanzaron una bulliciosa aldea en la ribera oeste, llena de gente de mar que apenas les prestó atención.
Se detuvieron frente a una casa y desmontaron.
O’Keefe entró a preguntar y al punto salió un hombre con los ojos entrecerrados y el rostro surcado por dos profundas arrugas.
Mientras hablaban, Duarte escuchaba en silencio.
Por lo que entendió, el hombre conocía y respetaba a Shannon FitzGerald.
Tras un rato, ella lo señaló. Duarte saludó con su mejor acento y le estrechó la mano.
Luego, el marino los llevó en su esquife hasta una pequeña pinaza anclada junto a una barra arenosa que protegía el estuario.
En la bodega dormitaban media docena de marineros, a los que el patrón puso a trabajar de inmediato.
La pinaza era vieja, con la cubierta abierta y un castillo diminuto, pero estaba recién calafateada.
De vuelta en la orilla, Shannon le preguntó su opinión.
—¿Conocéis a ese patrón desde hace mucho? —dijo Duarte.
—Hizo algunos portes para mi esposo —respondió la mujer—. Durante la rebelión —bajó un tono la voz— aprendimos a confiar en quien navega sin preguntar. Algunos de esos hombres me deben favores. Y no les gusta Inglaterra más que a mí. ¿Qué decís? ¿Dais el visto bueno?
Duarte vaciló. Le extrañaba que aquella mujer, acostumbrada a hacer su santa voluntad, dejara la decisión final en sus manos.
La miró. Su sonrisa tenía algo de desafío.
Pero no podían esperar más: estaban en tierra hostil, al alcance de una guarnición inglesa, y cada día que pasaban en Ballinakill aumentaba el riesgo, para ellos y para su anfitriona.
Por muy solícita que se mostrara, no podían abusar de su hospitalidad, ni olvidar que sería ella quien costearía el viaje.
—Si a vos os parece bien, nada tengo que objetar. Cerrad el trato.
Al regresar, la señora FitzGerald, siempre atenta a los detalles, quiso mostrarle a Duarte el lugar donde estaban encerrados los prisioneros españoles.
Entraron en Waterford por un puente de piedra y metieron los caballos en una cuadra cercana.
Pasearon por las callejuelas estrechas, visitaron un antiguo convento, recorrieron tramos de la muralla, construida en distintas épocas y, finalmente, lo condujo hasta un torreón redondo, situado cerca del puerto fluvial.
—Ese es —dijo ella.
Duarte lo observó detenidamente. Visto desde abajo, el torreón resultaba imponente: robusto, de recia mampostería, con varias alturas, escasas ventanas, algunas aspilleras, y una puerta estrecha custodiada por soldados, con un constante trasiego.
A su alrededor, la plazoleta hervía de actividad: vendedores, aguadoras, soldados, marineros y comerciantes iban y venían sin cesar.
—En la parte exterior tiene adosada una pequeña fortaleza —explicó O’Keefe—. Antaño se acuñaba moneda en ella.
—Ni con cien hombres lograría tomar esa torre —dijo Duarte con resignación.
—Ah, si yo fuera hombre, no me lo pensaría —se burló ella.
En aquel momento, dos hombres con sombreros de ala ancha y capas largas cruzaron la calle conversando tranquilamente y se acercaron a la torre.
—El más alto es el oficial a cargo de los prisioneros —señaló O’Keefe.
El hombre, rubio, con barba bien recortada y ropas vistosas, de tafetán, o tal vez de raso, se detuvo junto a la puerta e intercambió algunas palabras con uno de los alabarderos que la custodiaban.
Estaba ladeado y quedaba demasiado lejos para reconocer sus rasgos, pero había algo en su figura que a Duarte le resultaba familiar.
—¿Lo conocéis? —preguntó la señora FitzGerald, que se había dado cuenta de su interés.
—No lo creo.
Las nubes, orladas de oro, recogían los rayos de un sol ya bajo. A lo lejos, sobre el río, una bandada de estorninos dibujaba formas cambiantes en el aire. Duarte los siguió con la mirada.
—¿A dónde irán? —preguntó.
—Ni siquiera ellos lo saben —respondió Shannon FitzGerald—, pero eso no los detiene.
5
Plymouth
La Contra Armada estaba casi lista.
La expedición de castigo contra el rey de España, que en un principio se las había visto y deseado para encontrar hombres e inversores, en las últimas semanas había provocado tal alud de adhesiones que amenazaban con hacerla sucumbir bajo su propio peso.
Levas forzosas procedentes de todos los condados del reino, compañías de voluntarios, milicias locales y mesnadas privadas de nobles y caballeros acudían a Plymouth en tal cantidad, que desbordaban con creces la capacidad logística de la villa, e incluso la de todo Cornualles.
Norris y sus hombres no daban abasto para alojar a tantos soldados, armarlos y alimentarlos, encuadrarlos en compañías y regimientos, y proporcionar a los más bisoños un entrenamiento básico que les permitiera combatir con ciertas garantías.
También la flota había crecido de forma notable.
A medida que la empresa ganaba en solidez y se aproximaba la fecha de partida, más y más armadores se iban sumando.
La ecuación era muy simple: cuanto mayor fuera la armada, mayores serían sus posibilidades de éxito.
Y nadie quería quedarse sin su parte del enorme botín que se esperaba conseguir.
Si el más afamado corsario de Inglaterra había logrado, con un puñado de barcos, riquezas sin igual en sus correrías caribeñas, ¿qué no se obtendría con tamaña flota?
Raro era el día en que no llegaba un nuevo barco a la bahía de Plymouth.
Navíos de todos los tipos y tamaños, desde naos de trescientos toneles hasta falúas de veinticinco, con la tripulación completa o aún a medio formar, con capitán o sin él, avituallados o con las bodegas vacías, mejor o peor armados, y con artillería de calibres tan dispares que resultaba imposible hallar munición adecuada para todos ellos.
Y la cabeza indiscutible de aquella babel, el corazón que la movía, era sir Francis Drake, que gobernaba con la firmeza del timonel que conoce bien el rumbo, aunque a veces le costara mantenerlo.
Organizaba y reorganizaba los escuadrones navales —que habían aumentado de cuatro a cinco—, disponía patrullas marítimas en las aguas del canal y del mar de Irlanda, y escoltas para los convoyes con destino a Londres, Dover o Bristol; supervisaba el acopio y distribución de suministros —harina, bizcocho, pescado, cecina—, visitaba el matadero municipal donde se sacrificaban ovejas, cerdos y bueyes cuya carne se salaba y se almacenaba en barricas; fiscalizaba la compra y reparto de artillería, pólvora y munición, anclas, jarcia, velamen, así como la brea, la estopa y la madera necesarias para calafatear y reparar cascos y cubiertas; trataba con regidores, contratistas e intermediarios, con banqueros y prestamistas, deliberaba con Norris y su estado mayor, se reunía con sus capitanes y armadores, conversaba con sus confidentes e informadores y visitaba los barcos, los acuartelamientos, los almacenes, tabernas y mentideros, con el objeto de tomarle el pulso a su monstruosa criatura.
A pesar de todo, la flota no bastaba para albergar el crecimiento desmesurado del ejército. ¡Y Norris aún pedía más!
El general reclamaba el embarque de artillería de sitio para doblegar las fortalezas que pudieran ofrecer resistencia, y también insistía en la necesidad de contar con una caballería más nutrida, que hiciera la descubierta, protegiese los flancos del ejército y cubriese su retirada, llegado el caso.
Pero el almirante tenía fe en la potencia de su flota y en la presencia del Prior, a quien Portugal le abriría las puertas.
Así lo había jurado, y así lo atestiguaban las numerosas cartas de sus seguidores.
¿Para qué, pues, artillería pesada, costosa y difícil de transportar?
Los posibles objetivos, todos ellos ciudades costeras o insulares, podían ser bombardeados y asaltados desde el mar.
En cuanto a la caballería, ¿qué necesidad había de ella con la flota siempre a mano?
Más caballos implicaban más alimentos, más espacio, más dinero y, sobre todo, más tiempo.
Tras una acalorada sesión con Norris, sir Francis, harto de tantas dudas y exigencias, y muy consciente de las limitaciones de la armada, convocó a algunos de sus capitanes. Había una forma sencilla, y muy de su gusto, de zanjar aquellos problemas.