XVI #4
Al conocer lo sucedido, fue a buscar a Branca a la orilla del Tajo, su refugio habitual cuando la melancolía se adueñaba de ella.
La encontró sola, entregada al infantil pasatiempo de hacer rebotar piedras planas sobre el agua.
Vestía una saya sencilla de color marrón claro, con modestas puntillas en las mangas y el escote, y una camisa blanca que le cubría hasta el cuello.
El cabello, recogido en dos trenzas sobre la cabeza, le daba un aire de seriedad que la hacía parecer mayor.
Con la mano izquierda sujetaba el vuelo de la falda para evitar mojarla; con la derecha, lanzaba y hacía danzar las piedras sobre el agua.
Una llegó a rebotar siete veces antes de desaparecer.
Tiago la admiró en silencio un instante, luego se acercó, le apoyó la mano en el hombro y habló en voz baja:
—Estoy al tanto de lo que ha pasado.
Branca no respondió de inmediato. La brisa le agitaba algunos mechones sueltos. Mantuvo la vista en el agua, pero al fin dijo, con voz contenida:
—Me quieren casar, Tiago. Otra vez. Y el bellaco de mi padre vuelve a ser el artífice de la farsa. Quiere sacarme partido como si yo fuera una yegua de cría. Ese hombre es una sombra que nunca se va.
—Un canalla —asintió él con gravedad—. Desde siempre.
—Tantos buenos hombres muertos en la guerra.
¿Por qué Dios le ha permitido volver? —Cerró los ojos un instante y murmuró con odio—: Yo maldigo a los ingleses, por no haberlo matado; al cirujano que lo atendió, por no permitir que se desangrase, y al capitán que lo trajo de vuelta, por no haberlo tirado al mar.
—A don Gabriel no me lo maldigas, que no podía saber la clase de alimaña que es. Además, también me trajo a mí.
Branca suspiró. La salida de su primo le encendió la sonrisa y suavizó la tensión que llevaba clavada dentro. El bullicio del puerto se mezclaba con las voces lejanas de vendedores y barqueros, gentes de paso hacia Belém y los arrabales. Chalupas, gabarras, bateles. La Lisboa de todos los días.
—¿A quién te ha buscado esta vez?
—A un sobrino de Reigosa.
—No permitiré que te casen a la fuerza.
—Gracias, Tiago, por estar siempre ahí. Pero soy yo quien no lo va a permitir. Tenlo por seguro —añadió con calor—. Antes hago una locura, me marcho a Castilla, me embarco para las Indias… o me corto las venas.
—No digas eso.
—¿Y por qué no? Estoy harta de que otros organicen mi vida sin preguntarme. Como si no tuviera juicio ni razón.
Olvidada ya de las cucharillas, Branca echó a andar junto a su primo, siguiendo la orilla. La falda rozaba los juncos, se le enganchaba en las esparragueras, pero ella no se detenía. El río brillaba con reflejos de estaño.
—Sabes que me tienes a mí, Branca —dijo Tiago de pronto.
—Lo sé.
—Me tienes, para todo.
Él se detuvo. Apretó la empuñadura de su ropera como si en ella encontrara valor.
A su derecha se divisaba el campanario del convento de la Esperanza.
Al otro lado, una gabarra descargaba sacos.
Un marinero entrecano los observaba desde la borda de una carabela.
Les gritó algo que el rumor del río apagó.
—Eres una mujer muy hermosa, Branca —dijo Tiago, impulsado por el momento—. Y siempre me has gustado.
—No, Tiago…, no sigas por ahí. Somos primos.
—¿Y qué? Para eso existen las dispensas papales.
—¿Y los cuchicheos, y las miradas de reojo? La gente es chismosa, entrometida. ¿Qué diría tu madre?
—Me da igual lo que digan los demás. Lo único que me importa es lo que tú sientas.
Ella se volvió hacia él y lo miró con algo parecido al cansancio. Luego bajó la vista al suelo, en busca de otra piedra.
—No estoy preparada para esta conversación.
—Cásate conmigo —soltó él.
Ella dejó escapar una risa breve, amarga.
—¡Por Dios!
—Se acabarían todos tus problemas. Tu padre no volvería a molestarte. Ningún pretendiente te asediaría. Nadie más podría imponerte nada. Ni mis padres se entrometerían. Serías libre… conmigo.
—No puedo, Tiago.
—¿No puedes o no quieres?
—Te quiero. Pero no de esa forma. Te quiero como a un hermano.
Tiago calló. Sabía que no era fácil ganar el corazón de Branca, pero había esperado otra cosa.
—¿Es por el alférez Jaque?
—¿Cómo te atreves a insinuarlo?
—Entonces es por Duarte
—¿Qué? ¡Oh, cielos! ¿Tú también? ¿Es que todos tenéis la necesidad de inventar un rival para que vuestra hombría se mantenga ilesa?
—Sé que lo apreciabas.
Branca respiró hondo antes de responder. Su voz era otra cuando volvió a hablar, más suave.
—Lo apreciaba, sí. Y lo admiraba. Pero siempre supe que no era para mí. Además, no regresó en ningún barco, y algo me dice que está muerto.
Los celos de Tiago se disiparon de golpe, y sólo quedó la vergüenza por haberlos mostrado. Él también había apreciado a Duarte, el soldado que lo había iniciado en el mundo militar, y a cuyo ejemplo debía su vocación.
—Volvamos a casa —dijo Branca. Las emociones la habían dejado exhausta.
Caminaron en silencio. El viento, que venía del oeste, les daba ahora por la espalda. Algunas gaviotas se arremolinaban sobre un montón de basura junto a los tinglados. En el cielo, las nubes se deslizaban con la parsimonia de barcas a la deriva.
—No voy a cambiar mis sentimientos, Branca —dijo Tiago—. Te quiero, y te querré, incluso sin esperanza. Y cuando me necesites, aquí me tendrás.
Branca lo miró de reojo, con dulzura.
—Tu nobleza te honra. Hasta me haces sentir pequeña y mezquina.
—Es lo último que quisiera.
—Pues compórtate como lo que eres, Tiago. Mi primo y mi mejor amigo.
4
Ballinakill, Irlanda
Shannon FitzGerald no era una mujer que llamase la atención a primera vista.
Los mofletes redondeados, la frente algo prominente y la boca pequeña le conferían un aire rústico, acentuado por un discreto repertorio de arrugas que hablaban de la edad, los sinsabores y la maternidad.
Pero poseía otros dones que imponían su propio encanto: una cabellera roja, densa e indómita, que coronaba su cabeza como una llama perpetua, unos ojos grandes, castaños y rasgados, y un temperamento resuelto y orgulloso que desafiaba todas las convenciones.
Fiel a ese carácter, la señora FitzGerald no permaneció ociosa. Tener una causa que defender, sobre todo si perjudicaba a sus enemigos, parecía insuflarle nueva vida. Acompañada por uno de sus hombres, se dirigió a la ciudad en busca de un patrón que sacara a sus huéspedes de Irlanda.
La casa de Ballinakill era una construcción de piedra de una sola planta, con tejado de lajas oscuras que el musgo colonizaba sin recato.
Junto a la vivienda principal se distribuían, con orden y cierta austeridad, las dependencias de la servidumbre, un cobertizo para aperos, una cuadra, un horno exterior resguardado bajo una techumbre de brezo, y un corral donde rascaban las gallinas.
Más allá, separados por un seto vivo y en ligero descenso hacia el río, se extendía un huerto con coles, berzas, cebollas y lino.
Duarte y el fraile habían sido alojados en una habitación de la vivienda principal, con una puerta con herrajes de forja y una ventana pequeña, protegida del viento y la lluvia por un postigo. Inseguros aún sobre su situación, prefirieron mantenerse encerrados y no dejarse ver.
La señora FitzGerald regresó al caer la tarde, con el rostro encendido por el viento y la determinación intacta.
—No he localizado aún al patrón que necesito —les anunció mientras se quitaba la cofia y descubría su melena recogida en dos rodetes, algo poco decoroso para una viuda.
—Imagino que no es tarea sencilla —apuntó el fraile.
—No si una aspira a encontrar al hombre adecuado.
La estancia en la que se hallaban, orientada al oeste, recibía una luz amarilla que saturaba los colores.
—¿Y cómo ha de ser ese hombre? —preguntó Duarte.
—Que me merezca la confianza suficiente, y que tenga los arrestos necesarios.
—¿Un día perdido, entonces?
—No del todo, portugués —respondió ella con buen humor—. Hace mucho que no visitaba la villa, y las nuevas se me han acumulado. Se rumorea que se prepara el envío de otro grupo de prisioneros españoles a Inglaterra.
—¿Queréis decir, desde aquí?
—Llegaron hace unos días, escoltados por un escuadrón de caballería ligera al mando de un oficial.
Son presos recogidos a lo largo de la costa sudoeste, donde naufragaron varios navíos.
Los han tenido encerrados en fortalezas y casas particulares, y los han traído aquí por tierra.
Ahora están recluidos en una de las torres de la muralla.
—¿Estáis segura?
—Tan segura como que la noche se nos echa encima.
Duarte apretó los dientes y lamentó no poder hacer nada por aquellos cautivos. ¡Qué penalidades no habrían sufrido! La irlandesa, que parecía haberle leído la mente, posó su mano en el brazo de Duarte con gesto reconfortante. Su tacto era cálido y suave.
—No os flageléis por lo que no tiene remedio, señor portugués.
Tras las ventanas, la tarde caía.
La señora FitzGerald multiplicó su actividad para conseguir un barco adecuado.
No sólo lo buscó en Waterford, sino que se desplazó dos leguas más abajo, a la desembocadura del Suir.
Se la veía animosa, tal vez por la importancia de la tarea o por la cercanía del sacerdote, cuya presencia era un bálsamo para su alma.
Cada mañana, antes del desayuno, fray Antonio celebraba para ella una misa privada, la confesaba y le administraba la comunión.
Un día, invitó a sus huéspedes a acompañarla en sus gestiones. Había un hombre al que quería presentarles.
—¿No será peligroso que nos vean y nos reconozcan como extranjeros? —preguntó Duarte.
—Este es un puerto, caballero. Con recortaros la barba y domar esa maraña que tenéis por cabellera será suficiente.
Duarte se apresuró a obedecerla. Estaba deseoso de salir, conocer la villa, ver el río y el paisaje, y disfrutar de un poco de libertad.
—Pardiez, portugués. Parecéis otro —le dijo la señora al verlo. Y le prestó ropas de su difunto esposo. Aunque algo holgadas, bastaban para camuflarlo.