La derrota del dragón XVI #3
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XVI #3

Las palabras de Cerralbo quedaron flotando como una nube oscura. Sancho tembló, no ya por Marcia, sino por lo que un ataque inglés supondría para la paz, los negocios, la vida y el bienestar de su familia y de la ciudad entera. Aun así, no olvidó el propósito que lo había traído allí.

—Es grave lo que decís, excelencia, pero mi sobrina nada tiene que ver con esa armada ni sus planes. Al contrario, sufriría en carne propia las consecuencias de la guerra.

—Supongo que no se os escapa que vuestra… sobrina —concedió al fin Juan Pacheco, con tono de quien otorga una excepción— es hermana de un tal Geraldo Henriques, hombre muy cercano al de Crato.

—Nadie elige a su familia —replicó Sancho.

—Pero ella vivió dos años con él, en Londres, donde trató con caballeros influyentes de la corte isabelina, y con seguidores antonianos.

Sospechamos, es decir, la justicia sospecha que Marcia fue enviada a La Coruña con el propósito de reunir y hacer llegar a nuestros enemigos información sobre las defensas de la villa.

—Al contrario, señor marqués —objetó Sancho, con respetuosa firmeza—.

Marcia salió de Londres huyendo de los partidarios del Prior.

Y lo hizo trayendo consigo a Isabel, mi otra sobrina, de quien no teníamos noticia desde hacía tiempo.

Fue una gran dicha recuperarlas a ambas.

Desde entonces, Marcia vive aquí, en paz, junto a su marido.

El marqués aguardó pacientemente a que el armador expusiera su alegato antes de añadir otro elemento a la acusación:

—Sabemos también que hace unas semanas recibió la visita de un marino inglés, un tal Trenton. ¿No os parece, cuando menos, sospechoso?

—En absoluto, excelencia —respondió Sancho, sin titubeos—. Me consta que se trató de un asunto personal, concerniente a Isabel. Ese hombre afirmaba ser su esposo y vino a exigirle que regresara con él a Inglaterra.

—También podría haber sido un mensajero.

—Podría, podría… —Sancho se contuvo, aunque le exasperaba ver cómo el marqués, un hombre seguro de sí mismo y en exceso contumaz, se dejaba guiar por sospechas más que por hechos—.

¿Qué lógica tiene confiar una misión tan comprometida a una mujer embarazada?

Conozco a Marcia. Hace no tanto perdió una hija, y su mayor anhelo ahora es llevar este embarazo a buen término.

—No sería la primera embarazada que pasa por la cárcel, ni será la última. Su estado podría ser, precisamente, el mejor disfraz para ocultar su labor.

—Retorciendo los hechos, tal vez. Urdiendo calumnias. Pero resulta poco verosímil. Estoy convencido de que el acusador no superaría ni el más sencillo interrogatorio. Yo, en cambio, puedo presentaros numerosos testigos que darán fe del buen carácter y conducta de Marcia.

—No lo pongo en duda, Sancho —dijo Cerralbo, con una sonrisa de compromiso—. Mas no insistáis. No se trata sólo de revelar un nombre. Hay que considerar las circunstancias, y estas aconsejan mantener el arresto mientras no se demuestre su inocencia.

Sancho del Puerto comprendió entonces lo que en verdad inquietaba al gobernador: no el supuesto peligro que pudiera representar Marcia, ni su improbable implicación en una trama de espionaje, sino el posible daño a su reputación si la soltaba y luego se descubrían conexiones peligrosas.

—Muy otro debería ser el espíritu de la justicia —dijo, sin alzar la voz, pero con convicción—.

Al menos en este caso. Mientras no se demuestre la culpabilidad de mi sobrina, no se la debería privar de libertad.

Vos, como justicia mayor de Galicia, tenéis autoridad para decretarla ahora mismo.

Nadie os tachará de parcialidad por ello.

El marqués le dedicó una larga mirada, quizá sopesando el riesgo. Luego asintió, despacio.

—Tened por cierto que vuestras palabras no caen en saco roto.

Permitidme que estudie lo que puedo hacer, si no para evitar el proceso que está ya en marcha, al menos para mejorar sus condiciones de reclusión.

En atención a la amistad que nos une y al estado de buena esperanza de vuestra sobrina, daré orden de que permanezca en la cárcel municipal y no sea trasladada, por ahora, a la Fortaleza Vieja. Es cuanto puedo ofreceros, de momento.

Sancho aceptó la resolución del gobernador, aunque sus seguridades no colmaron sus expectativas.

Con todo, no era mal resultado, teniendo en cuenta los cargos.

No era lo mismo una celda aquí que allá, ni para Marcia ni para el niño que esperaba.

Lo importante ahora era apoyarla, procurarle vestido, comida y sobre todo consuelo y esperanza.

La libertad, aunque tardara, llegaría. Estaba convencido.

3

Lisboa

Los Queiroz vivían extramuros de la villa, en una casita situada al sudoeste de Lisboa, más allá de la cerca fernandina.

Aquel domingo de Cuaresma se vivió en ella una jornada agitada.

Por la mañana, mientras Branca y sus dos primas acudían a misa en la cercana iglesia de las Llagas, sus tíos recibían la visita de Bruno Maciel y don Rafael Reigosa, dispuestos a cerrar el compromiso matrimonial de Branca con Dinis Grilo.

Aunque la relación de los Queiroz con Maciel había sido más tormentosa que fluida, en los últimos meses se había suavizado. En parte, por la escasa frecuencia del trato; en parte, por la innegable decadencia física de su cuñado, que los movía a compasión.

Maciel ya había pretendido, tiempo atrás, concertar un matrimonio ventajoso para su hija, y ventajoso sobre todo para él, pero aquella tentativa, poco ortodoxa, fue frustrada por la propia Branca.

Escarmentado por el fracaso, había optado esta vez por una vía más formal y seria.

La intervención de don Rafael Reigosa, un comerciante bien conocido, era un aval importante.

La casa, pequeña, de planta baja con sobrado, contaba con una única estancia común que hacía las veces de comedor, taller de trabajo y almacén.

En ella recibieron a los visitantes. Don Rafael no tardó en someter el espacio a un escrutinio meticuloso, como si evaluara no sólo el entorno, sino también a sus futuros parientes.

Tras las presentaciones de rigor, que corrieron a cargo de Maciel, el peso de la entrevista recayó en Reigosa, que presentó con elocuencia las ventajas del enlace.

Aparte del ascenso social que supondría para Branca, don Rafael prometía considerar a los Queiroz como sus parientes más cercanos, con los beneficios que tal parentesco traería consigo.

Jamás, aseguró, olvidaría a sus nuevos familiares, y no dudaría en emplear sus buenos oficios y relaciones para mejorar su posición.

Los esposos escucharon la larga perorata sin interrumpir.

Al terminar, Filipe formuló alguna pregunta, no porque dudara de lo dicho, sino para no parecer desinteresado.

Sin embargo, fue Natalia quien, cuando el acuerdo se daba por cosa hecha, impuso una condición: Branca debía dar su consentimiento.

Reigosa replicó que un asunto tan delicado debería tratarse entre adultos con experiencia, movidos por el deseo de beneficiar a los suyos, como él miraba por su sobrino; que Maciel, presente allí, se mostraba plenamente conforme con el compromiso; y que, al fin y al cabo, Branca no había alcanzado aún la mayoría de edad.

Mas, viendo a la mujer poco dispuesta a ceder, se resignó a aceptar el inoportuno requisito.

La reunión, entre una cosa y otra, se prolongó más de lo previsto.

Al abandonar la casa, el azar quiso que Maciel y Reigosa se toparan con Branca, que volvía de misa.

La joven se sorprendió al ver a su padre por allí e hizo ademán de pasar de largo sin saludarlo.

Sin embargo, Reigosa, tomando la iniciativa, se presentó con notable solemnidad, la colmó de elogios por su belleza, donaire y recato, y, omitiendo con tacto el motivo de su visita —un extremo que dejaba a la discreción de los tíos—, se despidió con la promesa de un pronto y grato reencuentro.

Branca vio alejarse a la curiosa pareja con el ceño fruncido y un mal presentimiento en el pecho: desde que tenía uso de razón, su padre sólo le había traído desgracias.

Por más que se esforzase en ser objetiva, no recordaba una sola ocasión en que se hubiese portado con ella y con su hermano con un mínimo de decencia.

—¿Qué hacía Maciel aquí? —preguntó a sus tíos.

Filipe y Natalia, que pensaban hablar antes entre ellos del asunto, no tuvieron más remedio que confesarlo: su padre y Reigosa habían venido a proponerles el compromiso de ella con don Dinis, sobrino y colaborador de este último. Al explicar los beneficios de aquella unión, Branca los interrumpió.

—Me casaré con quien yo elija. O no me casaré —les dijo.

Filipe insistió en el tema de las ventajas, sin éxito.

Y Natalia, más aguda y, al cabo, mujer, intentó jugar una última carta: aludir a la antigua pasión juvenil de Branca por Duarte Salazar, el amante de su madre, que había partido con la Gran Armada el año anterior y de quien no se había vuelto a saber.

Pero el instinto le falló. Su sobrina se sofocó, se puso roja, amarilla y luego pálida.

Se le saltaron las lágrimas, se levantó y la dejó con la palabra en la boca.

A la hora del almuerzo se allegó a la casa Tiago, que aquel domingo estaba libre de servicio.

El joven, encuadrado en la compañía de un capitán Sousa, se tomaba la milicia muy en serio.

Cada día practicaban formaciones en cuadro, cargas, despliegues en manga, asaltos y contraataques en el campo de Santa Clara, al otro extremo de Lisboa.

No eran pocos los que se burlaban de tanto fervor, pero él sentía en cada maniobra el peso de una causa mayor.