XVI #2
—Que desde aquí partió, hace poco, un grupo de presos de la Armada rumbo a Inglaterra. Esa hereje cicatera que tenemos por reina no se fía de sus propios gobernadores. Quiere tener cerca a los pocos sobrevivientes que restan y embolsarse los posibles rescates.
—¿Sabéis de dónde venían esos presos? —volvió a preguntar Duarte. La irlandesa arrugó la nariz y él se apresuró a disculparse por su insistencia—: Quién sabe si no serán conocidos nuestros.
—No hay nada que disculpar, caballero —dijo la viuda en tono más amable—.
Ignoro su procedencia. En esta parte de la isla no hubo ningún naufragio.
Los más cercanos de los que tenemos noticia ocurrieron más al oeste, en las costas de Munster.
Pero si a vuestras mercedes les interesa, trataré de enterarme.
Duarte le agradeció su oferta con una sonrisa.
A la mañana siguiente, Doherty se despidió de ellos.
—Debo encargarme de traer a vuestros compañeros —les dijo, con un pie ya en el estribo—. Quedáis en buenas manos.
Y tomó el camino de regreso a Tyrrellpass bajo un cielo despejado.
2
La Coruña
Marcia alzó el cántaro lleno de agua y lo depositó con un resoplido sobre la cantarera.
Cada vez le costaba más cargar peso. El vientre empezaba a marcarse bajo la ancha basquiña, y sentía las piernas pesadas y torpes.
Se dejó caer en una silla, jadeante. Debería haber esperado a que regresara Isabel para esas tareas.
O, en última instancia, pedir ayuda al señor Luján.
Una idea harto desagradable. Aquel mastuerzo, cuanto más lejos, mejor.
Después de haberla requebrado hasta el hartazgo, y haber sido convenientemente rechazado, había dirigido sus malas intenciones hacia Isabel, que pasaba ahora, tal vez por ese motivo, mucho tiempo fuera de casa.
¡Ah, qué falta le hacía Gabriel! Y cuánto ansiaba su regreso.
Al recordarlo, una sonrisa involuntaria le curvó los labios, por más que él no se lo mereciera del todo.
Se incorporó, quitó el corcho a la boca del cántaro, se sirvió un vaso y bebió despacio.
Luego se asomó al corral: la puerta del cuarto del Luján seguía cerrada, señal de que se hallaba fuera.
Algo extraño, pues aún era temprano. Marcia sacudió la cabeza.
Resultaba inútil tratar de entender los hábitos del inquilino.
Se ató un pañuelo al cabello, abrió puertas y ventanas y tomó la escoba para barrer desde la cocina hasta el zaguán.
De la calle llegaban sonidos de vida. Trinos agudos de jilgueros, gruñidos de un cerdo, cloqueo de gallinas, gritos infantiles. Reconoció las voces de algunas vecinas. Hacía sol, y aprovechaban el buen tiempo.
Aún barría la cocina cuando golpearon con fuerza la puerta. Como estaba entreabierta, quien fuese se coló sin aguardar permiso. Marcia soltó la escoba y se encaminó al portal con una reprimenda en los labios, pero la sorpresa contuvo las palabras.
—¿Señora Henriques? —preguntó el intruso, un hombre de vara en mano y ropera al cinto.
—¿Qué desean? —respondió Marcia, clavando los ojos en el alguacil y en su acompañante, que, más reservado, se mantenía con un pie dentro y otro en el umbral.
El alguacil desenrolló un pliego de papel y leyó, con voz engolada y algo torpe, una escueta orden de arresto emitida por el secretario del oidor Luis de Padilla.
Marcia apoyó la escoba con cuidado en la pared, se limpió las manos en el delantal y se lo desató de la cintura.
—¿Qué demonios de orden es esa? —preguntó con firmeza—. ¿Por qué se me arresta?
—No puedo decíroslo.
—¿No podéis o no queréis?
El alguacil bajó los ojos hasta su vientre y, quizá en atención a su estado, explicó con cierto comedimiento:
—En la casa consistorial se me entregó esta orden. No sé más que lo que aquí consta. —Y alzó el papel, que había vuelto a enrollarse solo.
—Debe de tratarse de un malentendido —insistió Marcia—. ¿Por qué habría de ser arrestada? No soy más que una mujer dedicada a su casa.
El alguacil se encogió de hombros. Estaba curtido en respuestas como aquella.
—No me corresponde juzgarlo.
—¿Y qué broma es esta? —Su voz empezó a subir de tono, crispada porque le costaba hacerse cargo de lo que ocurría—. ¿A santo de qué venís a por mí?
—Os ruego que os calméis, señora —dijo con serenidad el alguacil—. Podéis tomar una capa, si lo deseáis, y un poco de comida. Pero debo conduciros de inmediato a la cárcel municipal.
—¿Y si me niego?
—Tendremos que llevaros por la fuerza. Y será peor para todos.
Marcia templó sus nervios: no entendía nada, pero sabía que resistirse sólo empeoraría las cosas. Ya averiguaría el motivo de aquella injusticia.
Resignada, fue a la cocina, metió pan y queso en una talega, colgó el delantal en el respaldo de una silla, cambió el pañuelo por una cofia de mejor aspecto y se echó sobre los hombros su capa de franela.
Lamentó que Isabel no estuviera. Con su dulzura y buen juicio, quizá habría persuadido a los alguaciles, o al menos avisado a su tío Sancho, o a Martín Robledo.
—Permitidme que avise a mi familia —dijo a los alguaciles—. Estoy sola. Se alarmarán si no saben de mí.
—¿Dónde viven?
—En la plaza de Santa Bárbara.
—Entonces vamos allá.
Al salir, varias vecinas se habían congregado para curiosear.
—¿A dónde os llevan? —preguntó una mujer.
—Presa —soltó, seco, el ayudante.
—A la casa consistorial —respondió Marcia, mientras echaba llave a la puerta y se la entregaba a su vecina más cercana—. Genara, os ruego que se la deis a mi cuñada si regresa.
—Por supuesto, mujer —respondió la aludida, con la llave en la mano y la indignación pintada en el rostro—. Pero ¿por qué os apresan? ¿No ven que estáis preñada?
—Dejadla en paz —protestó otra.
—¡Apresad a vuestra madre! —añadió una tercera, entre dientes.
Un perro barcino, tal vez de alguna de las vecinas, gruñó enseñando los colmillos a los alguaciles, que se apresuraron a poner a Marcia en movimiento.
—¡Malditos buitres! —gritó Genara, lanzando una pella de barro. Las demás la imitaron, y la comitiva fue despedida con una lluvia de tierra y estiércol.
Sancho del Puerto, tras enterarse de lo ocurrido, se encaminó a la Real Audiencia y pidió ver al oidor.
El hombre, a quien conocía de otros tratos, se mostró más hermético de lo habitual, y sólo cuando apeló a su larga relación y le recordó pasados favores se avino a proporcionarle información sobre la acusación: nada menos que espiar para una nación extranjera.
Sancho se escandalizó por aquella barbaridad y reclamó ver la denuncia. Luis de Padilla se negó.
—Sin saber quién es el denunciante ni los motivos que lo han impulsado a ir contra mi sobrina, su defensa será más difícil.
—La acusación es gravísima, y ya me expongo bastante con haberos revelado lo que os he revelado. Comprended mi reserva.
Sancho la comprendía, pero no estaba dispuesto a permitir que la esposa de Gabriel permaneciera arrestada más de lo razonable, de modo que se dirigió al palacete del gobernador de Galicia.
—Don Juan Pacheco no puede recibiros hoy —fue la cáustica respuesta de su secretario.
—No me importa regresar mañana.
—Las tareas que lo ocupan son de tal importancia que dudo que pueda recibiros en una o dos semanas.
Sancho del Puerto, que conocía la idiosincrasia de los funcionarios civiles, no se molestó en subrayar su posición, ni en insistir sobre la urgencia del asunto que lo traía. En lugar de eso, le ofreció un generoso regalo a cambio de que facilitara la entrevista.
—Trataré de complaceros, señor Del Puerto —prometió este, con una sonrisa obsequiosa.
—Cuanto antes lo hagáis, mayor será mi agradecimiento.
Tres días después, don Juan Pacheco, marqués de Cerralbo, hizo un hueco en su apretada agenda para atender al armador.
No hubo disimulos por parte de uno ni reproches por parte del otro.
Ambos sabían cómo funcionaban los asuntos de palacio y se saludaron con gran cortesía.
Sancho le deseó parabienes para su joven esposa, y el marqués se interesó por la salud de los suyos.
El amplio gabinete del gobernador estaba adornado con tapices flamencos, muebles castellanos oscuros y un brasero de cobre encendido. Un gran escritorio de nogal ocupaba el centro de la sala.
—Imagino que el asunto que os trae está relacionado con el arresto de Marcia Henriques —entró en materia el gobernador.
—Así es, don Juan. A todos nos ha sorprendido que la arrestaran sin previo aviso y sin realizar instrucción ninguna. No es lo habitual, y menos tratándose de una familia leal a vos y a la Corona.
—No podíamos proceder de otra manera, amigo Sancho. Se trata de un expediente delicado, con cargos graves en juego.
—Yo diría que se trata de un malentendido, excelencia. Mi sobrina Marcia…
—Sobrina política —precisó el marqués.
—Sobrina, al fin. Como os decía, es mujer discreta y sensata, buena esposa y mejor vecina. Casada, por cierto, con Gabriel del Puerto, a quien ya conocéis. No hallaréis en la villa quien hable mal de ella.
—Excepto quien la ha acusado de traición.
—Un soplo malintencionado, sin duda, de alguien que desea perjudicarla.
—Soplo, sí, mas alarmante. Coincidiréis conmigo en que, en la situación actual, no puede despacharse sin investigarlo a conciencia.
—¿A qué situación os referís?
—¿Ignoráis que ingleses y portugueses amenazan la integridad misma de la monarquía? El Consejo Real me ha comunicado esta misma semana que está pronta a zarpar, si no lo ha hecho ya, una gigantesca flota al mando del pirata Dráquez, con intención de atacar nuestras posesiones.
—Ese rumor circula desde hace meses —reconoció Sancho—. No sabía que fuera tan fundado, ni tan apremiante.
—Lo es, tenedlo por seguro. Y La Coruña podría ser uno de sus objetivos.
Antonio de Crato se ha embarcado con su corte en esa armada con el objetivo de desembarcar un ejército en Galicia o en Portugal y hacerse con la corona.
El propio rey don Felipe me ha encargado que extreme la vigilancia en estas costas y que tome cuantas medidas sean necesarias para rechazar un desembarco.