XVI
Provincia de Leinster, Irlanda
Richard Tyrrell partió hacia el norte con una nutrida escolta.
Duarte y Álamo, para no dejarse ganar por el tedio, se entrenaban junto al cabo Hernandes y sus compañeros, algunos de los cuales, al conocer sus intenciones, manifestaron su deseo de regresar a la península.
Otros, en cambio, se mantenían en la decisión de permanecer en Irlanda.
Fray Antonio dedicaba sus días a redactar una relación de todos los fallecidos de los que había tenido noticia, con la esperanza de que su recuerdo no se desvaneciera con el tiempo: Andriessen, que cayó por la borda de la Santa Bárbara; Bartolomé Bravo, que murió matando; los capitanes Valiente y Ladrón de Guevara; el barbero Juan García; Solano, el desventurado contramaestre; el pobre Antonio de Ulloa y Sandoval, que redactó su testamento al pie del cadalso, el joven Eugenio López, y tantos otros que perdieron la vida en el mar, en Aughnanure, en la cárcel de Galway o en los difíciles caminos de la isla.
Si lograba regresar a España, tenía la intención de mostrar esa lista a sus familias, aunque para ello debiera recorrer España de cabo a rabo.
La primavera asomó con timidez en Tyrrellpass.
Primero, un verdor casi imperceptible en las ramas de los árboles; después, prímulas en los setos y praderas, jacintos azules en los claros del bosque y el canto de jilgueros, mirlos y petirrojos que comenzaban sus cortejos.
Más tarde, los manzanos se llenaron de flores, los árboles se cubrieron de hojas, brotaron las sementeras y, en el cielo variable, se alternaban nubes y claros, sol y lluvia.
Por fin, aparecieron las golondrinas, con sus trinos agudos y sus acrobacias espléndidas.
Con ellas regresó también el barón, que no demoró en llamarlos.
—Lamento el retraso —les dijo sin rodeos—, pero acudieron más señores de lo esperado, complicando los asuntos que debíamos tratar. Asuntos que, en cierto modo, conciernen a vuestras mercedes.
Duarte y el fraile asintieron en silencio mientras Tyrrell, de pie en la sala de armas, los observaba con mirada penetrante.
—Como ya os dije, me habría complacido que os quedaseis aquí. Se avecinan tiempos duros y necesito buenos soldados. —Se giró hacia fray Antonio—: Y tampoco los sacerdotes nos sobran.
—Lo sé, señor Tyrrell —respondió el fraile.
—Comprendo que deseéis regresar y reencontraros con vuestras familias, sin duda angustiadas por la ausencia de noticias. Y creo haber hallado un punto en que nuestros intereses podrían confluir.
Tyrrell calló un instante, intercambió una mirada con el capitán Doherty, que lo acompañaba, y prosiguió.
—Veréis. La casa Tudor se ha empeñado en afirmar su dominio sobre Irlanda.
En tiempos pasados, el virrey solía ser un normando de viejo cuño.
Pero ahora, en clara señal de que la Corona desconfía de nosotros, nombra a nobles venidos directamente de Inglaterra, como FitzWilliam, sin raíces en esta tierra ni voluntad de comprender nuestras costumbres.
Son ellos quienes nombran a los gobernadores de provincia, a los sheriffs y a los jueces que deciden sobre nuestras vidas.
—Los normandos también fuisteis conquistadores —apuntó fray Antonio, desconcertado—. ¿Qué os diferencia de los ingleses?
—Vinimos a esta isla hace más de tres siglos, y la sometimos.
—Tyrrell se alejó unos pasos con las manos en la espalda—.
Pero Irlanda nos ganó a su manera: adoptamos sus costumbres, su lengua, su lealtad a la fe de Roma, nos aliamos con sus clanes y mezclamos nuestras estirpes.
Hemos echado raíces aquí. Y ahora pretenden arrancárnoslas.
A quien se opone, lo arrestan sin juicio, lo ejecutan por traidor, le confiscan las tierras y las reparten entre colonos ingleses o escoceses, que nos desplazan de todo poder y despojan nuestras iglesias de sus santos y su liturgia.
Se detuvo, acalorado y con la mirada encendida.
—Como podréis imaginar, el descontento crece. Por eso —añadió, con un leve gesto—, os ayudaré a regresar a vuestra tierra.
—Una noticia dichosa —dijo enseguida el fraile.
—A cambio —dijo Tyrrell, con el rostro grave—, me gustaría que fuerais portadores de una misiva.
Fray Antonio y Duarte se miraron.
—¿Qué clase de misiva? —preguntó, receloso, Duarte.
—Una dirigida al rey don Felipe. Sabemos que, tras el fracaso de la Gran Armada, en Inglaterra se prepara una expedición de castigo contra la península.
Vuestro soberano va a necesitar aliados, y en esa carta hallará un manifiesto firmado por ciertos nobles y prelados en el que solicitamos su intervención en Irlanda y nos comprometemos, en lo que nos toca, a levantar un ejército.
La ayuda que el barón les ofrecía era crucial, pero la encomienda tampoco era asunto baladí.
—Ver al rey de España no es empresa fácil —objetó con cautela Duarte.
—Me basta con que se la hagáis llegar.
—¿Y no sería más efectiva una embajada que un simple mensaje? —insistió Duarte.
—¿No os parece razonable el trato que os ofrezco, señor Salazar? —replicó el barón, con una sombra de desconfianza.
—Es un regalo del cielo —intervino con presteza fray Antonio—. Mas entendednos: no seríamos justos si no mencionáramos los posibles obstáculos.
—Vos veis obstáculos, y yo veo oportunidades —replicó el irlandés, ya más calmado—.
Es cierto que otras embajadas viajaron antes a España, con magros resultados.
Pero ahora el momento es otro. Los clanes fluctúan, y algunos señores vacilan.
Necesitamos que sepan que la mirada del rey don Felipe está sobre nosotros.
La declaración que llevaréis será un mensaje que él sabrá interpretar.
Y cuando se presente la ocasión oportuna, no dudéis que la seguirá una embajada formal.
—Si así lo deseáis, será un honor complaceros —le aseguró Duarte, ya sin vacilaciones.
El barón asintió lentamente.
—Buscaré un navío que parta desde Waterford, al sur de Leinster.
—¿No desde Dublín? —preguntó el fraile.
—Prefiero Waterford. Es una ciudad con un comercio activo con la península ibérica.
Aunque muchos de sus habitantes son afines a la Corona, como en todas las ciudades de Irlanda, yo mantengo amistad con gente que podría ayudaros.
Además, el viaje será más seguro que hacia Dublín, lo cual es importante si vais a ser un grupo numeroso.
—¿Numeroso?
—Sé que otros hombres desean partir, y no los retendré contra su voluntad. Cuando sepáis cuántos y quiénes, comunicádselo al capitán Doherty. Él os acompañará a Waterford.
—Que el Todopoderoso premie vuestra bondad —dijo fray Antonio, conmovido.
—Me basta con que me tengáis presente en vuestras oraciones —respondió el noble—.
No puedo olvidar que la Armada vino para derrotar a los enemigos de nuestra fe.
Las tempestades os trajeron hasta esta tierra, y aquí se os trató peor que a bestias.
Quiero compensaros por todo lo que habéis sufrido, y que recordéis que no todos los irlandeses somos iguales.
Esa misma noche informaron a Hernandes de lo tratado con el barón de Fartullagh. Al día siguiente, el cabo les trajo la lista de los nueve soldados dispuestos a partir.
—¿Vos no os animáis, señor Hernandes? —le preguntó Duarte.
—Sin mí no se habría apuntado ninguno —respondió con orgullo.
—¿Y vuestro nombre?
—Anotadlo vos.
Duarte, fray Antonio y el capitán Doherty partieron dos días después rumbo a Waterford. Los demás los seguirían más adelante.
El viaje a caballo les llevó cuatro jornadas. Aunque el camino más rápido seguía el valle del río Barrow, que discurría de norte a sur, ellos cruzaron la provincia de Leinster por una ruta más segura, y larga, que atravesaba territorios de clanes con quienes Tyrrell tenía buenas relaciones.
El capitán Doherty era un hombre práctico y parco en palabras. Hablaba sólo cuando se le preguntaba, o cuando la ocasión lo exigía, y aun así con mesura y lentitud, para asegurarse de ser entendido.
La última jornada avanzaron hacia el este, encajonados en el valle del río Suir, y rodearon Waterford por el sur.
Desde sus monturas alcanzaban a ver las murallas de piedra oscura y una de sus puertas.
Una milla más adelante, Doherty se detuvo frente a un grupo de edificaciones bajas y robustas, cerca de la orilla, frente a una isla de un verde intenso.
—Esto es Ballinakill —informó el capitán—. Apeaos y seguidme.
El caserío, que estaba rodeado de prados ondulados, pertenecía a una viuda con nombre de río: Shannon.
Shannon FitzGerald. Su familia, antaño una de las más poderosas del condado, había participado en una revuelta contra la Corona y pagado un alto precio: ser desposeídos de sus tierras, fortalezas y dignidades.
Ni siquiera la muerte en combate de su marido la había librado de las sanciones y embargos, y sólo le habían permitido conservar aquella pequeña heredad.
A pesar de ello, o quizás por su causa, la mujer mostraba un aire provocador.
—Podrán dejarme desnuda —declaró con altivez a sus huéspedes—, pero no me arrebatarán mis creencias.
Devota católica, se alegró sobremanera al saber que recibía bajo su techo a un sacerdote. Esa misma tarde mandó celebrar una misa a la que invitó a sus criados, pecheros y hombres de armas.
A Duarte le sorprendió que le permitieran mantener un pequeño cuerpo de soldados.
—No pueden portar armas fuera de la heredad —le explicó Doherty.
Fray Antonio, por su parte, le preguntó si no era peligroso organizar una misa tan concurrida.
—Esos perros herejes ya saben cómo soy. Que vengan a buscarme, si tienen agallas —respondió la viuda con una sonrisa.
Tras la ceremonia, que resultó muy concurrida, Doherty explicó a su anfitriona, con sobriedad y sin omitir lo esencial, el motivo de su visita.
—Descuidad, que hallaré un barco para todos —aseguró la señora FitzGerald—. Y para más, si quisieran venir. Este puerto se va a convertir en paso obligado para los españoles.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Duarte.