La derrota del dragón XV #5
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XV #5

De madrugada se dirigió al fondeadero, en compañía de Marcia. Caminaban juntos y apretados bajo la amplia capa que los protegía de la humedad y el frío. El batel lo aguardaba en la orilla.

—No te arriesgues sin necesidad —le pidió ella.

—No lo haré —prometió él. Y la abrazó y le dejó la capa.

Las gaviotas graznaban sobre sus cabezas.

El movimiento en el puerto era intenso a aquella hora.

Barcas de distintas clases y tamaños cruzaban la bahía.

A lo lejos, se adivinaban los cascos de algunos pesqueros.

Las campanas de Santo Domingo tocaban a laudes.

El batel cabeceó con fuerza para superar las olas que rompían en la playa.

A bordo de la fragata, todo estaba dispuesto para la partida.

Dos pajes, salientes de guardia, apagaron la bujía, dieron la vuelta a la ampolleta, rezaron un padrenuestro y un avemaría y concluyeron saludando al nuevo día como era costumbre:

«Bendita sea la luz y la santa Veracruz,

y el Señor de la verdad y la Santa Trinidad.

Bendita sea el alma, y el Señor que nos la manda,

bendito sea el día y el Señor que nos lo envía».

La última vez que Gabriel había oído aquel salmo, García estaba entre los pajes, pero ahora dormía en su casa de la Pescadería, en compañía de Isabel.

El barco estaba ya inmerso en el ajetreo cotidiano. Los marineros recogían los recados de dormir, estiraban la ropa, se lavaban la cara y la manos con agua de mar y desayunaban un trozo de tocino con bizcocho mojado en vino.

Soplaba brisa de tierra. Gabriel ordenó levar anclas; Ballesteros repitió la orden y la tripulación inició la maniobra.

Se largaron el trinquete y la cebadera. La fragata comenzó a moverse, con la proa hacia la embocadura.

Desde el alcázar, Gabriel lanzó una última mirada a tierra.

La silueta de Marcia se desdibujaba en la media luz del alba.

Se desplegaron la mesana y la mayor; se cazaban escotas, se braceaban las vergas, y el trapo se llenaba y se tensaba.

Dentro del puerto, las olas, pequeñas, formaban algunos borregos.

Dejaron a babor el islote de San Antón, en cuyo castillo ya trabajaba un grupo de galeotes.

Atrás, en el puerto, una pequeña nao también se preparaba para zarpar.

Sobrepasaron la punta de Mera y salieron a aguas abiertas.

La torre de Hércules se perdió pronto de vista.

El poniente fresco los empujaba hacia la ría de Ferrol, y amuraron a babor para superar el cabo Prioriño y, más adelante, el cabo Prior.

La mar se presentaba allí fuera con olas más largas y rizadas.

—¡Directos al canal de la Mancha! —gritó Pascual Laiseca, para hacerse oír.

Gabriel asintió despacio. Iba destocado y disfrutaba de la sensación de navegar de nuevo, con el viento alborotándole la cabellera y el rostro bañado por la espuma. Atrás quedaban La Coruña y sus cuitas, Lisboa, duques y marqueses, España entera. Allí sólo estaban el cielo, el mar y ellos.

—Con este viento, en cinco días estamos en la Bretaña —dijo.

—Esperemos que se mantenga —respondió Laiseca.

La rutina de a bordo, tan pesada tras unos días en tierra, no tardó en asentarse en las mentes de los hombres: el rancho monótono, a menudo frío, la dureza de las labores, la disciplina, los relevos de las guardias.

Las horas transcurrían con lentitud, marcadas por los pajes al voltear la ampolleta.

Durante la segunda singladura roló el viento al nordeste, se hizo más frío y cobró fuerza, lo que los obligó a ceñir a estribor. Aquel mismo día, antes del rancho del mediodía, Laiseca anunció que llevaban un polizón.

—Mahagüini encontró al carajo escondido entre las balas de lana.

—¿Habéis mirado si hay otros? —preguntó Gabriel.

—Me extrañaría.

—¿Y eso?

—Un barrunto.

—Pues ya sabes, Pascual, una buena tunda y a rascar la cubierta.

—Trabajar, trabajará, pero la tunda se la podemos perdonar.

Gabriel, que había seguido la plática sin prestar mucha atención, advirtió en la última frase un tono socarrón que lo alertó.

—¿Qué ocurre, Pascual? —preguntó, más serio.

Por toda respuesta, su segundo señaló hacia la escotilla de proa. De pie, junto a Mahagüini, se hallaba García.

—¡Diablo de niño! —juró.

Y salió a su encuentro. Bajó la escala del coronamiento de popa, luego la de la tolda. Aunque el barco era pequeño, cuando alcanzó el combés se le había disipado la irritación y pudo hablar con calma.

—¿Qué haces aquí?

García se mordió una uña y se encogió de hombros. Mahagüini le puso sobre el hombro su mano protectora.

—Habla sin temor, chico.

—Mi madre me lo pidió, ayer. Que me escondiera en la bodega.

—Ayer estábamos navegando.

—El día antes de zarpar —se corrigió.

Gabriel murmuró entre dientes un reniego. Yabama no se rendía ni moribunda. La tripulación, animada por la novedad, no les quitaba ojo.

—¿Y cómo llegaste hasta el barco?

García miró a Mahagüini, después a Gabriel.

—Nadando.

—¿Tú solo?

—Sí, padre.

Gabriel sacudió la cabeza y miró a su amigo, que le devolvió una mirada limpia e inocente.