XV #4
—Lo soy —afirmó Maciel con prontitud.
—¿Qué mejor prenda que una vida más regalada de la que jamás habría soñado? A vuestros cuñados, que se verán libres de una boca que alimentar, les entregaremos una suma suficiente para compensar las arras y para acallar cualquier objeción al enlace.
—Es un buen punto de partida —admitió Maciel, aunque su expresión revelaba que no estaba del todo satisfecho—. Pero entendedme…, yo…. es decir, mi participación…
—En cuanto a vos —lo interrumpió Reigosa—, como padre de la joven y artífice de esta idea, os entregaré cincuenta escudos para que adecentéis vuestro aspecto y podáis acompañarnos con dignidad.
La respuesta agradó a Maciel, mas no tanto como había esperado.
—¿No creéis que es poca cosa para mi futuro suegro? —terció don Dinis.
—Además de esa cantidad —añadió Reigosa—, espero contar con vos para ciertos encargos que podrían requerirse pronto, y que serán pagados con generosidad. ¿Qué decís, señor Maciel?
—Que me place el acuerdo.
—Preacuerdo —matizó el comerciante—. Me gusta avanzar paso a paso, y el primero será realizar una visita a los señores Queiroz. En su casa, por supuesto. Quiero conocer el nido donde mora esa señorita.
—También yo —dijo don Dinis.
—Ten paciencia, sobrino, que tu momento no ha llegado aún.
—Contad con ello, señor Reigosa —dijo Bruno Maciel.
Dando por terminada la entrevista, don Rafael Reigosa se levantó con la vitalidad que lo caracterizaba y se estiró las arrugadas calzas y el jubón. Lo imitaron los otros dos. Su sobrino, ya en pie, parecía algo envarado.
—Espero grandes cosas de vos, maese Maciel —lo despidió Reigosa en la puerta de la calle, y se quedó unos instantes observando cómo se alejaba con aquel andar renqueante y sonoro.
4
La Coruña
Volaron los días en La Coruña. Pese a las pobres expectativas del médico, Yabama seguía con vida e incluso comenzaba a mostrar una leve mejoría.
Una de las veces que Gabriel la visitó la encontró despierta y sin apenas fuerzas, mas firme en sus ideas.
Si su diosa le conservaba la vida, lo seguiría en la travesía.
Gabriel no quiso contradecirla. Le dolía ver postrada a aquella mujer antaño llena de vitalidad.
—Descansa y recupérate —le dijo—, que ya habrá tiempo para pensar en aventuras.
—Mientras esté aquí, ocúpate de García.
—Lo haré.
El niño pasaba la mayor parte del tiempo a bordo de la fragata, bajo la atenta mirada de Mahagüini.
La Portuguesa estaba en zafarrancho permanente, preparándose para una travesía que se le antojaba a Gabriel más difícil que otras anteriores.
Vermeulen, de nuevo a bordo, resultó de gran ayuda.
Laiseca, como de costumbre, se mostraba nervioso y obsesivo con los detalles.
Llegó incluso a proponer que desembarcaran los cañones para asemejarse más a un mercante, pero Gabriel, que tenía otros planes, sólo consintió en bajar algunos a la bodega y clavetear las portañolas.
No pensaba exponerse sin artillería a los peligros de aquella ruta.
Sancho del Puerto le aconsejó cargar un flete poco comprometido, fácil de vender y de manejar. Optaron por lana merina.
—Ten mucho cuidado —le advirtió—. Ingleses y holandeses están capturando no sólo barcos españoles o portugueses, sino a cualesquiera sospechosos de comerciar con nosotros: alemanes, hanseáticos, daneses… Espero que ese salvoconducto que llevas te sirva de algo.
—El mejor salvoconducto es no caer en sus manos.
Avanzaba el invierno. Soplaban ponientes, a veces furiosos, a veces bonancibles.
—Si vamos a zarpar, este es el momento —le dijo una mañana Vermeulen.
Tenía razón. Fijaron la partida para el día siguiente.
No era Gabriel hombre de despedidas, pero en aquella ocasión no podía hurtarse a algunas de ellas. Martín Robledo fue con él a bordo de la fragata y admiró sus formas y proporciones.
—¡Ah! Este barco despertará temor entre sus enemigos.
—La codicia de las autoridades es lo que ha despertado hasta ahora.
Cuando fue a despedirse de Yabama, la halló con Isabel, que se había tomado muy a pecho su cuidado. Entre ambas mujeres había surgido un entendimiento que escapaba a la comprensión de Gabriel. Por alguna extraña razón, Yabama consideraba a su hermana digna de formar parte de la cofradía de Atabey.
—Marcia estuvo aquí —anunció Isabel.
A Gabriel le chocó, pues ella no se lo había mencionado.
—Tiene un espíritu poderoso —musitó Yabama—. Por eso la quieres.
Le entregó una piedra pequeña, muy pulida, que lo protegería, y le pidió que se llevara a García consigo, pero Gabriel se negó.
No pensaba exponerlo a una travesía tan peligrosa.
Ni dejarla a ella sola, en tierra extraña.
Casi le parecía una traición marcharse sin Yabama; cuanto más, privarla de la compañía de su hijo.
—¿Te gustaría tenerlas a las dos? —le preguntó después Isabel.
—El tiempo no se puede desdoblar —respondió él, pensativo.
—Pero ahora están aquí, juntas.
—¿Y ser deshonesto con ambas? —Alzó un dedo y le sonrió—. ¿Qué preguntas son esas, hermanita?
La última noche con Marcia fue un dulce sueño que lo habría de confortar en las duras y solitarias singladuras.
Ella se mostró tierna y apasionada, posesiva y sumisa, colmada e incompleta.
Y temerosa. Recordaba lo ocurrido en su primer embarazo, y aquel recuerdo le suscitaba presentimientos oscuros.
—No pienses en ello, que los pensamientos sombríos atraen a la oscuridad. Además, estaré de vuelta antes de lo que imaginas.
—Cuando regreses estaré hinchada como una vaca, y no me querrás.
—Te querré más. Y te seguiré queriendo cuando estés vieja y arrugada como una pasa.
—Ah, así me imaginas, traidor.
—Todavía no, mujer. Todavía no.