La derrota del dragón XV #3
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XV #3

—Lo mismo piensan la mayoría de los mercaderes, consignatarios y armadores —añadió el señor Lima, un armador que lo había acompañado en el viaje a bordo de la Portuguesa—.

Desde que el Usurpador se hizo con la corona, el corso ha crecido tanto que ya no hay travesía segura, ni comerciante que lo soporte.

—Ese mal no es exclusivo de las islas, señor Lima —intervino Díaz Lobo, caballero lisboeta muy bien considerado en los círculos del Prior y al que Reigosa tenía en gran concepto—.

Nuestras costas peninsulares sufren lo mismo.

Una miríada de pequeños corsarios se apostan frente al litoral y saquean cuanto navío zarpa.

Los españoles son tan incapaces de contenerlos que no se vislumbra luz en este túnel.

—El Usurpador nos ha arrastrado a una guerra que nos procurará la ruina —insistió el señor Lima—, a nosotros, los armadores, que somos la espina dorsal del reino, los verdaderos constructores del imperio ultramarino.

Un silencio denso se apoderó de la sala, mientras los presentes meditaban aquellas palabras.

—Esta situación sólo beneficia a los nobles y grandes fidalgos —dijo por fin Díaz Lobo—. Instalados en su egoísmo, ajenos a las penurias del pueblo, se aprovechan de las dádivas y prebendas con que el Austria compra las lealtades.

—Nunca ha habido tanto poder en tan pocas manos —dijo Dinis Grilo, sobrino de Reigosa, y aprendiz en su negocio.

—A los nobles, sinecuras; y al alto clero, canonjías —añadió fray Lorenzo—. Un sacristán de la catedral me confesó que el arzobispo de Lisboa se desvive en atenciones al archiduque Alberto y no falta un solo día a palacio para rendirle pleitesía.

—Ese archiduque y sus secuaces son una plaga para Portugal —tronó la voz firme y altisonante de Dinis Grilo—. Una plaga —repitió.

—Tranquilízate, Dinis, que todo se andará —dijo Reigosa con voz sosegada—.

Las noticias que nos envían desde Londres no dejan lugar a dudas.

El acuerdo entre don Antonio y la reina de Inglaterra no es papel mojado, como algunos aseguran, sino prueba fehaciente de que la armada que están levantando se dirigirá a Portugal. Nuestra tarea será preparar el terreno.

—¿Prepararlo cómo? —preguntó Marcos Lima.

—¿Cómo? Con la palabra, mis señores, y llegado el momento, con la espada —dijo Díaz Lobo—.

A nosotros nos toca sembrar esperanza donde hay temor y duda donde ahora hay obediencia ciega.

Que se hable en los mercados, en los corrillos, en los talleres, en las sacristías.

Que se corra la voz de que don Antonio vuelve, no sólo con promesas, sino con naves, soldados y la bendición de una reina poderosa.

Ruy Díaz Lobo era un hombre de edad madura, apostura gentil y verbo florido, cuyas convicciones políticas estaban tan arraigadas que persuadía con facilidad a los indecisos y arrastraba a quienes tenían opiniones menos sólidas.

—Sabias palabras —aplaudió Reigosa, que se levantó y, rodeando la mesa, fue a situarse frente al mascarón de proa que presidía la sala.

Le complacía contemplar aquel símbolo de su fortuna—.

Si logramos que cunda el temor entre los partidarios del Austria —prosiguió—, muchos huirán y otros tantos se esconderán.

Cuantos más duden, menos firme será la resistencia.

Cuanto más ruido hagamos ahora, menos sangre correrá después.

—Pero también pondremos en alerta a los castellanos —objetó Marcos Lima.

—¿Acaso no lo saben ya? —replicó Reigosa.

—Aunque la mitad de la población abandonase la ciudad, hay dos tercios acantonados en ella, y varias banderas portuguesas al mando de fidalgos vendidos al Usurpador.

—La armada que se prepara es imponente, señor Lima, tenedlo por seguro —aseguró Reigosa—. Y cuando sus velas asomen por la embocadura del Tajo, esos señores empezarán a preguntarse si vale la pena arriesgarlo todo por un rey que no pisa esta tierra ni entiende a su pueblo.

—La muralla de Lisboa es robusta —insistió el señor Lima, que se hallaba a gusto haciendo de abogado del diablo—, y unas pocas compañías podrán defenderla sin dificultad.

—Pero dentro estaremos nosotros —dijo Díaz Lobo—. Lisboa tiene demasiadas puertas y postigos, demasiados muros viejos con secretos que ni los castellanos conocen. Bastará con que uno de ellos se abra, uno solo, y cualquier defensa se vendrá abajo.

—Y casas y conventos adosados a ella —añadió fray Lorenzo—. El de los Trinitarios, donde me hospedo, apoya un ala sobre la muralla.

Unos golpes en las puertas del salón interrumpieron el animado debate. Al instante, apareció la cabeza del criado de Reigosa.

—¿Qué ocurre? —preguntó el anfitrión.

—El señor Maciel aguarda —respondió el criado.

—Que espere un poco más —ordenó Reigosa con displicencia.

Tras la pausa, el caballero lisboeta retomó la conversación:

—Ese acuerdo entre don Antonio y la reina Isabel incluye varios días de saqueo cuando se tome la ciudad.

—Sólo a las casas y haciendas de los españoles y sus aliados —dijo Reigosa—. El rey don Antonio ha enviado a los generales ingleses una relación de los traidores a su causa.

—¿Y creéis que una turba armada y exaltada se detendrá a distinguir amigos de enemigos en pleno saqueo? —Marcos Lima se llevó las manos a la cabeza.

—Las contingencias de una batalla son imposibles de prever. Pero si Lisboa llegara a ser rendida por la fuerza, convendría poner a salvo hacienda y familia en las quintas que vuesas mercedes poseen en la otra orilla del Tajo.

—Que poseemos —lo corrigió Díaz Lobo.

—Estáis en todo —respondió Reigosa con una sonrisa ladina—. Pero habrá que hacerlo con discreción. No queremos llamar la atención de unas autoridades poco inclinadas a la clemencia.

Todos asintieron con gravedad. Conocían bien las cadenas con que habían cargado a otros seguidores declarados de don Antonio.

La conversación, que aún se prolongó un buen rato, concluyó con un brindis solemne por la caída del Usurpador.

Don Rafael acompañó a sus invitados hasta la puerta del salón, donde los despidió con abrazos efusivos y palabras grandilocuentes.

A excepción de su sobrino, a quien condujo a una estancia contigua, más discreta, para tratar un asunto que sólo a ellos concernía.

Cuando ambos estuvieron sentados, el criado hizo pasar al señor Maciel, que había sustituido la incómoda muleta por un apéndice de madera sujeto al muslo, que no le evitaba cojear, pero sí le liberaba ambos brazos.

—Señor Maciel, mi sobrino, como ya os adelanté —Reigosa fue directo al grano—, ha quedado escaldado de sus anteriores compromisos, truncados a causa de ruindades y maledicencias de envidiosos.

Le he aconsejado olvidarse de damas de alta cuna y pocas entrañas, y poner los ojos en una mujer más humilde, pero buena, sana, que lo atienda, le alegre la existencia y asegure con herederos el porvenir de nuestra casa comercial.

—Exacto, tío. Eso es lo que deseo —asintió Dinis, dando una palmada sobre la mesa.

Reigosa señaló una butaca tapizada en paño verde manzana e invitó a Bruno Maciel a sentarse. El hombre se acomodó con rigidez, cuidando de no manchar ni desgarrar la tela.

—En cuanto a vos, me dijisteis que tenéis una hija joven y casadera, aunque bajo la tutela de sus tíos.

—Cierto, señor Reigosa —respondió Maciel, que prefirió empezar por los antecedentes de aquella tutela—.

Habéis de saber que partí hace más de un lustro a la India, donde la fortuna me fue adversa.

A mi regreso, enfermo de fiebres, supe que mi esposa se había amancebado con un tal Salazar, un soldado fanfarrón que, no contento con robarme su afecto, intentó arrebatarme también el de mis hijos.

La pobre Belinha, el Señor la tenga en su gloria, murió a manos de ese sujeto, hombre violento donde los haya.

Y comoquiera que me embarqué luego en la desastrosa empresa de la armada de Inglaterra, su tía se hizo cargo de ella.

—¿Y permitisteis que os arrebatasen a vuestra esposa, así, sin más? —preguntó Dinis con poco tacto.

—¡Voto a Herodes que no, caballero! —Maciel se puso en pie, encendido—.

Reté al bellaco a duelo, pero se presentó con una cuadrilla de castellanos, muy amigos suyos, y me propinaron tan ruin golpiza que acabé en el hospital.

Espero que ese miserable haya muerto en algún combate o se haya ahogado en los naufragios.

Una pequeña ventana, con una reja sencilla de dos barrotes cruzados, daba luz a la estancia. Había en ella dos tallas de santos sin especial mérito, un bodegón con piezas de caza y tres pequeños óleos con escenas bíblicas.

—Calmaos, señor Maciel. —Reigosa le indicó con un gesto que volviera a sentarse—. Dejemos reposar el pasado, que lo que nos interesa ahora es la disposición de vuestra hija para contraer matrimonio. ¿Clara, me dijisteis?

—Branca, señor Reigosa. Y no hemos de tratar con ella, sino con sus tíos.

Yo ya abordé al señor Queiroz, pescador de ribera y hombre sensato, más que su esposa, y desde luego más que mi hija.

Comprende bien las ventajas de un enlace con don Dinis y se mostró dispuesto a recibirnos en su casa para tratar el futuro de su sobrina.

—¿Es hermosa la rapaza? —preguntó don Dinis, con una mueca escéptica.

Bruno Maciel sacó pecho y engalló la cabeza.

—Muy hermosa, aunque esté mal que yo lo diga. Ha salido a su madre.

—En ese caso, y si mi sobrino lo aprueba, sólo resta concertar un encuentro con vuestros cuñados para discutir los pormenores.

El señor Grilo gruñó en señal de asentimiento, pero Maciel aún tenía una cuestión que resolver.

—Cuando trate con mis cuñados, me convendría saber qué cantidad tenéis en mente para que, si ponen objeciones, me resulte más sencillo allanarlas.

Reigosa asintió levemente. Sus ojos brillaron con una chispa calculadora: habían llegado al terreno donde mejor se movía, el del dinero.

—Si el enlace se concreta, amigo Maciel —empezó, subrayando el condicional—, vuestra hija se casará por encima de sus posibilidades. Imagino que sois consciente de lo que eso significa.