XV #2
Tras los saludos, les contó que junto a él había casi una veintena de supervivientes de la Gran Armada, al servicio del barón Richard Tyrrell, señor de Fartullagh.
Aquella noticia alegró a los fugitivos casi tanto como la presencia de Hernandes.
A continuación, el cabo narró sus peripecias.
Tras la huida de Aughnanure se habían dirigido al este, con el solo propósito de alejarse de Galway.
Caminaban de noche y dormían de día por miedo a encontrar soldados o grupos hostiles.
Gracias a esa precaución, una noche sorprendieron a una escuadra inglesa y lograron emboscarla.
En la refriega perdieron a varios hombres, pero se hicieron con algunas armas.
Las gentes de un clan vecino, al enterarse de la proeza, los acogieron y alimentaron.
Vivían junto a un lago con una isla fortificada donde se refugiaban en caso de ataque, y no temían a los ingleses.
Pasado un tiempo, un emisario del señor de Fartullagh se presentó ante ellos. Buscaba soldados profesionales que formaran a sus hombres y les ofrecía empleo y protección. Aceptaron y desde entonces servían a sus órdenes.
—¿Y vosotros, cómo habéis llegado hasta aquí?
Duarte relató las penalidades que habían soportado desde que Morogh O’Flaherty los entregara a los ingleses, pasando por la dramática ejecución en masa, su milagrosa salvación y el arduo viaje que los había conducido hasta Tyrrellpass.
—Lamento que nuestra partida causara la muerte de cuatro marineros —dijo el cabo Hernandes—, pero actuamos como creímos mejor en aquel momento.
—¿Incluidos el asesinato y la violación? —preguntó Duarte, sin ocultar su reproche.
—Los hombres que lo hicieron ya pagaron. —Hernandes endureció el gesto.
Duarte no insistió. En realidad, aún no tenía claro si debía aplaudir o condenar aquella iniciativa. Fue fray Antonio quien, con su habitual ecuanimidad, quitó hierro al asunto.
—El único responsable de aquellas ejecuciones fue O’Flaherty.
Aquellas palabras parecieron aliviar al cabo portugués, que asintió antes de interesarse por sus planes inmediatos.
—Nuestra intención es volver a la península —respondió Duarte—. Un monje nos dijo que desde Dublín sería más fácil encontrar un barco. ¿Y vos, señor cabo?
—Aquí no se vive mal —replicó Hernandes—. Esta gente nos respeta y no nos faltan comida ni cobijo, pero sus costumbres no son las nuestras, y cada día me pesa más la distancia.
—¿Creéis que el barón nos ayudará?
—Quién sabe, fray Antonio. Tyrrell necesita soldados que lo ayuden a afirmar su prestigio y sostener las muchas disputas que mantiene con sus vecinos.
Hernandes fue a buscar al resto de sus compañeros.
Todos se alegraron de reencontrarse con camaradas que compartían lengua, fe y rey.
La mayoría residía en dependencias anejas a la torre; algunos se habían unido a mujeres irlande sas, y uno incluso se había prometido con la hija de un miembro del clan Tyrrell.
—En cada tierra, su uso —dijo el fraile.
Duarte preguntó por Eugenio López, su antiguo ayudante.
—Murió en la escaramuza con los ingleses —le respondió Hernandes—. Se portó con gran arrojo, pero un disparo a ciegas lo alcanzó en mitad de la espalda.
Duarte bajó la cabeza y rezó una muda plegaria por el soldado. Su familia, por lo que le había contado, era extensa. Si salía con vida de allí, tendría que darle la triste noticia.
Al cabo regresó el hombre que los había recibido, un capitán apellidado Doherty.
Les hizo unas preguntas, les ofreció hospitalidad y la posibilidad de entrar al servicio del señor de Fartullagh.
Duarte le agradeció la oferta y aprovechó para quejarse de que Niall les hubiera confiscado sus pertenencias y su dinero.
Doherty se limitó a encogerse de hombros, y a Duarte le pareció que el saqueo entre los irlandeses era una práctica común y aceptada.
Pero se equivocaba.
El barón, enterado de que Duarte era sargento y fray Antonio sacerdote, los recibió por la tarde, les devolvió lo que les habían robado y los invitó a su mesa.
Residía en la primera planta de la torre, aunque aquella edificación no era ni por asomo tan imponente como el castillo de Aughnanure.
Para sorpresa de todos, Richard Tyrrell hablaba un castellano fluido.
Su padre había estado en España, donde se casó con una dama de alcurnia, y él mismo había nacido allí.
Pese a todo, apenas se le notaba su ascendencia hispana.
Era un hombre alto, de ojos muy azules, cabello claro y piel curtida más por la intemperie que por la sangre meridional.
Miraba con intensa concentración al interlocutor, vestía como otros señores irlandeses y se rodeaba de una jauría de lebreles, clara señal de su afición a la caza.
Richard Tyrrell era un noble católico de origen anglonormando, consciente de su importancia y de su papel en la intrincada red de alianzas de la isla.
Estaba bien informado de lo que ocurría en toda Irlanda y no tardó en poner a sus invitados al tanto de noticias relacionadas con navíos de la Gran Armada.
En el norte, en la región de Ulster, se habían producido media docena de naufragios; contingentes de varios centenares de soldados habían logrado desembarcar, con suerte dispar.
Algunos habían sido masacrados por las tropas inglesas, otros hechos prisioneros y trasladados a la cárcel de Drogheda, cerca de Dublín, y un grupo numeroso había naufragado de nuevo al intentar alcanzar Escocia.
Por fortuna, obispos, religiosos y señores católicos habían protegido a muchos de estos hombres pese a las amenazas del gobernador inglés.
—¿No os preocupa que el virrey os exija entregarnos? —preguntó Duarte.
Richard Tyrrell se mesó las barbas con un movimiento repetido.
—Irlanda es un barril de pólvora seca, señor sargento, y bastará una chispa para hacerlo estallar. A los jefes de clanes menores puede exigirles lo que sea, pero meterse con un inglés viejo es harina de otro costal.
—¿«Inglés viejo»? —repitió Duarte, intrigado.
—Así nos llaman a los descendientes de los normandos —explicó el barón—. Llevamos siglos establecidos en esta isla y hemos gobernado nuestros feudos con notable independencia.
—Y ahora quieren recortárosla —apuntó fray Antonio.
—«Imponer» sería el término más apropiado —puntualizó Tyrrell—, junto con la Reforma protestante, que pretenden extender a toda costa.
—¿Y no os preocupa?
—Claro que sí. Pero la Corona tiene otras prioridades militares y no le conviene abrir aquí un nuevo frente. Somos muchos los católicos, sea cual sea nuestro linaje. Cada libra, cada barco y cada soldado enviados a Irlanda serán recursos que no podrá emplear en su guerra contra vuestro rey.
—Paréceme que hay poca unidad entre los señores de este país —dijo fray Antonio—, si me permitís la observación.
—Una observación justa —admitió el barón, con una sonrisa resignada—. Unir a todos los clanes es tarea ardua, sobre todo cuando la propia Corona se afana en sembrar discordias y alimentar viejas rencillas, mas no imposible. Y me esfuerzo cuanto puedo para conseguirlo.
Tras un breve silencio, Tyrrell se interesó por sus desventuras, que ellos le narraron sin omitir el trato cruel ni la pérfida ejecución.
—Bingham es un perro rabioso —sentenció el barón—. Pero FitzWilliam es todavía peor. Londres mantiene pocas tropas en Irlanda y cree que la brutalidad es el mejor modo de compensar esa carencia.
Después de un rato de charla, interrumpida sólo por los versos rítmicos de un aeda que recitaba en gaélico junto al fuego, Tyrrell les preguntó por sus intenciones.
Fray Antonio, que había observado en él una disposición benévola, respondió con franqueza:
—Deseamos regresar a España. Un monje de Clonmacnoise nos habló de Tyrrellpass como un lugar donde tal vez hallaríamos ayuda.
—Me habría gustado que os quedaseis conmigo, como han hecho otros —respondió Tyrrell—, pero comprendo vuestro deseo.
—Tal vez también algunos de ellos lo compartan en secreto —aventuró fray Antonio.
El barón fijó la vista en el fuego y permaneció pensativo. Cuatro o cinco lebreles, tendidos junto a la chimenea, respiraban pesadamente, ajenos a la trascendencia de la conversación.
—No es fácil lo que me pedís —dijo al fin—. Ni llegar a Dublín ni salir de esta isla.
—¿Por qué es difícil alcanzar Dublín?
—Por culpa de La Empalizada.
Richard Tyrrell se levantó y, con las manos a la espalda, caminó hasta una estrecha ventana desde la que sólo se divisaba la oscuridad del anochecer.
Explicó que, durante el siglo anterior, los ingleses habían levantado una empalizada para proteger el condado de Dublín de las incursiones rebeldes.
En algunos tramos no era más que una valla; en otros, contaba con torres, fuertes y guarniciones.
Aquel cinturón era también una barrera cultural y religiosa: dentro de él apenas se oía el gaélico, la iglesia anglicana había alzado numerosos templos y las simpatías por la reina Isabel eran evidentes entre la nobleza local.
—Dejadme un tiempo para reflexionar sobre lo que me pedís —concluyó—. He de marchar al norte, para entrevistarme con otros señores. Mientras tanto, sois mis invitados. Descansad en Tyrrellpass y recuperaos de las penalidades sufridas. Quizá a mi regreso pueda daros una respuesta.
En la gran chimenea ardían los leños. Tyrrell se inclinó para atizar el fuego, y una lluvia de chispas ascendió por entre las negras piedras del tiro hacia el frío exterior.
3
Lisboa
Rafael Reigosa llevaba ya un buen rato conversando con un grupo de amigos preocupados por la situación del reino.
—En Terceira y buena parte de las Azores —decía fray Lorenzo, que había pasado una temporada en las islas—, las simpatías del clero están con don Antonio. Su fe en que recupere la corona es inquebrantable.