La derrota del dragón XV
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XV

Plymouth

El Fortune era un mercante de ciento cuarenta toneles, tres palos y mucha altura que no entusiasmó a Trenton.

Pertenecía a unos comerciantes de Plymouth a quienes Drake había favorecido en su etapa como corregidor y estaba fondeado en la desembocadura del Tamar.

No había soldados a bordo, y la marinería, incompleta, se le antojó a su nuevo capitán desordenada y poco profesional.

Decidido a poner la nave en condiciones cuanto antes, trajo consigo a Hugh Hardinge, su segundo en la Speedwell, y se puso manos a la obra.

Había que raspar la cubierta, reforzar la jarcia, calafatear el casco con estopa y brea, abrir portañolas, recolocar las piezas, embarcar pólvora, víveres, velas y jarcia de respeto, herramientas, agua, galleta, salazón, todo.

Trenton estaba en cubierta desde el amanecer, dirigiendo las labores y arrimando el hombro si hacía falta.

Le gustaba dar ejemplo. Pero, sobre todo, quería mantenerse ocupado.

La actividad era su tabla de salvación. Cada golpe de martillo, cada grito de maniobra alejaba un poco más la imagen de Isabel y del niño.

No había memoria que el tiempo no apagase, rezaba el dicho, pero el corazón era un músculo testarudo, que se resistía a aceptar la derrota.

Santiago. Ese era el nombre. No tenía traducción exacta al inglés, pero pronto supo que equivalía a James.

Y eso bastó para que se le hiciera más presente.

Los días volaban, fríos y grises. Y con ellos, el Fortune empezaba a parecerse a un barco de verdad. Y a abrirse un hueco en su estima. Aquel navío quizá lo llevara de nuevo a La Coruña, y si eso ocurría, por Dios que no iba a actuar de la misma forma.

Una tarde, mientras inspeccionaba la estiba de la pólvora, vio acercarse un batel desde tierra. Eran Thomas Cely y William Furthow.

—Tienes a los hombres reventados, John —dijo Cely al subir a bordo—. Si sigues así, no hallarás un solo marinero dispuesto a servir bajo tu mando.

—Estoy echando a andar la carraca que me ha tocado en suerte —respondió Trenton con una sonrisa fatigada.

—No os quejéis —alegó Furthow—. A mí me han asignado el Bark Parnell. Una pinaza vieja y pesada, propiedad de un armador que no distingue la proa de la popa.

—¿Y vos, Thomas?

—Acabo de regresar de Lisboa, y estoy aún sin destino.

—¿Qué tal esa ciudad? —quiso saber Trenton.

—Una joya. Estuve allí cuando salí del presidio, de camino para Inglaterra. Pero esta vez la vi con otros ojos. Una ciudad viva, desordenada, con palacios junto a mercados, esclavos en cada esquina y un aire que huele a tierras lejanas.

Almorzaron en una taberna cerca de East Gate.

Comieron caliente, bebieron vino del Ródano, y Cely se explayó a gusto.

Habló del inmenso estuario del Tajo, de los barcos anclados en sus aguas, de los astilleros repletos de actividad, sus murallas y fortalezas, de los contrastes entre los barrios nobles y los arrabales extramuros.

Les dijo, en voz baja, que había visto muchos soldados, aunque no sabía si eran españoles o portugueses, leales al rey Felipe o contrarios a él.

—¿Qué opinión os merece nuestra armada? —preguntó Trenton a sus compañeros, cuando los platos ya estaban vacíos—. ¿Tenéis alguna noticia sobre el objetivo?

Furthow resopló.

—El almirante guarda silencio. Y hace bien. Con lo indiscretos que somos los marinos y con tantos espías como hay en estos puertos, bastaría una palabra para que el Austria lo supiera al día siguiente.

—Sir Francis juega sus cartas como siempre —añadió Cely—: cerca del pecho y con cara de perro.

—Quizá no sea él quien decida —sugirió Trenton—. El consejo, o la reina, aún pueden cambiarlo todo.

—No seáis ingenuo, John —se burló Furthow—. ¿Desde cuándo Drake acata órdenes? Sabe exactamente qué quiere hacer, cómo y dónde. ¿Por qué creéis que nos mandó a esos puertos y no a otros?

Luego Furthow, entre dientes, compartió un cotilleo de Londres. Según se decía, sir Robert Devereux, que aborrecía a los españoles, estaba deseoso de participar en la empresa, pero la reina se lo había prohibido.

—No conozco al conde —dijo Trenton.

—Mejor así —opinó Cely—. Hablar de la cama de la reina podría costarle a alguien la cabeza.

—¿Estáis de broma? —se defendió Furthow—. Nuestros reyes llevan todo el siglo dándonos más entretenimiento con su alcoba que los dramaturgos con sus obras.

Reían. El vino ayudaba. Bien entrada la tarde, se dejaron arrastrar por el ambiente del puerto interior.

Tabernas, más vino, canciones obscenas. Acabaron en un prostíbulo desangelado, casi vacío, iluminado por dos velas que nadaban en un mar de cera derretida.

Unas mujeres cansadas, que bebían cerveza en una esquina, los rodearon con bromas picantes y risas forzadas.

Cely y Furthow eligieron dos de carnes generosas.

Trenton, borracho como pocas veces, siguió a una joven de aspecto delicado, sin apenas curvas, pero bonita, que lo ayudó a vomitar en una bacinilla, lo arropó y se tumbó a su lado.

El marino consumó el acto más por instinto que por deseo, y al momento se quedó dormido como una piedra.

Al alba, abrió los ojos. El rostro de la mujer le recordó al de Isabel.

No tanto por el parecido físico como por la expresión: aquella mezcla de dulzura, tristeza y mansedumbre.

Se vistió sin decir palabra y se marchó con un peso en el pecho.

El aire del muelle estaba cargado de humedad.

Un barquero lo condujo hasta el Fortune.

Había cosas que no podían olvidarse, pero sí enterrarse bajo toneladas de trabajo.

Y eso pensaba hacer.

2

Tyrrellpass, Irlanda

Escoltados por los hombres del albino, que respondía al nombre de Niall, caminaron durante horas, primero a través de un páramo cenagoso y más adelante por un terreno verde y menos fatigoso.

La lluvia los acompañó durante parte del trayecto, y el viento fue un fiel y constante compañero.

A la incomodidad de la marcha se sumaba la incertidumbre del futuro.

Duarte se desesperaba pensando que el destino, cruel y burlón, los había devuelto al primer peldaño: después de tantos sufrimientos, de una huida desesperada y de haber estado a punto de morir, se hallaban de nuevo en manos de un clan irlandés que, presumía, los entregaría a los ingleses.

Incluso llegó a pensar que los conducían a un paraje apartado para ejecutarlos lejos de testigos.

Y todo por haber permitido que Álamo los guiara.

Este y el novicio marchaban en silencio, más atribulados aún que Duarte. El único que conservaba ánimo para hacer algún comentario sobre el camino, el paisaje o su futuro era fray Antonio.

—Por vida que estos señores tienen prisa por alcanzar su destino —dijo, resollando, al coronar una cuesta.

—Dondequiera que este se encuentre —respondió Duarte, que agradecía aquel intento por aliviar la zozobra. Al menos, aquellos captores les permitían hablar sin golpearlos.

Cruzaron dos ríos poco caudalosos, dejaron atrás unas colinas boscosas, no demasiado altas, atravesaron una nueva turbera marrón y cenagosa y entraron en un bosque en el que se alzaba una torre cuadrada, alta y almenada, a cuyo pie se detuvieron.

Alrededor de la torre se veían casas de piedra, cobertizos, corrales y chozas. Iban y venían hombres armados, carros cargados de grano y mujeres con cestas y costales que se detenían a contemplar a los recién venidos.

Niall entró en la torre y regresó poco después en compañía de otro irlandés mejor vestido, que los miró con atención y les preguntó, en inglés, si eran españoles.

Los prisioneros intercambiaron miradas. Dudaban qué decir ni cuál sería la respuesta menos peligrosa. Finalmente, fray Antonio se animó a hablar.

—Sí, señor, lo somos. Menos el joven novicio, por supuesto.

—Por supuesto —repitió el hombre—. Desatadlos y que se sequen. Los veré más tarde.

El albino les trajo unas mantas, deshizo sus ataduras con una sonrisilla ambigua y los condujo hasta un cobertizo donde debían esperar a ser llamados.

—Será mejor que no tratéis de escapar —les advirtió.

Desconcertados por aquel cambio de trato, los fugitivos se secaron y procuraron entrar en calor.

El cobertizo era en realidad una cuadra y olía a estiércol y paja fresca.

Un par de caballos peludos los miraban desde una tranquera al fondo.

Por el suelo había monturas, arreos y otros bártulos, y en las paredes colgaban bocados y estribos sueltos.

—Creo que estamos en Tyrrellpass —comentó Callum.

—Dios te oiga, muchacho —respondió fray Antonio.

Después de una larga espera, la puerta del cobertizo se abrió y entró un hombre ancho, de fuerte complexión y cabeza grande. Los observó atentamente, hasta que sus ojos se fijaron en Duarte y el fraile.

—Señor Salazar. Fray Antonio —dijo, con acento portugués.

Fray Antonio lo reconoció al instante.

—¡Cabo Hernandes! ¡Bendito sea el cielo!

El soldado portugués, adusto como siempre, se acercó y les estrechó la mano.

Saludó también a Álamo y al novicio. Vestía a la irlandesa: calzas hasta los tobillos, camisa de lino, jubón de lana y brat .

Se había dejado crecer el pelo, que lo tenía abundante y ondulado, y al cinto ceñía una espada larga y una daga de mano izquierda.