XIV #5
—¿Para eso os manda vuestro rey? ¿Para ofender a sus nobles súbditos? —Vestía ropa oscura de jerguilla y ferreruelo, y del tahalí le colgaba una storta de empuñadura sencilla, donde descansaba su mano izquierda.
—Sois vos quien ofende, señor, y quien debe retractarse.
—¿Retractarme yo? ¿Ante un castellano? Antes me corto la lengua.
—Si no os la corto antes.
—¡Atreveos!
La gente que los rodeaba, anticipando gresca, había empezado a formar corro.
Los compañeros de Jaque se aproximaron y se pusieron a ambos lados, pero el alférez los contuvo: podía encargarse él solo de aquel deslenguado.
El deslenguado, por su parte, tenía nombre: Jacobo Peres, y estaba dispuesto a satisfacer a cualquiera con el filo de su espada.
Branca, temiendo que el incidente acabara en sangre, abandonó el puesto y se interpuso entre los contendientes.
—Deponed la actitud, señores. No vale la pena pelear por una tontería.
—No es una tontería, sino un insulto —replicó Jaque—. El honor exige una satisfacción.
—Exigirá a quien lo posea —dijo Peres, con malicia.
La multitud aumentaba, saboreando el espectáculo.
—¿Quiénes se baten? —preguntó una voz femenina.
—Dos soldados por una moza —respondió otra.
El alférez Jaque, con la mano ya sobre el pomo de su espada, vacilaba. Por un lado, la honra y Branca; por otro, las estrictas órdenes del archiduque Alberto prohibiendo duelos con portugueses.
—¡Branca! —llamó su tía desde el puesto—. Ven aquí de inmediato. ¿No ves que pones en entredicho tu virtud?
Pero Branca hizo caso omiso. Seguía firme entre los dos hombres.
—¡Abran paso! —tronó una voz autoritaria por encima del bullicio.
El gentío se sacudió, basculó y acabó por abrir hueco a un alguacil que se plantó en medio del corro con los brazos en jarras.
—¿Qué ocurre aquí? ¿Qué riña es esta? —preguntó. La voz ronca, los bigotes recios y un aire de mando indiscutible.
—Un castellano con sed de sangre —acusó un pilluelo desde el borde del corro.
—Les pregunto a ellos —zanjó el meirinho, sin levantar la voz.
Pero los dos hombres permanecían en silencio, enfrentados como si el primero en hablar fuera el primero en rendirse. Hasta esos extremos llevaba el honor.
—Este hombre agravió a nuestro alférez, don Rodrigo Jaque —intervino el de Guareña.
—¿Sois soldados?
—Los tres. De la compañía del capitán Gaspar de Alarcón.
—Ha sido él quien me ha agraviado —replicó Jacobo Peres, temeroso de que el meirinho diera crédito a los otros.
—No, señor —intervino Branca—. Él ofendió primero. Al señor alférez… y también a mí.
—Ahora no importa quién empezó —dijo el meirinho —. El caso es que esto se termina aquí.
—¿Y mi nombre? ¿Tampoco os importa? —insistió Branca.
—Si os importa a vos, haceos a un lado —le respondió, sin perder la paciencia. Luego se volvió hacia los litigantes—: Apartad las manos de las armas. Aquí no habrá más insultos ni peleas.
Pese a su aspecto de matasiete, el agente judicial parecía sensato, más interesado en restablecer la paz que en echar leña al fuego.
—Señor —añadió, mirando al portugués—, continuad vuestro camino.
—Señor Peres —puntualizó el aludido—, boticario en la Baixa. Y me marcharé cuando ellos lo hagan.
—Yo aún no he terminado de comprar —dijo Rodrigo, tranquilo.
—¿Qué deseáis? —preguntó Natalia, con ganas de poner fin al incidente.
Rodrigo, comprendiendo la maniobra, sonrió. Sin apartar los ojos de su oponente, pidió tres morcillas, que Branca se apresuró a buscar.
Mientras, el alguacil, firme en su decisión, instaba a Peres a retirarse. Este dio unos pasos atrás, se acarició la barba, murmuró entre dientes, encogió los hombros y perdiose al fin entre una multitud, que, concluido el espectáculo, comenzó a dispersarse.
—Aquí están las morcillas, don Rodrigo —dijo Branca, y se las entregó una a una, permitiendo que sus dedos rozaran los de él más de lo necesario.
—¿Cuánto os debo? —preguntó el alférez, que no sabía si le gustaba más su desparpajo o el modo en que fingía que no le importaba.
—Esta vez nada.
—Y vos ¿cuándo termináis?
—Cuando se acabe el género, don Rodrigo. ¿Ya os vais?
—Debemos presentarnos en el castillo. Pero quizá regrese más tarde.
—Y yo quizá esté aquí —respondió con ligereza—. O quizá no.
El mediodía se echaba encima. La actividad en los puestos no menguaba. Natalia y Branca volvieron a despachar a los clientes que aguardaban su turno. La mujer que había desencadenado la trifulca desapareció sin dejar rastro, olvidada de sus dos docenas de sardinas.
Los soldados echaron a andar hacia las callejas que subían al castillo.
—Buen gusto tiene el señor alférez —dijo Germán de Guareña.
—¡Amén a eso! —falló su compañero.
Rodrigo Jaque caminaba en silencio, mientras sus compañeros bromeaban a su costa.
De vez en cuando, volvía la cabeza. Sentía aún en los dedos el breve roce de los de Branca, y se sorprendió de ir más ligero de ánimo que de costumbre.
No sabía qué tenía esa rapaza que, desde que la conoció en casa de los Queiroz, le volvía a la cabeza más a menudo de lo que convenía.
No lo atraía sólo su rostro, ni su desenvoltura al hablarle, ni siquiera su manera de mirar.
Era el conjunto. La frescura. La fuerza.
Se rio para sus adentros al recordar cómo lo había despedido.
Una racha de aire agitó las velas de algunas chalupas atracadas frente a la explanada. Más allá, fondeaban las naos y los grandes buques. Algunas cejas blancas, dispersas, adornaban el azul del Tajo. Lisboa bostezaba al sol.