La derrota del dragón XIV #4
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XIV #4

Con la oscuridad, Roussel mandó tomar rizos en las velas, y la navegación se hizo más lenta pero estable. Joao no tardó en marearse: vomitó la cena, el almuerzo y tal vez hasta la dignidad. Roussel, viéndolo pálido y doblado sobre sí mismo, le ofreció el catre de su camarote, pero el joven se negó.

—Pronto se me pasará —dijo con más convicción de la que sentía—. ¿Falta mucho para Salcombe?

—Con este viento arribaremos a tiempo. Lo difícil será entrar.

A medianoche rompió a llover, y con las primeras luces del alba avistaron la boca del estuario.

El mismo viento que los había empujado hacia el este dificultaba ahora la maniobra de entrada.

Roussel viró por avante y se fue aproximando a tierra con rigurosa precisión.

Desde cubierta, la costa semejaba un monstruo de roca y espuma.

Las olas rompían contra los farallones como si quisieran derrumbarlos, y la corriente del río, al mezclarse con el oleaje, empujaba la zabra hacia mar abierto.

Joao, empapado, mareado y aferrado a un cabo, sintió cómo el temor le apretaba el estómago.

Por unos momentos creyó que se estrellarían contra las afiladas rocas, pero la pericia del patrón evitó el desastre.

Una vez dentro del estuario, la violencia del mar disminuyó notablemente y, con la ayuda de los remos, alcanzaron al fin la playa de North Sands y echaron el ancla.

Una luz débil y opaca iluminaba la arena mojada y los campos aledaños.

La caleta estaba flanqueada a ambos lados por promontorios en los que se mezclaban los distintos verdes de la vegetación y el gris oscuro de la roca.

—La playa está vacía —dijo Roussel, que oteaba la costa con atención.

—Quizá estén escondidos —respondió Joao—. Nada perdemos por acercarnos.

El patrón aceptó y ordenó botar el esquife.

En pocos minutos Joao y dos marineros remaban hacia la orilla.

Al tocar fondo, saltó por la borda. El agua helada le caló hasta los muslos, pero el aire y el movimiento alejaron las náuseas y le despejaron la cabeza.

En las laderas de los promontorios se adivinaban algunas casuchas, apenas visibles tras la cortina de lluvia, en las que nadie se asomaba.

La playa, de unos doscientos pasos de largo, estaba completamente desierta.

Joao la recorrió con ansia creciente. Se dirigió a unos matorrales y examinó el terreno tras unos peñascos.

Nada. Desde el esquife, los marineros le hacían señas para que regresara.

Resignado, dio media vuelta. Entonces vio tres figuras que descendían a zancadas por la ladera norte, zigzagueando entre la hierba.

Por su forma de moverse y sus ropas, no parecían campesinos ni pescadores.

Joao entornó los ojos. El que iba delante sorteó una zanja estrecha, apoyó la mano sobre una piedra y continuó. Era Tapia.

Joao le hizo señas con los brazos y el cirujano le devolvió el gesto.

—Aprestaos, señores —gritó Joao a los remeros—, que aquí vienen.

Los fugitivos corrieron el último tramo todo lo deprisa que la arena mojada les permitía.

—Por fin, señor Veiga —jadeó Tapia al llegar junto a él.

—¿Sólo vosotros tres? —preguntó Joao, extrañado.

El cirujano negó con la cabeza mientras trataba de recuperar el aliento, las manos en las caderas, el torso inclinado hacia delante. Lo acompañaban Ledesma y Pedro de San Millán, el veedor del hospital.

Una vez en el esquife, Joao escuchó la explicación.

—Hace tres días —dijo Ledesma—, sir William Courtney trasladó al resto de nuestros compañeros al castillo de Ilton, a media legua de aquí. Y no hemos podido contactar con ellos.

—¿Y a vuesas mercedes no los trasladaron? —preguntó Joao, con una nota de recelo.

—Nosotros no estábamos bajo su custodia, sino bajo la del juez de Salcombe —respondió San Millán.

Joao no replicó. Observaba cómo el torreón del promontorio se iba perdiendo tras la bruma.

La zabra maniobró para salir del estuario y poco después volvía a navegar por el canal. La mañana que se abría paso prometía una jornada larga y difícil.

4

Lisboa

La barca atracó frente a la Puerta de los Caballos, y los tres pasajeros desembarcaron tras pagar al barquero.

Vestían a la usanza militar: botas, capa larga, chapeo, espada y daga.

La mañana, ya libre del frío de la madrugada, era suave y luminosa.

El viento se había calmado, y en la ribera norte del Tajo, entre el muelle del Carbón y la Casa da India, bullía media ciudad.

Comerciantes, navegantes, contratistas, intermediarios, fidalgos de corte y fidalgos en la ruina, pedigüeños, artesanos de todos los oficios, cristianos viejos y nuevos, judíos, mozos, criados, amanuenses, indios, negros y moriscos, regateras, mozas de crianza y de partido, cirujanos y sacamuelas, estibadores, maleantes y alguaciles, todos contribuían al incesante ajetreo que llenaba la gran explanada de la ribera del Tajo.

Al movimiento natural del astillero y de los muelles se sumaba el del inmenso mercado callejero.

Una mezcla punzante de olores saturaba el aire: pescado, estiércol, brea, especias, sobras.

El estruendo era tal que parecía resonar dentro de los oídos: ladridos de perros que perseguían gatos o se enzarzaban con gaviotas, relinchos, balidos, cacareos, gruñidos, y las voces agudas de los animales exóticos en venta —desde pavos reales hasta monos—, el murmullo constante del río, el golpeteo de los astilleros, los gritos de cargadores, charlatanes y vendedoras, y el rumor continuo de mil conversaciones superpuestas.

—¿Por dónde nos llevas? —preguntó Germán de Guareña al hombre que iba por delante.

—No seas impaciente, Germán —lo reprendió el alférez Jaque—. Disfruta de este baño de vida.

—De esta babel, querrás decir —replicó el soldado.

La explanada se estrechaba a la altura de los almacenes de trigo, y para avanzar era necesario apretarse mucho o abrirse paso a empujones. Un alguacil vestido de negro, al que desplazaron sin querer, les lanzó una mirada torva.

—Cuidado —previno Germán—. Estos portugueses tienen malas pulgas.

—Ahora somos un solo pueblo —repuso el otro soldado, un hombre alto, de cabeza grande y espalda encorvada.

—Tenemos un mismo rey, señor Nogales —matizó el alférez—, que no es lo mismo.

—Cien años no bastarán para unirnos —profetizó Nogales.

—A ti ni doscientos, Facundo —rio el de Guareña—. Con ese carácter…

—¡Bellaco!

—Yo tengo buenos amigos entre los lisboetas —aseguró el alférez—. Gente seria, y excelentes soldados.

—Buenos sí —concedió Nogales—. Pero ¿leales?

Pasaban junto al Arco dos Pregos, por donde entraba y salía tal riada de gente que se diría el vomitorio de un coliseo.

Pero el alférez se apartó del arco y los guio a través de una selva de puestos donde se vendía de todo, desde hortalizas hasta remedios milagrosos.

Se detuvo frente a un tenderete junto al postigo de las Monedas: sobre unas tablas sostenidas por borriquetas, varios cestos rebosaban de coles, nabos, sardinas, pimientos secos y embutidos.

El gentío que los rodeaba daba fe de buenos precios o excelente calidad. Dos mujeres despachaban sin descanso.

—¿Aquí nos traes? —preguntó Nogales.

—¿Qué tiene de especial este puesto? —añadió el de Guareña.

Pero no obtuvieron respuesta. El alférez ya les había dado la espalda y se abría paso entre los clientes.

No era la mercancía lo que lo atraía, sino una de las vendedoras: una joven de labios carnosos, cabello ondulado y grandes ojos que, en ese momento, mostraba dos coles a una compradora, una en cada mano.

—La más grande, Branca —decidió la mujer—, que en casa somos muchos.

—Dame un tostao y es tuya.

—Mucho me parece, hija. ¿No haces rebaja?

—La pequeña cuesta la mitad.

La mujer vaciló, volvió a mirar las coles y optó por la más grande. Mientras le cobraba, Branca descubrió al alférez.

—Don Rodrigo, dichosos los ojos que os ven —lo saludó con una sonrisa abierta—. ¿Por ventura estáis libre de servicio hoy?

—Vengo de uno en la Almada. Cansado, pero dichoso de ver vuestros luceros —respondió el alférez, en una mezcla de castellano y portugués.

La muchacha sonrió, sin sonrojarse.

—Guardad esos piropos, don Rodrigo. Lo que se dice con ligereza no tiene valor.

—Mas estos salen del corazón, y son firmes como rocas.

—¿A cuántas les habréis dicho lo mismo?

—Ni soy voluble ni parezco veleta.

—Quisiera creeros —dijo con un dejo de interés, aunque enseguida cambió de tercio con desparpajo—. Pero ved que esto es una venta, caballero. ¿Qué se os ofrece?

Rodrigo iba a pedir unas morcillas que le habían llamado la atención cuando una mujer que esperaba a su lado se le adelantó.

—Rapaza, dame a mí dos docenas de sardinas, que yo iba delante —dijo, con voz aguda. Y, de paso, dejó un consejo—: A ver si te centras más en el negocio y menos en el caballero.

El comentario no sentó bien a Branca, aunque la señora tuviera razón, y se contuvo de replicarle que eran dos en el puesto y cualquiera podía atenderla.

La otra vendedora, su tía Natalia, ocupada en despachar unos chorizos picantes, le lanzó una mirada de soslayo, pero no dijo nada.

El alférez Jaque se atusó el bigote y guardó silencio, considerando que el incidente estaba zanjado.

Sin embargo, un hombre que pasaba junto al tenderete decidió meter baza sin que nadie se lo pidiera.

—Estas mozas se beben los vientos por los castellanos, señora —espetó.

—No diría yo tanto —respondió la aludida.

—¿No? Pues ahí lo tenéis. ¿Y qué hacen ellos, sino fanfarronear y festejar a nuestras mujeres?

La diatriba fue tan burda que el alférez no pudo contenerse.

—¿Y a vos qué se os da en este asunto?

—¡Vaya! —exclamó el hombre—. Sorprendido estoy de tener que pedir permiso a un bellaco para hablar.

—Eh, eh, parad ahí y retirad la ofensa —le dijo Jaque, mientras le ponía la mano en el hombro para hacerlo girar.

El irascible portugués, más bajo que Rodrigo, más robusto y de más edad, se zafó con un tirón y dio un paso atrás.