La derrota del dragón XIV #3
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XIV #3

Lo condujo a la cocina, cortó medio palmo de salchichón y un pedazo de pan, se los ofreció y lo envió arriba.

—Es tuyo, no hay duda —dijo Marcia apenas el niño desapareció.

—Lo he llevado a ver a su madre —explicó Gabriel, que hasta entonces había permanecido callado. Y, más serio aún, añadió—: ¿Qué ocurre con el huésped?

Marcia le contó la orden del alguacil, la llegada del cabo y la mala impresión que le había causado. Mientras hablaba, Gabriel encendió un par de velas. La luz del crepúsculo menguaba con rapidez.

—Has hecho bien en instalarlo en la vieja cuadra. Así, cuando quieras, puedes echar el cerrojo a la puerta del corral. Pero no creo que vaya a darte problemas.

Marcia se acercó a su marido. Le parecía más apuesto que nunca.

—No me gustaría quedarme sola con ese hombre —confesó—. Al menos las primeras noches.

—Tampoco yo tengo interés en que lo hagas.

Marcia alzó la mano y, con un dedo, le rozó la barbilla. Gabriel lo tomó con la suya y lo mantuvo allí.

—¿Cuándo te irás?

—No querría irme nunca.

—A tu hijo, si quieres, lo puedes dejar aquí.

—El médico no cree que Yabama sobreviva.

—¡Oh! Lo lamento —dijo con sinceridad—. Pobre niño, huérfano tan joven.

Un golpe brusco en la puerta los interrumpió. Estaba sólo entornada y el cabo irrumpió con pasos estruendosos y tambaleantes, arrastrando la espada por las baldosas y tarareando una tonadilla. Se detuvo en seco al ver a Gabriel.

—Señor Luján, bien achispado que venís —le reconvino Marcia.

—Mis disculpas, señora —farfulló el aludido.

—Este es Gabriel del Puerto, mi marido.

—Bienvenido a nuestro hogar, caballero —dijo Gabriel con desenfado. Le estrechó la mano con firmeza y lo miró a los ojos, como tomándole la medida—. Por Júpiter, que oléis a meretriz de puerto.

—Por Júpiter que sí —respondió el sargento. Y ambos rompieron a reír con estrépito.

Marcia contemplaba la escena incapaz de entender la gracia.

Y mayor fue su asombro cuando Gabriel le ofreció un vaso de orujo, brindó con él y le dedicó un rato de charla.

No obstante, al advertir su incomodidad, él le hizo un gesto cómplice.

Luego de apurar los vasos, echó el brazo sobre el hombro del soldado y salió con él al corral.

—Os ruego ahora que os retiréis a vuestros aposentos, amigo Luján —dijo con pompa—: Mi señora esposa y yo tenemos asuntos que sólo a un matrimonio competen. —Y acompañó sus palabras con un guiño exagerado.

El cabo respondió con una sonrisa socarrona y, con pasos más vacilantes, si cabe, se dirigió a la cuadra.

Bajó García. Marcia calentó la olla y cenaron los tres a la luz temblorosa de las velas.

Ella se interesó por la vida del pequeño, que respondía con frases escuetas, o apenas monosílabos, abrumado por su atención.

Si quería conservar a Gabriel, tendría que empezar por aceptar a su hijo.

Cuando los ojos empezaron a cerrársele, lo llevó arriba y lo acostó.

El niño se quedó roque al momento, y ella bajó para hacerse cargo de su marido, a quien no pensaba permitir que se durmiera.

3

Salcombe, condado de Devon

Mientras ayudaba a Geraldo en Plymouth, Joao no se olvidaba de Robledo de Tapia y los otros cautivos de Salcombe.

Su condición de sanitarios y la relativa autonomía de que gozaban facilitaría, sin duda, un intento de huida.

Lo único que Joao necesitaba era encontrar a alguien que los trasladara al otro lado del canal.

Entre los muchos intermediarios con los que tuvo que tratar, se fijó en un francés encargado de suministrar cordaje para la jarcia, así como duelas y aros para la fabricación de pipas. La demanda de la flota era tan grande que obligaba a recurrir a proveedores de toda laya.

El hombre le pareció campechano, católico y muy apegado al dinero.

Tenía una zabra de poco porte, con la que transportaba mercancías entre Saint Maló y Plymouth, y con él contrató una partida de barriles para el barco que estaba armando el Prior.

En una de sus charlas, el señor Roussel confesó su escaso aprecio por los ingleses.

—Don dinero es el que me mueve a hacer esto, no lo dudéis.

—Aprovecharse del enemigo siempre es lícito.

—Lo que no entiendo, si vuesa merced me lo permite, es qué diablos hacen los portugueses aliándose con estos herejes.

—Ah, cosas de la guerra, señor Roussel. El enemigo de tu enemigo…, ya se sabe.

—Esa máxima puede conducir a verdaderas aberraciones —apuntó el comerciante.

—O puede ayudar a hacer obras nobles. Yo me dedico a liberar de las cárceles inglesas a presos de la Gran Armada. Portugueses, claro.

—¿Y os lo permiten?

—Siempre que juren lealtad a don Antonio de Avis. Pero veréis…, en cierto lugar, no lejos de aquí, hay un grupo de compatriotas que no serán liberados por muchas lealtades que juren. Y me pregunto si vos, en uno de vuestros viajes…

El señor Roussel se quitó la gorra, se rascó el cogote y lo miró con expresión neutra, sin dar pie a que completara la frase.

—Son presos que, por circunstancias que no vienen al caso —prosiguió Joao con cautela—, están poco custodiados.

—Si uno va a arriesgarse —dijo finalmente Roussel—, todas las circunstancias vienen al caso, señor Veiga.

—¿Incluidas las económicas?

—Especialmente las económicas.

—¿Habéis estado en Salcombe?

—Conozco esa guarida de ratas como la palma de mi mano.

La taberna donde se encontraban, al sur del puerto y junto a un molino, estaba poco concurrida a esa hora de la mañana.

Nadie había cerca que pudiera oír el largo y empeñado trato que acabaron cerrando en veinticinco libras por el grupo, más cinco adicionales por cada hombre que superase la media docena.

—Ya sólo falta que me digáis la fecha y el lugar donde habré de recogerlos.

—Antes debo hablar con ellos para acordar los detalles.

—Hacedlo como creáis conveniente —dijo Roussel, con una jarra de cerveza en la mano—. Pero daos prisa. No me gustaría demorar la partida más allá del domingo próximo.

Para justificar su viaje a Salcombe, Joao informó al capitán Sydeman sobre un granero en Torquay en el que, según rumores, aún quedaban presos de la Armada. Pero el inglés no quiso acompañarlo. El general Norris le había encomendado tareas más importantes, y también más de su agrado.

—Todos vuestros hombres han llegado aquí sin novedad, señor Veiga —se excusó Sydeman—. Considero que he cumplido con mi misión. Si deseáis rescatar a un pobre diablo más, contáis con mis bendiciones.

—Espero que no surja ningún problema que me haga lamentar vuestra ausencia.

—Hasta donde sé, os las apañáis muy bien solo —rio Sydeman.

Joao alquiló una montura en la casa de postas y partió sin demora.

El camino hacia Salcombe le llevó varias horas a través de un terreno de colinas suaves, surcado por ríos que excavaban hermosos barrancos.

En la entrada del pueblo buscó una venta para pasar la noche y salió a dar una vuelta, con la esperanza de localizar a alguno de los españoles.

Salcombe, acurrucada en la ladera de un promontorio, junto al estuario, era una villa portuaria de pescadores, contrabandistas y piratas de ribera, donde de ordinario no se movía un ratón sin que lo supieran todos los vecinos.

Pero la Contra Armada había generado tal movimiento de gentes, que su presencia no llamó la atención.

Además, la fortuna le fue propicia, pues Tapia y otro español estaban atendiendo a la hija del dueño de la venta.

—Señor Veiga, ¿de nuevo por aquí?

—He venido a cumplir mi promesa.

Los ojos del cirujano brillaron de alegría.

—No nos deis falsas esperanzas —advirtió su compañero, un tal Francisco Ledesma, repartidor del hospital.

—No son falsas esperanzas —respondió Joao con firmeza, y les explicó el trato pactado.

—¿Es de fiar ese francés? —preguntó Ledesma.

—A mí me lo ha parecido.

Entonces urdieron el plan de fuga. Los españoles de Salcombe eran diez, todos sanitarios, y estaban repartidos en varias casas. Cómo se avisarían entre ellos era algo que Joao no podía controlar. Lo único que necesitaba era que fijaran un lugar, una hora y una fecha.

—¿Qué tipo de lugar? —preguntó Robledo.

—Una playa o caleta donde pueda acercarse sin riesgo el batel de la zabra.

Tras evaluar varias opciones, los españoles eligieron North Sands, una playa arenosa situada al sur de la localidad. Allí los esperarían al amanecer del viernes.

Antes de regresar a Plymouth, Joao quiso inspeccionar personalmente el lugar.

El estuario de Salcombe, profundo como una ría, estaba formado por cuatro ríos pequeños y caudalosos que se unían cerca de la desembocadura.

North Sands era una caleta cerrada y de aguas tranquilas, a sotavento de los temporales del oeste.

En un peñón rocoso, en su extremo norte, se alzaba un pequeño torreón que vigilaba la entrada del estuario.

Al día siguiente, que era miércoles, Joao puso al señor Roussel al corriente del plan de fuga acordado con los náufragos y de las observaciones que había hecho. Al francés no le preocupaba el torreón de la playa.

—En Salcombe no ha habido un ataque en décadas —respondió encogiéndose de hombros—. Nadie en esa torre se inquietará por nuestra llegada.

—El Señor os oiga.

El jueves por la tarde, Joao subió a la embarcación. Poco antes de zarpar, se levantó un ventarrón de poniente que encrespó con rapidez las aguas del canal.

—Nos estaba esperando el temporal —comentó Roussel, con un brillo críptico en la mirada.

Salieron con precaución de la atestada bahía de Plymouth y se adentraron en las aguas embravecidas del canal de la Mancha.

Joao, poco acostumbrado a la mar, contemplaba con creciente inquietud cómo las olas barrían la cubierta, alzaban la proa y hacían crujir los costados.

No así el patrón, ni su tripulación, que maniobraban con maña y mucho aplomo.