La derrota del dragón XIV #2
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XIV #2

La larga noche había dado para muchas reflexiones.

Tardó en admitirlo, pero sentía celos de Yabama.

Si hubiera llegado sola, la situación le habría resultado más llevadera.

Mas la presencia de un hijo lo cambiaba todo.

El destino se le antojaba injusto: cuando empezaba a sentirse verdaderamente feliz, con el embarazo avanzando sin complicaciones, Gabriel de nuevo a su lado, o al menos cerca, aquella mestiza irrumpía en su vida con un hijo salido de la nada.

Sin embargo, también ella había sido injusta con Gabriel.

Estaba a punto de partir en un viaje largo y peligroso, y ya habían perdido una noche juntos.

Nunca debería haberse enamorado de un hombre así, pero ¿quién gobierna el corazón?

Como si no fuera suficiente, su cuñada faltaba de casa desde hacía dos días, ahora, cuando más necesitaba su compañía, cuando más sola se sentía.

Marcia tenía pocos vínculos en La Coruña: algunas relaciones superficiales con vecinos, la familia de Gabriel, y poco más.

La amistad de Isabel había sido su mejor sostén.

Pero el condenado convento, y la condenada Yabama, se la estaban arrebatando.

—¡Ah! —suspiraba, en medio de sus pensamientos.

Por desgracia, los males nunca vienen solos.

A media mañana se presentó en la casa un alguacil con la orden de que alojaran a un cabo de infantería recién dado de alta en el hospital de campaña.

Marcia sabía que, tarde o temprano, le tocaría albergar a uno de los hombres de la Gran Armada, como tantas otras familias de la ciudad, pero temía el momento.

Había escuchado comentarios poco halagüeños de algunos vecinos que los tildaban de borrachos, jactanciosos, alborotadores, incluso de ladrones y libertinos.

Y ellas no eran más que dos mujeres solas.

Ante sus quejas, el alguacil repitió lo que ya sabía, que todos debían contribuir en la acogida y manutención de esos soldados, pues de ellos dependía la defensa de la ciudad.

—¿Acaso no cobran soldada, para cubrir esos gastos? —replicó Marcia.

—El marqués de Cerralbo les adelantó parte de lo que se les debe, para que puedan salir del paso, comprar ropa y atender sus necesidades más urgentes. ¿No visteis acaso que muchos venían como los trajeron al mundo?

Aclarado el asunto, marchose el alguacil, no sin advertirle que el cabo llegaría antes del mediodía.

Marcia se contuvo de avisar a Gabriel. No quería parecer incapaz de manejar la situación, ni mucho menos dar a entender que usaba aquel imprevisto como pretexto para reconciliarse. Aunque bien sabía Dios cuánto lo deseaba.

Apenas había tenido tiempo de adecentar un cuarto cuando llamaron a la puerta.

Era el cabo. Un hombre de constitución mediana, barbado, de edad indefinida y expresión vulgar.

Se presentó como José Luján y, con maneras que pretendían ser mundanas, le dirigió un par de cumplidos que, por rebuscados, no hicieron sino contrariarla.

Lo acompañaba un mozo, casi derrengado bajo el peso de un gran arcón, al que hizo entrar sin que Marcia lo hubiese invitado.

El señor Luján se detuvo en el centro de la casa, preguntó por la disposición de las habitaciones, elogió el buen gusto de la decoración y torció el gesto al saber que su aposento quedaba fuera.

—Me habéis dicho que arriba también hay habitaciones —replicó el cabo.

—Arriba duermen mi cuñada y su hijo.

—¿Y en los demás cuartos?

—¿Vais a disponer vos de mi casa, caballero?

José Luján se retorció una de las puntas del grueso bigote, señaló hacia delante y sonrió con condescendencia, como quien consiente en un capricho.

—Os sigo, señora —dijo, y añadió—: Vamos, muchacho.

Salió Marcia al corral. A su derecha se alzaba una estancia adosada a la casa principal como una piedra arrimada a una pared. Los muros sin enfoscar y las tejas cubiertas de verdín daban fe de su abandono. En el pasado había servido de cuadra.

—¿Qué os parece, señor cabo? —Marcia empujó la puerta y penetró en la estancia, que olía a estiércol viejo.

No se mostró muy satisfecho Luján cuando contempló el interior de su futura morada, que en nada desmerecía el aspecto externo, el suelo empedrado, un ventanuco mal encajado, un camastro con su correspondiente jergón, dos mantas de arriero, una mesa coja calzada con un ladrillo, un brasero, un palanganero de metal con su jofaina y un montón de trastos, canastos y tablones arrumbados contra la pared del fondo.

—Llevo toda la mañana moviendo bultos y adecentándolo para que sea de vuestro agrado —dijo Marcia.

Soltó una risilla boba el mozo de carga, y don José se volvió hacia él con mirada furiosa.

—Deja el baúl junto a la cabecera de la cama —le ordenó.

—Aquí gozaréis de gran independencia. —Marcia se esforzaba en destacar alguna ventaja—. El corral tiene una portadilla que da al callejón contiguo, de modo que podréis entrar y salir a la hora que os plazca.

Tampoco mostró gran aprecio el señor Luján por tal privilegio, pero pronto olvidó el asunto y se le alegró el rostro.

—¿Es soltera vuestra cuñada?

La inoportuna pregunta molestó a Marcia; más aún, la inquietó. Si aquello era un adelanto de sus intenciones, mal comenzaban.

—¡Señor Luján! Acabáis de llegar y ya os interesa el estado civil de mi cuñada. Sabed —añadió, con tono firme— que esta es una casa respetable. Su esposo es marino, como tantos hombres en esta ciudad, aunque en estos momentos esté navegando.

Pero el cabo hizo caso omiso del reproche implícito en su respuesta y prosiguió alimentando su curiosidad:

—¿También vuestro esposo es marino?

—Lo es, y uno de los más reconocidos de la ciudad —exageró Marcia—, y su navío está, por ventura, fondeado en la bahía.

—¿Portugués?

—¿Por qué habría de serlo?

—Vos lo sois. Se os nota en el acento.

—Estáis hecho un lince. Pero decidme, ¿qué más os da de dónde sea yo? —replicó con sorna—. Y ahora os dejo, que esta casa no se mantiene sola.

Una tosecilla discreta les recordó la presencia del mozo, que aguardaba sin duda una propina por sus servicios. Luján lo miró con aire ausente, como quien no entiende el motivo de su espera, y fue Marcia quien rompió una lanza por él:

—Ese baúl vuestro no se ve liviano.

Se aclaró la garganta el cabo y, tras rebuscar en su bolsa, extrajo unas monedas y apartó la más pequeña. Tenía las uñas largas y mugrosas.

—Toma, chico —dijo, complacido, como si acabara de regalarle un castellano de oro.

El mozo cogió la moneda sin decir palabra, pero al girarse hacia Marcia le dedicó una sonrisa ladeada que parecía decir: «Buena suerte, señora».

—Por cierto —añadió Luján, volviéndose a Marcia—, ¿se almuerza en esta morada?

—Se almuerza, mas a su hora.

Marcia volvió a entrar en la casa, seguida por el mozo.

No le gustaba el huésped que le había tocado en suerte, sus modales excesivamente obsequiosos, la mirada ladeada, su inoportuno interés por Isabel.

Así que, al despedir al muchacho en la puerta, se tragó el orgullo y le preguntó si estaría dispuesto a entregar un mensaje en un navío fondeado en el puerto.

—Te pagaré el doble de lo que te ofreció él.

—Eso es casi lo que me costará el barquero.

—Cuando lo entregues, recibirás otro tanto. Lo pondré en la nota.

El mozo aceptó, quizá agradecido por su intercesión con el soldado.

Marcia garrapateó unas palabras en un papel, se lo entregó y le explicó dónde estaba la fragata.

Momentos después se arrepintió del impulso y le dieron ganas de salir corriendo tras el mensajero y anular el encargo, pero no lo hizo.

Y se enfureció consigo misma por su indecisión.

La mañana se le fue entre preparar el almuerzo, una olla con hueso de cerdo, col y garbanzos, y pensar en cómo comportarse con Gabriel para que no la creyera arrepentida.

Cuando la olla estuvo lista, apartó una buena escudilla y un mendrugo de pan del día anterior y se los acercó al cabo, que, antes de agradecérselo, la felicitó por el vestido que llevaba.

—Os sienta mejor que el otro —sentenció, mientras le daba un buen repaso.

Marcia se había cambiado para que Gabriel no la viera hecha unos zorros, no para aquel jumento. Mas el jumento, ajeno a sus pensamientos, sacó del baúl un atadijo de ropa sucia que le tendió con toda naturalidad. Marcia observó la ropa y no hizo ademán alguno de cogerla.

—Hay muchas lavanderas en la ciudad, señor Luján. Y si el dinero no os alcanza, yo os regalaré el jabón para que vos mismo la lavéis.

Almorzó sola, y enfadada. Había esperado que Gabriel, si no presuroso, acudiera a lo largo de la mañana.

¿Se atrevería a ignorar su nota? Se sentó en la cocina e intentó dar una cabezada.

Como no lo lograba, tomó la labor y prosiguió con el vestidito que confeccionaba para cuando su hijo naciera.

Uno más. El cielo se había encapotado y amenazaba lluvia.

Al poco, vio al cabo cruzar el corral y salir por la portilla.

Agradeció el detalle. Siguió cosiendo, nerviosa, atenta a cualquier ruido exterior, y preguntándose si el mozo habría cumplido con el encargo o se habría embolsado los dos maravedíes.

No sabía si aquella posibilidad le agradaba o la contrariaba.

Pronto iba a descubrirlo, pues, avanzada la tarde, oyó por fin pasos en la entrada. Se levantó a recibir a Gabriel, que no venía solo. A su lado, en el zaguán, había un niño menudo y sarmentoso, de pelo largo y liso.

—Espera arriba, García —ordenó Gabriel, con voz grave.

El niño asintió en silencio y se escurrió como una sombra hacia las escaleras.

—Ven, muchacho —lo detuvo Marcia, algo emocionada, a su pesar.

Le apoyó una mano en el hombro y con la otra le alzó la barbilla. Su rostro era una copia del de su padre, las líneas de la cara, la nariz recta, la frente amplia. Sólo la color de la piel y los ojos los diferenciaban, unos ojos oscuros que la miraban con asombro y sin temor.

—¿Quieres comer algo?

—Sí, señora —respondió con cortesía. Su voz tenía un acento extraño.