XIV
Clonmacnoise, Irlanda
Declan de Ardagh, antiguo maestro del novicio, los guio por la espesura ribereña hasta un soto más enmarañado, donde tenía oculta una barca. Aquel monje, de más de cincuenta años, era un hombre de buena planta y barba y cabellos entrecanos, con unas manos grandes y curtidas, acostumbradas a bogar.
La neblina, que aún no se había disipado, cubría el Shannon como un sudario.
El río formaba una curva cerrada y los remos se hundían sin ruido, dejando apenas estela, mientras el monje les contaba con voz sonora que a ambas orillas del río había una reducida comunidad religiosa de la que formaba parte.
—Tratamos de mantener viva la espiritualidad que un día llenó este lugar, aunque sean tiempos oscuros.
Declan había formado parte del séquito del nuncio papal Nicholas Sanders y del noble FitzMaurice, de los Geraldinos de Munster, cuando ambos viajaron al continente tras la primera rebelión de los Desmond.
Primero a España, donde ofrecieron la corona de Irlanda a don Juan de Austria, y después a Roma, para suplicar ayuda al Papa en defensa de la Iglesia irlandesa, asediada por la Reforma.
Obtuvieron indulgencias y dinero de Gregorio XIII y la ayuda encubierta de Felipe II para reclutar una pequeña fuerza de españoles e italianos.
El contingente desembarcó en Munster y fue masacrado.
Al llegar a la orilla opuesta, Declan escondió cuidadosamente la barca y los condujo entre juncos, piedras y cambrones, siguiendo la ribera.
Subieron por una pequeña loma y ante ellos aparecieron las ruinas de Clonmacnoise: una catedral derruida, templos menores, torres redondas, talleres, oratorios, los restos de una fortaleza, todo disperso sobre las suaves colinas, como un cadáver desmembrado.
—Da tristeza contemplar este sitio —dijo Duarte.
—Fue un lugar próspero y venerado, lleno de vida.
Aquí moraba una comunidad enorme, de cientos de personas —explicó Declan—.
Su declive fue largo, pero el golpe de gracia se lo dio el rey Enrique VIII, hace treinta años, cuando disolvió lo que restaba del monasterio.
Las tropas de Athlone saquearon cuanto hallaron, quemaron imágenes, destruyeron huertos, rompieron muros.
Sólo les faltó sembrar los campos de sal.
Una nubecilla de humo salía con pereza de una cabaña improvisada entre las ruinas.
—¿Quedan monjes? —preguntó fray Antonio.
—No —respondió Declan—. Ya no. Sólo desahuciados y forajidos.
Para confirmarlo, una mujer con el cabello enmarañado salió de la cabaña, se agachó tras unas zarzas y se puso a orinar sin preocuparse por la presencia de los hombres.
—Mas no os asustéis —añadió el monje—. Conmigo estáis seguros.
Atravesaron un camposanto de lápidas gastadas y cruces celtas, y pasaron junto a otro conjunto de ruinas que, según Declan, había sido convento de monjas.
Techos hundidos, muros vacíos, sillares sueltos, troncos calcinados, puertas abiertas como bocas asombradas, campos invadidos de hierbajos, árboles secos y desolación.
Siguieron una vereda estrecha entre el río y una turbera, hasta que se internaron en un bosquecillo en el que hallaron un pequeño asentamiento: cuatro chozas redondas y una mayor, cuadrada, con una cruz de madera en el tejado.
Los miembros de aquella comunidad los acogieron con calidez, especialmente al saber que eran náufragos.
Pese a la pobreza del lugar, las chozas estaban limpias y bien dispuestas.
Llevaban una vida austera y sencilla: vestían túnicas de lana sin teñir, trabajaban la tierra, rezaban a todas horas y ayunaban con regularidad.
Descansaron allí un día, que se prolongó otro, y luego otro más. Pero cuando se enteraron de que en el condado de Westmeath, no lejos de donde estaban, los Tyrrell habían dado cobijo a un grupo de españoles, decidieron marchar.
El padre Declan los guio durante una jornada entera a través de las turberas y atolladeros y acampó con ellos. Al día siguiente, antes de despedirse, preguntó a Callum si deseaba regresar.
—Mi abad me encargó acompañar a estos hombres hasta que abandonen Irlanda —respondió el novicio—. Me dio permiso incluso para seguirlos más allá, si no les estorbo.
Declan aceptó su explicación con una sonrisa y les dio instrucciones sobre el camino. Les advirtió también de los señoríos inestables del centro de la isla, poblados por clanes irlandeses y normandos, enfrentados entre sí por antiguas rencillas, incluso entre ramas del mismo linaje.
—Cuando os acerquéis a Dublín —les dijo—, hallaréis el país más poblado por gente poderosa y soberbia, y también por pobres de solemnidad. Procurad evitarlos. Por muy necesitados que os creáis, siempre habrá otros más menguados que vosotros dispuestos a robaros la camisa.
Las indicaciones del padre Declan no bastaron. Y Callum, que no conocía la región más allá del Shannon, se extravió al tratar de evitar Tullamore.
—Habrá que buscar una aldea y preguntar —dijo el joven.
—¿Y cómo se busca una aldea? —inquirió Duarte.
—Siguiendo las veredas más marcadas —respondió Callum.
—Nos aconsejaron justo lo contrario —replicó Álamo—. Además, el este queda hacia allá. —Y señaló una dirección con seguridad.
—Guíenos entonces vuesa merced —zanjó fray Antonio, con algo de zumba.
El soldado aceptó el reto y se puso en cabeza.
El rumbo que eligió los condujo a una arboleda cada vez más densa, en la que no era posible atisbar el cielo ni otra referencia que no fueran las propias ramas.
Tras media tarde de marcha, luego de subir una pequeña elevación, desembocaron en un páramo yermo y cenagoso, en cuyo centro se agrupaban unas cuantas chozas.
Divisados por sus pobladores, los caminantes no tuvieron otro remedio que continuar.
Cuando aún estaban a unos cien pasos, Álamo se detuvo: en el umbral de una de las casuchas, envuelto en una manta de cuadros, había un hombre alto, con el abundante pelo casi albino.
Al verlos detenerse, les hizo señas para que se aproximaran.
—A vos os llama, señor Álamo —lo animó el fraile.
—Yo no entiendo ni una palabra de su jerga.
—Hacia el este, dijisteis. ¿No es así?
Álamo se removió incómodo. Acalorado, pese al frío, se quitó la capa de un tirón.
Duarte habría soltado una carcajada si la situación no fuera tan comprometida.
Durante unos instantes que se alargaron más de lo prudente permanecieron quietos, a la vista de la gente cada vez más numerosa del caserío.
—Vamos —dijo Callum.
El albino tenía un bigote caído, del mismo color, una espada larga al cinto y una lanza que sostenía con ambas manos, apoyada en el suelo.
Intercambió con Callum unas palabras en gaélico, rápidas y cortantes.
Luego los miró y le preguntó por ellos. Callum vaciló, y respondió que eran comerciantes italianos.
Siguió una explicación más larga que cesó de repente.
El albino dio una palmada que puso en movimiento a los suyos, y fray Antonio quiso saber qué pasaba.
—Nos ha invitado a pernoctar con ellos —explicó Callum.
—¿Y el tal Tyrrell? —preguntó Álamo.
—Dice que vive a media jornada de aquí.
—Pues dale las gracias y vámonos.
—No es posible.
—¿Cómo que no? —El de Ayamonte alzó las cejas.
—Mirad, señor Álamo —dijo el fraile.
Algunos hombres, que quizá barruntaban sus intenciones, los observaban con los brazos cruzados y los rostros serios. Contrariarlos no parecía sensato, de modo que aceptaron su hospitalidad. La abundante cena con la que los agasajaron, bien que simple, ayudó a despejar la aprensión inicial.
—¿Qué pretenden estas gentes? —preguntó Duarte.
—No lo sé —respondió Callum—. Ni siquiera sé a qué clan pertenecen. Pero sé que no se llevan bien con John Briscoe, el castellano de Tullamore.
—¿Eso es bueno?
—Briscoe es inglés.
—Bien.
—Pero su esposa es una Kearney.
—¿Es decir?
—Irlandesa.
Después de la cena, los alojaron en una casa pequeña con las paredes de piedra y una puerta de madera gruesa que Álamo atrancó por dentro.
—No os molestéis —le dijo Callum—. Ya se encargan ellos de guardarla.
—¿A qué te refieres? —preguntó Álamo. Aunque no lo admitiera, temía lo mismo que los demás: una nueva traición disfrazada de hospitalidad.
—No quieren que escapemos.
Los lechos, de hojas y ramas verdes, eran rudimentarios pero cómodos. Durante la noche, el viento sacudía los árboles y se colaba entre las tejas. Llovía.
Los despertaron unos golpes secos en la puerta. Cuando la abrieron, varios hombres los sacaron con brusquedad. Fuera, el albino sostenía una antorcha que chisporroteaba bajo la lluvia. Dio una orden y sus hombres los registraron, les quitaron los cuchillos, las alforjas, el dinero y los ataron.
—¿Qué queréis? —preguntó Duarte en su tosco gaélico.
—Comerciantes italianos —se burló el irlandés—. ¡Vamos! —Escupió al suelo, giró sobre los talones y echó a andar, indiferente al viento y a la lluvia.
Aún no había amanecido.
2
La Coruña
Marcia durmió mal. Le costó conciliar el sueño y, cuando por fin lo logró, este fue inquieto y poco reparador.
Había vuelto a discutir con Gabriel, a quien recriminó la brevedad de su escala y la falta de delicadeza al dejar a Yabama en La Coruña.
Él se rio de su reacción y le preguntó si acaso preferiría que se la llevase con él.
Intercambiaron palabras más duras, y él terminó por marcharse y dormir en el barco.