XIII #4
—No entiendo tu enfado entonces. ¿Estás celosa de Yabama? ¿De mi hijo?
—¿Celosa yo? ¿De una pirata mestiza? —preguntó con furia, olvidada la contención del principio.
—¿Crees que porque haya aparecido García voy a querer menos al niño que llevas en el vientre?
Marcia alzó una ceja.
—¿Así se llama? —inquirió, curiosa.
Gabriel asintió.
—Para algunas cosas eres muy sagaz, pero en otras pecas de incauto —dijo ella, con vehemencia. Al fin se animaba a expresar sus razones—. Ese niño, si acaso es tuyo, lo emplea como señuelo para atraerte a su lado.
—No la conoces —dijo Gabriel. Era evidente que el temor hablaba por Marcia.
—¿No lo ves? Esa mujer ha venido dispuesta a recuperarte, y no le importa el precio que tenga que pagar, ni el daño que deje tras de sí.
—No lo creo. Pero, aunque así fuera, das por hecho mi caída, como si yo fuera un pelele sin voluntad ni criterio.
Marcia soltó una risa hueca y burlona.
—No sería la primera vez.
Aquella frase colmó la gota de la paciencia de Gabriel. El rayo de sol se había movido de la mesa al asiento de la silla que ocupara Marcia.
—Voy al convento, a ver cómo se encuentra Yabama. Si quieres conocerla, acompáñame.
Marcia no dijo palabra. Le dio la espalda y empezó a recoger lo que quedaba sobre la mesa.
Gabriel sintió la tentación de abrazarla, a ver si así alejaba sus fantasmas, pero se lo pensó mejor, quizá lo que ella necesitaba era tiempo, y salió a la fría mañana.
Concentrado en sus pensamientos, se olvidó de ponerse la ropilla de lana sobre el jubón, y de ceñirse el sable. Aun así, no volvió atrás.
Atravesó el bullicio del arrabal, pescadores, arrieros, vendedoras, pillos y menesterosos, frailes y soldados, calles embarradas, desperdicios y estiércol.
Penetró en la ciudad vieja y en poco tiempo alcanzó el convento.
En la puerta, unas hermanas vendían dulces, jaleas y mantequilla.
Explicó a una de ellas que venía a ver a una enferma y la religiosa, ocupada con unos clientes, le dio permiso con un gesto distraído.
Isabel, que seguía junto a la enferma, lo saludó con una sonrisa cansada.
—¿Has pasado toda la noche a su lado?
—Dormí en casa del tío, con mi hijo, y hace un rato que he vuelto. —Señaló a Yabama con un movimiento de cabeza—. Ha perdido mucha sangre, pero se la ve fuerte. El médico viene cada tres días, y habrá que esperar a que la examine.
La enferma tenía el rostro ceniciento, con profundas ojeras violáceas. Parecía casi cadáver.
—¿No me vas a explicar quién es?
—La conocí en La Habana, en la escala que hicimos cuando veníamos con padre, ¿recuerdas?
—Isabel bajó los párpados. Recordaba perfectamente aquella escala—.
Después la volví a ver con los piratas que me capturaron.
Era la amante de uno de ellos, pero se encaprichó de mí, de repente, a causa de una superstición suya a la que da gran importancia.
—No seas modesto, hombre —lo interrumpió ella con una risa suave—. Siempre gustaste a las mujeres. Hasta mi dama de compañía cayó rendida en tus brazos. No sé qué verán en ti.
—Tampoco yo lo sé, pero te aseguro que no fue así con Yabama.
Ella venera a una diosa de su pueblo, o sólo de las mujeres, Atabey, que, según dice, me había señalado.
Y abandonó a su compañero y se vino conmigo.
Fueron tiempos duros, muy duros, me creí perdido, sin esperanza, y ella me sostuvo, me ayudó a salir del pozo y a alcanzar la libertad.
Luego, un día, se fue. Así, sin más. Disposiciones de Atabey, dijo.
Pero me la volví a encontrar en las Azores.
—¿Has estado en las Azores?
—Hermana, mi estancia en tierras portuguesas ha sido todo menos tranquila —rio Gabriel, y le contó los problemas en Lisboa, el embargo de la fragata, el viaje a Terceira y la inesperada aparición de Yabama, con su hijo.
—¿Un hijo? ¡Oh, Gabriel! ¿Se lo has contado a Marcia?
—Y no le ha hecho ninguna gracia.
Isabel depositó su mano sobre la suya. La mantuvo allí un instante, en silencio, ofreciéndole su apoyo. En la habitación flotaba un olor denso, humano. Una enferma se levantó de su lecho, renqueante, y salió con pasos lentos.
—Vamos fuera —sugirió Isabel—. También yo tengo cosas que contarte.
Lo condujo a un huerto lateral, separado de la plazuela por una cerca de madera.
Varias hermanas trabajaban la tierra con sachos y azadas.
Un mosquitero saltaba entre las ramas desnudas de un frutal, menudo y nervioso.
Pasearon entre surcos de coles, ajos y cebollas, y allí Isabel le contó la visita de Trenton, su conversación y la respuesta que le había dado.
—Se arriesgó para verme —concluyó.
—Demasiado riesgo, diría yo. Quizá tuviera otra intención.
—¿Qué insinúas?
—Estamos en guerra, Isabel. Se oyen rumores de que los ingleses van a contraatacar con una gran flota. Y justo entonces, aparece Trenton. No sé. Deberías haberlo puesto en conocimiento de las autoridades.
Isabel se pasó la lengua por el carrillo.
La consideraba una desconfianza exagerada, típica de quien sólo ve enemigos allá donde mira.
Gabriel, por su parte, pensó que su hermana seguía siendo muy ingenua.
Para demostrárselo, le contó la misión que debía emprender en Inglaterra, por orden de Alonso de Bazán.
—¡Virgen santísima! De nuevo en la picota. ¿Cuándo partes?
—Pronto.
—¿Y Yabama?
—Tendréis que cuidar de ella. Y del niño. No conocen a nadie aquí, no sabrían cómo salir adelante. Te dejaré dinero suficiente para su manutención. Y donaré otra suma al beaterío.
Volvieron dentro. Yabama seguía dormida.
Gabriel le acarició con suavidad el pelo y luego se despidió de su hermana y cruzó la plazuela hasta casa de su tío, a quien puso al corriente de las trabas para la obtención de una licencia comercial en Lisboa, las demoras sufridas y la misión que ahora tenía entre manos.
Su tío, de humor más agrio que de costumbre, no veía sino nubes en el horizonte.
—Esta maldita guerra no va a traernos nada bueno.
—La guerra era inevitable, padre —intervino Froilán, que estaba allí—. Hace dos años todos nos quejábamos de que el rey no hacía nada contra los corsarios. Bien, ahora que ha actuado no podemos seguir lamentándonos.
Tras un rato de charla, Gabriel fue a la herrería. Necesitaba un pecho amigo a quien confiarse, y alguien que velara por Yabama y su hijo si las cosas se torcían. Martín, al ver su semblante, se contuvo de hacer chanzas.
—Quién lo diría —silbó al fin—. Yabama y Malasaigne. No habrá sido fácil acompañar tanto tiempo a ese bastardo con un niño a cuestas.
—No lo ha sido. Pero si hay una mujer que sabe cómo tratar a los hombres, es ella.
Martín lo miró de soslayo, mientras se limpiaba las manos con un trapo.
—¿No será que no te la has quitado de la cabeza?
Gabriel se encogió de hombros.
—Quiero a Marcia. Lo sabes bien.
El herrero asintió, sin quitarle ojo, y lo invitó a almorzar en una taberna de las de puntapié. Aurelio, su propietario, servía buen vino y platillos sabrosos, aunque escasos.
—¿No se quejará doña Antonia?
—Claro que se quejará. Igual que yo me quejo de sus guisos de col, y de su ceño fruncido. Y con nuestras quejas nos demostramos el cariño que nos tenemos.
Y Gabriel, que no tenía prisa por volver a casa, se quedó allí un buen rato, no por hambre ni por sed, sino porque necesitaba hablar sin dar explicaciones. Y Martín, por fortuna, sabía escuchar sin pedirlas.