XIII #3
Desde su escondite, los hombres vieron llegar a dos jinetes. La abuela y su hija los recibieron en la entrada de la casucha. Uno se cubría con una chaqueta acolchada, el otro con una cota de malla; ambos portaban espadas. El graznido de los cuervos rompía el murmullo del arroyo.
La nieta terminó de juntar una buena brazada y tomó el camino de vuelta. Los jinetes se giraron, pero al darse cuenta de quién era, reanudaron su plática.
—Vámonos —ordenó Duarte.
—No tan deprisa —replicó Álamo. Tenía la voz áspera, el cabello escaso y castaño y una barba con hebras rojizas—. Podemos llamar su atención, atraerlos al bosque y acabar con ellos. Sólo son dos, y sus caballos nos vendrían muy bien.
El fraile se llevó la mano a la cabeza, Callum palideció, y Duarte maldijo que le hubiera tocado en suerte un compañero tan impetuoso.
—Son sólo dos, pero están bien armados —argumentó el fraile al fin—. Duarte aún no se ha recuperado del todo, yo no soy soldado, y el novicio, menos. Además, pondríamos a las mujeres en peligro.
—Si los matamos, no.
—Incluso así. Sus camaradas vendrían a buscarlos y querrán saber qué ha sido de ellos.
—¿Qué decís vos, señor Salazar? —preguntó Álamo con retintín.
—Que fray Antonio es un hombre sabio. Vamos —respondió Duarte, y echó a andar. Los demás lo siguieron. También el soldado de Ayamonte.
Los árboles eran altos, con las ramas peladas.
Entre los troncos gruesos crecían zarzas, brezos, acebos y otros arbustos que, por tramos, formaban una fronda espesa.
El suelo, cubierto de hojas caídas y descompuestas, desprendía un olor intenso a humedad.
El bosque se volvía más denso a medida que avanzaban, y rezumaba un silencio grave, sombrío.
El picoteo seco de algún pájaro carpintero rompía a veces la quietud con su eco lejano.
Hicieron alto en el límite del bosque.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó el fraile.
—A Clonmacnoise —respondió Callum.
—¿El monasterio lleno de duendes? —dijo Álamo, entre burlón y aprensivo.
—Sólo son cuentos. Sé que aún quedan frailes allí.
Tomaron un bocado y reanudaron la marcha, con ojo avizor.
Más allá del bosque, se extendía una turbera agreste, salpicada de zanjas, tormos y charcos, por donde debían caminar con tiento.
A cada paso, los pies se hundían en la tierra blanda, que cedía con un susurro húmedo.
Un pasto mortecino tapizaba el suelo como un velo, y cada charca reflejaba el cielo gris con inquietante inmovilidad.
Tras un largo tramo de marcha fatigosa, divisaron al este una línea de lomas bajas hacia las que se dirigió Callum.
El terreno se hizo más firme, y decidieron pernoctar en un abrigo entre unas rocas.
A pesar del aullido lejano de los lobos, el ulular de las aves nocturnas y el carácter silvestre del lugar, la noche discurrió sin contratiempos.
El día despertó igual de encapotado. El paisaje repetía sus formas con una obstinación casi cruel: manchas de bosque aquí, turberas allá y lomas que no llevaban a ninguna parte.
Sólo el cansancio se acumulaba. Duarte seguía débil.
Si apretaban el paso, jadeaba; si ascendían por una cuesta, las rodillas le temblaban; si aspiraba con fuerza, sentía puñales en la espalda.
Pero no se quejaba: estaba vivo, y libre.
Con tiempo, se repondría. Otras eran las inquietudes que ocupaban su mente.
Aquel viaje, hacia el corazón de un país extraño, guiados por un muchacho inexperto, lo hacía dudar de no haber insistido en buscar un barco que los sacase de Galway.
¿Qué sabían ellos de los irlandeses, de sus señores, de sus lealtades?
Y lo poco que conocía no le infundía confianza.
Clanes divididos, señores feudales, luchas intestinas.
Ni siquiera el odio común a los ingleses parecía bastar para unirlos.
—¿Cuándo arribaremos a ese maldito monasterio? —preguntaba Álamo.
—Aún falta —respondía el novicio.
Por la tarde alcanzaron la orilla del Shannon, crecido por las lluvias. Callum los guio hasta una espesura de fresnos y sauces donde podrían pasar la noche.
—El monasterio está al otro lado —dijo—. Debo buscar a alguien que nos ayude a cruzar.
Y, tal como lo anunció, se internó en la espesura.
Cenaron en silencio un pan sin levadura que les había dado la anciana. Luego aguardaron. Cayó la noche, húmeda y fría, y Callum no regresaba. Álamo, inquieto, propuso cambiar de sitio y hacer turnos de guardia, una medida que sus compañeros no vieron necesaria.
Duarte durmió mal. Se despertó dolorido, con la sensación de haber sido nuevamente herido.
Para entrar en calor, se obligó a bracear, a dar algunos pasos rápidos, incluso a trotar entre los sauces.
La niebla lo envolvía todo. Densa y blanca, convertía los árboles en espectros encorvados, y no se veía más allá de unas pocas varas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Álamo.
—Aguardar —respondió fray Antonio.
Eso hicieron, sentados sobre un tronco caído, bajo la copa de un árbol majestuoso.
Un crujido cercano los hizo ponerse en pie de un salto.
Se agruparon instintivamente, espalda con espalda.
Álamo empuñó uno de los cuchillos, y Duarte el otro.
Un rumor de pasos les llegó desde un flanco, seguido por el tintineo apagado de un cencerro.
El fraile les hizo señas para que rodearan el tronco y se ocultaran del lado opuesto.
Duarte aferraba con firmeza el mango de madera, sobado por el uso.
Dos bultos, confundidos aún con la niebla, se detuvieron a pocos pasos.
—Fray Antonio —se oyó llamar—. Fray Antonio.
Era Callum, que regresaba acompañado por una figura encapuchada.
—Un leproso —exclamó Álamo al verlo. Y lo señaló con el cuchillo.
—Bajad ese cuchillo —ordenó una voz firme—. Sólo es un disfraz.
4
La Coruña
Gabriel despertó temprano, apartó la gruesa manta y se lavó la cara, el cuello y las axilas en la palangana que había en una esquina de la habitación.
Se secó deprisa y se vistió. Hacía frío en aquella estancia interior, de muros gruesos y sin apenas luz.
Marcia lo esperaba en la cocina con u n cálido beso y el desayuno dispuesto, rebanadas de pan blanco, letuario y una taza de chocolate disuelto en agua caliente.
—Guardé para ti el último resto —le dijo. Sabía que Gabriel, criado en la Nueva España, apreciaba mucho aquella bebida.
Después de varios días embarcado, cualquier comida le habría parecido un manjar, pero abrió los brazos para recibirla.
—Ven, mujer.
Marcia se sentó con cuidado sobre sus rodillas y se acarició el vientre.
—Ahora peso más —se disculpó.
—Estás preciosa. Y ese niño será apenas un gorrioncillo. —La mención al niño le trajo al punto el recuerdo de García. Y de Yabama. Marcia, siempre atenta a sus expresiones, percibió el cambio.
—¿Qué te ocurre?
Gabriel se percató de que, sin saberlo, llevaba días preparándose para esa pregunta, y sonrió, casi aliviado.
—Hemos venido desde Lisboa con una mujer y su hijo. Durante la travesía cayó muy enferma y anoche, nada más fondear, la trasladamos al hospital del beaterío y la pusimos en manos de las hermanas y de Isabel.
—Últimamente tu hermana se toma más en serio la vida religiosa.
—¿Últimamente?
—Tiene rachas —respondió Marcia, evasiva. No quería ser ella quien le contase la visita de Trenton, ni perder el hilo de lo que había comenzado a contarle su marido, de modo que volvió al tema—: ¿Qué mujer es esa?
—Una conocida de ultramar —dijo Gabriel, con el tono más neutro que fue capaz de emplear.
—¿Una conocida? ¿Qué tipo de conocida? —preguntó ella con viveza. Era demasiado perspicaz para dejarse engañar.
—Una mujer mestiza. Se llama Yabama.
Marcia se levantó de las rodillas de su esposo, como si, de pronto, le molestara estar allí, y se retiró un paso. El rostro serio, contenido. Un mechón rebelde se le vino a la cara y lo recogió tras la oreja.
—¿La misma Yabama de la que hablaba tu querido Martín?
Gabriel había evitado dar ese dato desde el principio, pero ya no quedaba margen. Martín ahora era su «querido Martín». Tomó aire.
—Sí, ella. La mujer con la que estuve antes de conocerte.
—¿Y la encontraste por casualidad o la tenías escondidita en tu barco desde no se sabe cuándo?
Aquello dolió. Pero aún faltaba lo peor.
—El niño también es mío.
Marcia pareció tambalearse. Apoyó una mano en el respaldo de una silla.
El silencio se hizo espeso. Por la ventana que daba al corral entraba un sol oblicuo.
Un rayo, posado en la esquina de la mesa, hacía brillar las vetas de la madera.
El invierno tenía muchos inconvenientes, pero aquella luz los redimía todos.
Al cabo, ella alzó la barbilla.
—Vaya. Tenías un hijo. Un detalle que se te olvidó contarme —dijo con frialdad.
Gabriel no sabía qué había esperado: tal vez gritos, un berrinche, cualquier cosa menos aquella contención que le arrugaba las ganas de explicarse.
—Te lo estoy diciendo ahora —respondió con cierta brusquedad.
—Y tenías que traértelos a La Coruña, claro.
—Yo no planifiqué que apareciera de repente, con su hijo.
—¿Así fue? ¿De repente?
—Anoche te conté que me vi obligado a viajar a Terceira, donde aproveché para visitar a tu antigua aya. Y allí me la encontré, en el puerto de Angra. Formaba parte de una escuadra corsaria, y me avisó de que tenían intención de atacarnos a la altura de San Miguel
—¡Ah! Te avisó. Qué detalle. Y tú, para agradecerle el favor, la invitaste a venir.
Gabriel trataba de ser claro y sincero, de hablarle sin dobleces, pero Marcia lo fustigaba con innecesaria ironía. Y eso le molestaba.
—El destino teje siempre los hilos a su antojo, y nuestra libertad se reduce a decidir cómo afrontarlo.
—Ya. ¿Y acaso el destino la subió en brazos a la fragata? —replicó con una ironía aún más hiriente.
Gabriel se levantó de la silla y abrió los brazos.
—¿Qué habrías querido que hiciera, Marcia? Dímelo. ¿Abandonarlos a su suerte? ¿Te habría parecido así un hombre mejor?
—Por supuesto que no. No soy ninguna desalmada.