La derrota del dragón XIII #2
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XIII #2

Gabriel, por si acaso, le refrescaba la frente con un paño húmedo que se calentaba al instante. El agua escurría por su rostro y mojaba las sábanas. No se separaba de su lado salvo cuando lo relevaban Serrano, Mahagüini o el propio García, que encajaba con entereza la enfermedad de su madre.

Los delirios eran ininteligibles, una mezcla de taíno, castellano y otras lenguas desconocidas. Gabriel identificaba nombres, fragmentos, palabras sueltas, pero nada tenía sentido.

Una de las noches, cuando dormitaba recostado en un banco, oyó su nombre.

—L’Avide… L’Avide…

Se incorporó de inmediato. Yabama, con los ojos entreabiertos, tanteaba con la mano, como quien busca en la oscuridad.

—Aquí estoy —le susurró él, tomándole la mano.

—Me engañé… —dijo con un hilo de voz. Y entrelazó sus dedos con los de él—. Pensé que tu semilla me curaría, pero no ha sido así.

—Aquella noche… —le susurró, creyendo comprender a lo que se refería.

Yabama asintió, aunque parecía tragar con dificultad, como si tuviera la boca seca y la garganta áspera.

—La Madre nos da la vida… y la Madre nos la quita.

Sus ojos estaban húmedos, y en su voz no había miedo, sólo resignación.

—No vas a morir —le dijo Gabriel, y le quitó el paño caliente de la frente, lo sumergió de nuevo en el balde, lo escurrió y se lo volvió a colocar.

La navegación no mejoraba. El viento, frío y cortante, venía de Galicia. La maniobra continuaba, exigente y extenuante. Gabriel pasaba la mayor parte del tiempo junto a la enferma, o ayudando con las velas y escotas. Hacía lo que podía. Lo demás estaba en manos de Dios, o del diablo.

Finalmente, tras diez días de navegación, la Portuguesa fondeó en la bahía de La Coruña, frente a la playa de la Marina.

Gabriel bajó a Yabama a tierra. Había pedido al carpintero que preparase un tablón con asideros a cada lado. La cubrieron con mantas gruesas, y entre seis hombres la transportaron al beaterío de Santa Bárbara, que tenía un pequeño hospital donde atendían a mujeres sin recursos.

La noche había caído. La puerta del beaterío estaba cerrada. Gabriel golpeó con fuerza la aldaba de hierro. El sonido resonó en el interior.

—¡Ya va, ya va! —respondió una voz vieja, detrás del portón.

La frailera del postigo se abrió, permitiendo ver el rostro arrugado de una hermana con hábito oscuro.

—¿Qué deseáis a estas horas?

—Traemos a una enferma grave. Soy Gabriel del Puerto. Mi hermana Isabel acude aquí con frecuencia.

La religiosa arrugó la nariz, murmuró algo entre dientes y se retiró. Gabriel temió que no les abrieran, pero al cabo apareció otra hermana, más alta, de rostro severo, que lo miró con atención, asintió y descorrió los cerrojos.

—Seguidme —dijo. Portaba en la mano un candil de hierro para iluminar el camino.

Atravesaron un corredor sombrío y húmedo, salieron a un pequeño patio empedrado y entraron en un cuarto amplio. Había colchones en el suelo y varias camas, algunas con cortinas a ambos lados.

La religiosa colgó el candil de un gancho de la pared y les pidió que colocaran a la enferma en una cama vacía. A continuación levantó la frazada que cubría a Yabama, vio la sangre seca y se dispuso a enrollarle el camisón.

—Mis señores —dijo con tono inflexible—, esta es una casa de recogimiento para mujeres. Os ruego que regreséis a vuestro barco. Vos también, señor capitán.

Gabriel se disponía a marcharse cuando apareció Isabel.

—Gabriel. Me dijeron que eras tú, mas no lo podía creer. —Le dio un abrazo fuerte y breve—. ¿Quién es?

—Una mujer que viajaba desde Lisboa —dijo, evasivo—. Sufrió una hemorragia en plena travesía y está exangüe, sin fuerzas ni apetito. Y tú, ¿cómo aquí a estas horas? ¿Y Santiaguillo?

—El trabajo se multiplica y yo no puedo menos que echar una mano. Cuando paso aquí la noche, dejo al niño en casa del tío Sancho, con Dominga. ¿Has ido a ver a Marcia?

Gabriel no respondió.

—Te espera. Y te necesita. Ya sabes que los embarazos nos vuelven caprichosas.

—Lo sé. Pero no podía desamparar a Yabama.

—¡Yabama! —exclamó, y su mirada, durante un momento, se llenó de interrogantes—. Ahora estamos nosotras. Anda, vete a casa.

Gabriel asintió. Pero cuando se daba la vuelta, Yabama gritó:

—¡L’Avide!

El grito lo detuvo. Ella buscaba su mano tanteando el aire, y Gabriel se acercó y la tomó, estaba fría.

—No temas, estas mujeres cuidarán de ti —la alentó—. Yo volveré mañana.

—Delira, señor —indicó la religiosa, y con una mezcla de firmeza y suavidad soltó los dedos de Yabama uno a uno—. Acompáñalo fuera, Isabel.

—Tienes muchas cosas que contarme, hermanito —dijo ella al despedirlo.

Los hombres ya se habían marchado. El único que lo esperaba en la calle era Mahagüini.

—Esta noche dormiré en casa —le dijo Gabriel—. Encárgate de García.

—Descuida —respondió el medio indio, y se perdió en la oscuridad.

Gabriel echó a andar por calles dormidas, llenas de humedad y eco.

Apenas sentía el frío. Pensaba en Yabama, en Marcia, en todo lo que lo ataba y lo empujaba.

Atravesó la muralla y penetró en la Pescadería.

Dobló una esquina, reconoció la fachada, el postigo, el balcón.

Su casa estaba allí. A través de una rendija vio una luz encendida.

Golpeó. Escuchó una silla, pasos cautelosos, un suspiro.

También él suspiró. Hacía tres meses que no veía a su mujer.

Y de pronto se le borraron del pensamiento la fragata, la misión, el mar, la gente, y sólo quedó ella.

La puerta se abrió. Iluminado por la llama temblorosa de una palmatoria, asomaba, anhelante, el rostro amado.

3

Condado de Clare, Irlanda

Duarte y sus compañeros viajaban hacia el este por veredas secundarias, lejos del camino principal, para evitar encuentros indeseados.

El terreno era llano y verde, bajo un cielo alto y gris.

El viento los obligaba a aferrarse a sus capas.

La vereda serpenteaba tanto que, en ocasiones, acortaban campo a través, aunque el remedio resultaba peor que la enfermedad, pues había zonas tan irregulares que era fácil torcerse un tobillo.

Algunos manchones arbolados rompían la monotonía de la llanura.

Callum, a pesar de sus deseos de conversar, había impuesto un ritmo vivo.

Por la mañana se cruzaron con dos aldeanos que los miraron con desconfianza. Entonces Callum, espabilado y atento, se les acercó, conversó un rato con ellos y los despidió con amabilidad.

—¿Qué os han dicho? —preguntó fray Antonio.

—Cerca hay una aldea —respondió el novicio—. Es mejor rodearla.

Se desviaron hacia la derecha y continuaron durante horas por un terreno cada vez más abrupto.

Duarte no estaba preparado para una marcha tan exigente, y necesitó redoblar su voluntad para no quedarse atrás.

Por fortuna, a media tarde Callum se internó en un bosque más extenso que los anteriores e hizo alto para comer y descansar.

—Continuaremos al atardecer —explicó—. Nos aproximamos a Athenry, ciudad amurallada y leal a la reina. Sus alguaciles tienen ojos en muchas aldeas y caseríos.

—¿Todavía nos buscan? —preguntó Álamo.

—A nosotros no. Pero hay señores rebeldes en el condado y la comarca no es segura.

A Duarte le impresionó aquel bosque: los árboles añosos, el canto de los pájaros, el murmullo del regajo junto al que descansaban y la neblina que comenzaba a formarse.

La caminata nocturna fue lenta y ardua, pues al novicio le costaba orientarse. Desde la cima de algunas suaves lomas, alcanzaban a ver el manto espectral de la niebla iluminada por la luna.

Al día siguiente se cruzaron con una anciana que guiaba tres vacas.

Era baja, de mejillas curtidas por la intemperie y ojos apacibles, que no se asustaron al verlos.

Al saber que Callum era novicio, los invitó a pasar la noche en el apartado caserío donde vivía.

De las cuatro o cinco construcciones de zarzo que había en el claro del bosque, sólo una estaba habitada, mientras que otra hacía de establo.

La acompañaban su hija y una nieta algo crecida.

La hija, igual de baja, hablaba en voz muy alta; la nieta, los observaba en silencio.

La anciana les contó que había nacido el mismo año que el siglo.

—No puede ser tan vieja —comentó fray Antonio cuando Callum le tradujo.

—¿Esos hombres que van con vos son españoles naufragados? —preguntó ella.

Callum tosió y lo negó.

—Son comerciantes. Vamos a Dublín.

—No tenéis por qué mentirme —replicó la anciana—. Yo no deseo mal a nadie.

Esa noche comieron castañas asadas, bebieron leche caliente y durmieron en el establo, junto a los animales.

Los despertó el mugido de las vacas. Mientras sorbían unas gachas humeantes junto al fuego, la anciana les habló de los señores del lugar y de un monasterio abandonado más allá.

—¿Clonmacnoise? —preguntó Callum.

—Ese.

—Dicen que hay duendes y aparecidos.

Las mujeres abrieron mucho los ojos, listas para escuchar más, cuando el sonido de cascos interrumpió la charla.

—Son soldados —anunció la hija.

—¿Qué soldados? —preguntó el fraile.

—Ingleses, de la guarnición de Ballinasloe.

—La madre que las parió —dijo Álamo—. Les voy a rajar el pescuezo.

Y se abalanzó sobre un cuchillo.

—Deja eso, bestia —le reprendió Duarte.

La anciana les explicó que, de vez en cuando, un cabo venía a cortejar a su hija.

—Huid por detrás mientras los entretenemos. Mi nieta os guiará.

La nieta no necesitó que se lo repitieran. Se echó una manta al hombro y los condujo entre unas grandes piedras hasta el arranque del bosque. Allí les indicó un sendero que seguía el cauce de un arroyo.

—En el bosque estaréis protegidos. Hacia el este, a dos jornadas, está el río Shannon. Es un territorio montaraz y peligroso.

Y sin más, les dio la espalda y se puso a recoger ramas caídas.

—Espera —la llamó fray Antonio—. ¿Qué será de tu madre?

La muchacha le lanzó una mirada fugaz, intensa.

—Nada.