La derrota del dragón XIII
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XIII

Londres

«De Manuel de Aranda a Bernardino de Mendoza. Cifrada.

A causa de la guerra están tan alteradas las villas de este reino que las cartas pasan con suma dificultad; y si en ellas se halla cosa sospechosa, luego sin más trámite las queman.

Si no hubiera prevenido desde tiempo atrás el poner el manejo de las mismas en manos de “Fabio”, no tendría modo de comunicarme con Vuestra Señoría ni de haceros llegar nuevas tan frescas y tan urgentes como las que en esta van.

Uno de mis colaboradores, cuyo nombre ni aun en cifra me atrevo a referir, ha logrado sacar copia del concierto que, a fines del año pasado, asentaron la Jezabel hereje que gobierna este reino con el que se intitula en el exilio rey de Portugal, y del cual, como se verá, pretende tomar muy presto posesión.

Contiene el acuerdo una serie de cláusulas que a continuación os traslado y compendio.

Primeramente se establece que la reina de Inglaterra pondrá a disposición de don Antonio de Avis una armada compuesta por ciento veinte naves y un contingente de veinte mil hombres, entre gente de guerra y mar, con sus mandos y oficiales, para recobrar la corona del reino de Portugal.

A cambio, don Antonio se compromete —y lo avala con cartas firmadas por algunas de las principales cabezas del reino— a que, dentro de los ocho días siguientes a la llegada de dicha armada a tierras portuguesas, el conjunto del reino se someterá a su obediencia, incluida Lisboa, en donde se pasará a cuchillo a la guarnición y a toda la población castellana.

En justa correspondencia por tan notable auxilio, don Antonio se obliga a compensar a la Corona inglesa, en los dos meses siguientes a la toma de Lisboa, con cinco millones de ducados de oro como restitución por los gastos de la armada, además del pago perpetuo, a la propia reina, de una renta anual de trescientos mil ducados que serán depositados en Londres a su propia costa.

Asimismo, se acuerda establecer un régimen de trato y comercio recíproco entre ambos reinos, extensivo también a los territorios de las Indias portuguesas, de modo que ambas partes se vean beneficiadas.

En materia de defensa y estrategia, el acuerdo otorga a su graciosa majestad el derecho a hacer uso del puerto de Lisboa como base de operaciones para futuras expediciones navales contra el rey de España, en las que recibirá toda la asistencia que fuere menester.

Ítem más, las principales fortalezas del reino —como San Julián, la Torre de Belén, Caparica, San Felipe, Oporto, Coimbra y otras que en su momento se consideren— quedarán permanentemente guarnecidas por tropas inglesas, cuyo sustento y salario correrán por cuenta de don Antonio.

En el ámbito eclesiástico, al que también afecta el acuerdo, se establece que los obispados y arzobispados del reino deberán ser provistos por clérigos católicos ingleses.

En ejecución de este punto, se designa expresamente a un monsieur de la Torques —para mí desconocido— como futuro arzobispo de Lisboa.

Respecto a las tropas expedicionarias, se han fijado disposiciones precisas para que, después de la conquista, perciban doce pagas ordinarias y tres más como gratificación extraordinaria.

Asimismo, se les concede licencia para saquear la ciudad de Lisboa durante doce días, con estricta advertencia de que no se cause daño alguno a persona portuguesa, ni se profanen templos, iglesias ni moradas donde residan doncellas.

Como también se advierte que cualesquiera suministros que las tropas necesiten durante la campaña deberán ser adquiridos con su propio dinero.

Para concluir, ambas partes convienen y sellan alianza perpetua y socorro mutuo en toda ocasión y circunstancia que así lo exija, sin excusa ni demora.

Aunque no va escrito en el acuerdo, por no levantar sospechas entre sus parciales, he tenido noticia —y entre líneas bien se puede colegir— de la intención del Prior de ceder a Inglaterra el pleno dominio del Brasil, así como el de una de las islas de los Azores, quizá Flores, o aun la Terceira.

Como se ve, es cosa fácil para el Prior prometer y disponer de lo que no posee.

Como adelanto de sus propósitos, ha enviado una proclama a sus súbditos —adjunto copia— en la cual, después de ponderar cuánto arriesgó su vida, su hacienda y su honor por liberar a Portugal del yugo castellano, afirma que por fin la Providencia ha dispuesto que el término de la opresión esté cercano, y anuncia su regreso con una poderosa armada proporcionada por la serenísima reina de Inglaterra, en la cual, además de tropas escogidas, nobles y capitanes experimentados, viajará su propia persona para hacer a sus fieles las honras y mercedes que por su constancia y lealtad merecen.

Y a los que, por error o confusión, se hayan declarado por el rey de Castilla, les manda decir que se lleguen a él con la seguridad de que olvidará lo pasado y les otorgará, asimismo, mercedes.

En cuanto al apresto de la referida armada, de la que V. S. me pide siempre noticias, puedo participaros que está muy adelantada la recluta de hombres y el aderezo de los navíos en los puertos del Canal, aunque no con tanta prisa que pueda hacerse a la mar en el término de un mes.

No quisiera despedirme sin apuntar la conveniencia de prevenir a Su Majestad, si V.

S. lo considera oportuno, que así el secretario Walsingham como el almirante Drake están enviando espías a nuestros puertos con la finalidad de reconocer sus defensas y tomar nota de sus flaquezas, lo que muestra que el objetivo principal no está aún del todo resuelto.

Por no detener más el despacho de esta carta, omito otras nuevas menos urgentes, aunque no menos importantes, que en la próxima me obligo a participar a Vuestra Señoría, a quien Nuestro Señor guarde largos años y llene de ventura. Dada en Londres, el dos de febrero de 1589».

2

Atlántico peninsular

La Portuguesa zarpó rumbo a La Coruña en pleno invierno. No era la mejor época del año, y doblar el cabo Finisterre podía costarles un disgusto. Pascual Laiseca, más cáustico que de costumbre, no tardó en plantearlo.

—¿Acaso crees que la fragata es indestructible? ¿Que no puede hundirse? Pues te equivocas, y mucho. Puede hundirse, claro que puede.

—Lo sé. He navegado en invierno por aguas tan bravas como estas.

—Habrás navegado por donde sea, capitán, pero la Costa da Morte no se ganó ese nombre por antojo.

—Siempre puedes quedarte en puerto, Pascual.

—Quédese en puerto el capitán, si quiere —protestó—, que a este cristiano nadie lo acusará de cobardía.

Gabriel no quiso discutir. El almirante de las Galeras del Océano no le había dado muchas opciones.

Pero, más allá del riesgo de la travesía, otro pensamiento ocupaba su mente con obstinada persistencia: Yabama.

Ella, por supuesto, no había querido permanecer en Lisboa.

Se había mostrado incluso entusiasmada con la idea de una nueva empresa conjunta, aunque él no tenía intención de llevarla a Inglaterra.

—Juro que no te causaré ningún problema —le aseguró, con una mansedumbre que a Gabriel le resultó más inquietante que cualquier enfado.

—Tu sola presencia a bordo ya me los causa. Y no pienso exponer a García a los riesgos de esta misión.

—Le vas cogiendo apego, l’Avide.

—Es mi hijo, ¿no?

—¿Y crees que el puerto es más seguro? No puedes proteger a nadie del destino. Coaibai sabe cuándo tiene que buscarte, estés donde estés, y no hay refugio ni convento que te salven.

—Te digo que no vendrás —zanjó Gabriel.

La verdad era que no sabía qué hacer con ellos.

Quizá lo más sensato fuera dejarlos en La Coruña, al cuidado de Martín Robledo.

Pero entonces, ¿cómo explicarle a Marcia quiénes eran?

Mahagüini le había dicho que no se preocupara, que su esposa era una mujer noble y generosa. Un optimismo que Gabriel no compartía.

Sin embargo, ese destino al que Yabama rendía culto vino a trastocar todos sus planes.

Mientras un viento duro y constante, con mar de fondo, hacía imposible el avance sostenido hacia el norte, la mujer sufrió una hemorragia copiosa.

Perdió gran cantidad de sangre y se desvaneció durante horas.

Su piel se volvió pálida, los labios cenicientos, la respiración apenas perceptible.

Gabriel creyó que había llegado su hora.

Serrano, el barbero, le puso compresas con rodajas de cebolla y tintura de milenrama para detener la hemorragia.

—No es fluxus menstrual ni una descarga humoral —concluyó—, sino sangre alterada que su cuerpo necesita expulsar.

Después transmitió a Gabriel, en privado, su sospecha de que el uso continuado de calzas de varón fueran la causa de la dolencia.

—¿Vos creéis? —preguntó Gabriel, escéptico.

—La fisiología femenina está poco estudiada —se excusó el barbero—, y mi ciencia en este campo no da más de sí.

Le recetó infusiones de manzanilla y le recomendó que permaneciera en posición horizontal, con las piernas en alto, para evitar una nueva pérdida, y que tuviera siempre a mano tela absorbente.

En la cámara, Gabriel la observaba con creciente ansiedad. Yabama yacía en el catre, el cuerpo cubierto por un camisón, los pies elevados sobre un bulto de mantas enrolladas.

La Portuguesa, sacudida por el oleaje, se abría paso entre las olas con cabeceos violentos.

La travesía, hasta alcanzar Viana do Castelo, había sido relativamente rápida.

Pero a partir de allí, el viento, que viró y se volvió contrario, los obligó a navegar de bolina.

Los hombres trabajaban sin tregua en la jarcia, azuzados por el silbato del contramaestre.

Nadie tenía descanso, y cada vuelta de la ampolleta era tiempo que se le escapaba a Yabama.

Dos veces recobró la conciencia y otras tantas volvió a perderla, como si no lograra aferrarse con firmeza a la vida.

Tenía el cuerpo muy caliente y deliraba.

—Con la sangre que ha perdido debería estar helada —dijo Serrano.