La derrota del dragón XII #4
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XII #4

Había dos caminos posibles, según el padre Keogh: por mar o por tierra.

La vía marítima era, en teoría, más rápida, pero el puerto de Galway estaba muy vigilado.

Los soldados estaban convencidos de que algunos prisioneros seguían escondidos en casas de la villa, los armadores eran, en su mayoría, afines al poder inglés, y además el invierno no era época propicia para navegar.

La ruta por tierra, aunque más larga y no menos incierta, ofrecía otras oportunidades.

El abad, que no perdió el tiempo durante aquellas semanas, había hecho indagaciones discretas.

Algunos prelados y señores del norte y del centro habían acogido en sus tierras a náufragos de la Gran Armada o los habían encaminado hacia Escocia, cuyo rey, por entonces, mantenía una posición neutral.

A través de una red de sacerdotes y casas amigas, podrían intentar alcanzar los dominios de alguno de aquellos señores o la propia Escocia.

La decisión estaba en sus manos. Fray Antonio no necesitaba meditarlo mucho. Después de su experiencia en la Santa Bárbara, no deseaba volver a un océano que, si en septiembre se mostró inclemente, en invierno podía ser fatal.

—Si queremos regresar a España, tarde o temprano tendremos que embarcarnos —opinó Duarte.

—Cada cosa a su tiempo, señor sargento. Además, no podemos descartar la posibilidad de encontrar a otros náufragos.

El abad, dentro de sus modestos recursos, no escatimó en medios para ayudarlos. Les proporcionó ropa sencilla, calzado resistente, sendos brat, una talega con comida para varios días, un par de cuchillos, unas pocas monedas para lo que pudiera surgir y, lo más importante, un guía.

Así, una madrugada envuelta en niebla, Duarte, Álamo y fray Antonio abandonaron el convento en compañía de Callum, el novicio.

4

Plymouth

Para olvidar la decepción personal, Trenton se centró en cumplir la misión que le había encomendado su almirante.

Después de La Coruña, la Stinky se había dirigido a la ría más meridional de Galicia.

Se permitió una breve escala en el puerto fortificado de Bayona, en la entrada de la ría, para después continuar hasta Vigo.

La pequeña localidad se alzaba sobre un promontorio rocoso que se adentraba en el mar, tenía una magnífica playa y carecía de muralla.

En lo militar, Trenton no vio un sólo buque armado en el fondeadero, y sus defensas, comparadas con Bayona, eran mínimas.

Permanecieron tres días en Vigo, el tiempo justo para que el señor Jenkins vendiera a la baja lo que quedaba de la grasa de ballena y completara el flete con una partida de pipas de vino local.

El regreso a Inglaterra fue rápido, empujados por un sudoeste suave, impropio de la estación.

La Stinky entró en Plymouth a finales de enero, y poco después Trenton daba cuenta de su expedición a sir Francis.

El almirante, recién regresado de Londres, lo recibió en su casa, que aún estaba fría, y escuchó su informe de pie, junto al fuego.

—Excelente trabajo, capitán —le dijo al terminar—. Y, por vida mía, también alentador. Mas cambiadme esa cara, que traéis el gesto de quien vuelve de un entierro.

Trenton esbozó una sonrisa forzada.

—Es sólo el cansancio, señor. No esperaba que mis novedades os alegrasen tanto.

—Es la primera noticia decente que recibo en días —replicó Drake, y se pasó una mano por la barba.

—¿Hay problemas con los otros capitanes?

—No, no. Vos cumplisteis, al igual que Wilder y Furthow. Sólo falta Thomas Cely. En otros frentes, sin embargo, la cosa viene torcida.

Se giró hacia la chimenea, cogió unas tenazas y arrimó unos leños a las brasas. El fuego chisporroteó y crepitó, pero la estancia seguía fría.

—Los holandeses aún dudan si enviar los sesenta filibotes que prometieron; los veteranos que Norris ha traído de Flandes no alcanzan el número que esperábamos; las arcas de la reina gotean las monedas como si fueran perlas; y en cuanto al jerife de Marruecos, ni rastro de los quinientos mil escudos que le prometió al Prior.

Y no hablemos de los armadores privados.

¡Ah!, ese hatajo de buitres quiere la mitad de las presas a cambio de unos cascarones desvencijados con tripulaciones a medio formar. Vaya desvergüenza.

—Lo siento —dijo Trenton—. Por el movimiento que he visto aquí, supuse que todo marchaba bien.

—Y marcha —asintió Drake—. Pero cuesta. Al principio, tras nuestra pobre actuación frente a su armada, y con los consejeros arrugando el ceño, nadie quería arriesgarse.

Cuando os vi en Saint James, apenas teníamos una docena de inversores.

Por cierto, que vuestro hermano y sir Humpfrey han armado un buque de cien toneles, el Relief creo que se llama.

—¿Están aquí?

—Vuestro hermano, al menos. Y haciendo buenas migas con los portugueses.

—No me lo habría imaginado.

—En fin —tras el inciso, el almirante retomó el hilo de su discurso—, el trabajo bien hecho da sus frutos, John.

Y el dinero llama al dinero. Una vez algunos vieron la posibilidad de lucro, los demás se ha ido sumando en una avalancha que se extiende desde Falmouth hasta Londres.

Y los que faltan por llegar. —Hizo una pausa y lo miró con media sonrisa—. Con la edad me vuelvo quisquilloso.

—No lo diréis en serio, señor —replicó Trenton—. Se os ve más animoso que un grumete.

Drake soltó una carcajada breve, complacido.

—Bien dicho: me siento más vivo que nunca. Esta vez le vamos a dar al Austria un golpe que lo dejará renqueando. —Luego bajó la voz y frunció el ceño. Algo lo carcomía y necesitaba soltarlo—. Pero esos malditos consejeros de Londres le agrían a cualquiera el humor. ¿Recordáis a Pedro de Valdés?

—Desde luego.

—Llevo meses preparando su rescate con negociaciones discretas y muy bien encaminadas. Pero hay un grupo que se empeña en bloquearlo. Le susurran cosas a la reina, siembran dudas, me acusan de esconder dinero, rechazan mis regalos y hasta quieren que el Parlamento lo debata.

Trenton lo escuchaba sin decir palabra.

—¿Acaso estuvieron ellos allí? —continuó el almirante—. ¿En qué barco navegaron? Porque yo no los vi en el canal. Ni en Gravelinas.

El malestar del almirante no era nuevo para Trenton. Sabía que sir Francis no era bien visto en los consejos de Londres, dominados por nobles de rancio abolengo que lo consideraban un advenedizo. Un corsario con suerte, enriquecido a costa del enemigo y favorecido por la reina, pero sin pedigrí.

Lo envidiaban y a la vez lo despreciaban. Decían que hacía trampas para esquivar al fisco, que sus victorias eran fáciles, que cualquier hombre, con galeones armados hasta los dientes, podía saquear mercantes indefensos y barquichuelos de pescadores.

Durante un tiempo, Trenton creyó que todo aquello le traía sin cuidado.

Que Drake se encogía de hombros y seguía su camino, orgulloso de sus humildes comienzos, como rezaba su escudo.

Pero más adelante comprendió que no era así.

Aquel hombre, tan pagado de sí mismo, tan soberbio, sufría en silencio cada desplante, cada insinuación, aunque jamás lo admitiría.

—Os envidian, sir Francis —lo halagó Trenton, medio en serio medio en broma—. Vuestra fama, vuestra fortuna y vuestra cercanía al trono levantan ampollas en muchos pies.

—No os falta razón. ¡Ah, envidia! —suspiró el almirante—, carcoma de virtudes y raíz de infinitos males.

Ambos permanecían de pie junto a la chimenea.

—¿Se ha definido ya el objetivo de la expedición? —preguntó Trenton.

—Ah, no os precipitéis. Todo a su tiempo. Hay un orden, y razones que lo explican.

—Un orden que no engaña a nadie, si me permitís decirlo. Todo apunta a Portugal.

Drake lo miró con una ceja alzada.

—¿Y eso por qué?

—Los acuerdos entre la reina y el Prior do Crato dejan poco margen de duda.

—En política, John, nada es seguro hasta que se anuncia. —El almirante se cruzó de brazos—. Ni siquiera entonces. Las razones de estado son caprichosas, y la guerra, cambiante. Incluso las fechas importan. Salir en marzo no es igual que partir en mayo o en agosto.

—¿Tan importante es el cuándo?

—Ahora los españoles aún no están preparados. Pero si esperamos demasiado, podrían reaccionar. No debemos subestimar al enemigo. Así que, entre tanto no se fije un rumbo oficial, id preparando vuestro navío.

—¿Mi navío?

La sorpresa de Trenton hizo sonreír al almirante, que parecía disfrutar con el efecto de sus anuncios, como un prestidigitador que saca una daga de un pañuelo.

—Os lo prometí, ¿no? Un mando propio. Pues cumplido está. El Fortune os espera. No es un galeón de seiscientas toneladas, pero estaréis en mi escuadrón, a mi lado.

—¿Habrá varios escuadrones?

—Desde luego. No repetiremos los errores del canal. Por ahora se han formado cuatro: el mío, el del general Norris, el de Thomas Fenner y el de Roger Williams.

Trenton asintió. Conocía a Fenner y a Williams.

—¿Qué opináis? —preguntó Drake.

—Me ponéis en un aprieto, sir Francis. No me siento cómodo juzgando a hombres con más experiencia que yo.

—Hablad sin miedo.

Trenton dudó un instante, pero acabó diciendo:

—El general Norris no es marino.

—Cierto —admitió Drake—. Su mando será meramente simbólico. El ejército de tierra será su dominio.

—¿Y Roger Williams? Tampoco es marino.

—Valiente, impetuoso e imprudente. Aun así, me sirve.

Trenton no añadió nada más. Y aunque hubiera tenido objeciones, no las habría dicho en voz alta. Drake le entregó la patente de capitán y una lista de tareas para aprestar el navío: dotación, armamento, provisiones, pólvora y vituallas.

—Confío en vos, capitán —dijo al final, estrechándole la mano con firmeza y mirándolo a los ojos—. No me falléis.