XII #3
Gabriel inclinó la cabeza. Sabía que no tenía opción.
Aquello podía ser la llave de su futuro o el camino más corto a la tumba.
La misión era peligrosa, sí, pero lo que más le inquietaba era lo que dejaba atrás.
En otro tiempo no le habrían importado los riesgos ni el mañana; en cambio ahora su vida tenía raíces: su hermana recién recuperada, Marcia y la criatura que esperaban, el hijo venido del otro lado del mar, y Yabama.
—Será la última misión que haga para la Corona —dijo con firmeza—. Y necesitaré hacer escala en La Coruña para recoger a mi piloto flamenco.
—Como gustéis —afirmó Bazán, menos inflexible que otras ocasiones—. Mas partid cuanto antes, que la ocasión no espera.
El proveedor Duarte se encargó de los aspectos logísticos de la empresa, el flete, la licencia comercial, el cargamento del situado y el nombre del contacto en Londres: Manuel de Aranda.
Al oírlo, Gabriel dio una palmada sobre la rodilla.
—¡Dios Santo! —exclamó—. El señor Zarco.
—No os entiendo. ¿Quién es ese Zarco?
—Disculpad el exabrupto. Hace tiempo que conozco a vuestro agente, aunque por otro nombre. En realidad, a él debo la adquisición de mi fragata. Un hombre sorprendente, que no me extraña encontrar también en este negocio.
—No tengo el placer de conocerlo en persona —dijo don Francisco—, pero fue él quien nos hizo saber el interés de Dráquez por negociar el rescate.
Acordados los términos, se despidieron sin más ceremonias. Gabriel salió a la calle y se encaminó hacia el muelle. Tenía muchas cosas que preparar antes de la partida. La humedad del Tajo se le colaba por el cuello y se echó el vuelo de la capa sobre uno de los hombros.
3
Convento de San Agustín
Duarte abrió los ojos. Había caído en un pozo negro y profundo cuyas paredes de piedra áspera le habían arrancado la camisa y desgarrado la piel de sus hombros, brazos y costados.
Notaba el ardor de la fricción y el escozor frío del polvo incrustado en las heridas.
Y en el fondo lo había recibido un bosque de estacas puntiagudas.
No sintió un impacto seco, sino una penetración lenta y horrorosa, un dolor agudo y lacerante que brotó de su espalda y se expandió por su torso como una red de fuego líquido.
Todo palpitaba. Todo dolía. ¿Había sido una pesadilla?
Pestañeó varias veces y se preguntó con curiosidad casi académica si estaba vivo.
Lo rodeaba una penumbra gris sin forma ni contorno.
Hacia un lado, un punto de luz parecía brillar con más intensidad.
Intentó girar la cabeza, pero el dolor lo detuvo de inmediato, feroz, absoluto. Estaba vivo, sin duda.
Tras aquel pensamiento, se sumió otra vez en la inconsciencia.
La pesadilla del pozo regresó. Una caída más larga, más dolorosa, interminable, con las estacas del fondo brillando con un halo anticipatorio.
El dolor del impacto en el sueño era un eco amplificado, una promesa de lo que le esperaba.
Se sucedieron varios despertares breves, inconexos, un fogonazo de la luz gris, una punzada precisa en el cuello, la sensación de un insecto caminando por su mano inerte, la voz lejana de un animal desconocido, hasta que por fin, agotado más allá del dolor, más allá del miedo, se hundió en un sueño profundo, pesado y negro. Un sueño sin imágenes, ni sensaciones.
Un aleteo lo despertó. El roce de un hábito, unas manos frías sobre su rostro ardiente, una voz lejana, incomprensible.
No quiso abrir los ojos. Movió los dedos de los pies, los tobillos, las muñecas.
Se sentía débil, febril, adolorido. Y tenía frío.
Su último recuerdo era el humo blanco de la cazoleta y un fogonazo terminal.
¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí?
El aire se movía, la voz se alejaba. Abrió los ojos.
Movió con cuidado la cabeza. Dolía, pero no era insoportable.
Vio un ventanuco por el que entraba una claridad opaca.
Un cuarto pequeño, austero, otro lecho en el suelo, un crucifijo en la pared, el techo ennegrecido por el humo.
Sacó las manos, temblorosas, y los brazos, delgados como sarmientos.
El dolor en la espalda seguía allí, agudo, pero el sopor lo venció y volvió a dormirse.
Una mano lo sacudió con suavidad. Más allá del brazo, iluminado por la luz del candil, un rostro concentrado lo observaba.
El hombre le retiró las mantas, lo giró y le quitó con destreza la venda que le ceñía el torso.
Duarte sintió un roce en la espalda, seguido de una punzada soportable.
Luego vino el calor de un ungüento que le aplicaron con esmero, mientras oía una voz grave que hablaba en latín.
Las manos subieron hasta su nuca, apartaron el cabello pegado por el sudor y lo dejaron caer.
El hombre volvió a hablar y otra voz, más familiar, más próxima, respondió en el mismo idioma.
Una corriente de aire anunció que alguien abandonaba la habitación. Entonces oyó, ya en castellano:
—Tienes la cabeza dura, como todos los portugueses.
—Fray Antonio —murmuró Duarte.
—El mismo que viste y calza.
—¿Qué hacéis aquí?
—Es una historia larga —respondió el fraile, que, con el pelo recortado y sin barba, había perdido el aire bravío que le quedó tras el rapado de Aughnanure.
La historia se la contó más adelante, cuando Duarte ya fue capaz de comer solo y sentarse en el colchón.
En medio del caos que se produjo durante las ejecuciones, huyó hacia el arrabal.
Y tuvo suerte, porque, cuando todo parecía perdido, una mujer lo tomó de la muñeca y lo condujo a una casa humilde, de una sola estancia, en la que convivían tres generaciones.
Lo escondieron en un pequeño cobertizo adjunto, bajo una pila de leña, donde pasó dos días interminables.
Luego, como los soldados no cesaban de buscar prófugos, y el riesgo de ser descubierto era grande, lo llevaron de noche al convento de San Agustín.
—Saliste ileso, hombre de Dios.
—Casi me cago encima.
Duarte, que se iba recuperando con lentitud de sus terribles heridas, no tardó en conocer a sus benefactores.
Al padre Keogh, el abad, a fray Thomas, el enfermero, y a la otra media docena que formaban la congregación.
Por ellos supo que el convento no había sido clausurado, como tantos otros en Irlanda, merced a la lealtad que la ciudad de Galway había demostrado siempre a la Corona.
Pese a ello, tenían prohibido oficiar misas públicas, la guarnición les mostraba una animadversión apenas disimulada y en más de una ocasión habían sido objeto de burlas y vejaciones.
Las esperanzas de permanencia no eran grandes, pero allí seguían, resistiendo y oficiando en secreto en rincones escondidos del bosque, decididos a aguantar mientras no los echasen.
Fray Antonio, que acabó por admitir que también era clérigo, se comunicaba con los agustinos en una mezcla de latín y gaélico, lengua que comenzaba a entender.
A su vez, enseñaba castellano a Callum, el único novicio del convento, que aspiraba a viajar a España o Portugal para formarse como sacerdote en uno de los seminarios para católicos ingleses e irlandeses que se habían fundado al endurecerse la reforma anglicana.
El otro superviviente de la ejecución era Fernando Álamo, un soldado de Ayamonte, que iba a bordo del galeón San Marcos , naufragado cerca de Galway.
Tenía en el pecho un corte aparatoso, bien que poco profundo, que había necesitado de más de veinte puntadas para cerrarlo, y hablaba portugués con fluidez.
La vida en el monasterio era, a un tiempo, dura y sencilla.
Aparte de la misa, cumplían con puntualidad la liturgia de las horas: maitines, laudes, vísperas, con sus lecturas, invocaciones y oraciones, según la tradición de San Agustín.
En las festividades y solemnidades, también celebraban los oficios menores.
El resto del día, que era mucho, lo dedicaban a mantener el convento, moler el trigo, cocer el pan, labrar la tierra, cuidar de los animales, recoger leña y buscar plantas comestibles o medicinales.
Una rutina exigente pero arraigada. No tenían rentas ni recursos, apenas unas ovejas, unas gallinas, un huerto escueto y las limosnas que algunos fieles les hacían llegar a escondidas.
El abad era un hombre llano, sagaz, de palabra justa y mirada penetrante.
Predicaba con el ejemplo y dirigía a sus hermanos con una mezcla de tacto, firmeza y resignación.
Le preocupaba mantener viva la fe y la esperanza de su comunidad, y llevaba mal que los ingleses les prohibieran hacer sonar la campana.
—Pensaréis que es un detalle bobo —le confesó un día a fray Antonio—, pero sin su alegre repicar, siento que me falta algo en el alma.
Cuando Duarte se recuperó lo suficiente, los fugitivos regresaron a la celda oculta tras el falso muro.
Pese a los cuidados, el peligro seguía latente.
Algunas de las mujeres que ayudaron a amortajar los cadáveres conocían su existencia, y, por leales que fuesen, bastaba un comentario indiscreto para descubrirlos.
Pasaron varias semanas y la prudencia indicaba que era momento de marcharse.
—Un secreto compartido es un albur —se quejaba el soldado—. En especial entre las mujeres, que tanta facilidad tienen para irse de la boca.
Álamo tenía facilidad para encontrar y señalar errores ajenos pero le costaba proponer soluciones. En todo caso, no le faltaba razón. El abad era de su mismo parecer. Y, con su sentido práctico, abordó el asunto sin disfrazarlo con sentimentalismos.
—Poco más podemos hacer por vosotros, si no es poneros, y ponernos, en peligro. Yo debo velar por esta congregación. Imagino que vosotros querréis regresar a España.
—Así es —asintió fray Antonio.
—No será una empresa sencilla.