La derrota del dragón XII #2
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XII #2

El sol, muy inclinado, rozaba ya la crestería de la torre de la iglesia de San Andrés. La tarde se extinguía, y Michael Gardiner propuso a sus nuevos conocidos que cenaran con él en una de las tabernas de Pike Street, de modo que la velada se prolongó hasta la noche.

A Geraldo le costaba creer que Michael fuera hermano del taciturno Trenton.

A Joao, en cambio, le intrigaba cómo dos hombres en apariencia tan distintos podían hacer buenas migas con tanta facilidad.

Durante la cena, Michael invitó a Geraldo a conocer su barco, el Relief, que aún no tenía capitán.

Poco después, salió a relucir el asunto de la esposa de Trenton.

Michael ignoraba que hubiera pasado por Londres, y más todavía que la hermana de Geraldo la hubiera ayudado a salir del país.

—¡Vive Dios! —exclamó—. Sabéis más de mi hermano que yo mismo. ¿Y vos, señor Veiga? ¿Cómo es que fuisteis a verlo a Saint James?

Joao, que aún trataba de definir qué había en Michael que le inquietaba, se vio sorprendido por la pregunta y recurrió a una mezcla de medias verdades para responder.

—Hace tiempo que me dedico a localizar prisioneros portugueses de la Gran Armada.

Aquellos dispuestos a obtener su libertad a cambio de jurar lealtad al rey don Antonio —explicó—.

En cierto lugar oí que había un grupo retenido cerca de Portsmouth.

Como conocía a vuestro hermano, acudí a verlo.

Por desgracia, no pudo darme mayores indicaciones.

—Mi hermano apenas pisa Saint James. Habríais hecho mejor preguntándole a mi padre. Pero puedo deciros algo que quizá os interese —añadió Michael, satisfecho de poder resultar útil—. Sir Daniel Martin, por ejemplo, que reside en Kingston, tiene bajo su custodia a una docena de prisioneros.

—¿Algún portugués? —preguntó Joao.

—Lo ignoro. Lo que sí sé es que son soldados sin rango, que no le reportan más que gastos y molestias.

—Mala suerte.

Michael negó con la cabeza y se rio de la ingenuidad de Joao.

—Para sacarles algún provecho a esos bastardos —explicó—, sir Daniel los obliga a trabajar hasta reventarlos.

Antes de despedirlo, el armador los invitó formalmente a viajar a bordo del Relief. Joao se excusó de comprometerse, pues no estaba seguro de participar en la empresa de Portugal. Geraldo, en cambio, aceptó de buena gana.

—Será un placer poder viajar con vos —le dijo, complacido con su nuevo amigo.

Más tarde, de regreso a la venta donde se hospedaban, Geraldo volvió sobre la visita a Saint James.

—¿Cuándo fue? ¿En octubre?

—En otoño, quizá.

—¿Y ya te habían encomendado buscar prisioneros portugueses?

—Cualquier información es útil, cuñado. Siempre.

—Pero desplazarte desde Londres hasta allí sólo para eso lo considero una pérdida de tiempo.

—Hacer de correo implica viajar —respondió Joao, con el tono de un maestro que aclara una obviedad—. No creerás que las cartas a nuestros partidarios se mueven solas…

Geraldo asintió a regañadientes. La noche había caído, los tejados negros se recortaban sobre un cielo más claro y la luna parecía reírse, desde lo alto, de las cuitas de los hombres.

2

Lisboa

Gabriel despertó con la cabeza embotada, como si el vino de la cena hubiera fermentado en la noche, un leve sabor amargo le raspaba la lengua y le dolía el cuello.

Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.

En la bodega no, donde solía reposar desde que llegó Yabama, sino en la tolda, tendido sobre un banco y envuelto en una manta de lana que no recordaba haberse echado encima.

Le costó un poco reincorporarse. Había arrastrado desde el sueño la imagen perturbadora de su cuerpo enredado con el de Yabama, la piel morena cosida a la suya y un murmullo de placer en la boca y en la bragadura.

Aquella imagen era tan sólida que bien pasara por real.

Se sentó en el borde del banco y se llevó una mano a la frente.

El sudor se había secado, pero ¿aquel olor?

En la claridad matinal, oyó el ruido de un cuchillo raspando las escamas.

Salió al combés y allí estaba ella, con un pescado entre las manos, tranquila, como si nada fuera distinto a cualquier mañana.

Ni una mirada, ni una palabra ni una señal que delatara algún acontecimiento extraordinario.

Si disimulaba, lo hacía con maestría. No tardaron en aparecer los pajes y los pocos tripulantes que habían dormido a bordo.

Gabriel tomó un desayuno frío en cubierta mientras cavilaba.

Debía tener cuidado con ella. Conocía sus artes demasiado bien.

La voz de un marinero lo arrancó de sus reflexiones.

—Capitán. Viene un emisario del almirante.

Gabriel lo recibió en camisa, con un pedazo de queso en la mano, un pedazo que engulló deprisa porque el mensaje era claro: debía presentarse de inmediato ante don Alonso.

Se acabaron los días de reposo.

El lugar, un austero palacete administrativo en la Alfama, ofrecía buenas vistas sobre la ciudad y el río. Gabriel fue recibido por un ujier que lo condujo en silencio hasta el despacho donde Bazán lo aguardaba en compañía del proveedor Duarte.

—Tomad asiento, señor Del Puerto —lo saludó el almirante, sin rodeos ni ceremonias—. Tenemos nuevas instrucciones para vos.

Gabriel obedeció, sin quitarse el sombrero, pensando que cuando un almirante y un proveedor te reciben al unísono, lo que sigue rara vez es grato.

—¿Un nuevo patrullaje? —les preguntó con un punta de humor ácido.

El gesto airado del marino le indicó que no había sido del todo oportuna la broma, pero el proveedor terció con cortesía:

—Es algo más delicado, señor Del Puerto. ¿No es así, don Alonso?

—Así es —asintió Bazán. Aún le bailaba en la mirada una chispa de desagrado—.

Su Majestad…, ejem —carraspeó, como si el nombre del rey pesara en la lengua—.

Una de sus inquietudes actuales es el rescate de los hombres de la Gran Armada.

En los terribles naufragios de Irlanda pereció una gran cantidad de soldados y marineros.

De los sobrevivientes, la mayoría cayó en manos de los herejes, que asesinaron a muchos e hicieron prisioneros a los demás.

Se detuvo. Gabriel aprovechó para intervenir.

—A La Coruña llegaron varios barcos cuyos hombres contaron en detalle lo sucedido.

—Lo sé. Mi sobrino Diego venía en el San Juan, de Recalde.

—Dios tenga en su gloria a ese gran marino —musitó Duarte.

—Por la lejanía de Irlanda y la vaguedad de las noticias —prosiguió Bazán—, resulta complicado organizar nada con certeza. Pero también en el canal de la Mancha y en las costas de Flandes naufragaron navíos… El San Mateo, por ejemplo…

—Y el San Felipe —añadió Gabriel.

—Veo que estáis bien informado.

—Iba a bordo de ese galeón cuando fue abandonado.

—Sois una caja de sorpresas, señor Del Puerto —comentó Bazán con una sonrisa fugaz—.

El caso es que en Inglaterra hay un buen número de cautivos distribuidos en cárceles y casas de Londres y de la costa sur.

Entre ellos, el almirante Pedro de Valdés y varios de sus capitanes, cuyo rescate el propio Francisco Dráquez está dispuesto a negociar de forma privada.

Tosió levemente el proveedor, pidiendo paso.

—El problema es el dinero. El gobernador de Flandes, don Alejandro de Farnesio, tiene las manos ocupadas en la campaña de Bergen y no dispone de muchos fondos.

Pero Su Majestad desea adelantar un situado de tres mil ducados, procedente de la plata traída por el convoy que acompañasteis, para que nuestro agente en Londres comience las gestiones.

Y naturalmente, hará falta un barco que pueda encargarse, llegado el caso, del transporte de los rescatados.

Gabriel asintió con lentitud. Por fin salía a la luz el verdadero propósito de la reunión.

—Imagino que vuesas mercedes han pensado en mi fragata para esta empresa.

—Habéis acertado a medias —replicó Bazán—.

La fragata está al servicio de Su Majestad, como sabéis.

Pero hay más. Dada la posibilidad de un ataque inglés sobre Portugal, al conde de Fuentes, nuestro capitán general, le interesa conocer el estado de los preparativos en los puertos del canal.

Si hay concentraciones de tropas, acopio de bastimentos, flotas en disposición de zarpar.

Y como habéis hecho corso por aquellas aguas…

—Y hablo lenguas —añadió Gabriel.

—Exacto. Pensamos que sois el más adecuado para una comisión de esta naturaleza. Viajaréis a Londres como un mercader valón, con base en Ostende, y os pondréis en contacto con nuestro agente para entregarle el situado y asistirlo en lo que os requiera.

—Por cierto —añadió el proveedor—, el conde de Fuentes ha mostrado especial interés en el caballero Gregorio de Soutomaior, preso en una cárcel de Londres. Los suyos han reunido para su rescate novecientos escudos adicionales.

—¿Qué decís, señor Del Puerto? —preguntó Bazán.

—¿Cuándo deberé partir?

—No es cosa de demorarlo.

—Es una empresa delicada, excelencia.

—Tendréis cobertura mercantil y un salvoconducto que os acredita como enviado del conde de Fuentes.

Gabriel desvió la mirada hacia la ventana. Lisboa se veía gris y ventosa, dormida bajo un cielo sin contornos.

—Si me acusan de espionaje, esos documentos valdrán menos que el papel en que estén escritos —dijo, torciendo el gesto—. Pero si contara con el favor de sus señorías en mis gestiones comerciales, me sentiría más motivado.

Bazán no se sorprendió. Aquel hombre era en verdad obstinado.

—Os referís a la licencia para comerciar con Oriente. Eso, como os dije, escapa a mi competencia directa. Pero…

Miró al proveedor Duarte, que asintió con lentitud.

—Quizá, si el conde de Fuentes la avalase, podrían abrirse algunas puertas.