XII
Plymouth
El éxito alcanzado por Joao en su búsqueda de portugueses de la Armada fue reconocido por Cipriano de Figueiredo e incluso por el Prior de Crato, a pesar de lo exiguo del contingente reunido.
También el señor Zarco lo felicitó por la información tan precisa que había obtenido sobre los prisioneros españoles en la costa sur de Inglaterra.
—Su Majestad está decidido a conseguir la libertad de todos los hombres que combatieron bajo sus banderas —le dijo el agente—. Y ahora que Alejandro de Farnesio se ha puesto al fin manos a la obra, este conocimiento será cardinal para negociar los rescates.
Geraldo, en cambio, recibió con frialdad aquellos logros. Simuló no darse por enterado de las felicitaciones personales de don Antonio de Avis. La fortuna de Joao lo sorprendía tanto como le molestaba.
En la corte del Prior corrían rumores sobre la presencia de topos de la inteligencia felipista.
Y Geraldo, después de darle muchas vueltas, empezó a barruntar que su cuñado podía ser uno de ellos.
Sus frecuentes viajes y repentinas desapariciones, su empeño en visitar prisiones, su red de confidentes y sus contactos con Marcia, detalles que, por separado, no llamaban la atención, pero que en su conjunto resultaban reveladores.
En todo caso, no deseaba cometer un error que pudiera volverse en su contra o generarle enemistades innecesarias, por lo que decidió trasladar sus sospechas a la persona que más tenía que perder si resultaran fundadas: Figueiredo.
El señor Figueiredo lo recibió en su casa y lo escuchó con solicitud, pero no compartió la gravedad de sus temores.
—¿No estaréis celoso de vuestro cuñado? —preguntó, con una ceja inquisidora en alto.
—En absoluto, señoría —se apresuró a responder Geraldo—. Lo tengo en gran estima y no querría perjudicarlo gratuitamente.
—¿Entonces?
—Me debo a la causa, como todos. Sé el daño que hacen los agentes del Usurpador, en especial ahora, que don Antonio está tan cerca de recuperar el trono. No podría tener la conciencia tranquila si callara lo que pienso.
—Os entiendo, señor Henriques. —don Cipriano bajó la voz y posó una mano sobre su hombro—, y meditaré detenidamente sobre lo que me habéis contado, no os quepa duda. La empresa lo exige.
—Por supuesto. Llevar a bordo a un infiltrado sería un problema gravísimo.
—No creo que el señor Veiga os acompañe. Hay mucho que hacer en Inglaterra y tengo otros planes para él. No obstante, mientras no aparezcan pruebas que sustenten vuestras sospechas, os ruego que os abstengáis de difundirlas.
Geraldo salió de la reunión con sentimientos encontrados: satisfecho por haber compartido su inquietud, y decepcionado por la escasa impresión que parecían haber causado sus palabras a Figueiredo.
Este, por su parte, pese a su perspicacia, estaba convencido de la lealtad de Joao.
Aun así, decidió convocarlo, enfrentarlo a la denuncia y observar su reacción.
Joao escuchó la acusación con gesto serio, respondió con brevedad, sin buscar excusas ni dar explicaciones, y no preguntó de dónde provenía la delación. Ese detalle terminó de despejar las dudas del diplomático.
—Ándate con cuidado —le advirtió—, porque quien mal te quiere está más cerca de lo que imaginas.
—Cada uno es hijo de sus obras, señor Figueiredo —respondió Joao—. Pero tendré en cuenta vuestro consejo.
—Me alegro de que te lo tomes así, muchacho. Y espero que este asunto no te distraiga de las tareas pendientes.
Pese a su seguridad, Joao se prometió ser más precavido. Tenía fundadas sospechas de que había sido Geraldo quien lo había señalado, y se alegró: dentro de la gravedad del asunto, tenerlo cerca era una ventaja.
El Prior y sus consejeros decidieron repartir a los presos liberados entre las compañías portuguesas que se estaban formando y adiestrando en Plymouth, junto a las tropas reclutadas por los ingleses.
Joao, con la colaboración del capitán Sydeman, se ocupó de organizar su transporte hasta aquel puerto.
Los hombres liberados en Bridewell, Marshalsea y los alrededores de Londres viajaron a Cornualles en una pinaza.
En ese mismo viaje iba también Geraldo, a quien el Prior había nombrado capitán de una de las compañías, y le había encomendado coordinar el embarque de estas en las naves de la flota y buscar y equipar un barco en que acomodar a todo su séquito.
A Geraldo, más hecho a los ambientes cortesanos, se le daban mal las negociaciones con armadores, mercaderes y capitanes, y Joao, con mucho tiempo libre a su disposición, decidió echarle una mano, confiando en que ese gesto contribuyera a disipar sus recelos.
Pronto se dieron cuenta de que un solo navío resultaría insuficiente para albergar dignamente a tanto notable.
Algunos de sus seguidores más prominentes exigían camarotes individuales y espacio para su matalotaje; otros pretendían embarcar con sus caballos, sillas, arneses y panoplias completas; y los más allegados al Prior habían anunciado su intención de viajar acompañados por vasallos, mozos de espuela y criados.
Todo lo cual implicaba un espacio que superaba lo disponible.
Joao propuso a Geraldo que, en lugar de buscar otro barco, consideraran hablar con oficiales y caballeros ingleses dispuestos a ofrecer acomodo en sus propias embarcaciones.
—¿Con quiénes? Si no conocemos a nadie… —replicó Geraldo, visiblemente abrumado por la situación.
—Por el hilo se descubre la madeja —respondió Joao con tranquilidad—. Estoy seguro de que entre tanta gente encontraremos algún conocido. Y si no, el capitán Sydeman podrá orientarnos.
Sydeman no sólo supo orientarlos: se ofreció a llevarlos ante el mismísimo coronel Norris.
—¿No conocías tú a Norris? —preguntó Joao a su cuñado.
—Tuve ocasión de tratarlo una vez, pero ignoraba que se hallase aquí.
El coronel John Norris, ascendido a general, se hallaba, y no se hallaba.
Había recalado en Plymouth durante unos días para entrevistarse con el almirante, reunirse con sus oficiales y supervisar la formación del ejército.
Su agenda era tan apretada que Sydeman tuvo que hacer malabarismos para conseguir que los recibiera.
De pie ante una mesa abarrotada de listas, inventarios y otros documentos, Norris escuchó la presentación de Sydeman y la exposición de Geraldo con una sonrisa rígida que fue relajándose a medida que se hacía cargo de la situación.
—No os ofrezco un refrigerio por la premura que me acosa, señor Henriques —dijo en cuanto Geraldo terminó—. Espero que sepáis disculparme. Por lo demás, vuestra propuesta me complace. Una excelente idea, en realidad, que pondremos en marcha de inmediato, ya que también a nosotros nos beneficia.
—Sois demasiado amable, general.
—En absoluto. Al alojar a vuestros caballeros en otros buques, mis oficiales podrán intercambiar con ellos información sobre el terreno, el clima, las costumbres de Portugal, y conocer de primera mano la situación política.
Mi estimado Harry, es decir, el señor Sydeman, os presentará a los capitanes en los que más confío, para que tratéis con ellos los detalles del asunto.
Geraldo acogió con alivio la disposición del general, y Sydeman asintió con satisfacción. Joao, sin embargo, planteó una observación prudente:
—Espero no resultar indiscreto, ni entrometido, ¿pero no sería conveniente poner al tanto a sir Francis Drake? Para evitar malentendidos —añadió—. Al fin y al cabo, son sus barcos.
Black Jack se pasó la mano por la alborotada cabellera, que intentó alisar sin éxito.
—Dejad al almirante de mi cuenta, señor…
—Veiga —apuntó Sydeman.
—No pondrá ningún inconveniente. Ni él ni los armadores —dijo Norris, con un brillo acerado en la mirada, aunque su tono siguiera siendo afable—. Sus capitanes no tendrán que desembarcar ni exponerse en tierra firme, como los míos, mas también se beneficiarán de la mutua convivencia.
Con el respaldo explícito del general, la guía de Sydeman y una intensa labor negociadora, no fue difícil encontrar a una veintena de oficiales dispuestos a compartir navío con los portugueses, con la anuencia, naturalmente, de los respectivos capitanes de mar.
Una de aquellas tardes, Sydeman les presentó a un armador interesado en conversar con ellos. El hombre, corpulento y apuesto, se llamaba Michael Gardiner.
—¿Por qué os interesa? —quiso saber Geraldo.
Se hallaban en el puerto. El cielo estaba despejado, un sol tibio brillaba sin calentar y del mar soplaba una brisa desapacible.
—¿Cómo no iba a interesarme si nos dirigimos a Portugal?
—respondió Gardiner con una sonrisa cordial en los labios—.
He oído que algunos navíos llevarán a bordo caballeros portugueses, y me ha parecido una idea excelente.
Sir Francis Drake me animó a enrolarme en esta aventura, tan justa como apasionante, y qué mejor manera de conocer nuestro destino que a través de sus hombres.
—Vuestra cara me resulta familiar, señor —dijo de pronto Joao.
El inglés lo observó con una atención que no llegaba a ser incómoda, y negó despacio con la cabeza.
—No creo que nos hayamos visto antes.
—Quizá… —Joao reflexionó. Aquel hombre le recordaba vagamente a John Trenton, aunque más corpulento, de cabello más oscuro y ojos algo saltones—. ¿Habéis estado alguna vez en Saint James?
La mención de Saint James borró la sonrisa complaciente de su interlocutor y la sustituyó por una expresión de recelo.
—¡Voto a Judas! ¿Cómo diablos conocéis esa heredad?
—Hace unos meses pasé por allí para ver al capitán Trenton.
—Os felicito, señor. Tenéis buen ojo: John Trenton es mi hermano.
A Geraldo le cayó en gracia aquel armador, y pronto se enfrascaron en una animada conversación.
Michael Gardiner, a diferencia de su hermano, era un hombre afable, locuaz y muy entusiasta.
Su padre y él habían armado en Southampton un navío de cien toneles que acababa de llegar a Plymouth para unirse a la flota.