La derrota del dragón XI #5
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XI #5

Trenton respiró hondo. A medida que subía, aumentaba la luz. Las escaleras desembocaban en una estancia amplia con el suelo cubierto por una alfombra descolorida. Había una cama, dos arcones —uno con una jofaina y una jarra encima—, una mesa y una silla. Junto al balcón, de pie, lo esperaba Isabel.

—Hola, John.

—Lizzie, querida.

—Has dado conmigo.

—¿Te escondías?

Ella negó con la cabeza. La luz que entraba por los postigos abiertos formaba una aureola en torno a su cuerpo. Trenton la encontró más hermosa que nunca, aunque de una belleza distinta, serena y madura. Llevaba una cofia de encaje y vestía una saya gris tan sencilla que parecía un hábito.

De pronto, todas las palabras que había preparado se le borraron de la mente. Había imaginado esta escena mil veces, ensayado diálogos, anticipado respuestas. Pero fue ella quien rompió el silencio.

—Te escribí una carta.

—Y la he leído hasta aprenderla de memoria.

—Entonces comprenderás por qué estoy aquí.

—Eso da igual. Lo que me importa es saber si aún me quieres.

—No sé si alguna vez te he querido, John.

Trenton se irguió, dolido.

—¿Me mentías? ¿Fingías cuando estabas a mi lado?

—No lo sé. El único amor que he conocido ha sido el tuyo, el de una prisionera hacia su captor. Un amor nacido de la necesidad, del miedo, de la indefensión. Un amor que confundí con gratitud, o con alivio, y que ni siquiera estoy segura de que fuera amor.

Isabel hablaba con una calma sobrecogedora.

Ya no era la joven frágil que él había rescatado, ni la esposa temerosa que se había refugiado en sus brazos.

Estaba cambiada. Se erguía ante él como alguien que ha tomado una decisión difícil y no está dispuesta a dar marcha atrás. Como una mujer dueña de sí misma.

—No te odio, John. Te agradezco lo que hiciste por mí, y te respeto. Me protegiste cuando más lo necesitaba. Te casaste conmigo, arriesgaste más de lo que jamás te habría pedido.

Al oír aquellas palabras, Trenton sintió un alivio que duró poco.

—Pero no podemos ser felices juntos —continuó ella—.

Mientras nos separen la fe y las lealtades.

En tu tierra, yo seré siempre una papista.

Y tú, en la mía, un hereje. Así que no, no voy a volver contigo.

Aquí he hallado lo que durante mucho tiempo anhelé: tranquilidad, armonía y un lugar donde mi hijo puede crecer seguro.

—También es mi hijo.

—Lo sé. Y me duele apartarte de él. Pero no podemos partirlo en dos, como pretendía el rey Salomón.

—¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

—Nada.

—¿Y nuestro matrimonio?

—Tu iglesia admite el divorcio, John. Búscate una mujer que te ame. Y cásate con ella.

—¿Así de fácil?

—Así de difícil.

Trenton apretó los dientes. Quiso rebelarse, gritar, sacudirla. Había creído que dar con ella bastaría para recuperarla. Pero ella ya no le pertenecía. Y aunque su corazón sangrara, no podía odiarla. ¿Cómo odiar a quien habla con humanidad, actúa con misericordia y mira con ternura?

Isabel, que adivinaba el torbellino de emociones que lo atravesaba, posó una mano sobre su brazo, lo apretó con cariño y dos lágrimas surcaron su rostro, lentas, silenciosas, sinceras. Lágrimas de despedida.

Trenton bajó la mirada. ¿Qué hacer cuando no se puede hacer nada, cuando, tras recorrer un camino con esperanza, este se detiene frente a una muralla infranqueable?

No estaba seguro de poder renunciar a ella.

Pero era un hombre práctico, y reaccionó en consecuencia.

No podía llevársela, entonces no. Aprovechó, pues, el tiempo que le quedaba para hablar con ella.

Isabel, generosa, le contó de su vida en La Coruña, del hospital, del beaterío, de la familia Del Puerto.

—Conociste a mi hermano Gabriel, ¿verdad?

—Ese maldito corsario estuvo a punto de matarme. Ojalá no vuelva a cruzármelo. Tu hermano guarda en su pecho el fuego de la venganza. ¿Dónde está ahora?

—En Lisboa.

La conversación discurría con torpeza, a trompicones, como avanza un carruaje por un camino embarrado, y sólo la voluntad de Isabel impedía que se detuviera del todo.

Los ruidos de la calle, los balbuceos de Santiago y las voces de Martín y Volpe llenaban el aire como ecos lejanos.

Entonces, la cabeza de Marcia apareció por la escalera, anunciando el final inevitable.

Isabel tendió la mano, pero Trenton la abrazó y la besó en la frente. Antes de bajar, se volvió una última vez. Isabel seguía junto al balcón, envuelta en la luz que entraba por él. Parecía un ser espiritual más que de carne y hueso, alguien que ya no pertenecía al mundo del que él venía.

En la planta baja, llamó a Volpe, saludó al herrero con una leve inclinación de cabeza y, al pasar junto a Marcia, rozó con la yema de los dedos la nariz de su hijo, que ya no lloraba.

—Hasta la vista, pequeño. —Se volvió hacia Marcia—. Señora Henriques, no puedo decir que este reencuentro haya sido un placer, pero os agradezco que me lo hayáis permitido.

—Adiós, señor Trenton. Que los céfiros os acompañen, y que la travesía os sea propicia.