XI #4
Una vez dentro, explicó a los presentes, tomándose ciertas licencias con la verdad, que había conocido en Londres a aquel marino, amigo de Isabel, y que le gustaría hablar un momento a solas con él.
Martín Robledo no puso objeciones. Antoñita aceptó a regañadientes.
El mozo volvió al fuelle y Volpe se apartó con el herrero y pegó la hebra con él.
Marcia, por su parte, condujo a Trenton al rincón más apartado de la fragua.
—¿Cómo diablos se os ocurre venir a buscar a Isabel? —le soltó, a bocajarro.
—Es mi esposa —respondió Trenton con sencillez—.
Desapareció de repente, la primavera pasada, sin dejar rastro.
¿Cómo creéis que me sentí al regresar a Saint James y no hallarla?
Pensé que la habían secuestrado, que le había ocurrido algo terrible.
Y nadie supo darme razón. La busqué durante meses.
Hablé con mi familia, recorrí varios condados, indagué en Londres, incluso visité a vuestro hermano Geraldo…
—¿Y qué os dijo?
—Os tiene por traidora, vos sabréis por qué, y no quiso saber nada del asunto. Mas, al fin, di con una pista que me trajo hasta La Coruña.
—¿Qué pista?
—Qué más da. Lo importante es que aquí estoy.
Marcia vestía un holgado vestido de paño verde ribeteado en dorado y una capa corta con capuz.
—Pero Isabel huyó. De vos, de vuestra familia, de la vida a la que la arrastrasteis. ¿No habéis pensado que quizá no quiera veros?
—Me aferraré a ese quizá.
Marcia miró al capitán con seriedad. Dentro de la fragua apenas se sentía el frío exterior, y se echó hacia atrás la capa para liberar los brazos.
—Si sabéis dónde está, llevadme con ella —añadió Trenton—. Me lo debéis, Marcia.
—No os debo nada.
—Yo creo que sí. Sospecho que tuvisteis parte en su marcha. A mí me sonsacasteis dónde vivíamos, y a ella la embaucasteis y os la llevasteis de Saint James.
—Os equivocáis de medio a medio, señor. Yo no la saqué de Saint James. Su existencia allí era un infierno. Los vuestros la odiaban. Su vida corría peligro. ¿Sabéis que vuestra madre intentó envenenarla?
—Mentís.
—Preguntádselo cuando la veáis. Y también a Michael. Fue vuestro padrastro quien organizó en secreto su marcha, para salvarla sin tener que enfrentarse a su esposa.
Trenton enmudeció. ¿Su padrastro? ¿Sir Humpfrey Gardiner?
Jamás lo habría imaginado. De modo que el viejo zorro había estado al tanto del paradero de Isabel todo el tiempo.
Vaya, qué callado se lo tenía. La intervención de su madre y de Michael, en cambio, no le resultaba tan difícil de creer.
Isabel se había quejado muchas veces del trato que recibía.
También lo decía en la nota que le dejó.
Pero ahora no era ocasión de reproches ni debates.
—En su día aclararé este asunto, señora. Ahora, lo único importante para mí es encontrarla. ¿Es cierto que ha profesado en un convento?
—Todavía no, aunque lo está considerando. Ha sido tan desgraciada que busca consuelo en la vida religiosa.
Trenton suspiró: todos mentían allí, pero al menos le había quitado un peso de encima.
—¿Me conduciréis hasta ella?
Marcia guardó silencio. Miró a su alrededor.
Las paredes de piedra de la herrería, el suelo de tierra apisonada lleno de bultos y herramientas, el carbón resplandeciente de la fragua.
Martín Robledo y los demás, aunque fingían ocuparse de sus asuntos, estaban atentos a la conversación.
Fuera quien fuese aquel hombre, amaba a Isabel. Y, como él había dicho, le debía algo.
—Sólo si aceptáis obedecer en todo lo que os diga.
Trenton asintió, con gesto firme.
—Si ella no quiere hablar con vos, lo aceptaréis sin protestar. Si accede a veros, pero desea cortar la entrevista, lo aceptaréis. Si muestra el menor signo de fastidio…
—Lo aceptaré de buena gana —interrumpió Trenton.
—Y os marcharéis de aquí para siempre. Bastante le habéis arruinado la vida.
El capitán consintió sin discutir. ¿Qué remedio le quedaba? Pero Marcia no se contentó con una simple aquiescencia.
—Juradlo. Juradlo por la vida de vuestro hijo.
—¿Tengo un hijo? —preguntó, emocionado.
—Sólo si juráis.
—Juro.
—Sea entonces —aprobó Marcia. Y lo dejó un momento para explicarle a Martín Robledo lo que iban a hacer, y pedirle que fuera con ellos. El viejo soldado no tuvo inconveniente en complacerla.
—¿A dónde vas, Martín? —preguntó su mujer.
—A acompañar a estos señores, Antonia —respondió él.
—¡Virgen santa! ¿Con un inglés? Ten cuidado, marido.
Marcia y Martín encabezaban la curiosa procesión, seguidos de cerca por los dos extranjeros. Al pasar bajo el arco de Puerta Real, Trenton volvió la cabeza hacia los dos cubos que la flanqueaban y comentó lo bien guarnecida que estaba la villa.
—Esto no son sino torres medievales —le corrigió Martín—. Aquella es la verdadera defensa de La Coruña —añadió, señalando el baluarte de San Antón.
El mar, en calma, apenas lamía las rocas grises del islote casi raso donde se alzaba la fortaleza.
—Cuando se concluya —apuntó Trenton.
Marcia tomó la calle de San Andrés, la más ancha de la Pescadería, pasó junto al hospital del mismo nombre, se desvió a la izquierda y se detuvo.
—Aguardad aquí —ordenó.
Trenton le vio sortear un par de charcos antes de doblar una esquina y desaparecer.
Pese a su carácter flemático, sentía el corazón acelerado.
Se jugaba mucho en aquel envite. Unos gorriones picoteaban granos de cebada diseminados entre las rodadas de una carreta.
Saltaban, revoloteaban y volvían a posarse sobre las semillas.
En una casa cercana, alguien trasegaba líquido entre vasijas.
En otra, se oyó una voz femenina, aguda y enfadada, seguida de un palmetazo seco.
Un niño salió corriendo y espantó a los gorriones, que alzaron el vuelo y se perdieron tras los tejados.
Marcia regresó. Llevaba en brazos a una criatura envuelta en mantas.
—Es Santiago, vuestro hijo, señor Trenton.
El inglés bajó la mirada hacia el rostro sonrosado que emergía entre los pliegues.
Vio una nariz diminuta, cabellos castaños y unos ojos oscuros que lo contemplaban con interés.
Le pareció adivinar en él una sombra de los rasgos de Isabel.
Alargó el índice, rozó una manita expuesta sobre el borde de la manta, y el niño lo asió con fuerza.
—Santi… ago —musitó el hombre.
Marcia apartó al crío con delicadeza y le hizo un gesto para que la siguiera. Cincuenta pasos más allá, se acercó a un postigo pintado de rojo y lo empujó.
—Vamos, capitán.
Trenton cruzó el umbral tras ella. Martín y Volpe los siguieron. El interior olía a humedad, leche fresca y pescado. La Coruña olía a pescado. A su derecha, desde un vano sin puerta, partía una escalera estrecha. Marcia le señaló hacia arriba.
—Yo aguardaré aquí.