La derrota del dragón XI #3
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XI #3

Estaban en la entrada de la tolda. La bujía encendida proyectaba una luz tibia que le permitía distinguir cómo comía el pescado, apartando con cuidado las espinas, cómo sujetaba con los dedos los lomos carnosos, antes de llevárselos a la boca, cómo empapaba el pan en la salsa espesa. La fuerza estaba en la salsa.

—¿Encontraste a tu hermana? —preguntó como al descuido.

—Está en La Coruña, con mi esposa.

No era necesario que mencionara a su mujer. Pero lo había hecho. Era su modo de poner límites.

—Ella fue quien la localizó —añadió—. A Isabel.

Debía de ser una mujer tocada por el fuego, peligrosa, pues de lejos quemaba el aire y hacía sentir su pr esencia. Pero ella tenía la salvia para conjurar aquel fuego, salvia de tierra adentro, de hojas secas, raíz amarga y tallo roto.

Guardó silencio y lo observó. La luz anaranjada de la bujía sacaba resplandores a su barba, hacía brillar la frente, el filo de la nariz y uno de los ojos, en el que asomaba un rescoldo de deseo.

—¿Y a Sackfield?

El nombre sobresaltó a l’Avide.

—¡Sackfield! —repitió como un eco perdido. Durante un tiempo no hubo en su vida otra meta que hallarlo.

—Lo encontré.

Su respuesta fue tan rotunda que Yabama no dudó. Había ocurrido lo que tenía que ocurrir. No esperaba menos de él.

Cuando terminó de chupar la cabeza del pescado, Yabama cogió la jarrilla y le sirvió un poco de vino en un vaso. Él la miró con desconfianza, pero le dio un buen trago. No era del vino de lo que debía desconfiar.

—Muy sabroso el guiso —reconoció, y apartó el plato.

Yabama salió con la jarrilla y el plato para lavarlos en un balde. Fuera hacía frío, y el agua le heló las manos. Aunque esquiva, la luna estaba llena. Era el día señalado. Cuando regresó a la tolda, la droga ya ardía en la sangre de l’Avide. Sus ojos brillaban con un fuego nuevo, febril.

—Esta noche puedes dormir en la cámara —le dijo.

—No quiero dormir contigo —protestó con la voz de un borracho.

—Pero me deseas.

No respondió. Ella alargó la mano, se la colocó en la entrepierna y notó que estaba bien armado.

—Ven —le dijo.

Le quitó el vaso, apagó la bujía y lo tomó de la mano. Él se dejó guiar hasta la cámara. Los pasos de sus botas resonaban en las tablas y Yabama temió que despertaran a alguno de los pajes. Pero no. El rumor de las olas y el quejido de la jarcia lo amortiguaban todo.

Aquella era su noche. Llevaba tiempo soñando con ella.

Sentía el calor de l’Avide tan próximo, su aliento, el latido de sus venas, el temblor apenas perceptible de su carne.

Cerró la puerta y lo condujo hasta el lecho.

La luna derramaba su luz por el balconcillo de popa y dibujaba un rectángulo claro en las tablas.

—Mujer —dijo él.

—Aquí me tienes.

Lo empujó sobre las sábanas. Luego se despojó de las calzas y del jubón, se tumbó a su lado, lo rodeó con sus brazos y le robó su calor.

—¿Qué me ocurre? ¿Dónde estoy? —preguntó aquel hombre que, sin sombra de duda, ya le pertenecía.

—En el seno de Atabey —le respondió. Porque en ese instante ella era Atabey, la madre de todas las madres, la mujer entre las mujeres.

Y tomó su virilidad y la encaminó hacia la boca de la madre, y se enredó en su cuerpo como lo había hecho en sus sueños, y lo hizo suyo, y lo elevó a su delirio.

Él balbucía palabras sin sentido, abandonado a su marea, meciéndose en sus brazos como se mece una nave en el remanso.

La miraba con los ojos muy abiertos, alucinados, a la luz sin luz de la luna esquiva, la quería y la volvía a querer, a ella, océano de todas sus rutas, puerto de todos sus destinos, hoguera de sus deseos, madre de su hijo, mujer de su vida, la única, la diosa que lo amaba a través de su carne, que lo dominaba con su cuerpo, fundidos en un solo sudor, unidos en la misma eternidad.

El tiempo apaciguó los sentidos y disolvió la pasión. La noche extendió su manto frío sobre los cuerpos. Yabama lo cubrió con el suyo y veló su prolongado sueño, pegada a él, sintiendo su calor, escuchando sus latidos y saboreando su triunfo.

Pasara lo que pasase mañana, nadie le arrebataría la noche. Ni el fruto que ya germinaba en su vientre.

El lejano canto de los gallos, matador de deleites, envidioso de la felicidad ajena, la obligó a moverse, a vencer la pereza que la retenía. No debía verla allí, ni descubrir el embrujo. Aunque recordase retazos, los tomaría por pesadilla o desvarío, producto del vino.

Compuso su ropa, lo sacó de la cámara y lo devolvió a la tolda. Le echó por encima una manta y regresó sigilosa. Después se tumbó en el lecho, la espalda aún caliente, el corazón en calma. El mar seguía gimiendo en la oscuridad y el mundo estaba en orden bajo la mirada atenta de Atabey.

5

La Coruña

Volpe, que conversaba animadamente con el mendigo, supuso por la expresión del inglés que no había tenido suerte en sus gestiones, fueran cuales fuesen.

—Vamos a una herrería de la calle Amargura —dijo Trenton, sin más.

El mendigo les indicó la dirección, sin exigir nueva limosna.

Durante la mañana, el cielo se había abierto y había aumentado el frío, aunque el capitán, absorto en sus pensamientos, era apenas consciente de los detalles meteorológicos.

El paseo hasta la calle Amargura fue breve.

Mientras avanzaban, se fijó en los seis torreones de la Fortaleza Vieja, situada en la esquina sudeste de la muralla, junto a la puerta de San Francisco, y en las siluetas que se recortaban en el adarve, entre las almenas.

La herrería, fácil de ubicar por el estruendo de martillazos que salía de ella, presentaba una fachada estrecha, ocupada casi por completo por una puerta de dos hojas abiertas de par en par.

En el interior, se distinguían dos figuras entre sombras y el resplandor oscilante del fuego.

Trenton hizo una seña al veneciano para que lo siguiera.

No quería más conversaciones ininteligibles.

Cesó el martilleo y uno de los operarios preguntó con voz clara qué se les ofrecía.

A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Trenton vio que se trataba de un hombre de más de cuarenta años, con la camisa remangada y sucia y sudoroso por el trabajo.

A su derecha, un mozo más joven y musculoso tenía las manos apoyadas sobre el brazo de un fuelle grande y curtido por el uso.

Trenton desembozó la capa y se dirigió al herrero, que sostenía el martillo como si empuñara una maza de combate.

—Soy marino escocés —mintió Trenton—. Busco a doña Isabel del Puerto, y en su casa me han dicho que quizá aquí podría hallarla.

El herrero dio unos pasos hacia ellos. Su mirada, clara e inquisitiva, iba del rostro de Trenton al de su compañero.

—¿Para qué deseáis ver a doña Isabel? —preguntó. El aliento le olía a ajo.

Trenton no sabía si aquel hombre conocía o no a Isabel, ni qué relación lo unía a ella, pero decidió arriesgarse.

—Traigo una carta que debo entregarle en mano.

—¿Una carta? —repitió el herrero, y arrugó el ceño como si la palabra «carta» le resultase sospechosa—. Vaya, vaya. ¿Y se puede saber de parte de quién?

—De su marido —dijo Trenton, a la defensiva.

—¿Su marido? —Aquel hombre se empeñaba en repetir lo que decía—. ¿Y cómo sabe su marido dónde se encuentra doña Isabel?

Trenton tardó un instante en responder. Volpe le dio un leve codazo, instándolo a improvisar.

—No sabría deciros, señor. Sólo cumplo un encargo.

El herrero dejó el martillo sobre el yunque con un golpe seco y descolgó con parsimonia una espada que pendía de un clavo en la pared.

No la desenvainó, pero la sostuvo en una mano, con gesto más de advertencia que de amenaza.

El mozo soltó el fuelle, se limpió las manos en un trapo y se acercó a su compañero.

—Me están pareciendo vuesas mercedes un par de embusteros, de modo que, ¡hale!, largo de aquí.

—Disculpad a mi compañero —intervino Volpe, con su acento musical—.

Apenas conoce vuestra lengua. Somos tripulantes del Pelican, una coca fondeada frente a la playa.

Si os asomáis a la muralla, podréis verla sin dificultad.

Traemos un cargamento de grasa de ballena, que pretendemos vender en estos puertos. Luego buscaremos flete para el regreso.

La gracia y la soltura del veneciano atenuaron la suspicacia del herrero, que bajó la espada, aunque no modificó su negativa a colaborar.

—No tengo idea de dónde estará esa señora. Isabel es un nombre corriente por estos pagos. Deseo a vuestras mercedes suerte con las pesquisas. Y ahora, si son tan amables, tenemos encargos que atender.

Trenton hizo ademán de replicar, pero Volpe lo cogió del brazo y lo empujó suavemente hacia la salida. La búsqueda de Isabel iba a ser más ardua de lo previsto.

Apenas habían cruzado el umbral, cuando casi chocaron con dos mujeres, cada una con una cesta en los brazos.

—¡John Trenton! —exclamó una de ellas.

El resplandor exterior impidió al capitán reconocerla de inmediato.

—Señora Henriques —respondió por fin. Jamás habría creído que se alegraría de ver a aquella mujer.

Formose al instante un pequeño alboroto en la puerta de la fragua.

Salieron el herrero y su ayudante; la señora que acompañaba a Marcia preguntó, con gesto receloso, quién era aquel caballero; Marcia respondió que un amigo inglés; el herrero se mostró sorprendido al saber que no era escocés, y Volpe, sin perder la compostura, se disculpó con gracia por la mentirijilla.

—¿Qué hacéis por aquí? —le preguntó en inglés Marcia a Trenton.

—Busco a Isabel. Fui a casa de los Del Puerto y me dijeron que había profesado en un convento de clausura. Sin embargo, cuando me marchaba, una criada me aconsejó que preguntara aquí.

—No hay quien entienda esa algarabía, Martín —protestó la otra mujer.

—Decidnos qué ocurre —le pidió el herrero a Marcia.

Un par de vecinos se asomaron a la puerta, curiosos con lo que ocurría.

—Mejor entremos, que estamos de exposición para el barrio entero —propuso ella.